Osaka, una ciudad de contrastes

Osaka es la tercera ciudad más grande de Japón y una parada imprescindible del llamado triángulo de oro, junto con Tokio y Kioto. Conocida como la cocina de Japón, también destaca por sus barrios iluminados con neones. Entre ellos sobresale Dotonbori, con más de 400 años de tradición de entretenimiento y famoso por el Glico Man, el icónico cartel publicitario instalado por la empresa Glico en 1935.

Nipponbashi y Shinsekai son otros dos barrios muy frecuentados por turistas. Nipponbashi creció alrededor de una antigua estación llamada Nagamachi y, con el tiempo, se llenó de librerías de segunda mano, tiendas de electrónica y comercios especializados en manga, anime, y videojuegos. Su zona más conocida, Den Den Town, suele compararse con Akihabara, en Tokio, aunque aquí la experiencia resulta más relajada y cotidiana. Shinsekai cambia por completo el registro. Su nombre significa «Nuevo Mundo», aunque hoy el barrio conserva un aire retro y nostálgico, marcado por la Torre Tsutenkaku, las fachadas llamativas y los restaurantes populares. Nacido a comienzos del siglo XX como una zona de ocio moderna, cayó en decadencia tras la Segunda Guerra Mundial y durante años arrastró fama de barrio pobre y peligroso. Hoy, sin embargo, es una zona segura, fotogénica y muy visitada.

Aunque no lo parezca, el origen de Osaka es muy antiguo. Uno de los primeros vestigios es el Shitenno-ji, que fue fundado en 593 por el príncipe Shotoku y es considerado uno de los templos budistas más antiguos de Japón. Shotoku invitó a carpinteros coreanos de Baekje para que construyeran el complejo. Un dato curioso es que uno de esos carpinteros se quedó en el país y fundó en 578 una empresa especializada en templos y santuarios, Kongo Gumi, que ostenta el récord de ser la empresa en activo más antigua del mundo con más de 1.400 años de historia.

Su nombre significa «Templo de los cuatro reyes celestiales» y aunque sus edificios actuales proceden en gran parte de la reconstrucción de 1963, Shitenno-ji conserva un fuerte valor simbólico. En sus inicios, el templo no fue solo un espacio de culto, sino que también integraba instituciones de educación religiosa, asistencia social, atención sanitaria y farmacia. El conjunto central, o garan, conserva esa idea de orden religioso y comunitario mediante una pagoda de cinco pisos, el Kondo, el Kodo, corredores y puertas ceremoniales. Entre sus rincones destaca el salón Kameido, con una pieza de piedra en forma de tortuga del siglo VII usada en antiguos rituales de agua y, todavía hoy, en ceremonias dedicadas a los antepasados.

El Santuario Imamiya Ebisu, llamado cariñosamente como Ebessan, está dedicado a Ebisu, dios de la prosperidad, los negocios y la buena fortuna comercial. Su origen también se relaciona con el príncipe Shotoku, quien lo habría consagrado como protector de la parte occidental de la ciudad durante la construcción de Shitenno-ji. La elección no era casual, pues, antiguamente esta zona estaba junto a la costa y acogía mercados donde se intercambiaban productos del mar, de las aldeas y de los campos. Con el tiempo, Ebisu pasó de guardián de esos mercados a símbolo de prosperidad para comerciantes y negocios. Esa devoción alcanza su momento más animado durante el festival Toka Ebisu, celebrado del 9 al 11 de enero desde el período Edo, cuando más de un millón de personas acuden al santuario para pedir fortuna y recoger ramas de bambú decoradas con amuletos de buena suerte.

En 652, el emperador Kotoku construyó el palacio Naniwa Nagara-Toyosaki y convirtió la ciudad en capital bajo en nombre de Naniwa-kyo. Conservó ese estatus hasta 655 cuando la corte se trasladó a Asuka-kyo, y volvió a ser capital brevemente entre 744 y 745, bajo el mandato del emperador Shomu, antes del traslado definitivo a Heijo-kyo (actual Nara). Ya en el período Nara, dos monjes gemelos, Zenchu y Zensan, se asentaron en Mino, al norte de Osaka, para practicar la vida religiosa, y, más tarde, en 775, se fundó allí el templo budista Miroku-ji, origen del actual Katsuo-ji. Hoy, Katsuo-ji es otra parada de la peregrinación Saigoku Kannon, igual que Kiyumizu-dera, en Kioto, o Kofuku-ji, en Nara. Se llega tras un trayecto de unos 25-30 min en autobús desde la estación de Minoh-Kayano, al final de la línea Midosuji.

Se cuenta que el emperador Seiwa recuperó la salud gracias a las oraciones del sacerdote Gyojun. A raíz de aquel episodio, el antiguo Miroku-ji pasó a conocerse como Katsuo-ji, el templo de la victoria, un nombre asociado a la buena suerte y la superación. De ahí viene también la tradición de comprar daruma, amuletos japoneses inspirados en Bodhidharma, que simbolizan la perseverancia y el cumplimiento de los objetivos. Se les pinta un ojo al pedir un deseo o marcarse una meta, y el segundo cuando se cumple. Normalmente, si el deseo se ha cumplido, el daruma se devuelve al templo, y, por eso, los exteriores de Katsuo-ji aparecen llenos de estos muñecos. Además, en distintos puntos del recinto se puede ir sellando una postal, uno de los recuerdos más bonitos que se pueden conseguir en Japón.

