Los ciervos de Nara: el gran atractivo

Nara es especialmente conocida por los más de 1.000 ciervos que deambulan libremente por su parque. Sin embargo, su presencia no es solo turística, sino que está profundamente ligada a la historia religiosa de la ciudad y a sus santuarios. Cuenta la leyenda que el dios del trueno Takemikazuchi-no-Mikoto llegó a Nara montado en un ciervo blanco y los descendientes de dicho ciervo poblaron la zona y fueron venerados como «mensajeros de los dioses» durante más de un milenio. Esa veneración se tradujo en una protección estricta: durante siglos, dañar o matar a uno de estos ciervos se consideró un delito grave, y se dice que hasta 1637 podía castigarse incluso con la pena de muerte. Hoy están protegidos por su valor cultural y natural y, aunque su condición divina se revocó tras el final de la Segunda Guerra Mundial, siguen siendo uno de los grandes símbolos de la ciudad.

Los ciervos de Nara son ciervos sika (Cervus nippon): un cérvido de tamaño medio, cuerpo esbelto y pelaje que cambia según la estación. Suelen moverse en grupos y se adaptan muy bien a ambientes boscosos… y, en Nara, también a la cercanía humana. En los machos, las astas se caen de forma natural cada año hacia el final del invierno y el inicio de la primavera, y vuelven a crecer en el ciclo siguiente. Aun así, para reducir el riesgo de heridas y conflictos, tanto entre los propios ciervos como con los visitantes se les recortan las astas en otoño (entre octubre y noviembre) durante la ceremonia Shika no Tsunokiri (ceremonia de corte de astas). Se trata de una tradición centenaria, con origen en el período Edo (1672), que se celebra para controlar de forma segura a los machos que pueden volverse más agresivos durante la berrea. Está organizada por el santuario Kasuga Taisha y la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, y, durante esta ceremonia, hombres llamados seko persiguen, capturan y sujetan a los machos, mientras un sacerdote sintoísta (shinkan) realiza oraciones y recorta las astas con una sierra, para, posteriormente, presentarlas como ofrendas sagradas.

Y aquí viene lo importante: a pesar de interactuar con los visitantes, los ciervos siguen siendo salvajes. Pueden volverse insistentes o impredecibles si detectan comida o si se sienten acorralados, así que conviene tratarlos con respeto: no tocarlos, ni perseguirlos y mantener cierta distancia. Si alguien decide ofrecerles comida, lo único «aceptable» son las galletas específicas llamadas shika senbei. Se utilizan desde hace siglos (se menciona su uso al menos desde 1670) y el nombre shika senbei (literalmente, galletas de ciervo) es una marca registrada vinculada a la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, con venta asociada a comercios autorizados. En su versión tradicional, se elaboran con una receta sencilla a base de salvado de arroz y harina de trigo.

Sin embargo, alimentar a la fauna salvaje casi nunca se queda en un gesto puntual. En cuanto los ciervos asocian a las personas con comida, se acercan con más insistencia: empujan, mordisquean y hasta cortan el paso cuando piden alimento, sobre todo si ven galletas. Además, darles comida contribuye a una mayor concentración de animales en ciertas zonas, lo que aumenta la competencia y los roces (y, de paso, las situaciones incómodas para quien solo quería una foto). El problema es más importante cuando se piensa en su dieta real. Los ciervos comen pasto y otras plantas, sin embargo, el aporte calórico de las shika senbei es mayor, y eso fomenta cierta dependencia en parte de la población. Durante el confinamiento y la consiguiente caída del turismo, se informaron casos de desnutrición, puesto que acostumbrarlos a un «extra» constante tiene consecuencias. Si encima se les da comida inadecuada (por ejemplo, patatas de bolsa), el problema se agrava: se altera su dieta y pueden aparecer problemas digestivos. Por todo ello, mi conclusión es clara: mejor no alimentarlos. Observarlos sin convertir la comida en el centro del encuentro es la forma más respetuosa de disfrutar del parque.

Además de la alimentación, el contacto entre humanos y ciervos acarrea otros problemas, especialmente relacionados con la gestión de residuos. Dejar basura al alcance de los animales incrementa el riesgo de ingesta accidental de plástico y otros materiales peligrosos, lo que puede provocar obstrucciones y, en casos graves, la muerte. Por otro lado, no todos los ejemplares están en buen estado de salud. Algunos presentan heridas en las patas o cojera, que puede deberse a incidentes en carreteras o zonas de paso, pero también a maltrato o acoso por parte de algunas personas (patear, perseguir o acorralar), lo que eleva el estrés del animal y aumenta el riesgo de accidentes. También conviene recordar que la agresividad de los machos puede aumentar en la berrea y que algunas hembras se vuelven más defensivas durante la temporada de cría (mayo–julio). Por último, como ocurre con otros animales salvajes, pueden portar parásitos (por ejemplo, garrapatas), así que es mejor evitar el contacto directo y extremar la higiene.

Al final, mi sensación es ambivalente: verlos tan cerca es una experiencia memorable y, en cierto modo, una puerta de entrada para entender el vínculo histórico entre Nara y su paisaje sagrado. Pero que el encuentro sea «bonito» no significa que sea positivo para el animal. Cuanto más se normaliza el contacto, más se difuminan los límites entre fauna salvaje y entretenimiento. Y, sobre todo, alimentarlos suele tener el efecto contrario al deseado: cambia su comportamiento y multiplica los conflictos. Si buscas una convivencia respetuosa, lo más sensato es mirarlos a distancia, sin tocarlos ni perseguirlos… y dejando que sigan siendo lo que son: animales salvajes.

Por último, vale la pena recordar que Nara no se reduce a sus ciervos. Los templos y los santuarios forman parte del atractivo de la ciudad y ayudan a entender por qué este lugar se convirtió en la primera capital permanente de Japón.

Izumi, hogar invernal de más de 10.000 grullas

Izumi no solo cuenta la historia de temidos samuráis, sino que es también escenario de un impresionante fenómeno natural: cada año, más de 10.000 grullas migran desde Siberia para pasar el invierno en este maravilloso lugar. En la cultura japonesa, las grullas (tsuru) simbolizan la longevidad, la buena suerte y el amor eterno. Este significado está estrechamente vinculado al hecho que forman parejas monógamas y suelen desplazarse en compañía de su familia (pareja y polluelos). Además, dado que pueden vivir hasta los 20-30 años, es común elaborar figuras de origami con su forma para desear la curación de enfermedades y una larga vida.

Durante los meses más cálidos, las grullas se reproducen en Rusia, Mongolia o China, mientras que, entre octubre y marzo, emprenden su migración hacia el sur, para encontrar condiciones más favorables para pasar el invierno. Izumi se ha convertido en un importante refugio para diversas especies de grullas: de las 15 especies que existen en el mundo, siete (además de una variedad híbrida) se pueden observar en este pequeño pueblo. Las más abundantes son la grulla monje y la grulla cuelliblanca, ambas consideradas vulnerables.  Con algo de suerte, también es posible ver otras especies, como la grulla común (o euroasiática), la grulla canadiense, la grulla siberiana y la grulla de corona roja (estas últimas en peligro de extinción), así como la elegante grulla damisela.

Izumi desempeña un papel fundamental en la conservación de las grullas a nivel mundial, ya que alberga entre el 80% y el 90% de la población global de grullas monje y entre el 40% y el 50% de grullas cuelliblanca. La grulla monje (Grus monacha) es una especie de tamaño relativamente pequeño. Alcanza aproximadamente un metro de altura y pesa alrededor de 4 kg. Se distingue por su plumaje gris oscuro, junto con la cabeza y el cuello blancos, y una llamativa mancha rojo oscuro en la frente. Esta especie se reproduce en los humedales del sureste de Siberia y el norte de China, desde donde migra en invierno principalmente hacia Izumi, aunque también se la puede encontrar en Corea del Sur y el sureste de China. Actualmente, se considera vulnerable debido, en gran parte, a la destrucción de su hábitat natural.

