Lo que + nos gustó y lo que -. Kioto y Kyushu

Después de dedicar 24 días a nuestro primer viaje por Japón, recorriendo Tokio y Tohoku, en esta segunda aventura por el país decidimos invertir prácticamente el mismo tiempo en descubrir Kioto, Osaka y Nara, por un lado, y Yakushima y Kyushu, por otro. La elección vino marcada por las ganas de celebrar el cumpleaños de Xavi y nuestro aniversario en Kioto y también por el mes (enero). En conjunto, este segundo viaje por Japón fue una experiencia completísima, muy distinta a la primera y llena de contrastes: ciudades históricas, islas cubiertas de bosque, carreteras tranquilas, tradiciones de Año Nuevo, templos, volcanes, baños termales y momentos personales que lo hicieron todavía más especial. Kioto y Kyushu nos regalaron una mirada diferente al país y nos dejaron con una certeza clara: Japón sigue siendo un destino al que siempre apetece volver. Y, aunque fue un viaje fantástico, a continuación, os dejamos una valoración de lo que más nos gustó y de aquello que no nos convenció tanto.

Lo que más nos gustó:

+ Si tuviéramos que escoger una ciudad favorita de este viaje, probablemente sería Kioto. Nos conquistó por su historia, sus tradiciones y esos barrios con encanto en los que parece que el tiempo avanza a otro ritmo. Aunque todo lo que visitamos nos pareció impresionante, guardamos un recuerdo especial del templo Ninna-ji y de los jardines del Heian Jingu. Además, celebrar allí dos fechas tan importantes para nosotros hizo que la ciudad quedara asociada a esos momentos muy especiales.

Kioto

+ Yakushima fue, sin duda, uno de los grandes descubrimientos del viaje. La isla nos sorprendió por sus bosques de sugi, sus cascadas, su fauna y esa sensación de estar en un lugar salvaje y distinto de Japón. Fue una etapa muy especial, de esas que no siempre aparecen entre los imprescindibles más conocidos, pero que terminan dejando una huella enorme.

Yakushima

+ Osaka también nos dejó muy buenas sensaciones, especialmente por la visita al castillo y al templo de los darumas, dos lugares muy diferentes entre sí pero igualmente memorables.

+ En Nara, más allá de sus famosos ciervos, encontramos rincones con mucho encanto y una atmósfera que merece ser vivida con calma.

Ciervo en Nara

+ Otra de las grandes experiencias fue coincidir con las tradiciones de Año Nuevo en Nichinan, Aoshima y Miyazaki. Ver cómo se vive esta época en Japón, con sus rituales, visitas a templos y santuarios y ambiente festivo, nos permitió acercarnos a una parte muy cotidiana y simbólica de la cultura japonesa.

+ En Takachiho disfrutamos del kagura, una representación tradicional que nos pareció una forma preciosa de conectar con la mitología y las costumbres locales.

Garganta Takachiho

+ Beppu fue otra parada difícil de olvidar, especialmente por los baños de arena, una experiencia curiosa, relajante y muy japonesa.

+ También nos impresionaron los Budas de piedra de Usuki, un conjunto sorprendente y muy distinto a otros templos o esculturas que habíamos visto en Japón.

Budas de Piedra de Ususki

+ El monte Aso, con esa ligera capa de nieve, nos regaló uno de los paisajes más bonitos de la ruta, y el trayecto en coche de Takamori a Kumamoto nos permitió disfrutar de vistas y pequeñas sorpresas que quizá habríamos pasado por alto viajando de otra manera.

+ Entre los recuerdos más especiales también están las grullas de Izumi, la ceremonia del té y la experiencia de vestir trajes tradicionales, que Xavi disfrutó como un enano. Son momentos que quizá no siempre aparecen en las grandes guías, pero que terminan siendo de los que más se recuerdan al volver a casa.

Kimono Izumi

+ Precisamente, hacer la ruta por Kyushu en coche fue uno de los grandes aciertos. Si en el viaje anterior conducir por Japón nos había parecido más bien un punto negativo, esta vez lo disfrutamos muchísimo. Nos permitió llegar a pueblos más pequeños y menos turísticos, como Obi, descubrir cascadas, templos escondidos y rincones que dieron al viaje un ritmo más libre y personal.

+ La gastronomía volvió a ser otro punto fuerte del viaje: desde la cocina de Kioto hasta platos más locales como el dengaku de Takamori, pasando por el sushi o aquellos desayunos de gachas que, por sencillos que parezcan, también forman parte de la memoria del viaje.

+ Y, aunque suene contradictorio, cuanto más conocemos Japón, más sentimos que aún nos queda muchísimo por descubrir. Este viaje nos confirmó que el país no se agota en una primera, segunda o tercera visita. Al contrario: cada región abre nuevas ganas de seguir explorando.

Lo que menos nos gustó:

̶   En Kioto, por ejemplo, resulta curioso que una ciudad con unos 1.600 templos y 400 santuarios concentre a tantísimos visitantes en los mismos lugares. Sitios como Kiyomizu-dera, Kinkaku-ji o Fushimi Inari pueden llegar a sentirse demasiado abarrotados, mientras otros templos preciosos permanecen prácticamente vacíos.

̶   También nos dio pena ver ciertos comportamientos poco respetuosos: gente escribiendo sobre el bambú, haciendo fotos donde no estaba permitido o actuando sin demasiado cuidado en lugares que merecen más silencio y consideración.

̶ En Nara, la relación de algunos visitantes con los ciervos nos resultó especialmente incómoda: vimos personas alimentándolos con patatas de bolsa, persiguiéndolos o reaccionando mal cuando los animales se ponían insistentes.

̶   Pasar el Año Nuevo en Japón fue una experiencia interesante, pero quizá no exactamente como la imaginábamos. Tiene mucho encanto, sí, pero también implica tener en cuenta que durante los últimos días de diciembre y los primeros de enero muchos lugares cierran: museos, actividades, comercios e incluso restaurantes. Si se viaja en esas fechas, conviene reservar con antelación y asumir que el ritmo del viaje será diferente.

Osaka, una ciudad de contrastes

Osaka es la tercera ciudad más grande de Japón y una parada imprescindible del llamado triángulo de oro, junto con Tokio y Kioto. Conocida como la cocina de Japón, también destaca por sus barrios iluminados con neones. Entre ellos sobresale Dotonbori, con más de 400 años de tradición de entretenimiento y famoso por el Glico Man, el icónico cartel publicitario instalado por la empresa Glico en 1935.

Nipponbashi y Shinsekai son otros dos barrios muy frecuentados por turistas. Nipponbashi creció alrededor de una antigua estación llamada Nagamachi y, con el tiempo, se llenó de librerías de segunda mano, tiendas de electrónica y comercios especializados en manga, anime, y videojuegos. Su zona más conocida, Den Den Town, suele compararse con Akihabara, en Tokio, aunque aquí la experiencia resulta más relajada y cotidiana. Shinsekai cambia por completo el registro. Su nombre significa «Nuevo Mundo», aunque hoy el barrio conserva un aire retro y nostálgico, marcado por la Torre Tsutenkaku, las fachadas llamativas y los restaurantes populares. Nacido a comienzos del siglo XX como una zona de ocio moderna, cayó en decadencia tras la Segunda Guerra Mundial y durante años arrastró fama de barrio pobre y peligroso. Hoy, sin embargo, es una zona segura, fotogénica y muy visitada.

Aunque no lo parezca, el origen de Osaka es muy antiguo. Uno de los primeros vestigios es el Shitenno-ji, que fue fundado en 593 por el príncipe Shotoku y es considerado uno de los templos budistas más antiguos de Japón. Shotoku invitó a carpinteros coreanos de Baekje para que construyeran el complejo. Un dato curioso es que uno de esos carpinteros se quedó en el país y fundó en 578 una empresa especializada en templos y santuarios, Kongo Gumi, que ostenta el récord de ser la empresa en activo más antigua del mundo con más de 1.400 años de historia.

Su nombre significa «Templo de los cuatro reyes celestiales» y aunque sus edificios actuales proceden en gran parte de la reconstrucción de 1963, Shitenno-ji conserva un fuerte valor simbólico. En sus inicios, el templo no fue solo un espacio de culto, sino que también integraba instituciones de educación religiosa, asistencia social, atención sanitaria y farmacia. El conjunto central, o garan, conserva esa idea de orden religioso y comunitario mediante una pagoda de cinco pisos, el Kondo, el Kodo, corredores y puertas ceremoniales. Entre sus rincones destaca el salón Kameido, con una pieza de piedra en forma de tortuga del siglo VII usada en antiguos rituales de agua y, todavía hoy, en ceremonias dedicadas a los antepasados.

El Santuario Imamiya Ebisu, llamado cariñosamente como Ebessan, está dedicado a Ebisu, dios de la prosperidad, los negocios y la buena fortuna comercial. Su origen también se relaciona con el príncipe Shotoku, quien lo habría consagrado como protector de la parte occidental de la ciudad durante la construcción de Shitenno-ji. La elección no era casual, pues, antiguamente esta zona estaba junto a la costa y acogía mercados donde se intercambiaban productos del mar, de las aldeas y de los campos. Con el tiempo, Ebisu pasó de guardián de esos mercados a símbolo de prosperidad para comerciantes y negocios. Esa devoción alcanza su momento más animado durante el festival Toka Ebisu, celebrado del 9 al 11 de enero desde el período Edo, cuando más de un millón de personas acuden al santuario para pedir fortuna y recoger ramas de bambú decoradas con amuletos de buena suerte.

En 652, el emperador Kotoku construyó el palacio Naniwa Nagara-Toyosaki y convirtió la ciudad en capital bajo en nombre de Naniwa-kyo. Conservó ese estatus hasta 655 cuando la corte se trasladó a Asuka-kyo, y volvió a ser capital brevemente entre 744 y 745, bajo el mandato del emperador Shomu, antes del traslado definitivo a Heijo-kyo (actual Nara). Ya en el período Nara, dos monjes gemelos, Zenchu y Zensan, se asentaron en Mino, al norte de Osaka, para practicar la vida religiosa, y, más tarde, en 775, se fundó allí el templo budista Miroku-ji, origen del actual Katsuo-ji. Hoy, Katsuo-ji es otra parada de la peregrinación Saigoku Kannon, igual que Kiyumizu-dera, en Kioto, o Kofuku-ji, en Nara. Se llega tras un trayecto de unos 25-30 min en autobús desde la estación de Minoh-Kayano, al final de la línea Midosuji.

