Nara, la primera capital permanente de Japón

Nara, ciudad de la región de Kansai y cercana a Kioto y Osaka, fue la primera capital permanente de Japón entre 710 y 784, bajo el nombre de Heijo-kyo. Junto con los períodos Kofun (250-538) y Asuka (538-710), el período Nara forma parte del período conocido como Yamato. El período Nara, aunque fue breve, fue fundamental en la formación del estado japonés. Durante esos años, la literatura avanzó de forma notable y se compilaron textos fundacionales del sintoísmo, como el Kojiki (Registro de cosas antiguas), reunido en 712 a partir de fuentes previas, incluidas genealogías de antiguos clanes, y el Nihon Shoki (Crónica de Japón, también llamado Nihongi), finalizado en 720 por un comité de eruditos de la corte. Ambas obras relatan la llamada Era de los Dioses, el tiempo mítico de la creación del mundo, y atribuyen a la línea imperial un origen directo en Amaterasu, la diosa del sol.

Una característica destacada de este período fue la presencia de tres emperatrices reinantes, cuya actuación influyó de forma decisiva en la política de la época: Genmei (707-715), Gensho (715-724) y Koken, que ocupó el trono en dos etapas (749-758 y 764-770). Genmei (661-721), cuadragésima tercera emperatriz de Japón y cuarta mujer en reinar, asumió el poder en 707 tras la muerte de su hijo, el emperador Monmu, para garantizar la estabilidad dinástica hasta la mayoría de edad de su nieto, el futuro emperador Shomu. Durante su reinado, la corte se trasladó del palacio de Fujiwara al Palacio de Heijo, al oeste de la actual Nara. Gensho (680-748), cuadragésima cuarta emperatriz, hija de Genmei y hermana de Monmu, subió al trono con el mismo propósito y abdicó en 724, cuando Shomu ya tenía edad para gobernar. Koken Tenno (718-770), conocida como Shotoku Tenno en su segundo reinado, fue la cuadragésima sexta y también la cuadragésima octava emperatriz de Japón. Reinó entre 749 y 758 y, tras destituir al emperador Junnin, volvió al trono entre 764 y 770. Hija del emperador Shomu, tuvo un papel político decisivo, y su estrecha relación con el monje budista Dokyo facilitó la creciente influencia del clero budista en el poder.

Japón intensificó sus relaciones con China y Corea, lo que reforzó la influencia exterior en el país. Nara se diseñó siguiendo el modelo de Chang’an (actual Xi’an), capital de la dinastía Tang, por lo que su trazado urbano adoptó una cuadrícula regular y una arquitectura de clara inspiración china. Este período también fue clave para la consolidación y expansión del budismo, cuya influencia alcanzó incluso la gastronomía, con ejemplos como el Yamato chagayu y el kakinoha sushi. Los monumentos históricos de la antigua Nara (Horyu-ji, Todai-ji, Kofuku-ji, Gango-ji, Yakushi-ji, Toshodai-ji, Kasuga Taisha y los restos del palacio Heijo) forman parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1998. Todai-ji, principal emblema espiritual de la ciudad, es el edificio de madera más grande del mundo. Su gran sala, el Daibutsu-den, reconstruida en 1709 tras un incendio, alberga un Gran Buda de bronce de 15 metros, inspirado en Buda Vairocana, y creado en 752.

Muy cerca, Nigatsu-do, o Pabellón del Segundo Mes, es una de las construcciones más importantes de Todai-ji. Fue construido en 772 y reconstruido en 1669 tras un incendio. Su nombre alude a la ceremonia del Shuni-e, celebrada en el segundo mes del calendario lunar, durante la cual los monjes recorren la balconada con antorchas. Gracias a su ubicación elevada brinda una hermosa vista de la ciudad.