Por su parte, la grulla cuelliblanca (Antigone vipio) presenta un aspecto característico que la hace fácilmente reconocible. Su plumaje es mayoritariamente gris, con alas blancas, cuello grisáceo atravesado por una distintiva línea blanca longitudinal, rostro negro con zonas de piel roja y largas patas rojizas. Esta especie es ligeramente más grande, con una altura que oscila entre 1,12 y 1,25 metros y un peso aproximado de 6 kg. Habita en el noreste de Asia, donde se reproduce en Mongolia, China y Rusia, y migra en invierno hacia regiones más cálidas, como el río Yangtsé (China), Corea y Japón.

El proyecto de conservación de las grullas en Izumi se remonta al siglo XVIII, cuando el clan Shimazu ordenó su protección. Sin embargo, esta situación cambió durante el período Meiji (1868–1912), etapa en la que las grullas comenzaron a ser cazadas de forma intensiva, provocando un drástico descenso de su población. No fue hasta 1921 cuando se promulgó una ley que prohibía su caza, marcando el inicio de su recuperación. Posteriormente, en 1952, la zona de Izumi fue declarada Monumento Natural Especial, lo que reforzó su protección y su importancia ecológica. En 1962 se dio un paso decisivo con la creación del Comité de Conservación de las Grullas de Kagoshima, cuya labor fue fundamental para desarrollar planes de protección efectivos. Ese mismo año, aproximadamente 50 hectáreas de arrozales fueron designadas como área protegida durante los meses de noviembre a marzo, coincidiendo con la estancia invernal de las grullas. Estos terrenos pertenecen a agricultores locales, quienes reciben una subvención a cambio de ceder sus campos temporalmente, favoreciendo así a la conservación de estas aves. Además, el seguimiento y estudio de las grullas se ha mantenido durante más de medio siglo gracias a la implicación de estudiantes de los institutos Kakusho Gakuen y Takaono, cuya labor ha sido clave para el conocimiento y la protección continuada de estas especies.

El Centro de Observación de Grullas de Izumi permanece abierto entre los meses de noviembre y marzo. En sus instalaciones se encuentra un pequeño museo que ofrece información sobre estas aves, y desde su parte superior es posible disfrutar de vistas panorámicas de los campos circundantes. El área se divide en dos zonas protegidas: el área de Arasaki, que rodea el propio centro de observación, y el área de Higashi Kantaku, situada aproximadamente a un kilómetro de distancia. El mejor momento para observar las grullas es al amanecer. Cada mañana, alrededor de las 7:00 h, las aves son alimentadas con grano con el objetivo de evitar que dañen los cultivos de la zona. Tras este momento, se dispersan por los campos de arroz durante el día y regresan al atardecer a las áreas protegidas, donde descansan durante la noche. En cuanto al acceso, la forma más cómoda de llegar al centro es en coche. No obstante, también es posible hacerlo en autobús (aunque con poca frecuencia) o en taxi desde la estación de tren de Izumi.

Así, Izumi se revela no solo como un refugio imprescindible para las grullas, sino también como un ejemplo de convivencia entre el ser humano y la naturaleza. Cada invierno, el cielo se llena de alas que recuerdan la fragilidad de estas aves y la importancia de preservarlas. Entre el silencio del amanecer y el batir de alas al alzarse el vuelo, este pequeño rincón de Japón invita a detenerse, observar y comprender que, más allá de su belleza, las grullas encarnan una historia de resistencia, cuidado y esperanza que sigue escribiéndose año tras año.

Experiencias en Japón: ceremonia del té con kimono en Izumi

Izumi es un pequeño pueblo en la prefectura de Kagoshima famoso por las 10.000 grullas que emigran desde Siberia, por el templo zen Rinzai más antiguo de Japón (Kannoji) y por haber sido hogar de temidos samuráis. Este pueblo pertenecía al dominio de Satsuma, territorio que abarcaba la actual prefectura de Kagoshima y parte de la prefectura de Miyazaki (hasta 1587 incluía los pueblos de Obi y Uzuki). Este dominio fue controlado por el clan Shimazu y fue uno de los más poderosos de Japón, con una kokudaka (medida de producción de arroz) de 770.000 koku (mayor incluso que el dominio de Sendai). En el pequeño Museo de Historia Izumi-Fumoto se pueden ver algunas de las armas y armaduras de los samuráis de Satsuma, mientras que en el cementerio de Kannoji, templo construido en 1194 por orden de Shimazu Tadaisha, se encuentran las tumbas de las primeras cinco generaciones de la familia Shimazu. Además, en el interior se puede observar una impresionante estatua de Kannon de 11 caras y 1000 brazos, tallada en 1445.

El clan Shimazu consiguió preservar su posición de poder en Japón a pesar de haber sufrido derrotas significativas en momentos clave de la historia. Tras ser vencidos por Toyotomi Hideyoshi durante la campaña de Kyushu en 1587, y encontrarse en el bando perdedor en la famosa batalla de Sekihagara en 1600, los Shimazu lograron mantener su influencia cuando el shogun Tokugawa Ieyasu asumió el control del país. Durante el período Edo (1603-1868), el clan gozó de una notable autonomía y siguió siendo uno de los más relevantes y poderosos del archipiélago. Entre los miembros más destacados del clan sobresale la figura de Saigo Takamori (1828-1877), conocido como el último samurái. Takamori lideró la Rebelión Satsuma (1877), motivada por las persecuciones que los samuráis sufrían por parte del gobierno Meiji, marcando así el final de una era en la historia japonesa.

Durante el sogunato Tokugawa, se imponía a los daimios la restricción de poseer únicamente un castillo central. Sin embargo, el clan Shimazu encontró una manera de sortear esta limitación: además del castillo de Kagoshima, dividió su extenso territorio en 113 pueblos-fortaleza conocidos como Tojo. Dentro de estos Tojo se encontraban los Fumoto, barrios reservados a la clase samurái, cuyo punto central era la residencia (kariya) del daimio de Satsuma cuando se desplazaba por el territorio. Los Fumoto desempeñaban un papel crucial, pues estaban concebidos como puntos estratégicos de protección frente a posibles enemigos, garantizando así la seguridad del dominio. Gracias a esta estructura, Satsuma contaba con un porcentaje de samuráis superior al de otros dominios, lo que reforzaba su capacidad militar y administrativa.

El Tojo de Izumi fue el primero y el más grande de todos. Unas 150 residencias en Izumi-Fumoto, que se remontan al siglo XVI, permanecen intactas y el barrio ha sido reconocido como Distrito de Importante Conservación de Conjuntos de Edificios Tradicionales. Una característica de estas residencias son los muros de piedra que delimitan y protegen las propiedades, setos altos que refuerzan la privacidad e incluso la presencia de fosos en algunas residencias. Todos estos elementos arquitectónicos cumplían una función defensiva, permitiendo a los habitantes mantener la seguridad frente a posibles ataques. Los samuráis que vivían en los Fumoto dedicaban sus días a entrenar, pero también a llevar la administración regional, fabricar papel washi, cultivar el campo o incluso trabajar como herreros. Las calles, conocidas como baba, rodeaban las casas y, además de servir para entrenar, ofrecían una capa adicional de defensa frente a posibles intrusos.

Dos de las Residencias Samurái de Izumi-Fumoto están abiertas al público: Takezoe-tei y Saisho-tei. Takezoe-tei fue la residencia de un samurái de alto rango. En su interior, se exhibe una extensa colección de vajillas y utensilios antiguos, junto con una katana, una armadura y otras piezas históricas relevantes. La residencia Saisho-tei destaca por sus espacios ocultos, diseñados para defensa. Tiene una zona de tiro con arco tras una puerta desmontable, varios escondites en los pisos superiores y un túnel secreto para escapar durante ataques.  

Una de las actividades de las que se puede disfrutar en Izumi es participar en una ceremonia del té vestidos con kimonos. La preparación para este evento comienza con la asistencia de las miembros de la Asociación de Kimonos de Izumi, quienes se encargaron de vestirnos con esmero. Para los hombres, únicamente se ofrece un modelo de kimono, mientras que las mujeres tenemos la posibilidad de elegir tanto el kimono como el obi (cinturón), lo que añade un toque personalizado a la experiencia. Además, las mujeres podemos quedarnos con el kimono, el obi y los calcetines (tabi), a diferencia de los hombres, que deben devolver las prendas tras la actividad. Mientras elegía el kimono, las señoras aprovecharon para vestir a Xavi, y posteriormente me ayudaron a mí. Una vez vestidos, nos dirigimos hacia la residencia Saisho donde tendría lugar la ceremonia del té.