Se cuenta que el emperador Seiwa recuperó la salud gracias a las oraciones del sacerdote Gyojun. A raíz de aquel episodio, el antiguo Miroku-ji pasó a conocerse como Katsuo-ji, el templo de la victoria, un nombre asociado a la buena suerte y la superación. De ahí viene también la tradición de comprar daruma, amuletos japoneses inspirados en Bodhidharma, que simbolizan la perseverancia y el cumplimiento de los objetivos. Se les pinta un ojo al pedir un deseo o marcarse una meta, y el segundo cuando se cumple. Normalmente, si el deseo se ha cumplido, el daruma se devuelve al templo, y, por eso, los exteriores de Katsuo-ji aparecen llenos de estos muñecos. Además, en distintos puntos del recinto se puede ir sellando una postal, uno de los recuerdos más bonitos que se pueden conseguir en Japón.

Nuestra visita coincidió con el dondo-yaki, la quema de viejos amuletos con la que termina oficialmente el shogatsu, la celebración de Año Nuevo japonés, que nosotros habíamos comenzado en Nichinan. Durante las dos primeras semanas de enero, los japoneses llevan a templos y santuarios los amuletos del año anterior, como omamori o las flechas hamaya. No se trata solo de deshacerse de estos objetos, sino de cerrar un ciclo. En Katsuo-ji, el 15 de enero, todos esos amuletos y adornos se reúnen en una gran hoguera ritual, y también se recogen los daruma colocados por los jardines del templo. Según la tradición, las llamas purifican lo viejo y ayudan a que los buenos deseos asciendan al cielo.

Siguiendo con nuestra ruta por Osaka, Isshin-ji es un templo budista de la Tierra Pura fundado en 1185. Entre 1614 y 1615, durante el asedio del castillo de Osaka, Tokugawa Ieyasu acampó en su recinto y, tras la victoria, se convirtió en su mecenas. Los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial destruyeron el templo y las seis estatuas existentes, pero el lugar fue reconstruido progresivamente. Hoy, Isshin-ji combina devoción, arquitectura contemporánea y una forma muy singular de recordar a los muertos: desde 1887 mantiene la tradición de crear estatuas budistas con las cenizas de devotos. Cada 21 de abril se celebra una ceremonia en la que muchas familias entregan cenizas de sus difuntos y rezan por ellos. Esas cenizas se conservan hasta reunir una cantidad suficiente y, más adelante, se mezclan con resina para crear nuevas estatuas budistas de Amida, que quedan consagradas y veneradas en el templo.

La historia del castillo de Osaka arranca antes de su construcción, en el lugar donde se levantaba el templo fortificado Ishiyama Hongan-ji, sede del budismo Jodo Shinshu (Terra Pura) en 1496. Oda Nobunaga lo asedió desde 1576 hasta la rendición de los monjes y la posterior destrucción del complejo en 1580. Poco después, Toyotomi Hideyoshi concedió a los monjes un nuevo emplazamiento en Kioto, donde se construiría Nishi Hongan-ji, y eligió aquel mismo lugar para levantar su gran fortaleza, iniciada en 1583. Tras la muerte de Hideyoshi en 1598, su esposa Nene se hizo monja en Kodai-ji en Kioto, mientras el castillo quedó en manos de su hijo, Toyotomi Hideyori, hijo de Yodo-dono, también conocida como Cha-Cha, concubina de Hideyoshi y sobrina de Oda Nobunaga. En 1614, Tokugawa Ieyasu atacó la fortaleza durante el Asedio de Osaka y, un año después, el castillo cayó en la Guerra de Verano de 1615. Hideyori y su madre se suicidaron, marcando el final del clan Toyotomi.

El castillo que se ve hoy pertenece en gran parte a la construcción iniciada por Tokugawa Hidetada en 1620, aunque reconstruida después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Para borrar la huella de los Toyotomi, el nuevo gobierno cubrió con unos seis metros de tierra los muros originales y levantó encima sus propias defensas. En 1984 se descubrieron los muros de piedra del antiguo tsumenomaru de Toyotomi, hoy visibles en el Museo de los Muros de Piedra (a los que se puede acceder con la misma entrada), donde se puede descender bajo tierra para ver los restos originales sepultados por los Tokugawa.

Finalmente, el Santuario Namba Yasaka rompe cualquier expectativa con su enorme cabeza de león, de 12 metros de alto, 11 de ancho y 10 de profundidad. Antiguamente, era conocido como Naniwa Shita no Miya (Palacio inferior de Naniwa) y llegó a contar con siete templos y doce subtemplos. Tras la Restauración Meiji, el templo fue abolido, y el edificio principal desapareció en los bombardeos 1945. Fue reconstruido después de la Segunda Guerra Mundial como santuario sintoísta. Cada tercer domingo de enero se celebra aquí un ritual de tira y afloja inspirado en la leyenda de Susanoo-no-Mikoto, el dios del mar y las tormentas, que venció a la serpiente de ocho cabezas Yamata-no-Orochi, en el que los participantes tiran de una gran cuerda que simboliza al monstruo vencido. En 2001 fue designado primer bien cultural popular intangible de la ciudad.

Osaka, esta ciudad intensa y llena de contrastes, fue el punto de entrada y de salida de nuestro segundo viaje por Japón. Nos recordó que siempre queda algo por entender, por mirar con más calma y por vivir de otra manera. Quizá por eso, al marcharnos, no sentimos que el viaje se cerrara del todo, sino que quedaba algo pendiente: volver a Japón con más calma, con otras preguntas y con la certeza de que todavía nos queda mucho por descubrir.

Kioto, donde el tiempo se detiene

Kioto era una de las etapas que más esperábamos del viaje. Junto con Tokio y Osaka, es una de las ciudades más visitadas de Japón, pero también una de esas que parecen guardar siglos de historia en cada esquina. Es famosa por el barrio de Gion y sus geishas (aunque nosotros tuvimos la suerte de verlas antes, en Sakata), por sus más de 1600 templos y por sus cerca de 400 santuarios. Uno de sus perfiles más reconocibles es la Pagoda Yasaka (Yasaka-no-to), perteneciente al templo Hokan-ji y situada en pleno distrito de Higashiyama. Con sus 46 m de altura, se ha convertido en una de las imágenes más fotografiadas de la ciudad. Su origen se remonta al año 589, cuando el príncipe Shotoku habría ordenado construirla tras inspirarse en un sueño, aunque la estructura actual es fruto de varias reconstrucciones posteriores.

Si hay otro lugar que resume muy bien la imagen que muchos tenemos de Kioto, ese es Fushimi Inari-Taisha. Sus interminables túneles de torii bermellones, donados por particulares, familias y empresas como ofrenda para pedir protección y prosperidad, son uno de los paseos más especiales de la ciudad. El santuario se encuentra en Fushimi-ku, al sur de Kioto, y es el principal santuario sintoísta dedicado a Inari. Sus orígenes se remontan al año 711, cuando se levantaron las primeras estructuras en la colina Inariyama. En 816, a petición del monje Kukai, fue trasladado a su ubicación actual y, en 965, el emperador Murakami lo incluyó entre los santuarios que recibían mensajeros imperiales, o heihaku, para comunicar los asuntos importantes del país.

Kiyomizu-dera, el “templo del agua pura”, fue construido en 778 junto a la cascada Otowa. Como nos ocurrió en Yama-dera durante nuestro viaje por Tohoku, más que un único templo es un conjunto de puertas, salas y pagodas que se va descubriendo poco a poco. Aunque sus orígenes se remontan al periodo Nara, la mayoría de los edificios actuales fueron reconstruidos entre 1631 y 1633, después de numerosos incendios. El recorrido empieza en la puerta Nio-mon, también llamada Aka-mon (puerta roja) por su intenso color. Frente a ella se encuentra el templo Zenko-ji y, junto a la entrada, el Kubifuri Jizo, una pequeña estatua de cabeza giratoria que desde el periodo Edo se orienta hacia aquello que se desea pedir.

La pagoda Sanju-no-to, levantada originalmente en 847, reconstruida en 1633 y renovada en 1987, domina el conjunto con sus 31 m de altura. A pocos pasos se alza el Shoro, la torre de la campana, reconstruida en 1607 para sostener una campana de más de 2 toneladas que data de 1478. El camino continúa hacia Zuigu-do, donde se puede recorrer el Tainai Meguri, un pasaje completamente oscuro que se atraviesa guiándose solo por una cuerda y que simboliza un renacimiento espiritual. Después aparecen el Kyo-do, antiguo repositorio de sutras con un dragón pintado en el techo, y el Kaisan-do, dedicado al general Tamuramaro, que financió la construcción del templo. Todo desemboca en el Hondo, la sala principal, donde se venera a Kannon de once caras y mil brazos, del que destaca su terraza elevada unos 13 m sobre la montaña, sostenida por una estructura tradicional de pilares de keyaki (Zelkova serrata, olmo japonés) ensamblados sin clavos.

Kiyomizu-dera, incluido por la Unesco entre los Monumentos Históricos de la Antigua Kioto en 1994, es también una etapa de la peregrinación Saigoku Kannon, la ruta de 33 templos de Kansai dedicada a Kannon, bodhisattva de la compasión. Muchos peregrinos sellan aquí su paso con el goshuin (caligrafía hecha a mano acompañada del sello del templo) que queda como recuerdo del camino recorrido. Dentro del recinto se encuentra también el pequeño santuario Jishu, dedicado al amor, una muestra más del sincretismo religioso japonés.

Para entender Kioto hay que volver al año 794, cuando el emperador Kanmu trasladó la capital desde Heijo-kyo, la actual Nara, hasta Heian-kyo, el origen de la Kioto actual. Con este cambio buscaba alejar la corte de la fuerte influencia que el budismo ejercía en Nara. La nueva ciudad, conocida como la “capital de la tranquilidad”, siguió el modelo de Chang’an (actual Xi’an), capital de la dinastía Tang, y fue sede de la corte imperial hasta 1868. A ambos lados de su entrada principal se levantaron 2 grandes templos guardianes. El del oeste desapareció, pero To-ji, el “templo del este”, ha llegado hasta nuestros días. En 823, el emperador Saga lo entregó al monje Kukai, fundador del budismo Shingon y conocido por introducir la práctica de la automomificación o sokushinbutsu. El Miei-do fue su residencia en Kioto, aunque el edificio actual data de 1390, tras una reconstrucción posterior a un incendio.

En el centro del recinto se encuentra Kodo, construido en 835 y reconstruido en 1491, en cuyo interior se encuentran 21 estatuas que forman una versión tridimensional de un mandala, esencial en el budismo Shingon, con Dainichi Nyorai en el centro. Kondo es el mayor edificio, reconstruido en 1603, en cuyo interior se encuentran estatuas de Yakushi Nyorai y de los bodhisattvas Nikko y Gakko. Sin embargo, la construcción más conocida del templo es la pagoda de 5 pisos construida en su forma actual en 1644. Se trata de la pagoda más alta de Japón, con una altura de 55 m, superando las pagodas de Kofuku-ji de Nara (50.1 m) y de Hokan-ji (Yasaka, Kioto). Fue concebida para albergar reliquias y en su interior se conservan 4 estatuas de Buda dispuestas en torno al pilar central y orientadas hacia los 4 puntos cardinales, además de pinturas y motivos budistas en muros y columnas. Su interior solo se abre en ocasiones especiales, y nosotros tuvimos la suerte de visitar el templo en una de estas ocasiones.

