Experiencias en Japón: sunamushi onsen o baño de arena caliente en Beppu

Beppu, situada en la prefectura de Oita en la isla de Kyushu, es conocida como una ciudad-balneario de renombre gracias a sus abundantes aguas termales (onsen). Su fama se remonta al período Kamakura (1185-1392), época en la que era célebre por sus balnearios destinados a la recuperación de samuráis heridos. Actualmente, la ciudad alberga más de 150 onsen, lo que la convierte en el lugar con el mayor número de baños termales de todo Japón. Además, solamente Yellowstone, en Estados Unidos, supera a Beppu en cuanto a volumen de agua caliente.

Uno de los principales atractivos turísticos de Beppu son los llamados Infiernos de Beppu, unas aguas termales singulares destinadas principalmente a la contemplación. Estos «infiernos» conforman el recorrido conocido como Jigoku Meguri, compuesto por siete enclaves diferentes. Cinco de estos infiernos se encuentran en el distrito de Kannawa, lo que permite recorrerlos cómodamente a pie, mientras que los otros dos están ubicados en Shibaseki, accesibles en autobús o coche. La visita a los Infiernos de Beppu puede realizarse adquiriendo una entrada combinada o bien entradas individuales para cada uno. No obstante, según nuestra experiencia, no todos los infiernos resultan igual de interesantes.

Entre los sitios que nos resultaron más llamativos destacan Umi Jigoku, Oniishi Bozu Jigoku y Kamado Jigoku. Umi Jigoku (infierno azul cobalto) se caracteriza por su lago azul que emerge desde las profundidades y que alcanza una temperatura de 98º C. Es el recinto de mayor tamaño y cuenta con hermosos jardines. Oniishi Bozu Jigoku (infierno del monje de cabeza afeitada), de dimensiones más reducidas, contiene varias pozas de barro caliente. Por otro lado, Kamado Jigoku (infierno de la caldera) decorado con una estatua de oni (demonio japonés), brinda la opción de probar el agua termal de distintas fuentes (con precaución, ya que puede alcanzar entre 80 y 90º C). En los tres se puede disfrutar de un baño de pies (ashiyu) y en Umi Jigoku y Kamado Jigoku, además, se pueden probar los huevos cocidos con el calor de sus aguas termales.

Shiraike Jigoku (infierno del estanque blanco) es un estanque de agua termal caracterizado por su coloración blanca. En este recinto se encuentra también un acuario de peces tropicales, aunque, en nuestra opinión, no guarda relación lógica con el contexto de la ruta de los infiernos. De manera similar, en Oniyama Jigoku (infierno de los cocodrilos), varias especies de cocodrilo están encerradas en pequeños recintos, por lo que para nosotros no presenta ningún tipo de interés. Chinoike Jigoku (infierno del estanque de sangre), situado en el distrito de Shibaseki, destaca por ser el infierno más antiguo de Japón; sus aguas rojizas provienen de reacciones químicas principalmente óxido de hierro y magnesio, y emana a una temperatura de 78º C. Este punto turístico se encuentra algo alejado respecto a los otros infiernos, lo que dificulta su acceso. Por último, Tatsumaki Jigoku (infierno del géiser), consiste en un géiser activo con erupciones cada 30-40 min por lo que es recomendable considerar los tiempos de espera durante la visita. Actualmente, debido a una placa de piedra situada en la parte superior, el géiser no alcanza su altura máxima estimada de 30 m.

Además de los infiernos y poder disfrutar de los tradicionales onsen, también es posible experimentar baños de barro (mud onsen) o de arena. Durante nuestra visita, aprovechamos para probar los baños de arena caliente, conocidos como sunamushi onsen o simplemente sunaburo, una experiencia exclusiva de Kyushu. Esta antigua costumbre terapéutica, sobre todo reconocida en Ibusuki (Kagoshima), tiene sus raíces en Beppu desde el periodo Heian (794-1185). El proceso consiste en enterrarse en arena volcánica calentada por fuentes subterráneas, a la cual se le atribuyen propiedades terapéuticas como mejorar la circulación sanguínea, relajar los músculos, eliminar toxinas y aliviar dolores articulares y problemas respiratorios. Generalmente, con una sesión de 10-15 min suele ser suficiente y se considera que proporciona beneficios hasta tres o cuatro veces superiores a los de los baños termales convencionales.

Para disfrutar de esta experiencia es necesario reservar, ya sea a través de internet o presencialmente. El establecimiento nos proporcionó un yukata (que debe usarse sin ropa interior) para acceder a la zona del baño de arena donde un empleado nos cubrió hasta el cuello con la arena caliente. La arena, calentada de manera natural a una temperatura entre 50 y 55º C, envuelve el cuerpo en un calor intenso y uniforme. Debido al peso de la arena mojada colocada sobre el pecho y al calor, no os lo recomiendo si sufrís de ansiedad. Reconozco que al principio tuve la impresión de que no podía respirar, pero finalmente me relajé y disfruté de la experiencia. El proceso dura aproximadamente 15 min, tras los cuales, se accede a la zona de duchas para eliminar la arena adherida al cuerpo y, de allí, a la zona de baño compartida (segregada por sexos) antes de regresar a las taquillas para vestirse y concluir la experiencia. No se permite el acceso a niños, mujeres embarazadas o con el periodo menstrual ni personas con condiciones médicas contraindicadas, como insuficiencia respiratoria, tumores malignos o enfermedades cardíacas graves.

