Llevábamos muchísimo tiempo soñando, pensando y organizando el que sería nuestro gran viaje a Japón, sin embargo, hasta este año no se pudo materializar. Con toda la información que habíamos recopilado durante este tiempo, decidimos dedicar los 24 días de los que disponíamos a Tokio, nuestro punto de entrada y salida del país, y a la región de Tohoku. Esta decisión la tomamos por dos principales razones: la primera, para huir del sobreturismo que sufren ciertas zonas del país nipón ahora mismo, y la segunda, para conocer algunas tradiciones particulares típicas de esta región. Ahora ya de vuelta a casa, no nos arrepentimos en absoluto de la decisión tomada, sin embargo, hay algunos aspectos que nos han gustado más y algunos que nos han gustado menos. ¡Veámoslos!
Lo mejor:
+ Tokio, la gran capital, nos dejó enamorados. Cada templo, cada calle, cada rincón entremezclan la tradición y la modernidad de una manera única.
+ Descubrir a los namahages en Oga, una de muchas tradiciones increíbles de Japón.
+ Conocer la historia del clan Date a través de los mausoleos y templos de Sendai y Matsushima.
+ Conocer la vida de las geishas en Sakata. Lo habitual es ver geishas en Kioto, sin embargo, ciudades más pequeñas como Sakata permiten una interacción más personal con éstas al haber menos turismo.
+ Hiraizumi fue nuestro gran descubrimiento. No es para nada un sitio turístico, pero su naturaleza, sus templos y su historia nos dejaron boquiabiertos.
+ Adentrarnos en la cultura prehistórica Jomon en Aomori nos permitió imaginarnos cómo fue la vida de los primeros habitantes del archipiélago japonés.
+ Visitamos multitud de templos y santuarios durante nuestro viaje, sin embargo, lo que más nos han impresionado fueron los torii del santuario Takayama Inari en Tsugaru, los 500 rakan de Hoon-ji en Morioka, el buda gigante de Seiryu-ji en Aomori, y la naturaleza exuberante de Yamadera en Yamagata.
+ Conocer la vida de los samuráis en Kakunodate e Hirosaki. Además, el castillo de Hirosaki es uno de los pocos castillos que se conservan desde el período Edo.
+ Conocer a los Budas vivientes que se automomificaron en vida, una de las prácticas budistas más estremecedoras.
+ La ruta de peregrinaje de Dewa Sanzan a través de una naturaleza increíble. Además, dormir en uno de los shukubos situados a los pies del monte Haguro y asistir a los rezos matutinos enriquecen esta experiencia.
+ Los onsen ryokan, uno de los lujos de Japón, pero también uno de los mayores placeres: baños de agua termal, relax, cocina kaiseki, atención en cada detalle… qué más se puede pedir…
+ En cuanto a la gastronomía, disfrutamos de muchísimos platos, sin embargo, destacaríamos el sorprendente menú de mochis de Ichinoseki y la divertida experiencia de los wanko soba en Morioka. Algo distinto que solo se puede probar en Tohoku.
Lo peor:
̶ La cantidad de turistas que visitan Tokio. Después de pasar 18 días viajando por Tohoku donde prácticamente no nos hemos encontrado con turistas, llegar a Tokio nos resultó un tanto agobiante.
̶ El cruce de Shibuya en nuestra opinión está sobrevalorado. Se trata de un cruce pequeño tan abarrotado de gente que apenas nos podíamos mover. Desde luego no fue nuestro lugar favorito de Tokio…
̶ También sumaríamos los sitios arqueológicos Jomon de Tsugaru donde a penas se puede ver más que el campo. Además, en el Museo de Tokio tuvimos mala suerte y la pieza que más ganas teníamos de ver, no estaba en exposición ese día…
̶ Probamos el sushi de cinta porque mucha gente lo recomienda diciendo que es bueno y barato y según nuestra experiencia fue todo lo contrario. El sushi llevaba demasiado wasabi y barato tampoco fue. También probamos sushi en un restaurante en Aomori, de los que lo preparan delante de los comensales, y, aunque barato no fue, podemos afirmar que fue el sushi más espectacular de nuestra vida. El pescado era fresquísimo y tenía la cantidad justa de wasabi.
̶ Conducir por Japón nos resultó un poco agobiante sobre todo en las grandes ciudades como Akita. Pero no es un punto negativo del todo ya que tener coche de alquiler nos permitió llegar a lugares increíbles que de otra manera no podríamos haber visitado.
̶ Al habernos centrado en Tohoku, nos hemos dejado muchos sitios interesantes de Japón, como Kioto u Osaka, pero ésta solo es una razón más para volver.
Tokio, la vibrante capital de Japón, es un destino que combina la tradición y la innovación de manera única. Desde santuarios y templos ancestrales, jardines tranquilos, luces de neón entre rascacielos futuristas y cultura pop, esta ciudad tiene algo para todos. Es la metrópoli más poblada del mundo, con unos 40 millones de habitantes, organizada en 23 barrios, 26 ciudades, 1 distrito y 4 subprefecturas. Fue fundada formalmente en 1457 tras la construcción del castillo de Edo (antiguo Tokio) por parte de Ota Dokan del clan Uesugi, y creció bajo el sogunato Tokugawa cuando el sogún estableció su gobierno en Edo en 1603 (iniciando el período Edo [1603-1868]). Puesto que el emperador seguía en Kioto, esta ciudad continuó siendo la capital oficial, aunque solo de manera protocolar. En 1868, con la restauración Meiji, la familia imperial se trasladó oficialmente a Edo y cambió su nombre a Tokio (la capital del este). Tokio fue el punto de partida de nuestro viaje por el país nipón, así como nuestra conexión con Tohoku, que comenzó en Yamagata y finalizó en Tsuruoka.
Senso-ji es considerado el templo más antiguo y relevante de Tokio y está dedicado al bodisatva Kannon, una figura venerada en el budismo. La leyenda cuenta que, en el año 628, dos pescadores encontraron una estatua de Kannon en el río Sumida, lo que motivó la construcción de un pequeño templo para su veneración en ese mismo lugar. El templo adquirió mayor relevancia cuando Tokugawa Ieyasu, el primer sogún del período Edo, lo designó como templo tutelar de su clan, subrayando así su papel en la historia política y espiritual de Japón. Se accede a través de la emblemática puerta Kaminarimon, custodiada por cuatro dioses guardianes y presidida por una enorme linterna de papel, símbolo icónico del templo. Entre los elementos más destacados del complejo se encuentran el Hondo, o salón principal, y la Pagoda de Cinco Pisos, ambos de gran valor arquitectónico y espiritual. Cabe señalar que, debido a los bombardeos sufridos durante la Segunda Guerra Mundial, todos estos edificios son reconstrucciones, sin embargo mantienen la esencia y el espíritu del templo original.
El cercano río Sumida permite caminar por sus orillas o dar un paseo en barco, además de disfrutar de la famosa vista de Tokio con el Skytree y el edificio Asahi. Tokio Skytree es la torre de comunicaciones más alta de Japón (con una altura de 634 m) desde la que se obtienen unas espectaculares vistas de la ciudad. Para aprovechar la experiencia al máximo, subimos al Skytree al atardecer y permanecimos allí hasta que cayó la noche. Así pudimos disfrutar de dos vistas distintas de Tokio: primero una ciudad teñida de tonos rojizos y después un paisaje iluminado por las luces nocturnas.
Tennoji es uno de los templos más antiguos del barrio de Yanaka. Fue fundado en 1274 para albergar una estatua de Buda tallada por el monje budista Nichiren (fundador del budismo Nichiren). Tras cerrar por ser acusado de herejía, reabrió sus puertas como parte del templo Kaneji (actual parque Ueno), adoptando el budismo Tendai. El punto focal es una estatua de bronce representando un Buda sentado (como el de Aomori, pero muchísimo más pequeño). Esta estatua se conoce como Tennoji Daibutsu, data del 1690 y es obra de Ota Kyuemon. Además de esta escultura, el templo alberga la imagen de Bishamonten, uno de los Siete Dioses de la Fortuna, convirtiéndolo en una parada de esta ruta de peregrinación.
El cementerio de Yanaka que rodea Tennoji, formaba parte de las instalaciones del templo hasta la Restauración Meiji cuando el gobierno lo confiscó y lo hizo público, facilitando así también los funerales sintoístas. Alberga más de 7.000 tumbas, incluida la de Tokugawa Yoshinobu, el último sogún.
Cerca se encuentra el santuario de Nezu (Nezu-jinja), situado en uno de los barrios antiguos de Tokio. Fue fundado por Yamato Takeru no Mikoto y construido en su emplazamiento actual en 1706 por orden de Tokugawa Tsunayoshi, el quinto sogún. Su principal atractivo son sus torii, el estanque y las más de 3.000 azaleas que florecen en abril.