Al oeste de Kioto se encuentra otro templo del budismo Shingon cuyo origen se remonta al año 886 cuando el emperador Koko ordenó su construcción con el fin de proteger la nación y difundir las enseñanzas budistas. Dado que murió antes de verlo terminado, fue el emperador Uda quien completó la obra en 888 y le dio el nombre de Ninna-ji, por el año del reinado de su predecesor. Desde sus inicios, el templo mantuvo una relación muy estrecha con la familia imperial. Tras abdicar, el emperador Uda se convirtió en su primer monzeki, o sacerdote principal de linaje aristocrático, y entre 888 y 1869 fue habitual que los emperadores enviaran a un príncipe al templo cuando quedaba vacante ese cargo. El Goten, situado a la izquierda tras cruzar la puerta Nio-mon, fue la antigua residencia del monzeki. Sus corredores cubiertos permiten recorrer edificios de estilo shoin-zukuri y un jardín cuidadosamente diseñado. Aunque el acceso a Nanna-ji es gratuito, para visitar el Goten hay que pagar entrada.

Ninna-ji fue destruido durante la guerra de Onin (1467), y recuperó su esplendor unos 150 años después gracias al príncipe Kakushin Hosshinno, hijo del emperador Go-Yozei, con el apoyo de Tokugawa Iemitsu. De esa época proceden muchos de los edificios conservados, como la puerta Nio-mon, la pagoda Goju-no-to, el Kannon-do, el Miei-do, el Kondo y los célebres cerezos Omuro-zakura, que florecen a mediados de abril y son mencionados en numerosos waka (poesía japonesa) desde el periodo Edo. La sala principal, Kondo, es otro de los grandes hitos del conjunto. Declarada Tesoro Nacional e inscrita como Patrimonio de la Humanidad en 1994, fue construida en 1613, lo que la convierte en el ejemplo conservado más antiguo de Japón de un Shishin-den (sala de ceremonias). Muy cerca se alza la pagoda Goju-no-to, construida en 1644 con una altura de 36,2 m. También pertenece a esta etapa el Kannon-do (de acceso de pago), construido entre 1641 y 1644 y dedicado a Senju Kannon Bosatsu, acompañada por 2 guardianes y 28 estatuas. Sus paredes y pilares conservan coloridas pinturas de monjes budistas.

Sanjusangen-do (33 espacios), también conocido como Rengeo-in, fue fundado en 1164 y está registrado como Tesoro Nacional. El edificio original se perdió en un incendio, pero fue reconstruido en 1266 y ha conservado prácticamente la misma estructura durante más de 700 años. Su larguísima sala de unos 120 m, construida en estilo wayo, está dividida en 33 espacios entre columnas que guardan 1001 imágenes de Kannon. En el centro se alza una gran estatua sedente, rodeada por mil figuras de pie talladas en ciprés japonés. Frente a ellas se sitúan 28 deidades guardianas y, en los extremos, los dioses del Trueno y del Viento, considerados obras maestras del periodo Kamakura. No se permite hacer fotos ni vídeos, algo que, en cierto modo, hace que la visita se quede todavía más grabada en la memoria.

Entre 1185 y 1333, durante el sogunato Kamakura, Kioto siguió siendo la capital imperial, aunque el verdadero centro de poder se encontraba en Kamakura. De esta etapa proceden algunos de los grandes templos zen de la ciudad, como Kennin-ji y Tofuku-ji. Kennin-ji, fundado en 1202, está considerado el templo zen más antiguo de Kioto, siendo Kanno-ji de Izumi el templo budista zen más antiguo de Japón. Detrás del edificio principal se encuentra Cho-on-tei, el “jardín del sonido de la marea”, una composición sencilla y serena en la que 3 piedras representan a Buda acompañado por 2 monjes. Otro de sus espacios más llamativos es el Hatto o Sala del Dharma, construido en 1765 en estilo zenshu. En su techo destacan los Dragones Gemelos de Koizumi Junsaku, una enorme pintura realizada para conmemorar el 800.º aniversario del templo e instalada en 2002.

Tofuku-ji es otro de los grandes templos zen de Kioto. Fue fundado en 1236 por el canciller imperial Kujo Michiie, con la ambición de convertirlo en un nuevo centro budista de referencia para la capital. Su nombre combina el de los dos célebres templos de Nara, Todai-ji y Kofuku-ji. Su sacerdote fundador, Enni Ben’en (1202-1280) se convirtió en el primer monje en recibir el título de Kokushi, o sacerdote nacional. Aunque sufrió varios incendios, fue reconstruido en el siglo XIV siguiendo los planos originales inspirados en los monasterios budistas chinos de la provincia de Zhejiang. En la era Meiji, el decreto Shinbutsu bunri, que separó sintoísmo y budismo, redujo el recinto de 70 a 25 edificios. Otro incendio, en 1881, destruyó la Sala Principal, el Hojo, el Hatto y la estatua de Buda Shakyamuni y durante la guerra ruso-japonesa (1904), el lugar fue requisado como campo de prisioneros para soldados rusos. La Sala Principal y el Hatto se reconstruyeron en 1917, y en 1934 se instaló una nueva estatua de Shakyamuni.

El Hojo, o sala del abad, fue reconstruido en 1890 y quedó rodeado en 1939 por los jardines diseñados por Shigemori Mirei (1898-1975). Tofuku-ji es el único templo donde los jardines rodean los 4 lados del Hojo. Los jardines representan metafóricamente los 8 eventos principales de la vida de Buda. El jardín sur combina 4 grandes rocas, que evocan las islas elíseas, con grava rastrillada que representa los 8 mares, y 5 montículos de musgo aluden a las 5 montañas sagradas. El jardín oeste alterna azaleas recortadas y grava blanca según el patrón Seiden’ichimatsu, mientras que el jardín norte reutiliza piedras de la antigua puerta principal y musgo para crear un damero irregular con el barranco Sengyokukan como fondo. El jardín este, o Hokuto-no-niwa, dispone antiguos pilares de cimentación sobre la grava para representar la constelación de la Osa Mayor.

Con una entrada nueva, se puede acceder al jardín del puente Tsutenkyo, un corredor cubierto de estilo rokyo del siglo XIV, de unos 100 m de longitud, que cruza el barranco Sengyokukan y conduce hacia el Kaisan-do, sala dedicada al fundador del templo.

Durante el sogunato Ashikaga, en el periodo Muromachi, Kioto volvió a ocupar el centro del poder cuando el tercer sogún, Yoshimitsu, estableció su residencia en el barrio de Muromachi. La ciudad vivió entonces una etapa de prosperidad de la que proceden algunos de sus edificios más emblemáticos, como Kinkaku-ji y Ryoan-ji. Kinkaku-ji, conocido formalmente como Rokuon-ji, es uno de los templos zen más famosos de Kioto. El lugar perteneció a la familia Saionji hasta 1397, cuando Yoshimitsu lo adquirió y construyó allí el palacio de Kitayama, centrado en el Kinkaku, la estupa dorada que hoy da nombre al templo. Tras su muerte, el recinto se transformó en templo budista siguiendo su voluntad. Hoy, el Pabellón Dorado, cubierto de pan de oro y reflejado en el estanque, es una de esas imágenes que justifican por sí solas la visita. En 1994, Kinkaku-ji fue inscrito como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Ryoan-ji es un templo célebre por su jardín de rocas. El lugar fue originalmente la casa de campo del clan Tokudaiji, adquirida en 1450 por Hosokawa Katsumoto para convertirla en templo zen. Destruido durante la guerra de Onin, fue reconstruido en 1499 e inscrito en 1994 como Patrimonio de la Humanidad. El jardín de rocas, atribuido al monje Tokuho Zenketsu hacia 1500, resume con extrema sencillez la estética del periodo Muromachi. En un rectángulo de apenas 25 por 10 m, sin árboles ni adornos, solo 15 rocas que emergen sobre la grava blanca. Junto al jardín, el estanque Kyoyochi recuerda una etapa anterior del templo, ya que fue creado a finales del siglo XII y durante mucho tiempo acogió numerosos patos mandarines, de ahí el sobrenombre popular de Ryoan-ji como Oshidoridera, el “templo de los patos mandarines”.

La prosperidad de Kioto se quebró con la guerra de Onin (1467-1477), un conflicto civil que devastó la ciudad y abrió el periodo Sengoku, la época de los Estados en guerra. Kioto se convirtió entonces en un escenario de disputa entre clanes, instituciones religiosas y nuevos poderes militares. En ese contexto llegó Francisco Javier, que había desembarcado en Japón en 1549 y viajó a la ciudad desde Yamaguchi con la intención de obtener apoyo para predicar el cristianismo. Lo que encontró fue una capital empobrecida y políticamente fragmentada. La historia de Nishi Hongan-ji se entiende dentro de esa misma transformación: una época en la que las grandes instituciones budistas acumulaban fieles, recursos y poder, mientras los nuevos gobernantes intentaban integrarlas o someterlas al orden que estaba naciendo tras décadas de guerra civil.

Instalado en su ubicación actual en 1591, Nishi Hongan-ji es hoy la sede principal de la rama Hongwanji-ha del budismo Jodo Shinshu, una de las corrientes de la Tierra Pura más influyentes de Japón. Sus orígenes se encuentran en el mausoleo de Otani, donde fue enterrado Shinran Shonin (1173-1263), fundador de esta escuela budista. A partir de aquel pequeño lugar de memoria fue formándose el Hongan-ji, reconocido como templo en 1321 y convertido poco a poco en un centro religioso de enorme importancia. Su crecimiento despertó la hostilidad de otras instituciones budistas, como los monjes del monte Hiei, pertenecientes a la escuela Tendai, que veían en la expansión del Jodo Shinshu una amenaza para su influencia. Oda Nobunaga, decidido a reducir su autonomía, asedió durante 10 años el Ishiyama Hongan-ji de Osaka, una de las principales fortalezas del Jodo Shinshu. Tras su derrota, Toyotomi Hideyoshi concedió a la comunidad un nuevo emplazamiento en Kioto, donde se levantó el actual Nishi Hongan-ji. Poco después, con la llegada de Tokugawa Ieyasu al poder, la institución quedó dividida en 2 ramas para limitar su influencia política: al oeste, Nishi Hongan-ji, y al este, Higashi Hongan-ji. El conjunto está considerado uno de los mejores ejemplos de arquitectura Azuchi-Momoyama y varias de sus estructuras fueron declaradas Tesoros Nacionales y, en 1994, fueron inscritas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

La instalación de Nishi Hongan-ji en Kioto no fue un hecho aislado, sino parte de la política de Toyotomi Hideyoshi para pacificar la capital, redistribuir espacios de poder y someter a las instituciones religiosas al nuevo orden político. El castillo de Fushimi-Momoyama representa la otra cara de esa misma reorganización: la voluntad de proyectar un poder unificado desde las afueras de Kioto. Situado en Fushimi-ku, fue construido por Hideyoshi como residencia privada y se hizo famoso por su sala de té, cuyas paredes y utensilios estaban recubiertos de pan de oro. Un terremoto lo destruyó apenas 2 años después de su construcción, y tras ser reconstruido, pasó a manos de Torii Mototada, vasallo de Tokugawa Ieyasu. En 1600, durante el asedio de Fushimi, Torii resistió durante 11 días frente a las tropas de Ishida Mitsunari, retrasando su avance. Gracias a su resistencia fue posible consolidar la victoria de Tokugawa sobre sus rivales. El castillo fue desmantelado en 1623 y muchos de sus elementos se reutilizaron en otros castillos y templos de Japón. En Kioto, 5 templos (Yogen-in, Genko-an, Shoden-ji, Hosen-in y Kosho-ji) conservan tablones manchados de sangre procedentes del castillo, donde Torii Mototada y sus 380 samuráis cometieron seppuku. La réplica de 1964 funcionó como museo dedicado a Toyotomi Hideyoshi hasta su cierre al público en 2003.