Allí nos recibió la encargada de la ceremonia, acompañada por una señora que tocaba el koto, el arpa tradicional japonesa, aportando así una atmósfera especial al evento. La ceremonia del té japonesa, conocida como Cha-no-ya, tiene profundas raíces en el budismo zen y se rige por cuatro principios fundamentales: wa (armonía), kei (respeto), sei (pureza) y yaku (tranquilidad). Tradicionalmente, esta ceremonia se realiza en una casa de té o chashitsu, donde la anfitriona prepara el té macha utilizando un batidor de bambú llamado chasen y lo sirve a los invitados realizando una reverencia como muestra de respeto. Sin embargo, en nuestro caso, el té ya venía preparado, por lo que no pudimos observar el proceso de elaboración.

La experiencia incluyó la degustación de una taza de té macha acompañada de un dulce japonés (wagashi), cuyo propósito es equilibrar el amargor del té. Para ambos, existe un protocolo estricto que debimos seguir. Al recibir el dulce y el té, se debe hacer una reverencia en señal de cortesía. El dulce se toma primero, en dos bocados, y después se procede a tomar el cuenco de té: se sostiene con la mano derecha y se apoyaba sobre la palma de la mano izquierda. Antes de beber, se debe admirar el cuenco (chawan) y girarlo dos veces en el sentido de las agujas del reloj, de modo que su parte más bonita quede orientada hacia la anfitriona, como muestra de humildad. El té se bebe generalmente en tres sorbos, y al finalizar es necesario volver a girar el cuenco dos veces en sentido contrario antes de dejarlo nuevamente en la bandeja. La ceremonia del té duró en total unos diez minutos como mucho.

Tras finalizar la ceremonia, nos ofrecieron la posibilidad de tocar el koto, a lo que me apunté enseguida. Como Xavi llamaba mucho la atención por su estatura y lo bien que lucía el traje, las señoras le ofrecieron un antiguo casco y una katana para que pudiera tomarse fotos al estilo de un verdadero samurái. Antes de marchar, la señora aprovechó para regalarnos unas figuras de origami que ella misma había hecho especialmente para nosotros. Sin duda, fue el mejor regalo que recibimos durante nuestro viaje por Japón.

Nuestra visita a Izumi-Fumoto fue una inmersión en la tradición y el legado samurái, acompañada de una experiencia única. Sin duda, Izumi permanecerá en nuestra memoria como un destino especial, que nos enseñó el valor de la armonía, el respeto y la amabilidad que definen la cultura japonesa.

Dos emblemas de Kyushu: Skurajima y el Monte Aso

La orografía de Japón está determinada por su ubicación en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Este cinturón se formó a lo largo de los siglos debido a la gran actividad de las placas tectónicas (fragmentos de la capa inferior de la corteza terrestre) que al chocar crean zonas de subducción (una placa se sobrepone a la otra), provocando terremotos de gran magnitud, e incluso tsunamis, erupciones volcánicas explosivas, y la formación tanto de profundas fosas oceánicas como de cordilleras montañosas. El archipiélago japonés se encuentra en la unión de varias placas tectónicas (las placas continentales de Ojotsk, Amuria, y Euroasiática, y las placas oceánicas Filipina y del Pacífico) y debido a esto, el país sufre numerosos terremotos anuales, aunque la mayoría son leves. El último gran terremoto (9.1 en la escala Richter) se produjo en 2011 cerca de Sendai y Matsushima, seguido por un tsunami (con olas de más de 40 m), que ha dejado multitud de víctimas mortales y daños materiales. Este terremoto fue provocado por la tensión acumulada por el desplazamiento de la placa del Pacífico hacía la placa Euroasiática.

Aunque el volcán más famoso es el Monte Fuji (3.776 m de altura e inactivo desde 1707), lo cierto es que Japón alberga más de 200 volcanes, siendo 111 aún activos. Tres de los más activos se encuentran en Kyushu: el Monte Unzen (Nagasaki), Sakurajima (Kagoshima) que libera cenizas con frecuencia, y el Monte Aso (Kumamoto) que posee una de las calderas más grandes del mundo. Debido a la actividad volcánica, el país también goza de multitud de fuentes de aguas termales (onsen). Beppu, situada a los pies del Monte Tsurumi, es famosa por ser uno de los mayores centros de aguas termales del mundo. El mismo volcán nutre también los infiernos de Beppu y permite los baños de arena (sunamushi onsen).

Sakurajima es un estratovolcán, o sea un volcán cónico (el típico que nos viene la mente cuando pensamos en uno) formado por la acumulación de capas (o estratos) de lava, ceniza y piroclastos (roca volcánica) y que se caracteriza por erupciones explosivas (o estrombolianas). Está formado por tres picos (Kitadake de 1.117 m, Nakadake de 1.060 m y Minamidake de 1.040 m) y las erupciones actuales son producidas por el cráter Showa (Minamidake). Antes de la erupción de 1914, este área era una isla que se integró a la península de Osumi como resultado del flujo de lava producido. Gracias a esto, actualmente se puede acceder por carretera, aunque también se puede llegar en ferry desde Kagoshima. Debido a que expulsa frecuentemente cenizas, no se puede ascender a su cráter, sin embargo, desde los observatorios de Arimura o Yunohira se puede ver con claridad. La península formada por el Sakurajima tiene una superficie de unos 80 km2 y está habitada, habiendo varios pueblos a su alrededor, incluidos hoteles y restaurantes. Una carretera circular de 36 km de longitud permite recorrerla en coche o en bicicleta.

Por otro lado, el Monte Aso (Aso-san) es un supervolcán con una caldera de 120 km de perímetro y está formado por cinco picos (Eboshi, Kishima, Naka, Neko y Taka), siendo Takadake el más alto (1.592 m) y Nakadake el más activo. Los supervolcanes reciben este nombre por poseer una cámara magmática superior a los volcanes convencionales y, por ende, mayores erupciones volcánicas. Durante su historia, el Monte Aso tuvo cuatro grandes erupciones explosivas entre hace 300.000 y 80.000 años. La Garganta de Takachiho es fruto de estas explosiones. El monte Aso, junto al monte Kuju, constituyen el Parque Nacional Aso-Kuju, que es un paraíso para los amantes de la naturaleza. En la depresión del volcán hay varios pueblos como la ciudad de Aso, Takamori-Machi o Minami Aso Mura y en sus laderas pastan vacas Akaushi y caballos. Desde el Mirador Daikanbo se puede disfrutar de vistas panorámicas impresionantes de ésta.

El principal atractivo es el Monte Nakadake, formado por siete cráteres en un área de 1 km. El cráter número 1 está activo y alberga en su interior un lago verde lima. Cuando nosotros fuimos, la niebla y los gases no nos permitieron ver el interior, pero disfrutamos del entorno cubierto ligeramente por nieve, que nos pareció espectacular. Se puede acceder fácilmente en coche, pagando una entrada. Sin embargo, el acceso puede estar restringido si los niveles de gases tóxicos son muy altos. Las personas con enfermedades cardio-respiratorios tienen prohibida la entrada.

Si algo queda claro tras explorar estos dos volcanes, es que en Japón la belleza y la tranquilidad conviven con la fuerza más bruta de la naturaleza en una armonía muchas veces frágil.

De Takamori a Kumamoto: una ruta con referencias manga/anime

Japón ha alcanzado gran notoriedad internacional en parte gracias al manga y al anime, que se han convertido en fenómenos virales en todo el mundo. El manga es la palabra japonesa para los cómics o novelas gráficas que suelen publicarse en blanco y negro y tratan temáticas muy diversas, que van desde la aventura hasta historias cotidianas. Muchos mangas sirven de base para la creación de animes, término que se refiere a la animación, especialmente la realizada en Japón. Este medio abarca una amplia variedad de géneros y estilos, y se caracteriza por su estética visual, personajes expresivos y narrativas dirigidas tanto a niños como adultos. El término otaku se utiliza para describir a una persona apasionada por el anime, el manga o la cultura japonesa. El barrio de Akihabara en Tokio es considerado como el epicentro de la cultura otaku.