Además de los templos y santuarios, los barrios de Nezu y Yanaka destacan por sus calles tradicionales y tiendas antiguas, que conservan el ambiente de épocas pasadas. Esta zona de Tokio es una de las pocas que permaneció intacta tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, y, gracias a ello, actualmente es posible pasear por calles que conservan su historia y autenticidad, y disfrutar de un ambiente que evoca el Tokio tradicional.
El parque Ueno ocupa el terreno que anteriormente pertenecía al templo Kaneji, erigido durante el sogunato Tokugawa y considerado el más grande de la ciudad durante el período Edo. Este templo fue destruido durante la guerra Boshin (1868-1869), sin embargo, sobrevivieron el templo Kiyomizo Kannon-do, construido en 1631 al estilo del Kiomizudera de Kioto, la Pagoda de Cinco Pisos, original del 1639, el santuario Ueno Toshogu construido en 1616 y renovado (y recubierto de pan de oro) en 1651 por el tercer sogún Tokugawa Iemitsu, y el templo Benten-do (1627) que se encuentra en el centro del estanque Shinobazu.
Ueno se estableció como parque público en 1924 como una concesión territorial imperial por parte del emperador Taisho y actualmente alberga también seis museos: Museo de Shitamachi, Museo Real de Ueno, Museo Nacional de Arte Occidental, Museo Nacional de Naturaleza y Ciencia y Museo Nacional de Tokio. Si os interesa la cultura Jomon y Yayoi, el Museo Nacional es un referente, exponiendo muchas piezas de estos períodos.
El santuario Kanda Myojin fue fundado en el año 730 y trasladado a su actual localización en 1603 para facilitar la expansión del castillo de Edo. Se veneran tres dioses principales (kami): Daikokuten y Ebisu, dos de los Siete Dioses de la Fortuna, y Taira no Masakado, un rebelde que desafió el gobierno Heian (794-1185). Debido a su cercanía al barrio de Akihabara, se ha convertido en el santuario favorito de los aficionados a la tecnología, el manga y el anime.
Akihabara, también conocido como Akiba, es el epicentro de la cultura otaku en Tokio. Este barrio lleno de luces de neón es famoso también por sus Maid Cafés y cafeterías temáticas, salas de arcade y espacios de realidad virtual, así como por su ambiente único que atrae a turistas y aficionados de todo el mundo.
El palacio imperial de Tokio (Kokyo) se construyó en el terreno del antiguo castillo de Edo y es la residencia imperial desde 1869, tras la caída del sogunato. Aunque no se permite la entrada a su interior, sí se puede acceder a sus jardines, que cuentan con 1,5 km de superficie. Dentro de los Jardines Orientales (de libre acceso) se pueden visitar las ruinas del antiguo castillo, así como el Museo de las Colecciones Imperiales.
Zojoji es un templo budista fundado en 1393 y trasladado a la ubicación actual en 1598 por Tokugawa Ieyasu, convirtiéndose en el templo familiar. En aquella época contaba con 48 templos y 120 edificios dedicados a las enseñanzas budistas y a recibir monjes y novicios, y era el centro administrativo de los templos Jodo-Shu (rama del budismo de la Tierra Pura) de todo Japón. Durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial quedó totalmente destruido, con la excepción de la puerta principal, Sangedatsumon, original del año 1622 y declarada Patrimonio Cultural de Japón.
El acceso al templo es gratuito, sin embargo, para visitar el mausoleo y la sala del tesoro hay que pagar entrada. La sala del tesoro se inauguró en 2015 y recoge en su interior 100 pinturas de Genkoin On representando 500 arhats (creyentes budistas que han alcanzado la iluminación) y una maqueta del edificio original, previo a su destrucción durante la Segunda Guerra Mundial. Detrás del templo se encuentra el mauseolo de los Tokugawa, donde seis de los 15 sogunes, siete de sus esposas y algunos de sus hijos están enterrados.
Cerca se encuentra la emblemática Torre de Tokio, instalación de radiodifusión construida en 1958 tomando como inspiración de la Torre Eiffel de París, y superándola en 8,6 m en altura. Se puede subir hasta su observatorio para disfrutar de increíbles vistas panorámicas.
El Sengakuji no es de los templos más visitados por los turistas extranjeros, pero sí es considerado de gran importancia por los japoneses. Este templo budista pertenece a la escuela Zen Soto, introducido a Japón por el monje Dogen y que se caracteriza por la meditación zazen. Fue construido en 1612 por Tokugawa Ieyasu, cerca del castillo. Sin embargo, tan solo 30 años después, fue devastado por un incendio, lo que llevó a su reconstrucción en la ubicación actual. Fue uno de los principales templos de Edo y gozaba de prestigiosa reputación como institución budista. El templo actual fue reconstruido tras la Segunda Guerra Mundial, cuando quedó destruido por los bombardeos estadounidenses.
La historia de este templo está ligada a Ako Gishi (el incidente de Ako), un claro ejemplo de los valores del bushido, el estricto código ético de los samuráis. Todo empezó en 1701 cuando Asano Takuminokami, daimio de Ako, agredió con su espada a Kira Kozukenosuke en el castillo de Edo. Kira menospreciaba y humillaba constantemente a Asano, hasta que éste, cansado del trato, hirió a Kira en la cara y en el hombro, pero sin llegar a matarle. Para ese entonces, estaba estrictamente prohibido desenvainar la espada dentro del castillo, y existía una ley que castigaba a las dos partes de la disputa por igual, sin embargo, Kira no recibió ningún castigo, mientras que Asano fue condenado el mismo día a cometer seppuku (o harakiri) en el jardín de la residencia Tamura, lo cual era indigno para una persona de su rango, pues el seppuku en espacios exteriores era propio de los delincuentes.
Casi dos años después de la muerte de Asano, 47 ronin (samuráis sin señor) de Ako, bajo el mando de Oishi Kuranosuke, se reunieron para vengar la muerte de su señor. El 14 de diciembre de 1702 atacaron y mataron a Kira en su residencia y, con su cabeza, se presentaron ante la tumba de Asano en Sengakuji. Posteriormente se entregaron al sogunato y todos, excepto uno, fueron condenados a cometer seppuku el 4 de febrero de 1703 y enterrados junto a su señor en Sengakuji. Uno de los ronin, el encargado de comunicar el asesinato de Kira, fue perdonado y vivió hasta los 87 años. Aunque en Sengakuji se encuentra una tumba suya (tumba memorial), éste fue enterrado en Sokeiji, otro templo budista de Tokio. Se puede acceder a la tumba de Asano y de los ronin y quemar incienso, como muestra de respeto. Para saber más sobre Ako Gishi, hay un pequeño museo y también una sala con esculturas de los ronin cerca de las tumbas a los que se accede con la misma entrada.
El santuario Meiji (Meiji Jingu) es el mayor santuario de Tokio, y rinde culto al 122º emperador deificado Meiji (Matsuhito; 1852-1912) y su esposa Shoken (1849-1914). Fue construido en el año 1920 y, lamentablemente, fue destruido durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El santuario actual data de 1958. El emperador Meiji reinó de 1867 a 1912 y es conocido por la Restauración Meiji, que marcó el fin de la era feudal dejando atrás el sogunato (caída del último sogún Tokugawa) para recuperar el poder imperial. También fue un período marcado por la modernización y la occidentalización de Japón.
Se accede al santuario a través del parque Yoyogi, uno de los mayores espacios verdes de Tokio, con una superficie de 700.000 m2 y 120.000 árboles. Se convirtió en parque en 1967, pero antes había sido un área residencial para militares estadounidenses durante la ocupación aliada, tras la Segunda Guerra Mundial, y también la villa olímpica de los Juegos Olímpicos de Tokio en 1964. Un gran torii de madera de estilo myojin y decorado con crisantemos, símbolo de la familia imperial, marca la entrada al espacio sagrado.
En el camino principal llamado Minami-sando se exhiben barriles de sake llamados kazaridaru, ofrendas simbólicas (no contienen alcohol en su interior) de fabricantes de sake de todo el país, así como barriles de vino francés, donados como símbolo de la conexión cultural entre Francia y Japón. El emperador impulsó la producción de sake como parte de la modernización del país, pero además sentía predilección por el vino francés.
Otro punto de interés es el jardín imperial (Gyoen), encargado por el emperador Meiji especialmente para el disfrute de su esposa. Este jardín es famoso por sus lirios, que florecen en junio, así como por sus azaleas (espectaculares de abril a mayo) y los arces, que lucen especialmente en otoño. El santuario se construyó en este lugar justamente porque era el favorito de la emperatriz.