Tokugawa Ieyasu puso fin a las guerras, unificó el país y trasladó el centro del poder a Edo, la actual Tokio, dando inicio al periodo Edo (1603-1867). Kioto quedó relegada a un papel secundario, aunque siguió albergando la corte imperial, parte de la administración aristocrática y un gran número de templos y santuarios. El castillo Nijo fue inaugurado en 1603 como residencia del sogún durante sus escasas visitas a la antigua capital imperial. Años después, en 1614, partió desde este castillo hacia la campaña de Osaka y regresó a él tras la victoria que puso fin al poder de la familia Toyotomi. Dentro del recinto destacan los palacios Ninomaru y Honmaru-goten. El Ninomaru, reconocido como Tesoro Nacional, está formado por 6 edificios unidos entre sí y construidos en estilo shoin-zukuri. El Honmaru-goten, al que se accede con una entrada aparte, fue trasladado a su ubicación actual en 1893 desde el palacio Katsura-no-miya y está designado como Bien Cultural Importante. Al sur se extiende el jardín Honmaru, creado con motivo de la visita del emperador Meiji.

Kodai-ji, conocido formalmente como Kodaijusho-zenji, se encuentra en las montañas de Higashiyama, al este de Kioto. Fue fundado en 1606 por Kita-no-Mandokoro, más conocida como Nene, en memoria de su esposo, Toyotomi Hideyoshi. Tras la muerte de Hideyoshi, Nene se hizo monja budista con el nombre de Kodai-in Kogetsu-ni, del que procede el nombre del templo. La construcción fue financiada en buena parte por Tokugawa Ieyasu y el resultado fue uno de los conjuntos más refinados del periodo Momoyama, famoso por su arquitectura, sus jardines y sus trabajos lacados. Aunque Kodai-ji sufrió varios incendios a partir de 1789, todavía conserva algunos edificios originales, entre ellos el Otama-ya, el Kaisan-do, el Kangetsu-dai y las casas de té Kasa-tei y Shigure-tei, trasladadas desde el castillo de Fushimi-Momoyama. Muchos de estos espacios han sido declarados Bienes Culturales Importantes. En el Otama-ya están consagrados Hideyoshi y Nene, y bajo sus imágenes se encuentran sus tumbas. La decoración interior destaca por el Kodai-ji maki-e, una técnica de lacado con motivos dorados considerada una de las expresiones más refinadas del arte decorativo Momoyama.

El jardín del templo, rediseñado por el paisajista Kobori Enshu sobre un jardín anterior, está considerado uno de los mejores de su época. Su estanque combina símbolos tradicionales de larga vida y prosperidad: al norte, una isla con forma de tortuga; al sur, una composición de piedras que representa una grulla. Por su valor histórico y paisajístico, ha sido reconocido como Lugar de Importancia Histórica y Paisaje de Gran Belleza.

A mediados del siglo XIX, Kioto recuperó protagonismo político como sede de la corte imperial, aunque Edo seguía siendo el principal centro administrativo del sogunato. La tensión entre partidarios del emperador y defensores del régimen sogunal estalló en 1864 con la rebelión de Hamaguri. La revuelta fue reprimida, pero los combates e incendios destruyeron buena parte de la ciudad y agravaron una crisis política que ya parecía irreversible. En 1868, tropas dirigidas por Saigo Takamori tomaron el Palacio Imperial y forzaron la devolución del poder político al emperador Meiji. Los partidarios de Tokugawa Yoshinobu intentaron revertir la decisión, pero fueron derrotados poco después en la batalla de Toba-Fushimi. Aquella victoria marcó el final del sogunato y abrió paso al nuevo gobierno Meiji, que emprendió una profunda transformación política del país. Ese mismo año, la corte imperial se trasladó a Edo, rebautizada como Tokio, la “capital del este”. Kioto, que durante siglos había sido conocida como Miyako o “la capital”, pasó a llamarse durante un breve periodo Saikyo, la “capital del oeste”. Aunque perdió su papel político central, conservó buena parte de su patrimonio histórico, artístico y religioso.

Heian Jingu fue construido en 1895 para conmemorar el 1100.º aniversario de la fundación de Heian-kyo y formó parte de los esfuerzos por revitalizar Kioto después de que la ciudad perdiera su papel de capital imperial. El santuario venera al emperador Kanmu, que trasladó aquí la capital en 794, y al emperador Komei, el último que gobernó desde allí antes del traslado de la corte a Tokio. Por eso, Heian Jingu es un monumento moderno a la memoria histórica de Kioto. Su diseño se inspira en el antiguo Chodo-in, el recinto administrativo del Palacio Imperial donde el emperador presidía los asuntos de Estado. Los edificios, dispuestos de forma simétrica alrededor de un amplio patio de grava blanca, destacan por su intenso color bermellón y por su gran escala. Entre ellos sobresalen el Daigokuden, o sala exterior de culto, y la puerta Otenmon, ambos declarados Bienes Culturales Importantes de Japón.

El conjunto se completa con sus jardines, declarados Lugar Nacional de Belleza Paisajística. Están organizados en 4 zonas inspiradas en distintos periodos de la historia japonesa (Heian, Kamakura, Momoyama y Edo) e incorporan estructuras de madera trasladadas desde el Palacio Imperial de Kioto. Se recorren despacio, entre estanques, puentes, vegetación y pequeños rincones de descanso que contrastan con la solemnidad del santuario principal. Para acceder hay que pagar una entrada aparte, pero para nosotros mereció mucho la pena, ya que fueron algunos de los jardines más bonitos que vimos en Japón.

Ryozen Kannon fue inaugurado en 1955 como memorial dedicado a los soldados desconocidos y a las víctimas japonesas de la Segunda Guerra Mundial, con la intención de transmitir un mensaje de paz. La gran estatua de hormigón representa a Avalokitesvara, bodhisattva de la compasión, y fue impulsada por Hirosuke Ishikawa. Situada al pie de las montañas orientales de Kioto, destaca por sus 24 m de altura y por su expresión serena, obra del escultor Choun Yamazaki. El recinto conserva también una gran huella de piedra de Buda, considerada la mayor de Japón.

Pasamos 4 días en Kioto, tiempo suficiente para recorrer algunos de sus templos y santuarios más emblemáticos, pero también para darnos cuenta de que la ciudad siempre guarda algo más por descubrir. Entre pagodas, puertas bermellón y patios de grava, Kioto nos acompañó con esa mezcla de historia, belleza y calma que la hace tan especial. Además, fue aquí donde celebramos nuestro aniversario y el cumpleaños de Xavi, 2 motivos que convirtieron esta etapa del viaje en un recuerdo todavía más personal. Nos fuimos con la sensación de haber recorrido siglos de historia en apenas 4 días y con la certeza de que Kioto es de esos lugares a los que apetece volver.

Nara, la primera capital permanente de Japón

Nara, ciudad de la región de Kansai y cercana a Kioto y Osaka, fue la primera capital permanente de Japón entre 710 y 784, bajo el nombre de Heijo-kyo. Junto con los períodos Kofun (250-538) y Asuka (538-710), el período Nara forma parte del período conocido como Yamato. El período Nara, aunque fue breve, fue fundamental en la formación del estado japonés. Durante esos años, la literatura avanzó de forma notable y se compilaron textos fundacionales del sintoísmo, como el Kojiki (Registro de cosas antiguas), reunido en 712 a partir de fuentes previas, incluidas genealogías de antiguos clanes, y el Nihon Shoki (Crónica de Japón, también llamado Nihongi), finalizado en 720 por un comité de eruditos de la corte. Ambas obras relatan la llamada Era de los Dioses, el tiempo mítico de la creación del mundo, y atribuyen a la línea imperial un origen directo en Amaterasu, la diosa del sol.

Una característica destacada de este período fue la presencia de tres emperatrices reinantes, cuya actuación influyó de forma decisiva en la política de la época: Genmei (707-715), Gensho (715-724) y Koken, que ocupó el trono en dos etapas (749-758 y 764-770). Genmei (661-721), cuadragésima tercera emperatriz de Japón y cuarta mujer en reinar, asumió el poder en 707 tras la muerte de su hijo, el emperador Monmu, para garantizar la estabilidad dinástica hasta la mayoría de edad de su nieto, el futuro emperador Shomu. Durante su reinado, la corte se trasladó del palacio de Fujiwara al Palacio de Heijo, al oeste de la actual Nara. Gensho (680-748), cuadragésima cuarta emperatriz, hija de Genmei y hermana de Monmu, subió al trono con el mismo propósito y abdicó en 724, cuando Shomu ya tenía edad para gobernar. Koken Tenno (718-770), conocida como Shotoku Tenno en su segundo reinado, fue la cuadragésima sexta y también la cuadragésima octava emperatriz de Japón. Reinó entre 749 y 758 y, tras destituir al emperador Junnin, volvió al trono entre 764 y 770. Hija del emperador Shomu, tuvo un papel político decisivo, y su estrecha relación con el monje budista Dokyo facilitó la creciente influencia del clero budista en el poder.