Nuestra visita coincidió con el dondo-yaki, la quema de viejos amuletos con la que termina oficialmente el shogatsu, la celebración de Año Nuevo japonés, que nosotros habíamos comenzado en Nichinan. Durante las dos primeras semanas de enero, los japoneses llevan a templos y santuarios los amuletos del año anterior, como omamori o las flechas hamaya. No se trata solo de deshacerse de estos objetos, sino de cerrar un ciclo. En Katsuo-ji, el 15 de enero, todos esos amuletos y adornos se reúnen en una gran hoguera ritual, y también se recogen los daruma colocados por los jardines del templo. Según la tradición, las llamas purifican lo viejo y ayudan a que los buenos deseos asciendan al cielo.

Siguiendo con nuestra ruta por Osaka, Isshin-ji es un templo budista de la Tierra Pura fundado en 1185. Entre 1614 y 1615, durante el asedio del castillo de Osaka, Tokugawa Ieyasu acampó en su recinto y, tras la victoria, se convirtió en su mecenas. Los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial destruyeron el templo y las seis estatuas existentes, pero el lugar fue reconstruido progresivamente. Hoy, Isshin-ji combina devoción, arquitectura contemporánea y una forma muy singular de recordar a los muertos: desde 1887 mantiene la tradición de crear estatuas budistas con las cenizas de devotos. Cada 21 de abril se celebra una ceremonia en la que muchas familias entregan cenizas de sus difuntos y rezan por ellos. Esas cenizas se conservan hasta reunir una cantidad suficiente y, más adelante, se mezclan con resina para crear nuevas estatuas budistas de Amida, que quedan consagradas y veneradas en el templo.

La historia del castillo de Osaka arranca antes de su construcción, en el lugar donde se levantaba el templo fortificado Ishiyama Hongan-ji, sede del budismo Jodo Shinshu (Terra Pura) en 1496. Oda Nobunaga lo asedió desde 1576 hasta la rendición de los monjes y la posterior destrucción del complejo en 1580. Poco después, Toyotomi Hideyoshi concedió a los monjes un nuevo emplazamiento en Kioto, donde se construiría Nishi Hongan-ji, y eligió aquel mismo lugar para levantar su gran fortaleza, iniciada en 1583. Tras la muerte de Hideyoshi en 1598, su esposa Nene se hizo monja en Kodai-ji en Kioto, mientras el castillo quedó en manos de su hijo, Toyotomi Hideyori, hijo de Yodo-dono, también conocida como Cha-Cha, concubina de Hideyoshi y sobrina de Oda Nobunaga. En 1614, Tokugawa Ieyasu atacó la fortaleza durante el Asedio de Osaka y, un año después, el castillo cayó en la Guerra de Verano de 1615. Hideyori y su madre se suicidaron, marcando el final del clan Toyotomi.

El castillo que se ve hoy pertenece en gran parte a la construcción iniciada por Tokugawa Hidetada en 1620, aunque reconstruida después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. Para borrar la huella de los Toyotomi, el nuevo gobierno cubrió con unos seis metros de tierra los muros originales y levantó encima sus propias defensas. En 1984 se descubrieron los muros de piedra del antiguo tsumenomaru de Toyotomi, hoy visibles en el Museo de los Muros de Piedra (a los que se puede acceder con la misma entrada), donde se puede descender bajo tierra para ver los restos originales sepultados por los Tokugawa.

Finalmente, el Santuario Namba Yasaka rompe cualquier expectativa con su enorme cabeza de león, de 12 metros de alto, 11 de ancho y 10 de profundidad. Antiguamente, era conocido como Naniwa Shita no Miya (Palacio inferior de Naniwa) y llegó a contar con siete templos y doce subtemplos. Tras la Restauración Meiji, el templo fue abolido, y el edificio principal desapareció en los bombardeos 1945. Fue reconstruido después de la Segunda Guerra Mundial como santuario sintoísta. Cada tercer domingo de enero se celebra aquí un ritual de tira y afloja inspirado en la leyenda de Susanoo-no-Mikoto, el dios del mar y las tormentas, que venció a la serpiente de ocho cabezas Yamata-no-Orochi, en el que los participantes tiran de una gran cuerda que simboliza al monstruo vencido. En 2001 fue designado primer bien cultural popular intangible de la ciudad.

Osaka, esta ciudad intensa y llena de contrastes, fue el punto de entrada y de salida de nuestro segundo viaje por Japón. Nos recordó que siempre queda algo por entender, por mirar con más calma y por vivir de otra manera. Quizá por eso, al marcharnos, no sentimos que el viaje se cerrara del todo, sino que quedaba algo pendiente: volver a Japón con más calma, con otras preguntas y con la certeza de que todavía nos queda mucho por descubrir.

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Autor: unmundouncaminounamirada

Soy Aly, apasionada de los viajes y de capturar la belleza del mundo en mis relatos. Viajar, para mí, es una forma de mirar la vida desde otras perspectivas, y, por eso, quiero compartir contigo mi manera de descubrir el mundo, contándote mis experiencias y sensaciones en cada trayecto. Aquí encontrarás historias emocionantes, consejos útiles y fotografías que capturan la esencia única de cada destino. No se trata solo de recorrer kilómetros, sino de abrir el corazón a nuevas experiencias, sabores, sonidos y rostros que nos transforman con cada paso. Este espacio es también para ti: para que sueñes, planees y encuentres inspiración para tu próxima escapada, sin importar si viajas solo, en compañía o desde la comodidad de tu casa. Acompáñame a descubrir rincones insospechados, rutas poco transitadas y momentos que dejan huella. Porque viajar no es solo moverse, es una forma de ver la vida. ¿Listos para emprender este viaje juntos?

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