Al tocar del santuario Meiji, se encuentra el barrio de Shibuya, famoso por su cruce. El cruce de Shibuya y las calles adyacentes son unas de las más concurridas del mundo y, en nuestra opinión, uno de los sitios de Tokio más sobrevalorados.
Así transcurrió nuestra visita de tres días por Tokio. En definitiva, Tokio es una ciudad que desafía las expectativas: cada barrio, templo y parque cuenta una historia de resiliencia, innovación y respeto por la tradición. Tres días no bastan para descubrir todos sus secretos, pero sí para enamorarse de su energía y su capacidad de reinventarse sin perder su esencia y es, sin duda, una experiencia inolvidable que marca para siempre a quienes la visitan.
El shugendo fusiona diversas creencias, como el sintoísmo, el animismo, el taoísmo y el budismo esotérico, principalmente de las escuelas Shingon y Tendai. Fue fundado por En no Gyoja (634-700 o 707) como una práctica mística y espiritual que se caracteriza por una profunda relación entre el ser humano y la naturaleza, siendo el culto a las montañas uno de sus elementos fundamentales. Las montañas no solo se veneran como entornos naturales, sino también como escenarios donde sus practicantes, llamados shugenja o yamabushi, pueden alcanzar la iluminación y la paz interior mediante la meditación y la práctica del ascetismo, donde a través del esfuerzo físico y espiritual se busca un proceso de transformación interior.
A lo largo de la historia de Japón, el shugendo experimentó importantes transformaciones debido a las políticas religiosas de los distintos gobiernos. En 1613, durante el periodo Edo (1603-1868), bajo el sogunato Tokugawa, las autoridades impusieron una normativa que obligaba a los templos shugendo a estar bajo la administración de las principales escuelas budistas, Shingon o Tendai. Posteriormente, con la Restauración Meiji (1868-1912), el gobierno promovió el sintoísmo como religión oficial del Estado, separándolo explícitamente del budismo, y como consecuencia, el shugendo fue censurado y algunos de sus templos fueron oficialmente declarados como sintoístas. No obstante, tras la Segunda Guerra Mundial, el shugendo experimentó una recuperación progresiva, y en la actualidad, vuelve a practicarse bajo el amparo de las dos escuelas budistas, Shingon y Tendai. Entre los templos más representativos que conservan su práctica y legado se encuentran Kinpusen-ji en Yoshino, vinculado a la escuela Tendai; Daigo-ji en Kioto, asociado a la tradición Shingon; y Dewa Sanzan.
El origen de Dewa Sanzan se sitúa en el año 593, cuando el príncipe Hachiko, hijo del emperador Sushun, huyó a estas montañas tras la muerte de su padre a manos del clan Soga. Aquí, dedicó su vida a la práctica religiosa, dando inicio al culto a las tres montañas sagradas de Dewa: Haguro, Gassan y Yudono. Tras su consagración, comenzaron a llegar peregrinos, entre los que se sumaron En no Gyoja, el fundador del shugendo, y también Kukai, el fundador del budismo Shingon. Cada una de las montañas de Dewa cuenta con un santuario en su cima, y cada una representa un momento fundamental en el ciclo de la vida. La peregrinación empieza en el monte Haguro, que simboliza el nacimiento (o el presente), sigue por el monte Gassan, que representa la muerte (o el pasado), y finaliza en el monte Yudono, que encarna el renacer (o el futuro). Los santuarios de los montes Haguro y Yudono han sido clasificados como kokuhei shosha, es decir, santuarios de alto prestigio, mientras que el del monte Gassan ha adquirido la categoría de kanpei taisha, la máxima distinción dentro del sistema de clasificación de santuarios sintoístas.
Monte Haguro
La ruta de peregrinación comienza en el monte Haguro, el más bajo de los tres que componen Dewa Sanzan (414 metros sobre el nivel del mar). Es también el más visitado y la cima es accesible también en autobús o en coche. En la base de la montaña se concentran la mayoría de los shukubos, alojamientos preparados para los peregrinos que emprenden este camino, y el Museo Cultural de Ideha, dedicado a divulgar las prácticas de los yamabushi y la espiritualidad asociada a las montañas de Dewa. La ruta de peregrinación empieza tras cruzar la puerta Zuishinmon. El origen de esta puerta es budista y recibía el nombre Niomon, pero fue consagrada al sintoísmo durante la Restauración Meiji. El camino está compuesto por nada más y nada menos que 2446 escalones de piedra que datan del período Edo, por lo que son considerados los más antiguos de Japón, y discurre entre un impresionante bosque de cedros gigantes (sugi) de entre 300 y 600 años. Conocido como Hagurosan no Suginamiki (camino de los cedros del monte Haguro), fue galardonado con tres estrellas en la Guía Verde Michelin de Japón, además de ser declarado Tesoro Nacional especial.
Tras pasar los santuarios de Haraigawa, y cruzar el puente rojo (Kaedegawa), donde los peregrinos yamabushi realizan abluciones de purificación, y dejando atrás la cascada de Soga, se llega a uno de los principales puntos de interés: la emblemática Pagoda de Cinco Pisos, considerada una de las más bellas del país. Esta pagoda, conocida como Goju-no-To (literalmente pagoda de cinco pisos), es una estructura de madera de 29 metros de altura cuya fecha exacta de construcción se desconoce (posiblemente entre 903 y 940). Lo más destacado de esta pagoda es la presencia de celosías, algo inusual en este tipo de construcciones. Fue declarada Tesoro Nacional de Japón en 1966 y es la más antigua de la región de Tohoku. Cerca de la pagoda se encuentra el jijisugi (cedro anciano), de más de 1000 años, al que los peregrinos suelen acudir a rezar.
A partir de aquí empiezan tres tramos de escaleras especialmente empinados: Ichi-no-zaka (primera cuesta), Ni-no-zaka (segunda cuesta, la más empinada) y San-no-zaka (tercera cuesta). En la segunda cuesta se encuentra la casa de té Ninozaka Chaya, y al final de la tercera cuesta se llega a Saikan, un shukubo en el que se puede pasar la noche. Poco después, un torii rojo da la bienvenida a la cima del monte Haguro, donde Sanjin Gosaiden se erige como el principal lugar de culto. Su acceso está precedido por los pequeños santuarios Itsukushima y Hachiko (en honor al príncipe Hachiko), ambos declarados Bien de Interés Cultural en 2005. Este edificio de arquitectura sincrética sinto-budista, reconstruido en 1818, es conocido por poseer el tejado de paja más grande de Japón, con 2,1 metros de grosor. Originalmente llamado Jakko-ji, pasó a denominarse Sanjin Gosaiden tras la Restauración Meiji, cuando se consagró al sintoísmo. Éste está compuesto por tres espacios: el santuario del monte Gassan (dedicado a Tsukuyomi-no-mikoto, dios de la luna), el santuario Ideha (dedicado a Ideha-no-kami, dios de Dewa) y el santuario del monte Yudono (Oyamatsumi-no-kami, dios de las montañas). Frente a Sanjin Gosaiden se encuentra Kagami-ike, o estanque de los espejos donde desde el periodo Heian (794-1185) hasta el período Edo los creyentes arrojaron espejos de bronce a los dioses. Muchos de los espejos encontrados en el estanque se exponen en el Museo Histórico de Dewa Sanzan, que se encuentra cerca de allí.
Monte Gassan
El monte Gassan es en realidad un antiguo volcán, actualmente inactivo, y es el más alto de Dewa Sanzan (1984 metros sobre el nivel del mar). En la cima se encuentra el santuario Gassan-jinja que data del año 773. Solo se puede visitar desde julio a septiembre y es accesible a pie, siguiendo la ruta de peregrinación, pero también en autobús y en coche. Dado que fuimos a Japón en junio, no nos fue posible visitar este santuario.
Monte Yudono
El monte Yudono (1500 metros sobre el nivel del mar) es el último y el más sagrado de los tres. Para los yamabushi, la ruta de peregrinación solo se considera completa tras ascender este monte. Es accesible desde abril a octubre, en autobús o coche. Entre sus atractivos se encuentran los templos budistas Dainichibo Ryusui-ji, Churen-ji y Honmyo-ji, guardianes de tres sokushinbutsu y, en la cima, el santuario del monte Yudono. Este santuario destaca por no ser un edificio, sino una gran roca de la que emana agua caliente, considerada la morada de los dioses, y está dedicado a Oyamatsumi-no-Mikoto (dios de las montañas, el mar y de la guerra), Onamuchi-no-Mikoto (dios de la construcción de la nación, la tierra, la agricultura, los negocios y la medicina) y Sukunahikona-no-Mikoto (el dios de la curación, el sake, la agricultura, las aguas termales [onsen] y el conocimiento). Por respeto al santuario se requiere el cumplimiento riguroso de ciertas normas: no está permitido tomar fotografías ni grabar dentro del lugar sagrado, y se recomienda no hablar sobre lo que se ve o escucha en este espacio.