Los mangas y animes no solo abren una ventana a la cultura y las tradiciones japonesas, sino que también permiten descubrir ciudades, templos y santuarios que aparecen reflejados en estas obras. Además, numerosos elementos de la mitología y religión japonesa se integran en las historias, enriqueciendo las tramas y dotándolas de mayor profundidad simbólica. Un ejemplo destacado son Amaterasu y Susanoo, dos de las técnicas más poderosas del mangekyo sharingan, utilizadas principalmente por Itachi y Sasuke Uchiha en el universo Naruto. Ambos nombres se inspiran directamente en la mitología japonesa, representando a la diosa del sol y al dios de la tormenta, respectivamente. Aunque existen referencias de mangas y animes en todo Japón, la isla de Kyushu constituye un destino esencial, no solo por albergar el Museo del Manga de Kitakyushu, o por haber sido el lugar de nacimiento de varios mangakas (autores o dibujantes de manga) como Eiichiro Oda (One Piece), Hajime Isayama (Ataque a los Titanes), o Takehiko Inoue (Slam Dunk, Vagabond) entre otros, sino también por servir de inspiración para películas como La princesa Mononoke cuyo entono se inspiró en los bosques de Yakushima, o mangas/animes como Kids on the Slope (Sakamichi no Apollon) o Ghost Hound (Shinreigari) cuyas tramas se desarrollan en lugares de Kyushu. También hay ciudades que rinden homenaje a estas obras, como Hita (prefectura de Oita) donde se han colocado estatuas de los personajes de Ataque a los Titanes frente a la presa de Oyama, o la prefectura de Kumamoto donde se han colocado 10 estatuas de bronce de los personajes de One Piece.

Sin buscar una ruta otaku, durante nuestro viaje de Beppu a Kumamoto, pasando por Takamori, visitamos varios lugares destacados. Takamori es un pequeño pueblo situado a los pies del Monte Aso, el volcán activo más grande de Japón. Entre los principales atractivos, además de subir al cráter Nakadake y comer dengaku, una especialidad local donde se asan carne y verduras en un hogar tradicional (irori), se encuentran el Santuario Kamishikimi Kumanoimasu y el Santuario Kusakabe Yoshimi. El Kamishikimi Kumanoimasu es un santuario dedicado a los dioses creadores Izanagi e Izanami y se cree que trae buena fortuna en el matrimonio. Es famoso por su asociación con el manga/anime Hotarubi no Mori e (Hacia el bosque de las luciérnagas) de Yuki Midorikawa. Además, destaca por su ambiente místico con unas 100 linternas de piedra (toro) cubiertas de musgo distribuidas a los lados de un camino de piedra formado por 260 escalones. Desde el santuario sale un sendero que conduce a una gran piedra sagrada llamada Ugeto-iwa. Según una leyenda, Kihachi, un seguidor del dios Takeiwatatsu, creador del Monte Aso, golpeó esta roca abriendo un agujero de 10 m.

El Santuario Kusakabe Yoshimi (Kusabe Yoshimi-Jinja) es uno de los tres únicos kudarimiya o santuarios descendientes, junto al Santuario Udo (Nichinan, prefectura de Miyazaki) y el Santuario Nukisahi (Tomioka, prefectura de Gunma) por descender 130 escalones de piedra hasta alcanzarlo. El nombre de este santuario proviene del mito de Kusakabe protagonizado por Hiyainomikoto, el primogénito del emperador Jinmu (el primer emperador de Japón). En sus jardines se encuentra también un gran sugi de 40 m de altura y 500-600 años de antigüedad.

Desde aquí, organizamos un trayecto por las esculturas de One Piece. La ruta incluye 10 estatuas de bronce de los Piratas de Sombrero de Paja distribuidas en diferentes pueblos de la prefectura de Kumamoto entre los años 2018 y 2022 en honor a Eiichiro Oda que donó 800 millones de yenes para ayudar con la reconstrucción de Kumamoto después de sufrir daños debidos al fuerte terremoto de 2016. Dado que no disponíamos de tiempo para visitarlas todas, solamente incluimos las que más nos interesaban y las que se encontraban dentro de nuestro trayecto hacía Kumamoto. Empezamos por la escultura de Nami (inaugurada en 2021), que se encuentra en el área de Nishihara; continuamos con la escultura de Roronoa Zoro (2022) situada en Ozu, cerca del aeropuerto de Kumamoto; luego visitamos la escultura de Sanji (2019) en Mashiki; seguida por la de Brook (2020) en el parque del Museo de Dinosaurios de Mifune; y Tony Tony Chopper (2020) en la entrada del Zoológico y Jardín Botánico de Kumamoto; hasta finalizar con la escultura de Monkey D. Luffy (2018), el capitán de los Piratas, colocada a la entrada de la Oficina de Gobierno de la prefectura de Kumamoto.

El castillo de Kumamoto es considerado uno de los tres mejores castillos de Japón, junto al castillo de Himeji y al castillo de Matsumoto, y uno de los puntos imprescindibles de la ciudad. Fue construido en 1607 por el daimio Kato Kiyomasa (1561-1611) y es también conocido como Castillo Ginkgo por un gran ginkgo plantado por éste. El recinto cuenta con 49 torres, 47 puertas y grandes muros de piedra y fosos. Aunque fue gravemente afectado por el terremoto de 2016, ya se ha avanzado considerablemente en su restauración; sin embargo, estiman que tomará otros 26 años completar todo el proceso.  

La cueva de Reigando (en japonés “la cueva del espíritu de la roca”) se encuentra en el recinto del templo Ungazenji, un templo zen fundado por Toryo Eiyo, el monje chino que introdujo el budismo zen en Japón, durante el período Nanbokucho (1336-1392). El camino hacia la cueva está salpicado de 500 estatuas de rakan (discípulos de Buda; parecidos a los que vimos en el Hoonji de Morioka) que fueron donadas por el comerciante Gihei Fuchidaya y su hijo durante 24 años (1779-1802). Muchas de estas esculturas carecen de cabeza debido a los terremotos. Es también conocida por haberse convertido en el hogar del ronin (samurái sin señor) Miyamoto Musashi (1584-1645). Aquí Miyamoto Musashi escribió El Libro de los Cinco Anillos (Gorin no Sho) que sirve como guía práctica para el manejo de la katana. Personajes inspirados en la vida de Musashi aparecen en diversas obras de teatro, cine, literatura, videojuegos, canciones, y, como no, en mangas y animes. Algunos ejemplos son Vagabond, obra de Takehiko Inoue, o Yaiba, obra de Gosho Aoyama, entre otros.

Después de explorar estos lugares emblemáticos, nos quedamos impresionados por la riqueza histórica, cultural y natural de la región. Cada sitio visitado nos ofreció una perspectiva diferente, desde la espiritualidad de los santuarios hasta el legado samurái de la cueva de Reigando. Kumamoto es un destino que combina a la perfección tradición, modernidad y aventura, haciendo de nuestro viaje una experiencia inolvidable. Sin duda, recomendamos visitar esta prefectura para descubrir sus tesoros ocultos y vibrar con el espíritu de Japón.

Experiencias en Japón: sunamushi onsen o baño de arena caliente en Beppu

Beppu, situada en la prefectura de Oita en la isla de Kyushu, es conocida como una ciudad-balneario de renombre gracias a sus abundantes aguas termales (onsen). Su fama se remonta al período Kamakura (1185-1392), época en la que era célebre por sus balnearios destinados a la recuperación de samuráis heridos. Actualmente, la ciudad alberga más de 150 onsen, lo que la convierte en el lugar con el mayor número de baños termales de todo Japón. Además, solamente Yellowstone, en Estados Unidos, supera a Beppu en cuanto a volumen de agua caliente.

Uno de los principales atractivos turísticos de Beppu son los llamados Infiernos de Beppu, unas aguas termales singulares destinadas principalmente a la contemplación. Estos «infiernos» conforman el recorrido conocido como Jigoku Meguri, compuesto por siete enclaves diferentes. Cinco de estos infiernos se encuentran en el distrito de Kannawa, lo que permite recorrerlos cómodamente a pie, mientras que los otros dos están ubicados en Shibaseki, accesibles en autobús o coche. La visita a los Infiernos de Beppu puede realizarse adquiriendo una entrada combinada o bien entradas individuales para cada uno. No obstante, según nuestra experiencia, no todos los infiernos resultan igual de interesantes.