Japón intensificó sus relaciones con China y Corea, lo que reforzó la influencia exterior en el país. Nara se diseñó siguiendo el modelo de Chang’an (actual Xi’an), capital de la dinastía Tang, por lo que su trazado urbano adoptó una cuadrícula regular y una arquitectura de clara inspiración china. Este período también fue clave para la consolidación y expansión del budismo, cuya influencia alcanzó incluso la gastronomía, con ejemplos como el Yamato chagayu y el kakinoha sushi. Los monumentos históricos de la antigua Nara (Horyu-ji, Todai-ji, Kofuku-ji, Gango-ji, Yakushi-ji, Toshodai-ji, Kasuga Taisha y los restos del palacio Heijo) forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1998. Todai-ji, principal emblema espiritual de la ciudad, es el edificio de madera más grande del mundo. Su gran sala, el Daibutsu-den, reconstruida en 1709 tras un incendio, alberga un Gran Buda de bronce de 15 metros, inspirado en Buda Vairocana, y creado en 752.

Muy cerca, Nigatsu-do, o Pabellón del Segundo Mes, es una de las construcciones más importantes de Todai-ji. Fue construido en 772 y reconstruido en 1669 tras un incendio. Su nombre alude a la ceremonia del Shuni-e, celebrada en el segundo mes del calendario lunar, durante la cual los monjes recorren la balconada con antorchas. Gracias a su ubicación elevada brinda una hermosa vista de la ciudad.

Kofuku-ji evoca la relevancia política y religiosa de Nara en sus primeros siglos. Vinculado al poderoso clan Fujiwara, este templo, fundado en 669, fue trasladado a Nara cuando la capital se estableció allí, y fue durante mucho tiempo uno de los centros más influyentes del país. El conjunto incluye varios edificios declarados tesoros nacionales: las dos salas octogonales Hokuendo y Nanendo, los salones dorados Chukondo (El Salón Dorado Central) y Tokondo (El Salón Dorado Oriental), y las pagodas de tres y cinco pisos. Esta última, de 50,1 metros de altura, es la segunda más grande de Japón, solo por detrás de la de To-ji, en Kioto. Símbolo de la ciudad, fue construida en 730, y reconstruida cinco veces tras varios incendios. La estructura, que data de 1426, actualmente se encuentra en un prolongado proceso de restauración (hasta 2031).

La sala Hokuendo, considerada una de las más bellas de Japón, fue construida en 721, mientras que la Nanendo se levantó un siglo después. El Salón Dorado Central (Chukondo), edificio principal del templo, destaca como una de sus construcciones más imponentes, sin embargo, tras ser destruido por un incendio hace 300 años, no fue reconstruido hasta 2018. Finalmente, el Salón Dorado Oriental (Tokondo) alberga una gran estatua de Buda Yakushi. Por su parte, el Museo del Tesoro Nacional (Kofukuji Kokuhokan) exhibe parte de la valiosa colección artística del templo. Entre las piezas sagradas expuestas sobresale la estatua de Ashura, de tres caras y seis brazos, una de las esculturas budistas más célebres de Japón.

Frente a la monumentalidad de los templos, el jardín Yoshiki-en ofrece un remanso de paz. Pasear entre sus estanques, el musgo y la delicadeza de su diseño paisajístico revela otra faceta de Nara: una belleza serena, ajena a la grandilocuencia. Fundado en 1919 sobre el antiguo emplazamiento de Manishuin, un templo vinculado a Kofuku-ji, está abierto al público como jardín desde 1989. Uno de sus principales atractivos es la presencia de tres jardines en uno: el jardín del estanque, de estilo chisen (cuyo origen se remonta al período Edo); el jardín de musgo, de estilo koke-niwa; y el jardín para la ceremonia del té, o cha-niwa, donde se alza una casa de té con techo de paja.

Considerado uno de los lugares más sagrados de Japón, Kasuga Taisha es el santuario principal de Nara. Fue fundado en 768 por orden de la emperatriz Shotoku y consagra cuatro deidades tutelares, además de numerosos kami asociados a la fortuna. El santuario es una referencia del estilo arquitectónico kasuga-zukuri, caracterizado por la influencia china, con tejados inclinados y una decoración en tonos rojos, dorados y bermellón. Hasta el final del período Edo, fue reconstruido cada 20 años, siguiendo una tradición de renovación periódica.

Se accede a través del parque de Nara, famoso por los ciervos venerados como «mensajeros de los dioses». El camino de acceso, además, destaca por los más de 2.000 farolillos de piedra que lo bordean. A éstos se les suman más de mil farolillos de bronce guardados en el recinto principal. Durante el festival Mandoro, celebrado a comienzos de febrero y también a mediados de agosto, estos farolillos se encienden para iluminar el santuario y sus alrededores. Además del santuario principal, hay otros 62 santuarios secundarios, entre los cuales destacan 15 integrados en la llamada Peregrinación de los 15 Santuarios de Kasuga Wakamiya.

En medio del parque de Nara se encuentra el pabellón Ukimido, una estructura de madera de planta hexagonal situado sobre el estanque Sagi cuyo propósito fue servir como lugar de meditación para monjes budistas. La estructura actual data de 1994. Durante el festival Nara Tokae, celebrado a principios de agosto, se ilumina con cientos de velas.

Nuestra visita a Nara coincidió con el Seijin no Hi, el Día de la Mayoría de Edad en Japón, que se celebra el segundo lunes de enero. Durante ese día, las calles se llenan de jóvenes vestidos para la ocasión: las chicas lucen vistosos furisode, mientras que los chicos optan por traje o por indumentaria tradicional. Tras asistir a las ceremonias organizadas por las autoridades locales, éstos visitan templos y santuarios para fotografiarse y marcar simbólicamente el inicio de una nueva etapa. Esta celebración se adoptó en 1948 e incluía a todos aquellos que cumplían 20 años entre el 2 de abril del año anterior y el 1 de abril del año presente, sin embargo, desde 2022 la mayoría de edad se fijó en 18 años.

Antigua capital y corazón espiritual de Japón, Nara conserva una forma de belleza serena, hecha de memoria, ritual y paisaje. Quizá por eso, más que una etapa del viaje, termina convirtiéndose en una experiencia que permanece: un lugar donde el pasado aún ilumina el presente con una delicadeza difícil de olvidar.

Los ciervos de Nara: el gran atractivo

Nara es especialmente conocida por los más de 1.000 ciervos que deambulan libremente por su parque. Sin embargo, su presencia no es solo turística, sino que está profundamente ligada a la historia religiosa de la ciudad y a sus santuarios. Cuenta la leyenda que el dios del trueno Takemikazuchi-no-Mikoto llegó a Nara montado en un ciervo blanco y los descendientes de dicho ciervo poblaron la zona y fueron venerados como «mensajeros de los dioses» durante más de un milenio. Esa veneración se tradujo en una protección estricta: durante siglos, dañar o matar a uno de estos ciervos se consideró un delito grave, y se dice que hasta 1637 podía castigarse incluso con la pena de muerte. Hoy están protegidos por su valor cultural y natural y, aunque su condición divina se revocó tras el final de la Segunda Guerra Mundial, siguen siendo uno de los grandes símbolos de la ciudad.

Los ciervos de Nara son ciervos sika (Cervus nippon): un cérvido de tamaño medio, cuerpo esbelto y pelaje que cambia según la estación. Suelen moverse en grupos y se adaptan muy bien a ambientes boscosos… y, en Nara, también a la cercanía humana. En los machos, las astas se caen de forma natural cada año hacia el final del invierno y el inicio de la primavera, y vuelven a crecer en el ciclo siguiente. Aun así, para reducir el riesgo de heridas y conflictos, tanto entre los propios ciervos como con los visitantes se les recortan las astas en otoño (entre octubre y noviembre) durante la ceremonia Shika no Tsunokiri (ceremonia de corte de astas). Se trata de una tradición centenaria, con origen en el período Edo (1672), que se celebra para controlar de forma segura a los machos que pueden volverse más agresivos durante la berrea. Está organizada por el santuario Kasuga Taisha y la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, y, durante esta ceremonia, hombres llamados seko persiguen, capturan y sujetan a los machos, mientras un sacerdote sintoísta (shinkan) realiza oraciones y recorta las astas con una sierra, para, posteriormente, presentarlas como ofrendas sagradas.

Y aquí viene lo importante: a pesar de interactuar con los visitantes, los ciervos siguen siendo salvajes. Pueden volverse insistentes o impredecibles si detectan comida o si se sienten acorralados, así que conviene tratarlos con respeto: no tocarlos, ni perseguirlos y mantener cierta distancia. Si alguien decide ofrecerles comida, lo único «aceptable» son las galletas específicas llamadas shika senbei. Se utilizan desde hace siglos (se menciona su uso al menos desde 1670) y el nombre shika senbei (literalmente, galletas de ciervo) es una marca registrada vinculada a la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, con venta asociada a comercios autorizados. En su versión tradicional, se elaboran con una receta sencilla a base de salvado de arroz y harina de trigo.

Sin embargo, alimentar a la fauna salvaje casi nunca se queda en un gesto puntual. En cuanto los ciervos asocian a las personas con comida, se acercan con más insistencia: empujan, mordisquean y hasta cortan el paso cuando piden alimento, sobre todo si ven galletas. Además, darles comida contribuye a una mayor concentración de animales en ciertas zonas, lo que aumenta la competencia y los roces (y, de paso, las situaciones incómodas para quien solo quería una foto). El problema es más importante cuando se piensa en su dieta real. Los ciervos comen pasto y otras plantas, sin embargo, el aporte calórico de las shika senbei es mayor, y eso fomenta cierta dependencia en parte de la población. Durante el confinamiento y la consiguiente caída del turismo, se informaron casos de desnutrición, puesto que acostumbrarlos a un «extra» constante tiene consecuencias. Si encima se les da comida inadecuada (por ejemplo, patatas de bolsa), el problema se agrava: se altera su dieta y pueden aparecer problemas digestivos. Por todo ello, mi conclusión es clara: mejor no alimentarlos. Observarlos sin convertir la comida en el centro del encuentro es la forma más respetuosa de disfrutar del parque.

Además de la alimentación, el contacto entre humanos y ciervos acarrea otros problemas, especialmente relacionados con la gestión de residuos. Dejar basura al alcance de los animales incrementa el riesgo de ingesta accidental de plástico y otros materiales peligrosos, lo que puede provocar obstrucciones y, en casos graves, la muerte. Por otro lado, no todos los ejemplares están en buen estado de salud. Algunos presentan heridas en las patas o cojera, que puede deberse a incidentes en carreteras o zonas de paso, pero también a maltrato o acoso por parte de algunas personas (patear, perseguir o acorralar), lo que eleva el estrés del animal y aumenta el riesgo de accidentes. También conviene recordar que la agresividad de los machos puede aumentar en la berrea y que algunas hembras se vuelven más defensivas durante la temporada de cría (mayo–julio). Por último, como ocurre con otros animales salvajes, pueden portar parásitos (por ejemplo, garrapatas), así que es mejor evitar el contacto directo y extremar la higiene.