Desde el aparcamiento, hay dos opciones para subir hasta el santuario: a pie o en autobús. Los billetes para el autobús se compran dentro del edificio adyacente y justo delante se encuentra la parada. Nosotros subimos en autobús, pero preferimos bajar caminando. Después de cruzar el río Bonji, río de agua termal, se llega a la entrada del santuario. Para poder rendir culto, se debe seguir un ritual de purificación dirigido por un sacerdote y se entra con los pies descalzos. El sacerdote nos entregó un talismán y una pequeña muñeca de papel llamada hitogata, que se utiliza para limpiar las impurezas físicas y, tras exhalarle, se deja que flote en el arroyo que discurre a los pies del santuario.
Dentro se encuentra una gran roca conocida como iwakuyo, o roca para rezar por el descanso de los espíritus, designada como Yudonosan Reisaijo (lugar para ceremonias en honor a los ancestros), donde un papel con los nombres de los antepasados se humedece y se adhieren a ésta. Según la tradición, cuando las inscripciones se borren, significa que los espíritus de los difuntos han sido purificados. Antes de salir, se pueden sumergir los pies en el agua termal sagrada (goshinyu), recibiendo así la energía divina de las deidades. A esta agua se le atribuyen propiedades curativas para diversas enfermedades.
Por lo tanto, el shugendo y la peregrinación por Dewa Sanzan representan una profunda simbiosis entre el ser humano y la naturaleza, donde el esfuerzo ascético y la búsqueda espiritual permiten la transformación interior. Este milenario camino, cargado de historia, sincretismo religioso y tradiciones ancestrales, convierte a las montañas de Haguro, Gassan y Yudono en auténticos escenarios de consagración y aprendizaje vital. La singularidad y el misterio que envuelven estos espacios sagrados, especialmente el monte Yudono, refuerzan la importancia del respeto y la vivencia personal como vías hacia el conocimiento y la paz interior. Así, el recorrido por Dewa Sanzan trasciende la mera experiencia física, erigiéndose en un legado cultural y espiritual vivo, que sigue inspirando a quienes buscan un encuentro auténtico con lo sagrado y consigo mismos.
El origen de los shukubos se remonta a siglos atrás, en las antiguas rutas de peregrinación entre templos budistas, a menudo a través de caminos de montaña y bosques. La demanda de alojamiento por parte de los peregrinos, junto con la necesidad de los templos de cubrir sus gastos —ya que en Japón son entidades privadas sin financiación pública—, ha propiciado la apertura de algunos de estos templos al hospedaje. Su funcionamiento es similar al de los ryokans, ofreciendo desayuno y cena estilo kaiseki (shojin ryori, traducido como “alimento de devoción”), y baños compartidos onsen o sento, pero, además, permitiendo a los visitantes a participar en algunas de sus actividades, como los rituales matutinos o la meditación. Lo habitual es pasar una o dos noches, ya sea como parte de una ruta de peregrinación, o simplemente para desconectar y descubrir cómo viven los monjes. Además, muchos shukubos se encuentran alejados del bullicio de las ciudades y brindan un entorno ideal para desconectar de las preocupaciones diarias y sumergirse en la espiritualidad propia del lugar. Nosotros ya habíamos pasado dos días en un templo budista en Corea del Sur, sin embargo, ambas experiencias poco tienen en común.
El alojamiento se debe reservar con antelación y hay que tener en cuenta que algunos shukubos están abiertos durante todo el año, mientras que otros cierran durante los meses de invierno. Cualquier visitante es bienvenido, sin embargo, dado que dormir en un shukubo no es una atracción turística más, se deben respetar algunas normas, como por ejemplo, quitarse los zapatos antes de entrar, usar ropa adecuada (evitando pantalones cortos, minifaldas, o blusas escotadas), respetar sus horarios (toque de queda nocturno, el horario de los baños compartidos, las horas de cena y desayuno o de los rituales), y no hacer excesivo ruido para no romper la tranquilidad y serenidad del lugar. Koyasan, en la prefectura de Wakayama, reúne la mayor concentración de shukubos, sin embargo, es posible encontrar alojamientos de este tipo cerca de prácticamente todas las rutas de peregrinación de Japón. De hecho, nosotros nos alojamos en un shukubo a los pies del monte Haguro, una de las tres montañas sagradas de Dewa Sanzan, a las afueras de Tsuruoka.
Aunque la ruta de peregrinación de Dewa Sanzan es muy antigua, no fue hasta 1630, cuando el quincuagésimo sacerdote de Haguro cambió el budismo Shingon por budismo Tendai, que ganó popularidad. En aquel entonces el sogunato Tokugawa practicaba el budismo Tendai y la adopción de esta fe resultó en una significativa afluencia de recursos financieros procedentes del propio sogunato. Gracias a estos fondos fue posible construir la escalera de piedra y el templo en la cima del monte Haguro, además de más de 300 shukubos. Una característica particular de los shukubos de Dewa Sanzan es que no son exactamente ni templos budistas ni tampoco santuarios sintoístas, aunque para su construcción sí necesitaron su bendición. Estos fueron construidos específicamente para alojar peregrinos, sin embargo, debieron cumplir con algunos requisitos muy estrictos: tener un altar de adoración (budista o sintoísta), ser llevados por un sacerdote yamabushi, que vive junto a su familia en el shukubo, y ser gestionados solamente por miembros de la misma familia. Por lo tanto, para dirigir un shukubo en Dewa Sanzan es necesario haber nacido en la familia o casarse con alguno de sus miembros. En cuanto a las características arquitectónicas, los shukubos tienen su propia puerta torii, para designarlo como lugar sagrado, y cuerdas con origami (shimenawa), como los santuarios sintoístas, pero también estatuas de buda o pequeñas pagodas, típicas de los templos budistas. Esto se debe al hecho que los yamabushis practican el Shugendo, una creencia que integra elementos del sintoísmo, del budismo y del taoísmo.
Antiguamente, los caracteres “bo” (Daishobo, Daishinbo) o “in” (Sankoin, Enmei’in) que aparecen en los nombres de los shukubos, indicaban el tipo de peregrinos que podían recibir. Así, los que acababan en “in” tenían un estatus superior, por lo que solamente alojaban a los monjes, aunque hoy en día prácticamente no hay diferencias entre los dos tipos de shukubos. Dado que las montañas de Dewa Sanzan son un claro ejemplo de sincretismo, pues conviven tanto el budismo como el sintoísmo, los shukubos podían recibir peregrinos de ambas religiones y se dice que durante el período Edo (1603-1868) unos 3 millones de peregrinos visitaban Dewa Sanzan cada año. Para poder hospedarlos a todos, cada shukubo tenía asignada una zona concreta de Japón y solamente podían hospedar a peregrinos procedentes de esa región, por lo que varias generaciones de una misma familia pudieron haberse alojado en el mismo shukubo. Actualmente en Dewa Sanzan quedan menos de 30 shukubos debido a una progresiva bajada en la afluencia de peregrinos, y, por esta razón, algunos de ellos han decidido abrirse al turismo para poder sobrevivir.
Nuestro shukubo fue regentado por la misma familia desde el periodo Edo, o sea durante más de 350 años, y el edificio actual aún conserva partes de la estructura original. Nada más llegar, el sacerdote nos dio la bienvenida a su hogar, y su mujer nos informó del horario que teníamos que seguir: cena de 18:00-20:00 en el comedor, uso de los baños desde las 17:00-22:00, la oración matutina a las 7:00 y el desayuno desde las 7:30-8:30. Después nos acompaño a nuestra habitación, una habitación austera, de estilo japonés con suelos de tatami, puertas correderas y futones para dormir. También había una pequeña mesa con galletas y un termo con té caliente preparado para tomar. La habitación era privada, pero los baños eran compartidos y separados por sexos. Nuestro templo ofrecía baños sento y las normas de uso son las mismas que en los ryokans: hay limpiarse bien antes de entrar al agua y se entra sin nada de ropa. A parte de nosotros, solamente se hospedaba una persona más, por lo que prácticamente tuvimos los baños para nosotros.