Entre los sitios que nos resultaron más llamativos destacan Umi Jigoku, Oniishi Bozu Jigoku y Kamado Jigoku. Umi Jigoku (infierno azul cobalto) se caracteriza por su lago azul que emerge desde las profundidades y que alcanza una temperatura de 98º C. Es el recinto de mayor tamaño y cuenta con hermosos jardines. Oniishi Bozu Jigoku (infierno del monje de cabeza afeitada), de dimensiones más reducidas, contiene varias pozas de barro caliente. Por otro lado, Kamado Jigoku (infierno de la caldera) decorado con una estatua de oni (demonio japonés), brinda la opción de probar el agua termal de distintas fuentes (con precaución, ya que puede alcanzar entre 80 y 90º C). En los tres se puede disfrutar de un baño de pies (ashiyu) y en Umi Jigoku y Kamado Jigoku, además, se pueden probar los huevos cocidos con el calor de sus aguas termales.

Shiraike Jigoku (infierno del estanque blanco) es un estanque de agua termal caracterizado por su coloración blanca. En este recinto se encuentra también un acuario de peces tropicales, aunque, en nuestra opinión, no guarda relación lógica con el contexto de la ruta de los infiernos. De manera similar, en Oniyama Jigoku (infierno de los cocodrilos), varias especies de cocodrilo están encerradas en pequeños recintos, por lo que para nosotros no presenta ningún tipo de interés. Chinoike Jigoku (infierno del estanque de sangre), situado en el distrito de Shibaseki, destaca por ser el infierno más antiguo de Japón; sus aguas rojizas provienen de reacciones químicas principalmente óxido de hierro y magnesio, y emana a una temperatura de 78º C. Este punto turístico se encuentra algo alejado respecto a los otros infiernos, lo que dificulta su acceso. Por último, Tatsumaki Jigoku (infierno del géiser), consiste en un géiser activo con erupciones cada 30-40 min por lo que es recomendable considerar los tiempos de espera durante la visita. Actualmente, debido a una placa de piedra situada en la parte superior, el géiser no alcanza su altura máxima estimada de 30 m.

Además de los infiernos y poder disfrutar de los tradicionales onsen, también es posible experimentar baños de barro (mud onsen) o de arena. Durante nuestra visita, aprovechamos para probar los baños de arena caliente, conocidos como sunamushi onsen o simplemente sunaburo, una experiencia exclusiva de Kyushu. Esta antigua costumbre terapéutica, sobre todo reconocida en Ibusuki (Kagoshima), tiene sus raíces en Beppu desde el periodo Heian (794-1185). El proceso consiste en enterrarse en arena volcánica calentada por fuentes subterráneas, a la cual se le atribuyen propiedades terapéuticas como mejorar la circulación sanguínea, relajar los músculos, eliminar toxinas y aliviar dolores articulares y problemas respiratorios. Generalmente, con una sesión de 10-15 min suele ser suficiente y se considera que proporciona beneficios hasta tres o cuatro veces superiores a los de los baños termales convencionales.

Para disfrutar de esta experiencia es necesario reservar, ya sea a través de internet o presencialmente. El establecimiento nos proporcionó un yukata (que debe usarse sin ropa interior) para acceder a la zona del baño de arena donde un empleado nos cubrió hasta el cuello con la arena caliente. La arena, calentada de manera natural a una temperatura entre 50 y 55º C, envuelve el cuerpo en un calor intenso y uniforme. Debido al peso de la arena mojada colocada sobre el pecho y al calor, no os lo recomiendo si sufrís de ansiedad. Reconozco que al principio tuve la impresión de que no podía respirar, pero finalmente me relajé y disfruté de la experiencia. El proceso dura aproximadamente 15 min, tras los cuales, se accede a la zona de duchas para eliminar la arena adherida al cuerpo y, de allí, a la zona de baño compartida (segregada por sexos) antes de regresar a las taquillas para vestirse y concluir la experiencia. No se permite el acceso a niños, mujeres embarazadas o con el periodo menstrual ni personas con condiciones médicas contraindicadas, como insuficiencia respiratoria, tumores malignos o enfermedades cardíacas graves.

En definitiva, Beppu ofrece una experiencia única a los viajeros: los infiernos singulares, sus aguas termales, y los baños de arena conforman un recorrido fascinante. Recomendamos reservar tiempo suficiente para explorar la ciudad y aprovechar al máximo cada uno de sus rincones, pues Beppu es mucho más que un destino de relajación: es una ventana a un Japón auténtico y sorprendente.

Usuki, tesoro histórico y cultural de Kyushu

Usuki es una pequeña ciudad situada en la prefectura de Oita (isla de Kyushu). Una joya oculta que pocos conocen y visitan, pero que es un vivo testimonio de la historia y cultura de Japón. Los inicios de esta antigua ciudad se remontan a 1556 cuando Otomo Yoshishige (1530-1587), vigésimo primer señor de la familia Otomo, se instaló en Usuki tras heredar de su padre el dominio de Funai. Yoshishige cambió su nombre a Sorin (Sanbisai Sorin) al convertirse en monje budista, sin embargo, tras conocer al misionero jesuita Franscico Javier en 1551 se convirtió al cristianismo. Francisco Javier introdujo formalmente el cristianismo en Japón en 1549 cuando desembarcó en Satsuma (actual Kagoshima). Sorin fue bautizado en 1578 y a partir de entonces se hizo llamar Don Francisco. Fue uno de los pocos daimios que se convirtieron al cristianismo, aunque otros como Date Masamune (1567-1636), señor del dominio de Sendai (Tohoku), permitieron esta fe en sus dominios y hasta le sacaron provecho, fomentando el comercio con España y el Vaticano. Se cree que esto se debe a que su hija se había convertido al cristianismo, aunque la mayoría de los historiadores lo descarta. Como dato curioso, Masamune envió la Embajada Keicho (1613-1620) liderada por Hasekura Tsunenaga (la primera expedición japonesa alrededor del mundo) y al menos cinco miembros de la tripulación de Date Maru (el barco enviado por éste) permanecieron en Sevilla y en actualidad sus descendientes llevan el apellido Japón.

La isla de Kyushu desempeñó un papel fundamental en la historia del cristianismo nipón durante el llamado «siglo cristiano» (1549-1650). Nagasaki se convirtió en un punto clave para el desarrollo de la fe cristiana gracias a la proliferación de iglesias y escuelas, que reflejaban el respaldo de numerosos daimios locales a los misioneros extranjeros. Este apoyo no solo facilitó la expansión de esta religión, sino también el establecimiento de relaciones comerciales con los europeos que permitió la introducción de nuevas tecnologías, como las armas de fuego, uno de los avances más significativos de la época. Para finales del siglo XVI, se estima que alrededor de 700.000 japoneses se habían convertido al cristianismo, lo que demuestra la magnitud y el impacto de esta religión en el país. Sin embargo, con el ascenso de Toyotomi Hideyoshi, creció la preocupación por el cristianismo y su conexión con las potencias extranjeras. En 1587, éste promulgó el Edicto de Bateren que ordenaba la expulsión de los misioneros jesuitas y prohibió la fe cristiana, iniciando persecuciones que impactaron profundamente en el país nipón. El sogunato Tokugawa continuó esta represión durante el período Edo (1603-1868), considerando el cristianismo una amenaza política. Tras el edicto de 1614, se destruyeron iglesias, se forzó la conversión o ejecución de creyentes y muchos practicaron su fe en secreto (kakure kirishitan o cristianos ocultos). La opresión culminó en la Rebelión de Shimabara (1637-1638), donde campesinos y samuráis cristianos se rebelaron, resultando en la masacre de casi 37.000 personas, uno de los momentos más dramáticos de la represión cristiana en Japón. La prohibición del cristianismo se mantuvo hasta 1873, cuando se restauró la libertad religiosa tras la Restauración Meiji.