Al final, mi sensación es ambivalente: verlos tan cerca es una experiencia memorable y, en cierto modo, una puerta de entrada para entender el vínculo histórico entre Nara y su paisaje sagrado. Pero que el encuentro sea «bonito» no significa que sea positivo para el animal. Cuanto más se normaliza el contacto, más se difuminan los límites entre fauna salvaje y entretenimiento. Y, sobre todo, alimentarlos suele tener el efecto contrario al deseado: cambia su comportamiento y multiplica los conflictos. Si buscas una convivencia respetuosa, lo más sensato es mirarlos a distancia, sin tocarlos ni perseguirlos… y dejando que sigan siendo lo que son: animales salvajes.

Por último, vale la pena recordar que Nara no se reduce a sus ciervos. Los templos y los santuarios forman parte del atractivo de la ciudad y ayudan a entender por qué este lugar se convirtió en la primera capital permanente de Japón.

Izumi, hogar invernal de más de 10.000 grullas

Izumi no solo cuenta la historia de temidos samuráis, sino que es también escenario de un impresionante fenómeno natural: cada año, más de 10.000 grullas migran desde Siberia para pasar el invierno en este maravilloso lugar. En la cultura japonesa, las grullas (tsuru) simbolizan la longevidad, la buena suerte y el amor eterno. Este significado está estrechamente vinculado al hecho que forman parejas monógamas y suelen desplazarse en compañía de su familia (pareja y polluelos). Además, dado que pueden vivir hasta los 20-30 años, es común elaborar figuras de origami con su forma para desear la curación de enfermedades y una larga vida.

Durante los meses más cálidos, las grullas se reproducen en Rusia, Mongolia o China, mientras que, entre octubre y marzo, emprenden su migración hacia el sur, para encontrar condiciones más favorables para pasar el invierno. Izumi se ha convertido en un importante refugio para diversas especies de grullas: de las 15 especies que existen en el mundo, siete (además de una variedad híbrida) se pueden observar en este pequeño pueblo. Las más abundantes son la grulla monje y la grulla cuelliblanca, ambas consideradas vulnerables.  Con algo de suerte, también es posible ver otras especies, como la grulla común (o euroasiática), la grulla canadiense, la grulla siberiana y la grulla de corona roja (estas últimas en peligro de extinción), así como la elegante grulla damisela.

Izumi desempeña un papel fundamental en la conservación de las grullas a nivel mundial, ya que alberga entre el 80% y el 90% de la población global de grullas monje y entre el 40% y el 50% de grullas cuelliblanca. La grulla monje (Grus monacha) es una especie de tamaño relativamente pequeño. Alcanza aproximadamente un metro de altura y pesa alrededor de 4 kg. Se distingue por su plumaje gris oscuro, junto con la cabeza y el cuello blancos, y una llamativa mancha rojo oscuro en la frente. Esta especie se reproduce en los humedales del sureste de Siberia y el norte de China, desde donde migra en invierno principalmente hacia Izumi, aunque también se la puede encontrar en Corea del Sur y el sureste de China. Actualmente, se considera vulnerable debido, en gran parte, a la destrucción de su hábitat natural.

Por su parte, la grulla cuelliblanca (Antigone vipio) presenta un aspecto característico que la hace fácilmente reconocible. Su plumaje es mayoritariamente gris, con alas blancas, cuello grisáceo atravesado por una distintiva línea blanca longitudinal, rostro negro con zonas de piel roja y largas patas rojizas. Esta especie es ligeramente más grande, con una altura que oscila entre 1,12 y 1,25 metros y un peso aproximado de 6 kg. Habita en el noreste de Asia, donde se reproduce en Mongolia, China y Rusia, y migra en invierno hacia regiones más cálidas, como el río Yangtsé (China), Corea y Japón.

El proyecto de conservación de las grullas en Izumi se remonta al siglo XVIII, cuando el clan Shimazu ordenó su protección. Sin embargo, esta situación cambió durante el período Meiji (1868–1912), etapa en la que las grullas comenzaron a ser cazadas de forma intensiva, provocando un drástico descenso de su población. No fue hasta 1921 cuando se promulgó una ley que prohibía su caza, marcando el inicio de su recuperación. Posteriormente, en 1952, la zona de Izumi fue declarada Monumento Natural Especial, lo que reforzó su protección y su importancia ecológica. En 1962 se dio un paso decisivo con la creación del Comité de Conservación de las Grullas de Kagoshima, cuya labor fue fundamental para desarrollar planes de protección efectivos. Ese mismo año, aproximadamente 50 hectáreas de arrozales fueron designadas como área protegida durante los meses de noviembre a marzo, coincidiendo con la estancia invernal de las grullas. Estos terrenos pertenecen a agricultores locales, quienes reciben una subvención a cambio de ceder sus campos temporalmente, favoreciendo así a la conservación de estas aves. Además, el seguimiento y estudio de las grullas se ha mantenido durante más de medio siglo gracias a la implicación de estudiantes de los institutos Kakusho Gakuen y Takaono, cuya labor ha sido clave para el conocimiento y la protección continuada de estas especies.

El Centro de Observación de Grullas de Izumi permanece abierto entre los meses de noviembre y marzo. En sus instalaciones se encuentra un pequeño museo que ofrece información sobre estas aves, y desde su parte superior es posible disfrutar de vistas panorámicas de los campos circundantes. El área se divide en dos zonas protegidas: el área de Arasaki, que rodea el propio centro de observación, y el área de Higashi Kantaku, situada aproximadamente a un kilómetro de distancia. El mejor momento para observar las grullas es al amanecer. Cada mañana, alrededor de las 7:00 h, las aves son alimentadas con grano con el objetivo de evitar que dañen los cultivos de la zona. Tras este momento, se dispersan por los campos de arroz durante el día y regresan al atardecer a las áreas protegidas, donde descansan durante la noche. En cuanto al acceso, la forma más cómoda de llegar al centro es en coche. No obstante, también es posible hacerlo en autobús (aunque con poca frecuencia) o en taxi desde la estación de tren de Izumi.

Así, Izumi se revela no solo como un refugio imprescindible para las grullas, sino también como un ejemplo de convivencia entre el ser humano y la naturaleza. Cada invierno, el cielo se llena de alas que recuerdan la fragilidad de estas aves y la importancia de preservarlas. Entre el silencio del amanecer y el batir de alas al alzarse el vuelo, este pequeño rincón de Japón invita a detenerse, observar y comprender que, más allá de su belleza, las grullas encarnan una historia de resistencia, cuidado y esperanza que sigue escribiéndose año tras año.

Experiencias en Japón: ceremonia del té con kimono en Izumi

Izumi es un pequeño pueblo en la prefectura de Kagoshima famoso por las 10.000 grullas que emigran desde Siberia, por el templo zen Rinzai más antiguo de Japón (Kannoji) y por haber sido hogar de temidos samuráis. Este pueblo pertenecía al dominio de Satsuma, territorio que abarcaba la actual prefectura de Kagoshima y parte de la prefectura de Miyazaki (hasta 1587 incluía los pueblos de Obi y Uzuki). Este dominio fue controlado por el clan Shimazu y fue uno de los más poderosos de Japón, con una kokudaka (medida de producción de arroz) de 770.000 koku (mayor incluso que el dominio de Sendai). En el pequeño Museo de Historia Izumi-Fumoto se pueden ver algunas de las armas y armaduras de los samuráis de Satsuma, mientras que en el cementerio de Kannoji, templo construido en 1194 por orden de Shimazu Tadaisha, se encuentran las tumbas de las primeras cinco generaciones de la familia Shimazu. Además, en el interior se puede observar una impresionante estatua de Kannon de 11 caras y 1000 brazos, tallada en 1445.

El clan Shimazu consiguió preservar su posición de poder en Japón a pesar de haber sufrido derrotas significativas en momentos clave de la historia. Tras ser vencidos por Toyotomi Hideyoshi durante la campaña de Kyushu en 1587, y encontrarse en el bando perdedor en la famosa batalla de Sekihagara en 1600, los Shimazu lograron mantener su influencia cuando el shogun Tokugawa Ieyasu asumió el control del país. Durante el período Edo (1603-1868), el clan gozó de una notable autonomía y siguió siendo uno de los más relevantes y poderosos del archipiélago. Entre los miembros más destacados del clan sobresale la figura de Saigo Takamori (1828-1877), conocido como el último samurái. Takamori lideró la Rebelión Satsuma (1877), motivada por las persecuciones que los samuráis sufrían por parte del gobierno Meiji, marcando así el final de una era en la historia japonesa.

Durante el sogunato Tokugawa, se imponía a los daimios la restricción de poseer únicamente un castillo central. Sin embargo, el clan Shimazu encontró una manera de sortear esta limitación: además del castillo de Kagoshima, dividió su extenso territorio en 113 pueblos-fortaleza conocidos como Tojo. Dentro de estos Tojo se encontraban los Fumoto, barrios reservados a la clase samurái, cuyo punto central era la residencia (kariya) del daimio de Satsuma cuando se desplazaba por el territorio. Los Fumoto desempeñaban un papel crucial, pues estaban concebidos como puntos estratégicos de protección frente a posibles enemigos, garantizando así la seguridad del dominio. Gracias a esta estructura, Satsuma contaba con un porcentaje de samuráis superior al de otros dominios, lo que reforzaba su capacidad militar y administrativa.

El Tojo de Izumi fue el primero y el más grande de todos. Unas 150 residencias en Izumi-Fumoto, que se remontan al siglo XVI, permanecen intactas y el barrio ha sido reconocido como Distrito de Importante Conservación de Conjuntos de Edificios Tradicionales. Una característica de estas residencias son los muros de piedra que delimitan y protegen las propiedades, setos altos que refuerzan la privacidad e incluso la presencia de fosos en algunas residencias. Todos estos elementos arquitectónicos cumplían una función defensiva, permitiendo a los habitantes mantener la seguridad frente a posibles ataques. Los samuráis que vivían en los Fumoto dedicaban sus días a entrenar, pero también a llevar la administración regional, fabricar papel washi, cultivar el campo o incluso trabajar como herreros. Las calles, conocidas como baba, rodeaban las casas y, además de servir para entrenar, ofrecían una capa adicional de defensa frente a posibles intrusos.

Dos de las Residencias Samurái de Izumi-Fumoto están abiertas al público: Takezoe-tei y Saisho-tei. Takezoe-tei fue la residencia de un samurái de alto rango. En su interior, se exhibe una extensa colección de vajillas y utensilios antiguos, junto con una katana, una armadura y otras piezas históricas relevantes. La residencia Saisho-tei destaca por sus espacios ocultos, diseñados para defensa. Tiene una zona de tiro con arco tras una puerta desmontable, varios escondites en los pisos superiores y un túnel secreto para escapar durante ataques.  