En definitiva, Beppu ofrece una experiencia única a los viajeros: los infiernos singulares, sus aguas termales, y los baños de arena conforman un recorrido fascinante. Recomendamos reservar tiempo suficiente para explorar la ciudad y aprovechar al máximo cada uno de sus rincones, pues Beppu es mucho más que un destino de relajación: es una ventana a un Japón auténtico y sorprendente.

Usuki, tesoro histórico y cultural de Kyushu

Usuki es una pequeña ciudad situada en la prefectura de Oita (isla de Kyushu). Una joya oculta que pocos conocen y visitan, pero que es un vivo testimonio de la historia y cultura de Japón. Los inicios de esta antigua ciudad se remontan a 1556 cuando Otomo Yoshishige (1530-1587), vigésimo primer señor de la familia Otomo, se instaló en Usuki tras heredar de su padre el dominio de Funai. Yoshishige cambió su nombre a Sorin (Sanbisai Sorin) al convertirse en monje budista, sin embargo, tras conocer al misionero jesuita Franscico Javier en 1551 se convirtió al cristianismo. Francisco Javier introdujo formalmente el cristianismo en Japón en 1549 cuando desembarcó en Satsuma (actual Kagoshima). Sorin fue bautizado en 1578 y a partir de entonces se hizo llamar Don Francisco. Fue uno de los pocos daimios que se convirtieron al cristianismo, aunque otros como Date Masamune (1567-1636), señor del dominio de Sendai (Tohoku), permitieron esta fe en sus dominios y hasta le sacaron provecho, fomentando el comercio con España y el Vaticano. Se cree que esto se debe a que su hija se había convertido al cristianismo, aunque la mayoría de los historiadores lo descarta. Como dato curioso, Masamune envió la Embajada Keicho (1613-1620) liderada por Hasekura Tsunenaga (la primera expedición japonesa alrededor del mundo) y al menos cinco miembros de la tripulación de Date Maru (el barco enviado por éste) permanecieron en Sevilla y en actualidad sus descendientes llevan el apellido Japón.

La isla de Kyushu desempeñó un papel fundamental en la historia del cristianismo nipón durante el llamado «siglo cristiano» (1549-1650). Nagasaki se convirtió en un punto clave para el desarrollo de la fe cristiana gracias a la proliferación de iglesias y escuelas, que reflejaban el respaldo de numerosos daimios locales a los misioneros extranjeros. Este apoyo no solo facilitó la expansión de esta religión, sino también el establecimiento de relaciones comerciales con los europeos que permitió la introducción de nuevas tecnologías, como las armas de fuego, uno de los avances más significativos de la época. Para finales del siglo XVI, se estima que alrededor de 700.000 japoneses se habían convertido al cristianismo, lo que demuestra la magnitud y el impacto de esta religión en el país. Sin embargo, con el ascenso de Toyotomi Hideyoshi, creció la preocupación por el cristianismo y su conexión con las potencias extranjeras. En 1587, éste promulgó el Edicto de Bateren que ordenaba la expulsión de los misioneros jesuitas y prohibió la fe cristiana, iniciando persecuciones que impactaron profundamente en el país nipón. El sogunato Tokugawa continuó esta represión durante el período Edo (1603-1868), considerando el cristianismo una amenaza política. Tras el edicto de 1614, se destruyeron iglesias, se forzó la conversión o ejecución de creyentes y muchos practicaron su fe en secreto (kakure kirishitan o cristianos ocultos). La opresión culminó en la Rebelión de Shimabara (1637-1638), donde campesinos y samuráis cristianos se rebelaron, resultando en la masacre de casi 37,000 personas, uno de los momentos más dramáticos de la represión cristiana en Japón. La prohibición del cristianismo se mantuvo hasta 1873, cuando se restauró la libertad religiosa tras la Restauración Meiji.

Volviendo a lo que nos ocupa, durante el dominio de Otomo Sorin, su territorio llegó a abarcar prácticamente toda la isla de Kyushu, y Usuki fue la capital de su dominio. Aquí construyó un castillo (Usuki Joseki) en lo que antes era una isla, por su gran valor defensivo, sin embargo, en la actualidad lo único que se mantiene en pie son los muros, la entrada principal y algunos edificios adicionales. Igual que Masamune, también organizó delegaciones diplomáticas a Goa en 1550 y envió la embajada Tensho a Roma en 1582. Estas expediciones, junto con otras realizadas en el siglo XVII, dieron lugar a la elaboración de varios mapas dibujados con pincel y tinta, que reflejan la visión nipona del mundo en una época en la que la exploración japonesa era poco frecuente. Actualmente, estos mapas se encuentran expuestos en el Museo Histórico de Usuki.