Kofuku-ji evoca la relevancia política y religiosa de Nara en sus primeros siglos. Vinculado al poderoso clan Fujiwara, este templo, fundado en 669, fue trasladado a Nara cuando la capital se estableció allí, y fue durante mucho tiempo uno de los centros más influyentes del país. El conjunto incluye varios edificios declarados tesoros nacionales: las dos salas octogonales Hokuendo y Nanendo, los salones dorados Chukondo (El Salón Dorado Central) y Tokondo (El Salón Dorado Oriental), y las pagodas de tres y cinco pisos. Esta última, de 50,1 metros de altura, es la segunda más grande de Japón, solo por detrás de la de To-ji, en Kioto. Símbolo de la ciudad, fue construida en 730, y reconstruida cinco veces tras varios incendios. La estructura, que data de 1426, actualmente se encuentra en un prolongado proceso de restauración (hasta 2031).

La sala Hokuendo, considerada una de las más bellas de Japón, fue construida en 721, mientras que la Nanendo se levantó un siglo después. El Salón Dorado Central (Chukondo), edificio principal del templo, destaca como una de sus construcciones más imponentes, sin embargo, tras ser destruido por un incendio hace 300 años, no fue reconstruido hasta 2018. Finalmente, el Salón Dorado Oriental (Tokondo) alberga una gran estatua de Buda Yakushi. Por su parte, el Museo del Tesoro Nacional (Kofukuji Kokuhokan) exhibe parte de la valiosa colección artística del templo. Entre las piezas sagradas expuestas sobresale la estatua de Ashura, de tres caras y seis brazos, una de las esculturas budistas más célebres de Japón.

Frente a la monumentalidad de los templos, el jardín Yoshiki-en ofrece un remanso de paz. Pasear entre sus estanques, el musgo y la delicadeza de su diseño paisajístico revela otra faceta de Nara: una belleza serena, ajena a la grandilocuencia. Fundado en 1919 sobre el antiguo emplazamiento de Manishuin, un templo vinculado a Kofuku-ji, está abierto al público como jardín desde 1989. Uno de sus principales atractivos es la presencia de tres jardines en uno: el jardín del estanque, de estilo chisen (cuyo origen se remonta al período Edo); el jardín de musgo, de estilo koke-niwa; y el jardín para la ceremonia del té, o cha-niwa, donde se alza una casa de té con techo de paja.

Considerado uno de los lugares más sagrados de Japón, Kasuga Taisha es el santuario principal de Nara. Fue fundado en 768 por orden de la emperatriz Shotoku y consagra cuatro deidades tutelares, además de numerosos kami asociados a la fortuna. El santuario es una referencia del estilo arquitectónico kasuga-zukuri, caracterizado por la influencia china, con tejados inclinados y una decoración en tonos rojos, dorados y bermellón. Hasta el final del período Edo, fue reconstruido cada 20 años, siguiendo una tradición de renovación periódica.

Se accede a través del parque de Nara, famoso por los ciervos venerados como «mensajeros de los dioses». El camino de acceso, además, destaca por los más de 2.000 farolillos de piedra que lo bordean. A éstos se les suman más de mil farolillos de bronce guardados en el recinto principal. Durante el festival Mandoro, celebrado a comienzos de febrero y también a mediados de agosto, estos farolillos se encienden para iluminar el santuario y sus alrededores. Además del santuario principal, hay otros 62 santuarios secundarios, entre los cuales destacan 15 integrados en la llamada Peregrinación de los 15 Santuarios de Kasuga Wakamiya.

En medio del parque de Nara se encuentra el pabellón Ukimido, una estructura de madera de planta hexagonal situado sobre el estanque Sagi cuyo propósito fue servir como lugar de meditación para monjes budistas. La estructura actual data de 1994. Durante el festival Nara Tokae, celebrado a principios de agosto, se ilumina con cientos de velas.

Nuestra visita a Nara coincidió con el Seijin no Hi, el Día de la Mayoría de Edad en Japón, que se celebra el segundo lunes de enero. Durante ese día, las calles se llenan de jóvenes vestidos para la ocasión: las chicas lucen vistosos furisode, mientras que los chicos optan por traje o por indumentaria tradicional. Tras asistir a las ceremonias organizadas por las autoridades locales, éstos visitan templos y santuarios para fotografiarse y marcar simbólicamente el inicio de una nueva etapa. Esta celebración se adoptó en 1948 e incluía a todos aquellos que cumplían 20 años entre el 2 de abril del año anterior y el 1 de abril del año presente, sin embargo, desde 2022 la mayoría de edad se fijó en 18 años.