Volviendo a lo que nos ocupa, durante el dominio de Otomo Sorin, su territorio llegó a abarcar prácticamente toda la isla de Kyushu, y Usuki fue la capital de su dominio. Aquí construyó un castillo (Usuki Joseki) en lo que antes era una isla, por su gran valor defensivo, sin embargo, en la actualidad lo único que se mantiene en pie son los muros, la entrada principal y algunos edificios adicionales. Igual que Masamune, también organizó delegaciones diplomáticas a Goa en 1550 y envió la embajada Tensho a Roma en 1582. Estas expediciones, junto con otras realizadas en el siglo XVII, dieron lugar a la elaboración de varios mapas dibujados con pincel y tinta, que reflejan la visión nipona del mundo en una época en la que la exploración japonesa era poco frecuente. Actualmente, estos mapas se encuentran expuestos en el Museo Histórico de Usuki.

Tras ser bautizado como cristiano, Sorin ordenó el desalojo forzoso de monjes y sacerdotes, reutilizando sus templos para el culto cristiano y obligó a la población a convertirse al cristianismo. Pese a ello, los principales atractivos de Usuki son sus templos budistas, pero especialmente sus Budas de Piedra, que nos recordaron a los conjuntos de budas que vimos durante nuestra ruta de la seda por China (Bezeklik, Mogao, Maijishan o Longmen). Se trata de 61 figuras de Buda esculpidas entre los periodos Heian (794-1185) y Kamakura (1185-1333) agrupadas en cuatro conjuntos. En 1995, 59 de estas figuras fueron declaradas Tesoros Nacionales, siendo los primeros Budas de Piedra en recibir esta distinción en el país. Posteriormente, en 2017, las últimas dos estatuas del Conjunto de Furuzono también fueron reconocidas como Tesoros Nacionales. La roca utilizada es roca volcánica procedente del monte Aso que es maleable pero también vulnerable a la intemperie, lo que motivó una serie de restauraciones entre 1980 y 1994.

Un corto sendero de unos 30 min de duración une los cuatro conjuntos. El Conjunto de Budas de Furuzano destaca por su estatua central de Daininchi Nyorai, considerada la mejor estatua de Buda de piedra de Japón. Esta escultura fue restaurada en 1993. El Conjunto de Budas de Hoki está formado por dos grupos. El primer grupo alberga más de 20 figurillas distribuidas en cuatro galerías: la primera contiene tres Budas sentados y dos Bodhisattvas de pie; la segunda incluye un Amitabha, un Yakushi Nyorai y un Buda; la tercera muestra cuatro estatuas, entre ellas un Dainichi Nyorai; y la cuarta alberga once figuras, incluyendo un Bodhisattva Jizo y diez reyes. El segundo grupo consta de dos galerías: la primera exhibe una espléndida Trinidad de Amitabha, y la segunda contiene figuras de menor tamaño conocidas como los Nueve Amitabhas (Kubon-no-Amida). Finalmente, el Conjunto de Budas de Sannousan presenta una trinidad con una figura central de unos cinco metros de altura.

Otro símbolo de Usuki es el templo Ryugen (Ryugenji) fundado en 1600 y su pagoda de tres pisos (Sanju-no-to o la Torre del Príncipe), en cuyo interior se encuentra una estatua de Shotoku Taishi, un príncipe del período Asuka (592-710) que contribuyó a la difusión del budismo por todo Japón. Cuatro jaki o espíritus malignos que se han vuelto buenos sostienen la pagoda desde abajo.

Justo delante se encuentra el templo Daikyo (Daikyoji) o el Templo del Gran Puente. Su historia se remonta a 1548 cuando San Yuhan edificó una ermita en este lugar. Posteriormente, Otomo Sorin construyó un templo budista llamado Hounzan Saihoji. Pasó a llamarse Daikyoji cuando se constuyó el puente que facilitó el acceso. El complejo cuenta con una puerta central, el Salón Kannon-do y el salón principal, rodeados de muros de piedra que también servían de defensa. Durante la prohibición del cristianismo, San Rekido colaboró para proteger cristianos haciéndolos pasar por feligreses del Daikyoji.

Tras ser derrotado por el daimio Shimazu, la única familia que aún controlaba una parte significativa de Kyushu, en la batalla de Mimigawa (1578), Otomo Sorin perdió rápidamente el poder. El golpe final fue la batalla de Hetsugigawa (1586). Hideyoshi Toyotomi comenzó su campaña, ocupando toda la isla de Kyushu, y devolvió el poder a los Otomo, sin embargo, Sorin murió en Tsukumi (ciudad vecina de Usuki) en 1587. Tras la muerte de Otomo Sorin, Sadamicho Inaba, el primer señor de la familia Inaba, ganó el dominio de Ususki por apoyar a Tokugawa Ieyasu durante la batalla de Sekigahara (21 de octubre 1600) con la que unificó Japón y se convirtió en sogún. A partir de ese momento, la familia Inaba gobernó en Usuki hasta 1871. La villa de la familia Inaba situada en el antiguo barrio samurái o Distrito Histórico de Nioza, se puede visitar. Se trata de una casa bien conservada, con amplias habitaciones con tatami y un tranquilo jardín, que nada tiene que envidiar a las casas samurái que visitamos en Hirosaki y Kakunodate. El Distrito Histórico de Nioza destaca por sus callejuelas empedradas, los edificios de arquitectura tradicional, los templos y los santuarios. Sobresalen dos calles, la calle Nioza y la calle comercial Haccho Oji, repleta de tiendas de artesanía.

Usuki, más allá de su historia marcada por el choque de religiones y las luchas de poder, se revela hoy como un remanso de paz donde el pasado convive en armonía con el presente. Sin duda alguna, Usuki es un verdadero tesoro oculto de Kyushu y una parada imprescindible para quienes buscan empaparse de la esencia más auténtica de Japón.

Experiencias en Japón: kagura en Takachiho

Según el sintoísmo, la creación de Japón se atribuye a dos dioses primordiales, Izanami e Izanagi. Este matrimonio fue el que creó todas y cada una de las islas del archipiélago y dio vida a la mayoría de los dioses o kami. Pese a vivir en armonía, la relación se truncó cuando Izanami sufrió terribles quemaduras durante el parto del dios del fuego, Kagutsuchi, y finalmente murió. Se dice que de sus lágrimas de dolor nacieron muchos otros kami. Izanagi enfurecido cortó a Kagutsuchi en pedazos (de cada trozo nacieron nuevas deidades) y, después, bajó al inframundo (Yomi) para rescatar a su esposa, sin embargo, ésta ya había comido alimentos allí, por lo que ya no podía volver. Izanami pidió a los guardianes de Yomi que la dejaran salir, y la condición fue que Izanagi no entrara durante los trámites, sin embargo, éste se impacientó, entró y se encontró con que Izanami era un cadáver en descomposición. Asustado, salió corriendo y, cuando volvió al mundo exterior, bloqueó la entrada con una enorme piedra, no obstante, por haber estado en el inframundo, tuvo que realizar un ritual de purificación. Durante este ritual nacieron nuevos dioses, como Amaterasu, la diosa del sol, que nació al lavarse el ojo izquierdo, Tsuki-yomi, el dios de la luna, tras lavarse el ojo derecho, o Susanoo, el dios de la tormenta, al lavarse la nariz. Mhina-tsu-hiko, el dios del viento, nació de su aliento y, al lavar su ropa en el río, otros doce kami aparecieron. Este ritual de purificación dio lugar a la costumbre de limpiarse con agua antes de entrar en un santuario.

Amaterasu, Tsuki-yomi y Susanoo son conocidos como los “tres niños preciosos” y de todos, Amaterasu Omikami es la diosa (megami) principal y la antepasada de la familia real japonesa. Cuentan que el mundo se había vuelto demasiado caótico, por lo que Amaterasu decidió enviar a su nieto Ninigi a que descendiera para gobernarlo. Éste bajó en la cima de Kushifuru en Takachiho (prefectura de Miyazaki) y allí fue consagrado en un santuario, sin embargo, éste fue trasladado a Kirishima en la prefectura de Kagoshima (actual santuario Kirishima-Jingu) en 1715 tras ser destruido por una erupción volcánica. El edificio actual es considerado Tesoro Nacional y es comparado con los templos de Nikko en cuanto a belleza. El nieto de Ninigi, Jinmu, consagrado en el santuario de Miyazaki (Miyazaki-Jingu) es considerado el primer emperador de Japón.