Tras ser bautizado como cristiano, Sorin ordenó el desalojo forzoso de monjes y sacerdotes, reutilizando sus templos para el culto cristiano y obligó a la población a convertirse al cristianismo. Pese a ello, los principales atractivos de Usuki son sus templos budistas, pero especialmente sus Budas de Piedra, que nos recordaron a los conjuntos de budas que vimos durante nuestra ruta de la seda por China (Bezeklik, Mogao, Maijishan o Longmen). Se trata de 61 figuras de Buda esculpidas entre los periodos Heian (794-1185) y Kamakura (1185-1333) agrupadas en cuatro conjuntos. En 1995, 59 de estas figuras fueron declaradas Tesoros Nacionales, siendo los primeros Budas de Piedra en recibir esta distinción en el país. Posteriormente, en 2017, las últimas dos estatuas del Conjunto de Furuzono también fueron reconocidas como Tesoros Nacionales. La roca utilizada es roca volcánica procedente del monte Aso que es maleable pero también vulnerable a la intemperie, lo que motivó una serie de restauraciones entre 1980 y 1994.

Un corto sendero de unos 30 min de duración une los cuatro conjuntos. El Conjunto de Budas de Furuzano destaca por su estatua central de Daininchi Nyorai, considerada la mejor estatua de Buda de piedra de Japón. Esta escultura fue restaurada en 1993. El Conjunto de Budas de Hoki está formado por dos grupos. El primer grupo alberga más de 20 figurillas distribuidas en cuatro galerías: la primera contiene tres Budas sentados y dos Bodhisattvas de pie; la segunda incluye un Amitabha, un Yakushi Nyorai y un Buda; la tercera muestra cuatro estatuas, entre ellas un Dainichi Nyorai; y la cuarta alberga once figuras, incluyendo un Bodhisattva Jizo y diez reyes. El segundo grupo consta de dos galerías: la primera exhibe una espléndida Trinidad de Amitabha, y la segunda contiene figuras de menor tamaño conocidas como los Nueve Amitabhas (Kubon-no-Amida). Finalmente, el Conjunto de Budas de Sannousan presenta una trinidad con una figura central de unos cinco metros de altura.

Otro símbolo de Usuki es el templo Ryugen (Ryugenji) fundado en 1600 y su pagoda de tres pisos (Sanju-no-to o la Torre del Príncipe), en cuyo interior se encuentra una estatua de Shotoku Taishi, un príncipe del período Asuka (592-710) que contribuyó a la difusión del budismo por todo Japón. Cuatro jaki o espíritus malignos que se han vuelto buenos sostienen la pagoda desde abajo.

Justo delante se encuentra el templo Daikyo (Daikyoji) o el Templo del Gran Puente. Su historia se remonta a 1548 cuando San Yuhan edificó una ermita en este lugar. Posteriormente, Otomo Sorin construyó un templo budista llamado Hounzan Saihoji. Pasó a llamarse Daikyoji cuando se constuyó el puente que facilitó el acceso. El complejo cuenta con una puerta central, el Salón Kannon-do y el salón principal, rodeados de muros de piedra que también servían de defensa. Durante la prohibición del cristianismo, San Rekido colaboró para proteger cristianos haciéndolos pasar por feligreses del Daikyoji.

Tras ser derrotado por el daimio Shimazu, la única familia que aún controlaba una parte significativa de Kyushu, en la batalla de Mimigawa (1578), Otomo Sorin perdió rápidamente el poder. El golpe final fue la batalla de Hetsugigawa (1586). Hideyoshi Toyotomi comenzó su campaña, ocupando toda la isla de Kyushu, y devolvió el poder a los Otomo, sin embargo, Sorin murió en Tsukumi (ciudad vecina de Usuki) en 1587. Tras la muerte de Otomo Sorin, Sadamicho Inaba, el primer señor de la familia Inaba, ganó el dominio de Ususki por apoyar a Tokugawa Ieyasu durante la batalla de Sekigahara (21 de octubre 1600) con la que unificó Japón y se convirtió en sogún. A partir de ese momento, la familia Inaba gobernó en Usuki hasta 1871. La villa de la familia Inaba situada en el antiguo barrio samurái o Distrito Histórico de Nioza, se puede visitar. Se trata de una casa bien conservada, con amplias habitaciones con tatami y un tranquilo jardín, que nada tiene que envidiar a las casas samurái que visitamos en Hirosaki y Kakunodate. El Distrito Histórico de Nioza destaca por sus callejuelas empedradas, los edificios de arquitectura tradicional, los templos y los santuarios. Sobresalen dos calles, la calle Nioza y la calle comercial Haccho Oji, repleta de tiendas de artesanía.

Usuki, más allá de su historia marcada por el choque de religiones y las luchas de poder, se revela hoy como un remanso de paz donde el pasado convive en armonía con el presente. Sin duda alguna, Usuki es un verdadero tesoro oculto de Kyushu y una parada imprescindible para quienes buscan empaparse de la esencia más auténtica de Japón.