Antigua capital y corazón espiritual de Japón, Nara conserva una forma de belleza serena, hecha de memoria, ritual y paisaje. Quizá por eso, más que una etapa del viaje, termina convirtiéndose en una experiencia que permanece: un lugar donde el pasado aún ilumina el presente con una delicadeza difícil de olvidar.

Los ciervos de Nara: el gran atractivo

Nara es especialmente conocida por los más de 1.000 ciervos que deambulan libremente por su parque. Sin embargo, su presencia no es solo turística, sino que está profundamente ligada a la historia religiosa de la ciudad y a sus santuarios. Cuenta la leyenda que el dios del trueno Takemikazuchi-no-Mikoto llegó a Nara montado en un ciervo blanco y los descendientes de dicho ciervo poblaron la zona y fueron venerados como «mensajeros de los dioses» durante más de un milenio. Esa veneración se tradujo en una protección estricta: durante siglos, dañar o matar a uno de estos ciervos se consideró un delito grave, y se dice que hasta 1637 podía castigarse incluso con la pena de muerte. Hoy están protegidos por su valor cultural y natural y, aunque su condición divina se revocó tras el final de la Segunda Guerra Mundial, siguen siendo uno de los grandes símbolos de la ciudad.

Los ciervos de Nara son ciervos sika (Cervus nippon): un cérvido de tamaño medio, cuerpo esbelto y pelaje que cambia según la estación. Suelen moverse en grupos y se adaptan muy bien a ambientes boscosos… y, en Nara, también a la cercanía humana. En los machos, las astas se caen de forma natural cada año hacia el final del invierno y el inicio de la primavera, y vuelven a crecer en el ciclo siguiente. Aun así, para reducir el riesgo de heridas y conflictos, tanto entre los propios ciervos como con los visitantes se les recortan las astas en otoño (entre octubre y noviembre) durante la ceremonia Shika no Tsunokiri (ceremonia de corte de astas). Se trata de una tradición centenaria, con origen en el período Edo (1672), que se celebra para controlar de forma segura a los machos que pueden volverse más agresivos durante la berrea. Está organizada por el santuario Kasuga Taisha y la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, y, durante esta ceremonia, hombres llamados seko persiguen, capturan y sujetan a los machos, mientras un sacerdote sintoísta (shinkan) realiza oraciones y recorta las astas con una sierra, para, posteriormente, presentarlas como ofrendas sagradas.

Y aquí viene lo importante: a pesar de interactuar con los visitantes, los ciervos siguen siendo salvajes. Pueden volverse insistentes o impredecibles si detectan comida o si se sienten acorralados, así que conviene tratarlos con respeto: no tocarlos, ni perseguirlos y mantener cierta distancia. Si alguien decide ofrecerles comida, lo único «aceptable» son las galletas específicas llamadas shika senbei. Se utilizan desde hace siglos (se menciona su uso al menos desde 1670) y el nombre shika senbei (literalmente, galletas de ciervo) es una marca registrada vinculada a la Fundación para la Preservación de los Ciervos de Nara, con venta asociada a comercios autorizados. En su versión tradicional, se elaboran con una receta sencilla a base de salvado de arroz y harina de trigo.

Sin embargo, alimentar a la fauna salvaje casi nunca se queda en un gesto puntual. En cuanto los ciervos asocian a las personas con comida, se acercan con más insistencia: empujan, mordisquean y hasta cortan el paso cuando piden alimento, sobre todo si ven galletas. Además, darles comida contribuye a una mayor concentración de animales en ciertas zonas, lo que aumenta la competencia y los roces (y, de paso, las situaciones incómodas para quien solo quería una foto). El problema es más importante cuando se piensa en su dieta real. Los ciervos comen pasto y otras plantas, sin embargo, el aporte calórico de las shika senbei es mayor, y eso fomenta cierta dependencia en parte de la población. Durante el confinamiento y la consiguiente caída del turismo, se informaron casos de desnutrición, puesto que acostumbrarlos a un «extra» constante tiene consecuencias. Si encima se les da comida inadecuada (por ejemplo, patatas de bolsa), el problema se agrava: se altera su dieta y pueden aparecer problemas digestivos. Por todo ello, mi conclusión es clara: mejor no alimentarlos. Observarlos sin convertir la comida en el centro del encuentro es la forma más respetuosa de disfrutar del parque.