Tanto el desayuno como la cena nos los sirvieron en un pequeño comedor. El menú consistía en pequeñas porciones de diferentes elaboraciones típicas de la comida ascética de Dewa Sanzan. Cada shukubo cuenta con sus propias recetas transmitidas de generación en generación, sin embargo, todos tienen algunas características comunes, como el uso de sansai o verduras de las montañas, como diferentes tipos de helecho (zenmai, warabi, udo, kogomi), la tempura o el plato más famoso y que nunca falta, el goma dofu, una pasta de sésamo que se asemeja al tofu, del que ya os hablé. Algunos shukubos siguen la tradición budista, por lo que los platos son veganos o vegetarianos, mientras que otros siguen la tradición sintoísta e incorporan pescado, como fue nuestro caso.
Desayuno y parte de la cena
A las 7 de la mañana bajamos al altar, donde nos reunimos con el sacerdote para el ritual religioso matutino. Este ritual también difiere según el shukubo, ya que los yamabushis pueden usar tanto oraciones sintoístas como budistas o bien una mezcla de ambas (Shugendo). El sacerdote nos entregó un papel con la oración en japonés y en inglés para que pudiéramos seguirla y también para acompañarle, y dio comienzo al ritual soplando la concha de caracola (horagai) que los yamabushis utilizan en los rituales y ceremonias. Rezamos para purificarnos, honramos a los kamis de las tres montañas de Dewa y el sacerdote pidió salud y protección para nosotros en nuestro trayecto, pronunciando nuestros nombres. Finalizado el ritual, desayunamos y nos despedimos de nuestros huéspedes para seguir nuestro camino por las montañas de Dewa.
En resumidas cuentas, la experiencia de alojarse en un shukubo en Dewa Sanzan es una inmersión profunda en una tradición milenaria donde la espiritualidad y la naturaleza se entrelazan en cada gesto y cada bocado. Participar en los rituales matutinos, saborear la auténtica shojin ryori y convivir con los yamabushi permiten conectar con la esencia de las montañas de una manera verdaderamente única. Sin duda, es una oportunidad irrepetible para descubrir la hospitalidad, el respeto por la naturaleza y la riqueza espiritual que definen el alma de Dewa Sanzan.
A diferencia del proceso de momificación, en cual el cuerpo se conserva bien por las condiciones climáticas, como las momias de Astana que vimos el año pasado en nuestra ruta de la seda, o bien por acción humana, como las momias de Egipto o las momias de los Fujiwara conservadas en el templo dorado de Chuson-ji en Hiraizumi, la automomificación es una práctica budista ascética que consiste en reducir y suspender progresivamente la ingesta de alimentos y agua, mientras se permanece en estado de meditación. La práctica de la automomificación era común en el Tíbet y en Asia Oriental y en China estaba ligada al budismo Chan. La momia del monje Huineng (638-713) que se encuentra en el Monasterio de Nanhua en Shaoguan (China) es una de las más antiguas y se cree que éste logró automomificarse mediante la práctica Phowa o “muerte consciente”, descrita en los Seis Yogas de Naropa.
El ascetismo fue introducido en Japón desde la China de la dinastía Tang (618-907) por el monje Kukai (Kobo Daishi; 774-835), reconocido por ser el creador de los silabarios japoneses kana y fundador de la escuela budista Shingon. Esta escuela, también conocida como «escuela de la palabra verdadera», se caracteriza por su énfasis en alcanzar la iluminación individual y el conocimiento universal mediante la ejecución de rituales, el uso de mandalas y mantras y la práctica de la meditación (templo budista Shingon: Seiryu-ji de Aomori). A su vez, el budismo Shingon constituyó una base doctrinal fundamental para el Shugendo, una práctica espiritual y mística sincrética enfocada en el ascetismo, que integra elementos del sintoísmo, del budismo y del taoísmo. Los yamabushi, practicantes del Shugendo, buscan la iluminación mediante disciplinas ascéticas en las montañas.
Hacía el final de su vida, Kukai se retiró en el monte Koya y suspendió la ingesta de alimentos, dedicando su tiempo exclusivamente a la meditación. Falleció a los 62 años, aunque sus seguidores consideran que no está muerto, sino que aún permanece en un estado meditativo profundo y se encarga de conducir almas al nirvana. A mediados del período Heian (794-1185), monjes de las prefecturas de Yamagata y Niigata decidieron emular a Kukai y llevar a cabo la automomificación o sokushinbutsu (literalmente Buda en vida). Todos aquellos que buscaron la automomificación recibieron el sufijo Kai, que es el último carácter del nombre de Kukai, a través del ritual conocido como “ceremonia del nombre kai”. Solo al recibir el sufijo kai, los ascetas podían iniciar el proceso de automomificación.
Estos monjes creían que el autosacrificio era un acto de salvación para los demás, sobre todo en períodos de epidemias o hambrunas. Según esta creencia, el sufrimiento previo a la muerte otorga acceso al Cielo Tusita, donde se puede residir antes de la próxima reencarnación y, desde allí, los monjes pueden ayudar y proteger a quienes aún viven en la tierra. No obstante, este poder solo persiste mientras éstos permanezcan conectados al mundo terrenal, por lo que es necesario conservar el cuerpo. El proceso de automomificación podía durar entre 8 y 10 años, e implicaba una dieta estricta llamada mokujikigyo (literalmente: comer árbol) en la cual solamente se podían ingerir frutos secos, hongos, brotes de bambú y cortezas con la finalidad de disminuir la masa muscular. También tomaban un té llamado urushi, cuyo ingrediente principal era el árbol de laca (Toxicodendron vernicifluum), cuya savia es toxica (rica en urushiol), para que el cuerpo sea menos atractivo para los insectos y no se pudra, y agua con sal para deshidratar la piel y los órganos internos. Los yamabushi que practicaron la automomificación en las montañas sagradas de Dewa Sanzan (Haguro, Gassan y Yudono) tuvieron mayor éxito por beber agua del manantial sagrado del monte Yudono que contiene altísimos niveles de arsénico.
En cuanto los monjes sentían que se acercaba su fin, se colocaban en la posición del loto dentro de una caja de madera, de la cual salía una caña de bambú que les permitía respirar, y ésta se enterraba en un hoyo a unos 3 m de profundidad y se cubría de carbón para absorber la humedad. Una vez enterrados, entraban en estado de medicación nyujo, recitando mantras, y tocaban cada tanto una campana para indicar que aún seguían vivos. En cuanto la campana dejaba de sonar, se retiraba la caña y se sellaba la tumba, dejando el cuerpo cerrado unos 1000 días más. Pasado este tiempo, se abría la tumba y se verificaba si el cuerpo se había momificado con éxito. De ser así, se le colocaba en un templo y se le consideraba Buda, mientras que, si el cuerpo presentaba señales de pudrición, éste se enterraba con honores especiales.
La práctica de la automomificación se prohibió durante la restauración Meiji (1868-1912) y hasta la fecha se han descubierto 16 sokushinbutsu que se automomificaron entre 1081 y 1903. Diez de ellos practicaron el ascetismo en el monte Yudono. Todas estas momias huesudas, de piel ennegrecida y ojos hundidos, se pueden visitar, a excepción de una que se encuentra en una colección privada. En 1960 se decidió cubrir las momias con resina para mejorar su conservación y guardarlas en vitrinas protectoras. Las vestimentas que cubren sus cuerpos se cambian cada 12 años (en el año del buey), con excepción de Shinnyokai del templo Dainichibo Ryusui-ji cuya vestimenta se cambia cada 6, en los años del buey y de la oveja. Esta ropa se corta en trozos, se guarda dentro de bolsitas de seda (omamori) y se vende como amuleto. En la prefectura de Yamagata se pueden visitar 6 momias, dos se encuentran en Kaiko-ji en Sakata, una en Nangaku-ji en Tsuruoka, y tres en sendos templos de Dewa Sanzan: Dainichibo Ryusui-ji, Churen-ji y Honmyo-ji (que solo se puede visitar con reserva). Por nuestra experiencia recomendaríamos la vista a tres de estos templos: Kaiko-ji, Churen-ji y Dainichibo Ryusui-ji. Sin embargo, antes de emprender el viaje para ver las momias de Yamagata hay que tener en cuenta que éstas se consideran Buda y no se exponen como si fueran una atracción turística. Solamente se abren a los devotos que quieran rezar y pedirle favores al Buda. Por esta razón, está prohibido fotografiar las momias o el interior de los templos.