Los mitos sobre la diosa sol están recogidos en dos libros principales, Kojiki (708-714) y Nihon Shoki (720), y un libro recopilatorio de las tradiciones orales omitidas en los otros dos (Kogoshui, 807). La mayoría de los mitos narran el incidente con su hermano Susanoo cuando Amaterasu decidió encerrarse en una cueva, sumiendo el país en una profunda oscuridad. Explicado brevemente, Susanoo, en estado de embriaguez, destruyó con sus tormentas los campos de arroz de Amaterasu. Ésta le pidió que parara, sin embargo, él contestó matando al caballo celestial de Amaterasu y arrojándolo a sus doncellas que estaban tejiendo, provocándoles la muerte. Como consecuencia, Amaterasu se encerró en una cueva (Cueva Celestial) y la selló con una roca. Los ocho millones de dioses se reunieron y tomaron la decisión de que la diosa de la danza, Ama no Uzume, bailara mientras los demás la animaran. Amaterasu, al escuchar la música y las risas preguntó qué era lo que pasaba y los dioses le respondieron que festejaban el hecho de tener una nueva megami señalándole un espejo. Amaterasu, que nunca había visto su rostro, quedó fascinada y, mientras estaba absorta con la imagen, el poderoso Tajikarao la sacó y cerró la cueva detrás de ella.

La cueva en la que se escondió Amaterasu se encuentra en Takachiho y pertenece al santuario Amanoiwato. Este santuario está formado por Amanoiwato Higashi Hongu que consagra a Amaterasu Omikami y en el lado opuesto del río Iwate, se encuentra Amanoiwato Nishi Hongu, asentado sobre el desfiladero que lleva a la cueva Amanoyasukawara (también conocida como Gyobogaiwaya). La cueva es considerada sagrada y tanto ésta como el santuario aparecen en las escrituras sintoístas Kojiki y Nihon Shoki.

El santuario de Takachiho (Takachiho-Jinja) fue construido hace unos 1900 años y es el hogar del dios del matrimonio. En sus terrenos se encuentran dos sugi, Chichibu-sugi, de unos 800 años de antigüedad, y Meoto-sugi, dos sugi unidos en un mismo tronco que representan el matrimonio. Se dice que, si una pareja cogida de la mano lo rodea tres veces, ésta alcanzará la felicidad en el matrimonio y la prosperidad en la procreación. En este santuario se representan los mitos y las leyendas de Japón a través de kagura. Kagura se refiere a la música y la danza sagradas sintoístas. Se divide en dos categorías: mikagura, interpretadas en la corte imperial, y satokagura, interpretadas en los santuarios. En Takachiho el kagura se celebra por la noche (yokagurakagura nocturno) y entre 22 y 23 de noviembre se celebra el festival Yokagura con una antigüedad de unos 800 años. Los actores enmascarados bailan al son de los tambores y escenifican 33 episodios de la mitología japonesa como la leyenda de Amaterasu o el descenso de Ninigi, además de danzas para orar por el matrimonio, el parto seguro o una buena cosecha. Takachiho-no-Yokagura fue declarado Bien Cultural Folclórico Inmaterial Importante de Japón en 1978.

Todas las noches, excepto los días 31 de diciembre y 1 de enero, hay cuatro representaciones de los cuatro episodios de yokagura más importantes (Tajikarao no Mai, Uzume no Mai, Totori no Mai y Goshintai no Mai) en el santuario de Takachiho. La función empieza a las 20:00 h y tiene una duración de una hora. Se requiere reserva previa ya sea por internet (200 plazas) o presencialmente el mismo día antes de las 17:00 h (50 plazas). La danza de Tajikarao presenta la búsqueda de la cueva en la que Amaterasu se escondió (Amanoiwato), el baile de Uzume es el baile que hizo que Amaterasu saliera de la cueva, el baile de Totori ilustra el momento en el que Tajikarao saca a Amaterasu de la cueva, y, finalmente, el baile de Goshintai (o la danza de la creación del país) presenta a través de Izanagi e Izanami lo que es un matrimonio amoroso y duradero.

A pesar de ser un lugar importante para el sintoísmo, Takachiho es más conocido por su garganta, declarada monumento natural de gran belleza. La garganta del río Gokase rodeado por altas columnas basálticas hexagonales fue fruto de los flujos piroclásticos de la erupción del Monte Aso de hace unos 100.000 años. Se trata de un camino pavimentado que recorre el margen del río a lo largo de un kilómetro y que tiene como punto final la cascada Manai de unos 17 m de altura. Se puede alquilar un bote para pasar por debajo de ésta.

Otra actividad que se puede hacer en Takachiho es tomar el ferrocarril Takachiho Amaterasu. Se trata de un corto trayecto de unos 20 min que aprovecha la infraestructura de un antiguo ferrocarril que ya no funciona. En vagones sin techo se recorren aproximadamente 5 km desde la estación hasta el Puente de Hierro, el puente más alto de Japón con 105 m de altura, pasando por túneles iluminados y disfrutando del paisaje montañoso de Takachiho. El ferrocarril cierra el tercer jueves de cada mes.

En definitiva, Takachiho es un lugar donde la naturaleza y la espiritualidad ancestral se dan la mano, ofreciendo a los visitantes una experiencia única que combina leyendas, tradiciones y paisajes imponentes. Tanto si os apasiona la historia japonesa como si buscáis un entorno natural de gran belleza, Takachiho invita a descubrir sus secretos y a dejarse envolver por la magia de sus rituales y el encanto de su entorno.

Shogatsu o celebración de Año Nuevo: Nichinan, Aoshima y Miyazaki

La celebración de Año Nuevo en Japón se conoce como shogatsu y reúne una serie de rituales que se llevan a cabo durante los primeros días del año. Uno de los más conocido es hatsumode, que consiste en la primera visita a un santuario realizada entre los días 1 y 4 de enero. Estos días son festivos para que las familias se puedan reunir y acudir a los santuarios para pedir salud, trabajo o buena fortuna. A pesar de las larguísimas colas que se forman, el ambiente es festivo: puestos de comida, muchos amuletos que comprar y predicciones (omikuji) que consultar. Los deseos se piden frente al edificio principal, tras lanzar una moneda en la caja de ofrendas (saisenbako), realizar una reverencia, dar dos palmadas y volver a hacer una reverencia. También es costumbre rellenar tablillas ema con deseos.

Entre los amuletos más comunes destacan los omamori, que se pueden comprar durante todo el año, y la hamaya, una flecha simbólica de protección contra la mala suerte y los malos espíritus, que únicamente se vende en estas fechas. Además, se suelen devolver los amuletos del año anterior para cerrar un ciclo y empezar uno nuevo con energías renovadas. Los amuletos antiguos se queman en el ritual dondo-yaki durante las dos primeras semanas de enero ya que de esta manera los buenos deseos llegan al cielo. También se cree que, si el humo asciende de manera firme y recta, el nuevo año traerá buena fortuna. Con este acto se concluye el shogatsu.

Siguiendo la tradición japonesa, dedicamos los dos primeros días a visitar santuarios. Empezamos en Nichinan (donde habíamos despedido el año) visitando los santuarios Gion y Udo-Jingu, y seguimos hacía Aoshima y Miyazaki para visitar también sendos santuarios. Gion Shrine es un pequeño santuario enclavado en una cueva natural cerca de la playa de Umegahama. Fue fundado en 1924 y es afiliado al Santuario Yasaka de Kioto. Consagra a Susanoo-no-Mikoto, dios de las tormentas y el mar.

Udo-Jingu es uno de los santuarios principales de Kyushu y también está dentro una cueva en un acantilado frente al océano Pacífico. Data de 1711 y está dedicado a Ugayafukiaezu, bisnieto de Amaterasu y padre de Jinmu, uno de los emperadores fundadores de Japón, consagrado en el Santuario de Miyazaki. Se cree que beber el agua de las paredes de la cueva concede fertilidad y ayuda a producir leche tras el parto.

Una actividad que se puede realizar en este santuario es lanzar undama, unas pequeñas bolas hechas de arcilla, dentro de una cuerda colocada sobre una roca que recibe el nombre de Kameishi o roca de la tortuga. Los hombres las deben lanzar con la mano izquierda mientras que las mujeres con la derecha. Si la bola alcanza la pequeña piscina situada dentro de la cuerda, el deseo se cumplirá. Esto nos recordó a la garganta de Geibikei en Hiraizumi donde lanzamos piedras similares en la apertura de la montaña.