Además de la alimentación, el contacto entre humanos y ciervos acarrea otros problemas, especialmente relacionados con la gestión de residuos. Dejar basura al alcance de los animales incrementa el riesgo de ingesta accidental de plástico y otros materiales peligrosos, lo que puede provocar obstrucciones y, en casos graves, la muerte. Por otro lado, no todos los ejemplares están en buen estado de salud. Algunos presentan heridas en las patas o cojera, que puede deberse a incidentes en carreteras o zonas de paso, pero también a maltrato o acoso por parte de algunas personas (patear, perseguir o acorralar), lo que eleva el estrés del animal y aumenta el riesgo de accidentes. También conviene recordar que la agresividad de los machos puede aumentar en la berrea y que algunas hembras se vuelven más defensivas durante la temporada de cría (mayo–julio). Por último, como ocurre con otros animales salvajes, pueden portar parásitos (por ejemplo, garrapatas), así que es mejor evitar el contacto directo y extremar la higiene.

Al final, mi sensación es ambivalente: verlos tan cerca es una experiencia memorable y, en cierto modo, una puerta de entrada para entender el vínculo histórico entre Nara y su paisaje sagrado. Pero que el encuentro sea «bonito» no significa que sea positivo para el animal. Cuanto más se normaliza el contacto, más se difuminan los límites entre fauna salvaje y entretenimiento. Y, sobre todo, alimentarlos suele tener el efecto contrario al deseado: cambia su comportamiento y multiplica los conflictos. Si buscas una convivencia respetuosa, lo más sensato es mirarlos a distancia, sin tocarlos ni perseguirlos… y dejando que sigan siendo lo que son: animales salvajes.

Por último, vale la pena recordar que Nara no se reduce a sus ciervos. Los templos y los santuarios forman parte del atractivo de la ciudad y ayudan a entender por qué este lugar se convirtió en la primera capital permanente de Japón.

Japón (Kioto y Kyushu) – el gran sueño viajero 2

El mes de enero de este año es muy especial para nosotros, pues además del cumpleaños de Xavi, también celebramos nuestro aniversario, y es que solo una vez se celebran 20 años juntos. Y dado que será un viaje de celebración, decidimos volver a Japón para seguir con nuestro trayecto que empezamos en junio del año pasado cuando visitamos la ciudad de Tokio y la región de Tohoku. A este viaje le dedicaremos el mismo número de días que al viaje anterior (un total de 24 días), pero esta vez centrándonos en el triángulo Kioto-Nara-Osaka y en dos islas del sur: Kyushu y Yakushima. Kyushu es la tercera isla del archipiélago (tras Honshu y Hokkaido) en cuanto a tamaño y es considerada la cuna de la civilización japonesa. Aquí nos daremos un baño en las arenas volcánicas de Beppu, veremos las grullas en Izumi y presenciaremos una representación de kagura en Takachiho. Por otro lado, Yakushima es una pequeña isla situada al sur de Kyushu y fue el primer lugar en ser declarado Patrimonio de la Humanidad de Japón. Además, es el hogar de ciervos y macacos endémicos, y sus bosques de cedros milenarios inspiraron a Hayao Miyazaki para ambientar la película de animación La Princesa Mononoke.

Así pues, nuestro segundo itinerario por Japón es el siguiente:

Logística viaje

Igual que el año pasado, combinaremos trayectos en tren (Nara-Kioto-Osaka) con coches de alquiler (Yakushima y Kyushu). Con la finalidad de aprovechar mejor los traslados, volaremos a Yakushima desde Osaka y después desde Yakushima a Kagoshima.  

Podéis leer la primera parte del viaje aquí: Japón (Tokio y Tohoku) – el gran sueño viajero

Y si no queréis perderos detalles de este viaje, leed también las próximas crónicas:

Sabores de Japón: descubriendo el umami

Experiencias en Japón: kagura en Takachiho

Experiencias en Japón: sunamushi onsen o baño de arena caliente en Beppu

Experiencias en Japón: ceremonia del té con kimono en Izumi

Lo que + nos gustó y lo que –. Kioto y Kyushu