Kaiko-ji en Sakata
Este templo pertenece a la rama Chizan-ha del budismo Shingon y se dice que fue fundado por Kukai. Este es el único templo en el que se exponen dos sokushinbutsu: Chukai y Enmyokai. Ambos practicaron el ascetismo en el monte Yudono aunque poco se sabe de sus vidas. Chukai, nació en una familia de samuráis en Tsuruoka y fue el primer sacerdote del templo. Murió en 1755 a la edad de 58 años. Por otro lado, Enmyokai nació en una familia de campesinos en la aldea de Shonai y fue el noveno sacerdote del templo. Murió en 1822 a la edad de 55 años. Las momias están expuestas en una pequeña sala en el edificio lateral al templo. Para acceder hay que tocar el timbre y un monje viene a abrir la puerta. Éste solamente hablaba japonés, pero tenía preparadas unas hojas con información en inglés. La entrada al recinto es de pago.
Este templo, situado en los alrededores del monte Yudono, pertenece al budismo Shingon y fue construido en 825. Su construcción también se atribuye a Kukai. Aquí se encuentra la momia de Tetsumonkai, el monje del que más información se tiene. Hijo de un barquero de la aldea de Daihoji, nació en 1759 en Tsuruoka y murió en 1830 a los 71 años. Entró como monje en este templo a la edad de 21 años después de matar dos samuráis y desde entonces dedicó su vida a ayudar a los demás. Vale la pena visitar este templo no solo por la momia sino también por la belleza de las pinturas en sus techos y las vistas a la montaña sagrada. Solamente es accesible en coche o a pie desde el templo Dainichibo (30 min). Cuando nosotros llegamos estaba cerrado, sin embargo, el monje que lo custodia nos escuchó y vino a abrirnos. Tras pagar la entrada, el monje nos enseñó el templo y después nos dio tiempo para rezar al Buda antes de volver a cerrar.
Fue fundado en 807 por Kukai, de hecho, dicen que éste fue el primer templo que Kukai fundó tras regresar de China. En aquellos tiempos, el acceso al santuario del monte Yudono estaba prohibido para las mujeres, pero Kukai decidió permitirles la entrada a este templo, por lo que pasó a considerarse “el Yudono de las mujeres”. El monje momificado que se custodia en este templo es Shinnyokai-Shounin, que nació en Ashahi (actual Tsuruoka) en una familia de agricultores y que a los 20 años decidió convertirse en sokushinbutsu. Practicó durante toda su vida un ascetismo extremo hasta que finalmente falleció en 1783 a la edad de 96 años. Este es el templo más conocido y visitado de los tres y es accesible tanto en coche como en autobús desde Tsuruoka. Cuando nosotros llegamos justamente salía un grupo de visitantes. Un monje nos recibió y, tras cobrarnos la entrada, nos pidió que nos colocáramos de rodillas delante del altar. Al principio no sabíamos qué era lo que pasaba, ya que el monje solamente hablaba japonés, pero después vimos que en realidad nos pedía que rezáramos juntos y fue una experiencia extraordinaria. Después nos acompañó para rezar al sokushinbutsu que se encuentra en una sala lateral.
En definitiva, la visita a estos templos no solo permite acercarse a una de las tradiciones más enigmáticas y desconocidas del budismo japonés, sino también comprender el sacrificio y la determinación de aquellos monjes que buscaron la iluminación a través de la automomificación. Más allá del misterio que rodea a las momias, estos lugares invitan a la reflexión sobre el sentido de la entrega, la fe y el legado espiritual que aún pervive en las montañas de Yamagata. Sin duda, una experiencia que deja huella y nos conecta con una parte profunda y fascinante de la historia de Japón.
Las geishas son consideradas un símbolo de elegancia y su rostro de porcelana y su cuello elegantemente descubierto siguen siendo uno de los iconos más reconocidos de Japón. En sus orígenes, y durante gran parte del período Edo (1603-1868), las geishas eran profesionales del entretenimiento y eran principalmente hombres, conocidos como taikomocho o hokan. Aproximadamente a partir del año 1800, este oficio fue asumido mayoritariamente por mujeres y, para distinguirlas de sus predecesores masculinos, se utilizaba el término onna geisha (geisha mujer), aunque más tarde, con la ausencia de hombres en la profesión, se les llamó simplemente geisha. Pese a lo que erróneamente se cree, las geishas no eran cortesanas y muchas veces se las confunde con las oiran, que, si bien su apariencia era muy parecida a la de las geishas, tanto en el maquillaje blanco como en la vestimenta, éstas sí ofrecían servicios sexuales. Las oiran fueron las cortesanas de mayor rango durante el período Edo y destacaban por la belleza, la inteligencia y el dominio de las artes tradicionales, como la poesía, la música y la ceremonia del té. Éstas residían en barrios del placer llamados yukaku y su estatus social era tan elevado que solamente los clientes más adinerados y poderosos podían aspirar a su compañía mediante un complejo proceso de presentaciones y rituales.
Colección de muñecas Hina
Volviendo a lo que nos ocupa, las aprendices reciben el nombre de maiko, y, a diferencia de las geishas, éstas suelen ser más jóvenes y suelen llevar kimonos más coloridos, con mangas más largas, peinados elaborados con adornos florales y un maquillaje blanco más llamativo. Por su parte, las geishas, que son artistas plenamente formadas y que han perfeccionado sus habilidades tras años de aprendizaje y experiencia, lucen de una manera más sobria y elegante, con un maquillaje y el vestuario más discretos y sofisticados. También hay diferencias entre las geishas, habiendo geishas tachikata y geishas jikata. Mientras que las primeras bailan la danza tradicional mai junto con las maiko, las segundas se dedican a cantar o a tocar instrumentos, como el shamisen (guitara japonesa). Otra diferencia es que las geishas tachikata aún llevan peluca y usan maquillaje blanco, mientas que las geishas jikata no, ya que normalmente éstas son geishas más mayores.
Maiko, geisha tachikata y geisha jikata.
La ciudad de Kioto es considerada la cuna y el principal referente de la tradición de las geishas. Desde allí, se expandió a otras ciudades como Sakata, ciudad portuaria de la prefectura de Yamagata, donde también arraigó profundamente gracias a los intercambios comerciales y culturales con Kioto. Sakata nació y prosperó durante el período Edo gracias a su posición estratégica como punto clave en la ruta comercial del arroz, conocida como el “camino del arroz”. Las rutas marítimas, conocidas como kitamae-bune (barcos con destino al norte) facilitaron la conexión comercial entre Osaka y Kioto, por un lado, y Tohoku y Hokaido, por otro, compensando la ausencia de infraestructuras terrestres para el intercambio de mercancías. Gracias a estos intercambios, muchos mercaderes llegaron a amasar grandes fortunas, y Sakata, hogar de una de las familias más ricas de Japón, se convirtió en un importante centro económico y cultural, atrayendo a comerciantes, artistas y, especialmente, a geishas, que encontraron en la ciudad un entorno propicio para el desarrollo de su arte.
Uno de los comerciantes más exitosos fue Mitsuoka Homma, considerado un héroe por sus inversiones en mejorar la ciudad. Plantó árboles para proteger la costa y los campos de arroz de los fuertes vientos y tormentas que los azotaban, y hasta donó sus reservas de arroz durante una hambruna que afectó Japón. Promovió las artes, trayendo a la ciudad artistas y artesanos, y su familia llegó a ser la más acaudalada y la mayor terrateniente de todo el país. Para conocer más sobre su historia se pueden visitar la Residencia Histórica Homma y el Museo Homma. La residencia fue construida en 1768 por Mitsuoka Homma y combina el estilo arquitectónico de la clase samurái con el interior de estilo de la clase de los mercaderes. Por otro lado, el museo de arte fue construido en 1968 a los pies de la casa de descanso de la familia Homma. Tanto la casa como el jardín fueron construidos por Kodo Homma, hijo de Mitsuoka, como residencia para el daimio Sakai Tadakata durante sus visitas de inspección. El jardín recibió el nombre de Kakubuen o jardín de la grulla danzante, después de que éste viera una grulla en el lago.
Kakubuen
La inversión de familia Homma en la promoción de la cultura y las artes contribuyó a que Sakata se consolidara como un enclave cultural comparable a Kioto en cuanto a lujo y sofisticación, lo que favoreció la aparición de casas de té y restaurantes. El barrio de las geishas (hanamachi), surgió como todos, alrededor de una calle llamada monzen-machi, cerca de los templos y santuarios importantes para dar servicio a los fieles que iban y venían. Entre los templos de Sakata destacan Jofuku-ji, Kaiko-ji y Jichi-in. La entrada al templo Jofuku-ji está marcada por la gran puerta Karamon, declarada Bien de Interés Cultural, donada por Mitsuoka Homma en el año 1800. Por otro lado, en el templo Kaiko-ji se pueden ver dos Budas vivientes o sokushinbutsu. Mientras que el templo Jichi-in es conocido por el Gran Buda de Sakata, una escultura de 17 m que representa a un Buda erguido, no sentado como el Buda que vimos en Aomori. Esta escultura está escondida en el patio del jardín de infantes situado delante del templo, por lo que los niños al vernos empezaron a saludarnos con el grito de gaijin (extranjero).