El Santuario de Miyazaki (Miyazaki-Jingu) es el santuario más importante y antiguo de la ciudad, ya que se cree que fue fundado hace 2600 años. Consagra al emperador Jinmu y es conocido por ofrecer felicidad en el matrimonio y protección durante el embarazo y el parto. Aquí aprovechamos para leer nuestras predicciones para este año. En nuestro caso, las predicciones fueron positivas, pero si no lo fueran, éstas se atan en un soporte en el santuario para dejar atrás el mal augurio.

En un lateral del parque se encuentra Gojo Inari Shrine, un pequeño santuario al que se accede por un caminito de torii rojos.

El Santuario de Aoshima (Aoshima Shrine) está situado en la pequeña isla homónima con una circunferencia de tan solo 1,5 km a la que se accede a través de un puente. Está rodeada por una superficie rocosa denominada Tabla de Lavar del Diablo fruto de la erosión geológica, a la que se le atribuyen poderes místicos. El santuario es conocido por ofrecer bendiciones para el matrimonio y, por ello, es común que las parejas dejen tablillas de madera ema con sus deseos.

En ese santuario también se puede realizar una actividad llamada “lanzar el cuenco celestial”, que consiste en arrojar un cuenco sin esmaltar conocido como kawarake. Este ritual se lleva a cabo en Kitamiya, un lugar considerado sagrado desde el período Yayoi porque allí se encontraron fragmentos de cerámica rota de esa época. El procedimiento es sencillo: primero se hacen dos reverencias, se pide un deseo y luego se lanza el cuenco hacia Ikawuni, el punto central marcado por una cuerda. Si el cuenco cae dentro y se rompe, se cree que el deseo se cumplirá.

Visitar estos santuarios nos permitió adentrarnos en la tradición y espiritualidad japonesa: cada rincón, cada ceremonia y cada deseo nos recordó la importancia de conectar con lo sagrado y la naturaleza. Nos llevamos no solo recuerdos imborrables y amuletos de la suerte, sino también la sensación de haber formado parte, aunque sea por un instante, de una cultura fascinante y profunda.

Omisoka o la despedida del año en Obi (Nichinan)

Despedimos el año 2025 en Obi, un antiguo pueblo samurai que actualmente pertenece a la ciudad de Nichinan (prefectura de Miyazaki). Su historia se remonta al período Nanbokucho (1336-1392) cuando el clan Tsuchimochi fundó un castillo en este lugar. Adquirió importancia cuando el clan Shimazu fortificó el recinto para poder defenderse del clan Ito, quién salió vencedor en 1567. En 1572 el clan Shimazu recuperó el territorio y lo mantuvo hasta 1587 cuando el clan Ito, aliado de Toyotomi Hideyoshi, lo recuperó como recompensa por su lealtad. Y desde entonces, su historia fue ligada al clan Ito hasta la restauración Meiji (1868-1912). La ciudadela de Obi contaba por ese entonces con una extensión de terreno de 51.000 koku, casi nada si lo comparamos con el dominio de Sendai o el dominio de Satsuma. Kokudaka se refiere al sistema de medir la riqueza de un territorio teniendo en cuenta su producción de arroz utilizado durante el período Edo (1603-1868). Por ende, un koku equivaldría a un peso de 150 kg de arroz (o un volumen de 180 litros).

El castillo de Obi forma parte de los 100 castillos notables de Japón, junto a otros que visitamos durante nuestros viajes: castillo de Hirosaki, castillo de Morioka, castillo de Sendai, castillo Kubota en Akita, castillo de Yamagata, castillo de Kumamoto, castillo Nijo en Kyoto, o el castillo de Osaka. Actualmente se pueden visitar la puerta Otemon reconstruida en 1978, el Museo Histórico donde se exhiben armaduras y armas samurái, Matsuo-no-Maru, una réplica de la residencia de la mujer del daimio del clan Ito, o la residencia Yoshokan, construida en 1869 y famosa por su jardín japonés. Sin embargo, entre 28 y 31 de diciembre todos estos edificios permanecen cerrados. Lo que sí se pueden visitar son el parque del castillo con sus muros de piedra cubiertos de musgo, el foso y la ciudad samurái que creció alrededor y que aún se conserva. A menudo nombrada como la Kioto de Kuyshu, pasear por sus calles es como retroceder en el tiempo al período Edo. En 1977 se designó como uno de los Distritos de Preservación de Conjuntos de Edificios Históricos.

La celebración de Año Nuevo en Japón no tiene nada que ver con lo que se vive en España o en Europa. El año no se despide con fiestas ni fuegos artificiales, sino con una serie de ceremonias y rituales cargados de simbolismo. Un ejemplo de estos símbolos son los adornos kadomatsu (pino y bambú) y shimekazari (cuerdas de arroz) o las ofrendas kagamimochi (mochi redondos). Kadomatsu es un adorno formado por tres elementos: cañas de bambú, ramas de pino y ramas de ciruelo que representan la fortaleza, la longevidad y la prosperidad. Van en pares, colocados a la entrada para dar la bienvenida a los dioses (kami). Estos se colocan entre el 26 y el 28 de diciembre y se retiran el 7 de enero. De manera similar, shimekazari es un adorno que cuelga sobre la puerta de la entrada y cuya finalidad es proteger contra la mala suerte y preparar el hogar para recibir al dios del año nuevo, Toshigami. Este adorno está hecho de cuerda de paja de arroz (shimenawa), origami y cítricos. Por otro lado, kagamimochi consta de dos pasteles de arroz apilados uno encima de otro coronados con una naranja daidai y que es una ofrenda común en estas fechas en los santuarios. También es costumbre tener un kagamimochi (símbolo de la continuidad familiar y la buena fortuna) en el altar sintoísta dentro de casa. El día 11 de enero se celebra kagami biraki o la ceremonia de romper el mochi. Estos mochis no se pueden cortar con el cuchillo (mal augurio) sino que se rompen con las manos o con un pequeño mazo y los trozos se cocinan en sopa (ozoni).

Japón celebra omisoka, la despedida del año, el 31 de diciembre desde que adoptó el calendario gregoriano en 1873. Durante esta noche es común cenar toshikoshi soba (fideos de año nuevo) y visitar los templos para escuchar las 108 campanadas (Joya no Kane). Según la tradición budista, 108 son los deseos, preocupaciones o tentaciones que el ser humano puede tener (que nos recordaron a las 108 postraciones que hicimos en el templo budista de Corea del Sur). Al hacer sonar la campana 108 veces, se limpian los pecados del año previo para poder empezar el nuevo año con el alma purificada y la mente en calma. Le siguen hatsuhinode, el primer amanecer del año y hatsumode, la primera visita a los santuarios del año, que nosotros también cumplimos. Sin embargo, en Japón hay muchas más costumbres relacionadas con el Año Nuevo como kakizome o el primer escrito del año (2 de enero) que consiste en escribir el propósito o el deseo para el nuevo año; asaburo o el primer baño del año (2 de enero) generalmente en aguas termales; o hatsuyume o el primer sueño del año (la noche del 1 al 2 de enero) que indica cómo irá el próximo año. Según el simbolismo tradicional, los tres sueños más auspiciosos (ichi Fuji, ni Taka, san Nasubi) son: estar en la cima del monte Fuji, que representa alcanzar elevados logros; soñar con halcones (Taka), símbolo de éxito en la consecución de objetivos; y soñar con berenjenas (Nasubi), asociado a alcanzar el éxito debido a su similitud fonética.  

Pasar la nochevieja en Obi fue una experiencia única, ya que a diferencia de España y otros países, en Japón el año se despide con calma y espiritualidad. Aquí sentimos la magia de empezar un nuevo ciclo rodeados de simbolos y buenos deseos y ahora Obi tiene un lugar en nuestro corazón. Y allí, lejos de casa, nuestro mayor deseo fue poder descubrir nuevos destinos que nos llenen el alma de experiencias auténticas, permitiéndonos aprender de culturas distintas y ampliar nuestra visión del mundo. Que cada viaje nos acerque a personas especiales, nos regale momentos de paz y nos inspire a seguir explorando con curiosidad y respeto. ¡Ojalá podamos seguir sumando recuerdos inolvidables por el camino y disfrutar de la magia de cada nuevo lugar!