Una de las actividades de las que se puede disfrutar en Izumi es participar en una ceremonia del té vestidos con kimonos. La preparación para este evento comienza con la asistencia de las miembros de la Asociación de Kimonos de Izumi, quienes se encargaron de vestirnos con esmero. Para los hombres, únicamente se ofrece un modelo de kimono, mientras que las mujeres tenemos la posibilidad de elegir tanto el kimono como el obi (cinturón), lo que añade un toque personalizado a la experiencia. Además, las mujeres podemos quedarnos con el kimono, el obi y los calcetines (tabi), a diferencia de los hombres, que deben devolver las prendas tras la actividad. Mientras elegía el kimono, las señoras aprovecharon para vestir a Xavi, y posteriormente me ayudaron a mí. Una vez vestidos, nos dirigimos hacia la residencia Saisho donde tendría lugar la ceremonia del té.

Allí nos recibió la encargada de la ceremonia, acompañada por una señora que tocaba el koto, el arpa tradicional japonesa, aportando así una atmósfera especial al evento. La ceremonia del té japonesa, conocida como Cha-no-ya, tiene profundas raíces en el budismo zen y se rige por cuatro principios fundamentales: wa (armonía), kei (respeto), sei (pureza) y yaku (tranquilidad). Tradicionalmente, esta ceremonia se realiza en una casa de té o chashitsu, donde la anfitriona prepara el té macha utilizando un batidor de bambú llamado chasen y lo sirve a los invitados realizando una reverencia como muestra de respeto. Sin embargo, en nuestro caso, el té ya venía preparado, por lo que no pudimos observar el proceso de elaboración.

La experiencia incluyó la degustación de una taza de té macha acompañada de un dulce japonés (wagashi), cuyo propósito es equilibrar el amargor del té. Para ambos, existe un protocolo estricto que debimos seguir. Al recibir el dulce y el té, se debe hacer una reverencia en señal de cortesía. El dulce se toma primero, en dos bocados, y después se procede a tomar el cuenco de té: se sostiene con la mano derecha y se apoyaba sobre la palma de la mano izquierda. Antes de beber, se debe admirar el cuenco (chawan) y girarlo dos veces en el sentido de las agujas del reloj, de modo que su parte más bonita quede orientada hacia la anfitriona, como muestra de humildad. El té se bebe generalmente en tres sorbos, y al finalizar es necesario volver a girar el cuenco dos veces en sentido contrario antes de dejarlo nuevamente en la bandeja. La ceremonia del té duró en total unos diez minutos como mucho.

Tras finalizar la ceremonia, nos ofrecieron la posibilidad de tocar el koto, a lo que me apunté enseguida. Como Xavi llamaba mucho la atención por su estatura y lo bien que lucía el traje, las señoras le ofrecieron un antiguo casco y una katana para que pudiera tomarse fotos al estilo de un verdadero samurái. Antes de marchar, la señora aprovechó para regalarnos unas figuras de origami que ella misma había hecho especialmente para nosotros. Sin duda, fue el mejor regalo que recibimos durante nuestro viaje por Japón.

Nuestra visita a Izumi-Fumoto fue una inmersión en la tradición y el legado samurái, acompañada de una experiencia única. Sin duda, Izumi permanecerá en nuestra memoria como un destino especial, que nos enseñó el valor de la armonía, el respeto y la amabilidad que definen la cultura japonesa.

Dos emblemas de Kyushu: Skurajima y el Monte Aso

La orografía de Japón está determinada por su ubicación en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Este cinturón se formó a lo largo de los siglos debido a la gran actividad de las placas tectónicas (fragmentos de la capa inferior de la corteza terrestre) que al chocar crean zonas de subducción (una placa se sobrepone a la otra), provocando terremotos de gran magnitud, e incluso tsunamis, erupciones volcánicas explosivas, y la formación tanto de profundas fosas oceánicas como de cordilleras montañosas. El archipiélago japonés se encuentra en la unión de varias placas tectónicas (las placas continentales de Ojotsk, Amuria, y Euroasiática, y las placas oceánicas Filipina y del Pacífico) y debido a esto, el país sufre numerosos terremotos anuales, aunque la mayoría son leves. El último gran terremoto, con una magnitud de 9.1 se produjo en 2011 cerca de Sendai y Matsushima, seguido por un tsunami (con olas de más de 40 m), que ha dejado multitud de víctimas mortales y daños materiales. Este terremoto fue provocado por la tensión acumulada por el desplazamiento de la placa del Pacífico hacía la placa Euroasiática.

Aunque el volcán más famoso es el Monte Fuji (3.776 m de altura e inactivo desde 1707), lo cierto es que Japón alberga más de 200 volcanes, siendo 111 aún activos. Tres de los más activos se encuentran en Kyushu: el Monte Unzen (Nagasaki), Sakurajima (Kagoshima) que libera cenizas con frecuencia, y el Monte Aso (Kumamoto) que posee una de las calderas más grandes del mundo. Debido a la actividad volcánica, el país también goza de multitud de fuentes de aguas termales (onsen). Beppu, situada a los pies del Monte Tsurumi, es famosa por ser uno de los mayores centros de aguas termales del mundo. El mismo volcán nutre también los infiernos de Beppu y permite los baños de arena (sunamushi onsen).

Sakurajima es un estratovolcán, o sea un volcán cónico (el típico que nos viene la mente cuando pensamos en uno) formado por la acumulación de capas (o estratos) de lava, ceniza y piroclastos (roca volcánica) y que se caracteriza por erupciones explosivas (o estrombolianas). Está formado por tres picos (Kitadake de 1.117 m, Nakadake de 1.060 m y Minamidake de 1.040 m) y las erupciones actuales son producidas por el cráter Showa (Minamidake). Antes de la erupción de 1914, este área era una isla que se integró a la península de Osumi como resultado del flujo de lava producido. Gracias a esto, actualmente se puede acceder por carretera, aunque también se puede llegar en ferry desde Kagoshima. Debido a que expulsa frecuentemente cenizas, no se puede ascender a su cráter, sin embargo, desde los observatorios de Arimura o Yunohira se puede ver con claridad. La península formada por el Sakurajima tiene una superficie de unos 80 km2 y está habitada, habiendo varios pueblos a su alrededor, incluidos hoteles y restaurantes. Una carretera circular de 36 km de longitud permite recorrerla en coche o en bicicleta.

Por otro lado, el Monte Aso (Aso-san) es un supervolcán con una caldera de 120 km de perímetro y está formado por cinco picos (Eboshi, Kishima, Naka, Neko y Taka), siendo Takadake el más alto (1.592 m) y Nakadake el más activo. Los supervolcanes reciben este nombre por poseer una cámara magmática superior a los volcanes convencionales y, por ende, mayores erupciones volcánicas. Durante su historia, el Monte Aso tuvo cuatro grandes erupciones explosivas entre hace 300.000 y 80.000 años. La Garganta de Takachiho es fruto de estas explosiones. El monte Aso, junto al monte Kuju, constituyen el Parque Nacional Aso-Kuju, que es un paraíso para los amantes de la naturaleza. En la depresión del volcán hay varios pueblos como la ciudad de Aso, Takamori-Machi o Minami Aso Mura y en sus laderas pastan vacas Akaushi y caballos. Desde el Mirador Daikanbo se puede disfrutar de vistas panorámicas impresionantes de ésta.

El principal atractivo es el Monte Nakadake, formado por siete cráteres en un área de 1 km. El cráter número 1 está activo y alberga en su interior un lago verde lima. Cuando nosotros fuimos, la niebla y los gases no nos permitieron ver el interior, pero disfrutamos del entorno cubierto ligeramente por nieve, que nos pareció espectacular. Se puede acceder fácilmente en coche, pagando una entrada. Sin embargo, el acceso puede estar restringido si los niveles de gases tóxicos son muy altos. Las personas con enfermedades cardio-respiratorios tienen prohibida la entrada.

Si algo queda claro tras explorar estos dos volcanes, es que en Japón la belleza y la tranquilidad conviven con la fuerza más bruta de la naturaleza en una armonía muchas veces frágil.

De Takamori a Kumamoto: una ruta con referencias manga/anime

Japón ha alcanzado gran notoriedad internacional en parte gracias al manga y al anime, que se han convertido en fenómenos virales en todo el mundo. El manga es la palabra japonesa para los cómics o novelas gráficas que suelen publicarse en blanco y negro y tratan temáticas muy diversas, que van desde la aventura hasta historias cotidianas. Muchos mangas sirven de base para la creación de animes, término que se refiere a la animación, especialmente la realizada en Japón. Este medio abarca una amplia variedad de géneros y estilos, y se caracteriza por su estética visual, personajes expresivos y narrativas dirigidas tanto a niños como adultos. El término otaku se utiliza para describir a una persona apasionada por el anime, el manga o la cultura japonesa. El barrio de Akihabara en Tokio es considerado como el epicentro de la cultura otaku.

Los mangas y animes no solo abren una ventana a la cultura y las tradiciones japonesas, sino que también permiten descubrir ciudades, templos y santuarios que aparecen reflejados en estas obras. Además, numerosos elementos de la mitología y religión japonesa se integran en las historias, enriqueciendo las tramas y dotándolas de mayor profundidad simbólica. Un ejemplo destacado son Amaterasu y Susanoo, dos de las técnicas más poderosas del mangekyo sharingan, utilizadas principalmente por Itachi y Sasuke Uchiha en el universo Naruto. Ambos nombres se inspiran directamente en la mitología japonesa, representando a la diosa del sol y al dios de la tormenta, respectivamente. Aunque existen referencias de mangas y animes en todo Japón, la isla de Kyushu constituye un destino esencial, no solo por albergar el Museo del Manga de Kitakyushu, o por haber sido el lugar de nacimiento de varios mangakas (autores o dibujantes de manga) como Eiichiro Oda (One Piece), Hajime Isayama (Ataque a los Titanes), o Takehiko Inoue (Slam Dunk, Vagabond) entre otros, sino también por servir de inspiración para películas como La princesa Mononoke cuyo entono se inspiró en los bosques de Yakushima, o mangas/animes como Kids on the Slope (Sakamichi no Apollon) o Ghost Hound (Shinreigari) cuyas tramas se desarrollan en lugares de Kyushu. También hay ciudades que rinden homenaje a estas obras, como Hita (prefectura de Oita) donde se han colocado estatuas de los personajes de Ataque a los Titanes frente a la presa de Oyama, o la prefectura de Kumamoto donde se han colocado 10 estatuas de bronce de los personajes de One Piece.