En actualidad, la única casa de geishas de Sakata es Somaro, cuya historia se remonta al período Edo cuando recibía el nombre de Somaya. En aquel entonces, Somaya era un restaurante reconocido por su fina gastronomía y sus 150 maikos y geishas. Sin embargo, el restaurante fue destruido por un terremoto en 1895 y parte del edificio se reconstruyó posteriormente. Durante la Segunda Guerra Mundial entró en declive y en 1995 cerró sus puertas. El edificio actual es una restauración llevada a cabo para devolver la tradición de las geishas a Sakata y abrió de nuevo sus puertas en el año 2000, año en el que se abrió también a los turistas. Somaro es también una escuela para maikos en la que éstas aprenden bailes, canciones, y tocar el shamisen, además de la etiqueta y cómo comportarse con los clientes. Entre las asignaturas típicas también se incluyen las artes tradicionales como el arreglo florar ikebana, caligrafía, ceremonia del té, etc. Previa reserva (dos días de antelación mínimo) a través de la página web, los visitantes pueden disfrutar bien de comida kaiseki con baile de geisha y maiko a las 12:00 h o bien solamente bailes a las 14:00 h. Además de los bailes, se puede visitar también parte de la casa convertida en museo y donde se exponen fotografías de Takehisa Yumeji y una colección de muñecas Hina tradicionales japoneses.
Somaro
Nosotros nos decantamos por la opción de ver solamente los bailes a las 14:00 h. Para acceder al recinto piden quitarse los zapatos y entrar con calcetines, no se puede entrar con los pies descalzos. Nos llevaron a una gran sala ya preparada con sillas para poder disfrutar del espectáculo y tuvimos que esperar a que un chico taiwanés que también había reservado se presentara. Esperamos una media hora en la que fuimos hablando con el dueño ya que hablaba algo de inglés. Nos fue explicando un poco la historia de Somaro, hablamos sobre las geishas y nos explicó que en su juventud había visitado España. Como el chico taiwanés finalmente no se presentó, el espectáculo fue privado, ya que no había nadie más aparte de nosotros. El programa se compone por un vídeo de unos 15 min de duración, en inglés, en el que se explica la historia de Sakata y de Somaro y luego otros 15 min de actuación que incluye tres canciones: shonaiobako, que cuenta la historia de una pareja sin suerte en el amor, una canción estacional que cambia cada mes, y sakatajinku, que loa la época de grandeza de Sakata durante el período Edo. Los bailes los llevan a cabo una geisha tachikata y una maiko, mientras que una geisha jikata toca el shamisen. No se pueden hacer fotos ni videos durante la actuación, pero sí una vez finalizada.
Jardín interior de Somaro
Así pues, visitar Sakata es una oportunidad única para sumergirse en la historia y la tradición japonesa fuera de los circuitos turísticos habituales. La ciudad, aunque ha perdido parte de su antiguo esplendor, conserva rincones que evocan su pasado glorioso como centro cultural y comercial. Además, presenciar el arte de las geishas es asistir a un espectáculo donde el tiempo parece detenerse.
El onsen ryokan combina dos conceptos de la cultura japonesa: por un lado, los onsen, o baños en aguas termales naturales, y, por otro, los ryokan o posadas tradicionales. Y aunque estos conceptos son a menudo usados como sinónimos, no lo son. Empecemos pues por el concepto de ryokan. Su origen se encuentra en el período Nara (710-794) cuando surgió la necesidad de crear alojamiento para funcionarios del gobierno o comerciantes que se desplazaban por el archipiélago y necesitaban lugares donde pasar la noche. Durante el período Edo (1603-1868), con la creación de nuevas rutas, tanto económicas como las rutas que unían Edo y Kioto, como espirituales como las rutas de peregrinación, esta oferta hotelera se diversificó dando lugar tanto a ryokans como a shukubos, o templos en lo que se podía pasar la noche. Los ryokans han ido evolucionando desde el período Edo, llegando a ser hoy en día verdaderos centros de bienestar, pero sin perder su esencia tradicional. Así pues, éstos además de alojamiento también ofrecen relax en baños onsen o sento (agua caliente, no termal) y una experiencia gastronómica kaiseki con platos típicos y productos de temporada.
En cuanto a los onsen, el término se refiere a instalaciones, ya sean un ofuro (bañera tradicional de madera de cedro), o rotenburo (piscinas al aire libre), en las que se puede disfrutar de agua termal, rica en minerales, que brota debido a la actividad geotérmica. Así pues, los onsen ryokan son ryokans que ofrecen agua termal, muchas veces situados en plena naturaleza, incluso en lo más profundo de las montañas, a las orillas de ríos o lagos termales que emanan naturalmente de la tierra.
Arquitectónicamente, los onsenryokans siguen la estructura tradicional, construidos de madera, con puertas correderas y suelos de tatami, y con pocas habitaciones distribuidas en una o dos plantas. En la actualidad ofrecen tanto habitaciones de estilo tradicional japonés, durmiendo sobre futon en el suelo, o de estilo occidental. Independientemente del estilo, las habitaciones normalmente se distribuyen en tres zonas, una para dormir, una para descansar y disfrutar de las vistas al jardín, y una para el aseo, donde se encuentran el inodoro, la pica y la zona de baño separadas por puertas correderas. Muchos onsen ryokans ofrecen habitaciones con ofuro con agua termal, además de los baños públicos, separados por sexos, o los privados que se pueden reservar para acceder con la pareja, la familia o los amigos. Durante nuestro viaje, nos hospedamos en dos onsen ryokans, uno en Ichinoseki (prefectura de Iwate) y uno en Yuzawa (prefectura de Akita). Aunque con pequeñas diferencias que comentaremos a continuación, ambas experiencias fueron muy parecidas e igual de placenteras.
Los primero que hay que tener en cuenta es que al entrar en un ryokan hay que quitarse los zapatos, por lo que conviene llevar calcetines preparados, ya que desde la entrada hasta la habitación (donde hay zapatillas y calcetines disponibles) hay que ir descalzos. Los zapatos los devuelven al finalizar la estancia (lo que nos hizo recordar nuestra experiencia en un jjimjilbang en Corea del Sur). En uno de los ryokans nos dieron unas pulseras en las que se quedarían marcados los extras durante nuestra estancia y que se pagarían a la salida (por ejemplo, usar las máquinas de vending o las sillas de masaje), mientras que en el otro, estaba todo incluido, desde briks de leche para tomar tras el baño, helados, bebidas y hasta ramen por la noche por si nos entraba hambre. Otra diferencia entre los ryokans en los que nos hemos hospedado fue que en uno nos dieron la bienvenida con una taza de té y un dulce, mientras que en el otro no. Todo depende de la categoría y el precio del ryokan, evidentemente. En ambos ryokans el personal solamente hablaba japonés, por lo que nos comunicamos a través del traductor de Google y para saber dónde estaban la habitación, los baños o el comedor, nos dieron directamente unos mapas impresos del edificio.
Para movernos por sus instalaciones, en ambos, nos facilitaron zapatillas y una especie de pijamas de dos partes. Previo a la llegada, nos contactaron para preguntarnos la talla por lo que los teníamos preparados en la habitación. Los yukatas solamente se usan para el baño, dícese para desplazarse de la habitación a los baños compartidos o a los baños privados reservados. En ninguno de los dos ryokans en los que fuimos se permitía acceder al comedor para la cena o desayuno en yukata. De hecho, éstos ni siquiera estaban disponibles en la habitación. En un ryokan se debían pedir en recepción y en el otro había un cuarto con yukatas de diferentes tallas y colores y donde cada uno podía escoger el que quisiera.
Igual que en los baños compartidos del jjimjilbang en Corea del Sur, se debe entrar en el agua sin absolutamente nada de ropa, por lo que hay que dejarse en casa el bañador y el pudor. Aunque evidentemente, si existe la posibilidad, es mucho más fácil bañarse desnudo en un baño privado. Dado que en los ryokans en los que nos alojamos teníamos la posibilidad de reservar el onsen, optamos por esta opción. En los baños compartidos y también en los reservados, no hay toallas, por lo que hay que llevarla desde la habitación usando unos cestos preparados para este fin. Antes de entrar en el agua es fundamental ducharse usando el asiento y el cubo de madera. Además, hay que tener en cuenta que el agua termal sale muy caliente, por lo que hay un grifo de agua fría que se puede abrir para atemperarla. Por último, hay que tener en cuenta que no se debe sumergir la cabeza o el pelo.
