Nara es especialmente conocida por los más de 1.000 ciervos que deambulan libremente por su parque. Sin embargo, su presencia no es solo turística, sino que está profundamente ligada a la historia religiosa de la ciudad y a sus santuarios. Cuenta la leyenda que el dios del trueno Takemikazuchi-no-Mikoto llegó a Nara montado en un ciervo blanco y los descendientes de dicho ciervo poblaron la zona y fueron venerados como «mensajeros de los dioses» durante más de un milenio. Esa veneración se tradujo en una protección estricta: durante siglos, dañar o matar a uno de estos ciervos se consideró un delito grave, y se dice que hasta 1637 podía castigarse incluso con la pena de muerte. Hoy están protegidos por su valor cultural y natural y, aunque su condición divina se revocó tras el final de la Segunda Guerra Mundial, siguen siendo uno de los grandes símbolos de la ciudad.

Los ciervos de Nara son ciervos sika (Cervus nippon): un cérvido de tamaño medio, cuerpo esbelto y pelaje que cambia según la estación. Suelen moverse en grupos y se adaptan muy bien a ambientes boscosos… y, en Nara, también a la cercanía humana. En los machos, las astas se caen de forma natural cada año hacia el final del invierno y el inicio de la primavera, y vuelven a crecer en el ciclo siguiente. Aun así, para reducir el riesgo de heridas y conflictos, tanto entre los propios ciervos como con los visitantes se les recortan las astas en otoño (entre octubre y noviembre) durante la ceremonia Shika no Tsunokiri (ceremonia de corte de astas). Se trata de una tradición centenaria, con origen en el período Edo (1672), que se celebra para controlar de forma segura a los machos que pueden volverse más agresivos durante la berrea. Está organizada por el santuario Kasuga Taisha y la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, y, durante esta ceremonia, hombres llamados seko persiguen, capturan y sujetan a los machos, mientras un sacerdote sintoísta (shinkan) realiza oraciones y recorta las astas con una sierra, para, posteriormente, presentarlas como ofrendas sagradas.

Y aquí viene lo importante: a pesar de interactuar con los visitantes, los ciervos siguen siendo salvajes. Pueden volverse insistentes o impredecibles si detectan comida o si se sienten acorralados, así que conviene tratarlos con respeto: no tocarlos, ni perseguirlos y mantener cierta distancia. Si alguien decide ofrecerles comida, lo único «aceptable» son las galletas específicas llamadas shika senbei. Se utilizan desde hace siglos (se menciona su uso al menos desde 1670) y el nombre shika senbei (literalmente, galletas de ciervo) es una marca registrada vinculada a la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, con venta asociada a comercios autorizados. En su versión tradicional, se elaboran con una receta sencilla a base de salvado de arroz y harina de trigo.

Sin embargo, alimentar a la fauna salvaje casi nunca se queda en un gesto puntual. En cuanto los ciervos asocian a las personas con comida, se acercan con más insistencia: empujan, mordisquean y hasta cortan el paso cuando piden alimento, sobre todo si ven galletas. Además, darles comida contribuye a una mayor concentración de animales en ciertas zonas, lo que aumenta la competencia y los roces (y, de paso, las situaciones incómodas para quien solo quería una foto). El problema es más importante cuando se piensa en su dieta real. Los ciervos comen pasto y otras plantas, sin embargo, el aporte calórico de las shika senbei es mayor, y eso fomenta cierta dependencia en parte de la población. Durante el confinamiento y la consiguiente caída del turismo, se informaron casos de desnutrición, puesto que acostumbrarlos a un «extra» constante tiene consecuencias. Si encima se les da comida inadecuada (por ejemplo, patatas de bolsa), el problema se agrava: se altera su dieta y pueden aparecer problemas digestivos. Por todo ello, mi conclusión es clara: mejor no alimentarlos. Observarlos sin convertir la comida en el centro del encuentro es la forma más respetuosa de disfrutar del parque.

Además de la alimentación, el contacto entre humanos y ciervos acarrea otros problemas, especialmente relacionados con la gestión de residuos. Dejar basura al alcance de los animales incrementa el riesgo de ingesta accidental de plástico y otros materiales peligrosos, lo que puede provocar obstrucciones y, en casos graves, la muerte. Por otro lado, no todos los ejemplares están en buen estado de salud. Algunos presentan heridas en las patas o cojera, que puede deberse a incidentes en carreteras o zonas de paso, pero también a maltrato o acoso por parte de algunas personas (patear, perseguir o acorralar), lo que eleva el estrés del animal y aumenta el riesgo de accidentes. También conviene recordar que la agresividad puede aumentar en la berrea y que algunas hembras se vuelven más defensivas durante la temporada de cría (mayo–julio). Por último, como ocurre con otros animales salvajes, pueden portar parásitos (por ejemplo, garrapatas), así que es mejor evitar el contacto directo y extremar la higiene.

Al final, mi sensación es ambivalente: verlos tan cerca es una experiencia memorable y, en cierto modo, una puerta de entrada para entender el vínculo histórico entre Nara y su paisaje sagrado. Pero que el encuentro sea «bonito» no significa que sea positivo para el animal. Cuanto más se normaliza el contacto, más se difuminan los límites entre fauna salvaje y entretenimiento. Y, sobre todo, alimentarlos suele tener el efecto contrario al deseado: cambia su comportamiento y multiplica los conflictos. Si buscas una convivencia respetuosa, lo más sensato es mirarlos a distancia, sin tocarlos ni perseguirlos… y dejando que sigan siendo lo que son: animales salvajes.

Por último, vale la pena recordar que Nara no se reduce a sus ciervos. Los templos y los santuarios forman parte del atractivo de la ciudad y ayudan a entender por qué este lugar se convirtió en la primera capital de Japón.

Un comentario en “Los ciervos de Nara: el gran atractivo”