Sin buscar una ruta otaku, durante nuestro viaje de Beppu a Kumamoto, pasando por Takamori, visitamos varios lugares destacados. Takamori es un pequeño pueblo situado a los pies del Monte Aso, el volcán activo más grande de Japón. Entre los principales atractivos, además de subir al cráter Nakadake y comer dengaku, una especialidad local donde se asan carne y verduras en un hogar tradicional (irori), se encuentran el Santuario Kamishikimi Kumanoimasu y el Santuario Kusakabe Yoshimi. El Kamishikimi Kumanoimasu es un santuario dedicado a los dioses creadores Izanagi e Izanami y se cree que trae buena fortuna en el matrimonio. Es famoso por su asociación con el manga/anime Hotarubi no Mori e (Hacia el bosque de las luciérnagas) de Yuki Midorikawa. Además, destaca por su ambiente místico con unas 100 linternas de piedra (toro) cubiertas de musgo distribuidas a los lados de un camino de piedra formado por 260 escalones. Desde el santuario sale un sendero que conduce a una gran piedra sagrada llamada Ugeto-iwa. Según una leyenda, Kihachi, un seguidor del dios Takeiwatatsu, creador del Monte Aso, golpeó esta roca abriendo un agujero de 10 m.

El Santuario Kusakabe Yoshimi (Kusabe Yoshimi-Jinja) es uno de los tres únicos kudarimiya o santuarios descendientes, junto al Santuario Udo (Nichinan, prefectura de Miyazaki) y el Santuario Nukisahi (Tomioka, prefectura de Gunma) por descender 130 escalones de piedra hasta alcanzarlo. El nombre de este santuario proviene del mito de Kusakabe protagonizado por Hiyainomikoto, el primogénito del emperador Jinmu (el primer emperador de Japón). En sus jardines se encuentra también un gran sugi de 40 m de altura y 500-600 años de antigüedad.

Desde aquí, organizamos un trayecto por las esculturas de One Piece. La ruta incluye 10 estatuas de bronce de los Piratas de Sombrero de Paja distribuidas en diferentes pueblos de la prefectura de Kumamoto entre los años 2018 y 2022 en honor a Eiichiro Oda que donó 800 millones de yenes para ayudar con la reconstrucción de Kumamoto después de sufrir daños debidos al fuerte terremoto de 2016. Dado que no disponíamos de tiempo para visitarlas todas, solamente incluimos las que más nos interesaban y las que se encontraban dentro de nuestro trayecto hacía Kumamoto. Empezamos por la escultura de Nami (inaugurada en 2021), que se encuentra en el área de Nishihara; continuamos con la escultura de Roronoa Zoro (2022) situada en Ozu, cerca del aeropuerto de Kumamoto; luego visitamos la escultura de Sanji (2019) en Mashiki; seguida por la de Brook (2020) en el parque del Museo de Dinosaurios de Mifune; y Tony Tony Chopper (2020) en la entrada del Zoológico y Jardín Botánico de Kumamoto; hasta finalizar con la escultura de Monkey D. Luffy (2018), el capitán de los Piratas, colocada a la entrada de la Oficina de Gobierno de la prefectura de Kumamoto.

El castillo de Kumamoto es considerado uno de los tres mejores castillos de Japón, junto al castillo de Himeji y al castillo de Matsumoto, y uno de los puntos imprescindibles de la ciudad. Fue construido en 1607 por el daimio Kato Kiyomasa (1561-1611) y es también conocido como Castillo Ginkgo por un gran ginkgo plantado por éste. El recinto cuenta con 49 torres, 47 puertas y grandes muros de piedra y fosos. Aunque fue gravemente afectado por el terremoto de 2016, ya se ha avanzado considerablemente en su restauración; sin embargo, estiman que tomará otros 26 años completar todo el proceso.  

La cueva de Reigando (en japonés “la cueva del espíritu de la roca”) se encuentra en el recinto del templo Ungazenji, un templo zen fundado por Toryo Eiyo, el monje chino que introdujo el budismo zen en Japón, durante el período Nanbokucho (1336-1392). El camino hacia la cueva está salpicado de 500 estatuas de rakan (discípulos de Buda; parecidos a los que vimos en el Hoonji de Morioka) que fueron donadas por el comerciante Gihei Fuchidaya y su hijo durante 24 años (1779-1802). Muchas de estas esculturas carecen de cabeza debido a los terremotos. Es también conocida por haberse convertido en el hogar del ronin (samurái sin señor) Miyamoto Musashi (1584-1645). Aquí Miyamoto Musashi escribió El Libro de los Cinco Anillos (Gorin no Sho) que sirve como guía práctica para el manejo de la katana. Personajes inspirados en la vida de Musashi aparecen en diversas obras de teatro, cine, literatura, videojuegos, canciones, y, como no, en mangas y animes. Algunos ejemplos son Vagabond, obra de Takehiko Inoue, o Yaiba, obra de Gosho Aoyama, entre otros.

Después de explorar estos lugares emblemáticos, nos quedamos impresionados por la riqueza histórica, cultural y natural de la región. Cada sitio visitado nos ofreció una perspectiva diferente, desde la espiritualidad de los santuarios hasta el legado samurái de la cueva de Reigando. Kumamoto es un destino que combina a la perfección tradición, modernidad y aventura, haciendo de nuestro viaje una experiencia inolvidable. Sin duda, recomendamos visitar esta prefectura para descubrir sus tesoros ocultos y vibrar con el espíritu de Japón.

Experiencias en Japón: sunamushi onsen o baño de arena caliente en Beppu

Beppu, situada en la prefectura de Oita en la isla de Kyushu, es conocida como una ciudad-balneario de renombre gracias a sus abundantes aguas termales (onsen). Su fama se remonta al período Kamakura (1185-1392), época en la que era célebre por sus balnearios destinados a la recuperación de samuráis heridos. Actualmente, la ciudad alberga más de 150 onsen, lo que la convierte en el lugar con el mayor número de baños termales de todo Japón. Además, solamente Yellowstone, en Estados Unidos, supera a Beppu en cuanto a volumen de agua caliente.

Uno de los principales atractivos turísticos de Beppu son los llamados Infiernos de Beppu, unas aguas termales singulares destinadas principalmente a la contemplación. Estos «infiernos» conforman el recorrido conocido como Jigoku Meguri, compuesto por siete enclaves diferentes. Cinco de estos infiernos se encuentran en el distrito de Kannawa, lo que permite recorrerlos cómodamente a pie, mientras que los otros dos están ubicados en Shibaseki, accesibles en autobús o coche. La visita a los Infiernos de Beppu puede realizarse adquiriendo una entrada combinada o bien entradas individuales para cada uno. No obstante, según nuestra experiencia, no todos los infiernos resultan igual de interesantes.

Entre los sitios que nos resultaron más llamativos destacan Umi Jigoku, Oniishi Bozu Jigoku y Kamado Jigoku. Umi Jigoku (infierno azul cobalto) se caracteriza por su lago azul que emerge desde las profundidades y que alcanza una temperatura de 98º C. Es el recinto de mayor tamaño y cuenta con hermosos jardines. Oniishi Bozu Jigoku (infierno del monje de cabeza afeitada), de dimensiones más reducidas, contiene varias pozas de barro caliente. Por otro lado, Kamado Jigoku (infierno de la caldera) decorado con una estatua de oni (demonio japonés), brinda la opción de probar el agua termal de distintas fuentes (con precaución, ya que puede alcanzar entre 80 y 90º C). En los tres se puede disfrutar de un baño de pies (ashiyu) y en Umi Jigoku y Kamado Jigoku, además, se pueden probar los huevos cocidos con el calor de sus aguas termales.

Shiraike Jigoku (infierno del estanque blanco) es un estanque de agua termal caracterizado por su coloración blanca. En este recinto se encuentra también un acuario de peces tropicales, aunque, en nuestra opinión, no guarda relación lógica con el contexto de la ruta de los infiernos. De manera similar, en Oniyama Jigoku (infierno de los cocodrilos), varias especies de cocodrilo están encerradas en pequeños recintos, por lo que para nosotros no presenta ningún tipo de interés. Chinoike Jigoku (infierno del estanque de sangre), situado en el distrito de Shibaseki, destaca por ser el infierno más antiguo de Japón; sus aguas rojizas provienen de reacciones químicas principalmente óxido de hierro y magnesio, y emana a una temperatura de 78º C. Este punto turístico se encuentra algo alejado respecto a los otros infiernos, lo que dificulta su acceso. Por último, Tatsumaki Jigoku (infierno del géiser), consiste en un géiser activo con erupciones cada 30-40 min por lo que es recomendable considerar los tiempos de espera durante la visita. Actualmente, debido a una placa de piedra situada en la parte superior, el géiser no alcanza su altura máxima estimada de 30 m.

Además de los infiernos y poder disfrutar de los tradicionales onsen, también es posible experimentar baños de barro (mud onsen) o de arena. Durante nuestra visita, aprovechamos para probar los baños de arena caliente, conocidos como sunamushi onsen o simplemente sunaburo, una experiencia exclusiva de Kyushu. Esta antigua costumbre terapéutica, sobre todo reconocida en Ibusuki (Kagoshima), tiene sus raíces en Beppu desde el periodo Heian (794-1185). El proceso consiste en enterrarse en arena volcánica calentada por fuentes subterráneas, a la cual se le atribuyen propiedades terapéuticas como mejorar la circulación sanguínea, relajar los músculos, eliminar toxinas y aliviar dolores articulares y problemas respiratorios. Generalmente, con una sesión de 10-15 min suele ser suficiente y se considera que proporciona beneficios hasta tres o cuatro veces superiores a los de los baños termales convencionales.

Para disfrutar de esta experiencia es necesario reservar, ya sea a través de internet o presencialmente. El establecimiento nos proporcionó un yukata (que debe usarse sin ropa interior) para acceder a la zona del baño de arena donde un empleado nos cubrió hasta el cuello con la arena caliente. La arena, calentada de manera natural a una temperatura entre 50 y 55º C, envuelve el cuerpo en un calor intenso y uniforme. Debido al peso de la arena mojada colocada sobre el pecho y al calor, no os lo recomiendo si sufrís de ansiedad. Reconozco que al principio tuve la impresión de que no podía respirar, pero finalmente me relajé y disfruté de la experiencia. El proceso dura aproximadamente 15 min, tras los cuales, se accede a la zona de duchas para eliminar la arena adherida al cuerpo y, de allí, a la zona de baño compartida (segregada por sexos) antes de regresar a las taquillas para vestirse y concluir la experiencia. No se permite el acceso a niños, mujeres embarazadas o con el periodo menstrual ni personas con condiciones médicas contraindicadas, como insuficiencia respiratoria, tumores malignos o enfermedades cardíacas graves.

En definitiva, Beppu ofrece una experiencia única a los viajeros: los infiernos singulares, sus aguas termales, y los baños de arena conforman un recorrido fascinante. Recomendamos reservar tiempo suficiente para explorar la ciudad y aprovechar al máximo cada uno de sus rincones, pues Beppu es mucho más que un destino de relajación: es una ventana a un Japón auténtico y sorprendente.