Otra experiencia que ofrecen los ryokan son la cena y el desayuno estilo kaiseki en los que se utilizan productos de temporada para preparar platos tradicionales. Algo muy típico de los onsen ryokans son los onsen tamago o huevos cocinados usando el agua termal de los que ya os hablé. Dado que incluir la cena y el desayuno suben el precio considerablemente, nosotros los elegimos en un ryokan para poder tener así la experiencia completa, mientras que en el otro no. Ambas comidas, tanto la cena como el desayuno, nos las sirvieron en una habitación privada dentro del comedor y ambas fueron compuestas por multitud de pequeños platos. Dado que había algunos platos que se podían escoger entre varias opciones y algunos incluso se podían repetir, nos dejaron el menú impreso sobre la mesa. Aunque solamente estaba en japonés, no tuvimos problemas para entendernos, pues lo tradujimos con el traductor y fuimos señalando lo que queríamos.
Y esta fue nuestra experiencia en dos onsen ryokans en Tohoku. Ambos ryokans estaban situados lejos de cualquier ciudad y solamente fue posible acceder gracias al coche de alquiler. A pesar del precio y del difícil acceso, alojarse en un onsen ryokan es muy recomendable si buscas una relajante experiencia tradicional japonesa. Además de disfrutar de los baños termales, ofrecen la oportunidad de probar la cocina local y sumergirse en la hospitalidad japonesa, donde cada detalle está cuidado. Sin duda, es una experiencia única que merece la pena probar al menos una vez.
En la península de Oga, en la prefectura de Akita, perdura una tradición con raíces en el folclore y las leyendas japonesas, que se repite cada Año Nuevo. Se trata de un ritual en el cual los namahages, ogros que viven en las montañas, descienden para visitar las casas de la comunidad con el propósito de ahuyentar la pereza y los malos comportamientos, especialmente entre los más pequeños, pero también para traer salud a la familia y asegurar buenas cosechas. De hecho, etimológicamente la palabra namahage deriva de la forma regional de decir ampollas (namo) y pelar (hage) haciendo referencia a una erupción cutánea causada por la sobreexposición al fuego, enfermedad que padecen aquellos que se quedan rezagados alrededor del fuego sin hacer nada útil. En actualidad, esta tradición se considera de importancia nacional y desde 2018 es reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.
Esta tradición, como muchas otras, ha sufrido cambios a lo largo del tiempo. Aunque hoy en día el ritual se celebra en Nochevieja siguiendo el calendario gregoriano, antiguamente se celebraba en Koshogatsu (Pequeño Año Nuevo) que coincidía con la primera luna llena del año. Por esta razón, desde 1964, el segundo fin de semana de febrero (coincidiendo con el Pequeño Año Nuevo), se celebra el Festival Namahage Sedo en el Santuario Shinzan de Oga. Este evento combina una danza kagura propia de la zona (Yu-no-Mai), el ritual sintoísta Saitosai (procesión de bailes y tambores) que se celebra anualmente en el mismo santuario desde hace 900 años, y la tradición popular namahage, con quince namahages bajando de la montaña con antorchas y repartiendo mochis como símbolo de protección.
En cuanto al origen de los namahages, existen actualmente tres teorías y una leyenda. Acorde a la primera teoría, los namahages se inspiraron en los yamabushi o practicantes de shugendo que se desplazaban de casa en casa para rezar. Una segunda teoría, presenta a los namahages como mensajeros del kami (o dios sintoísta) de la montaña, una especie de toshigami, que bajaban para traer bendiciones para el nuevo año. Otra teoría, relaciona a los namahages con extranjeros de apariencia extraña que se habían instalado en Oga y que los aldeanos consideraban oni (criatura del folclore japonés parecida a un ogro o un demonio). Y finalmente, la leyenda más difundida cuenta que el origen de los namahages se encuentra en cinco murciélagos que siguieron al emperador Wu de Han (156-87 a.C.), emperador chino de la dinastía Han, hasta la península de Oga y una vez allí se transformaron en oni. Estos ogros se establecieron en las montañas de Hozan y Shinzan (las montañas más altas de la península) y se dedicaban a robar cosechas y mujeres jóvenes en las aldeas de Oga. Cansados de los ogros, los aldeanos los desafiaron a construir una escalera de piedra con 999 peldaños desde la orilla del mar hasta la cima del monte Shinzan en una sola noche, con la promesa de entregarles una joven cada año si lo consiguieran. De lo contrario, estos deberían abandonar Oga para siempre. Justo cuando los ogros estaban a punto de finalizar la tarea, un aldeano imitó el canto del gallo anunciado la llegada del amanecer, haciendo creer a los ogros que habían fracasado, pues la noche había acabado, abandonando así Oga para siempre.
Así pues, los namahages son ogros o seres demoníacos del folclore japonés representados por parejas o tríos de hombres con aterradoras máscaras de madera, ataviados con largos abrigos de paja (mino), y armados con cuchillos de madera (deba, para raspar la piel quemada) y cubos de madera (teoke). En Nochevieja, éstos bajan de las montañas, recorren las calles y entran en las casas con la ayuda de un Sakidachi. El Sakidachi es la persona encargada de asegurarse que en las casas en las que van a entrar no haya ocurrido nada que pudiera impedir la visita como que haya nacido un bebé en el último año, estén de luto por la muerte de algún familiar o estén lidiando con una enfermedad grave. La entrada se lleva a cabo con gruñidos y fuertes gritos de “¿Hay algún llorón aquí?, ¿Hay niños traviesos aquí?, ¿Hay personas perezosas aquí?” con la finalidad de asustar a los perezosos y a los desobedientes.
El cabeza de familia da la bienvenida a los namahages con sake y algo de comer y hablan sobre cómo ha ido la cosecha, sobre la salud de la familia y sobre si todos los miembros de la familia trabajaron duro o estudiaron mucho. Los namahages prometen favorecer una buena cosecha para el año venidero a la vez que amenazan con enojarse si algún miembro de la familia es perezoso, desobediente o no trabaja con ahínco. Dado que los padres conocen a las personas que encarnan a los namahages, muchas veces ensayan lecciones específicas para sus hijos durante la visita, sirviendo así como una oportunidad para los jóvenes para reflexionar sobre sus acciones. El pretexto es que los namahages ven todo lo que sucede en la aldea desde la montaña y registran toda esta información en su libro secreto. En caso de necesidad, el cabeza de familia puede llamar a los namahages de vuelta aplaudiendo tres veces hacía la montaña, pero si no es necesario, éstos vuelven al año siguiente.
Esta tradición presenta variaciones según la aldea, y está emparentada con otras similares de Japón: Yamahage y Nagomehagi (prefectura de Akita), Amahage (prefectura de Yamagata), Amamehagi (prefectura de Ishikawa), Appossha (prefectura de Fukui), Suneja, Anmo, Nagomi y Nagomihakuri (prefectura de Iwate), Amaburakosagi (prefectura de Ehime), Toshidon (prefectura de Kagoshima), o Akamata-Kuromata (Okinawa). Durante siglos, la presencia de los namahages en Año Nuevo ha sido esencial en Oga y gracias al Festival Namahage Sedo, las nuevas generaciones pueden conocer y comprender esta tradición. Sin embargo, si no tenéis la oportunidad de vivirla en Nochevieja ni de asistir al festival, como nos ocurrió a nosotros, aún podéis sumergiros en esta tradición ancestral a través del Museo Namahage de Oga. En el mismo lugar se encuentra el Museo Namahage, que presenta la historia de los namahages a través de imágenes, audios, máscaras y trajes de la península de Oga, el Museo Folclórico Oga Shinzan en el que se realiza una representación teatral de la tradición de los namahages en Nochevieja cada media hora hasta la hora de cierre del museo, y el santuario Shinzan donde se celebra el Festival Namahage Sedo en febrero. Lo mejor es que abren todos los días del año. Lo peor es que todo está solamente en japonés, aunque para la representación teatral ofrecen tablets con el texto en inglés.
En resumidas cuentas, la historia de los namahages en Oga trasciende el folclore y se convierte en un lazo vivo entre pasado y presente, recordando a la comunidad la importancia de la reflexión, el respeto y la unidad.
Japón es un país donde conviven dos grandes religiones: el budismo y el sintoísmo, que se han modelado y adaptado mutuamente para definir la religiosidad nipona. Es común que muchas personas practiquen o se identifiquen con ambas, fenómeno conocido como sincretismo, aunque el sintoísmo se prefiere para los rituales de nacimiento y matrimonio, mientras que el budismo para los ritos funerarios. Ambas religiones presentan rituales y estilos arquitectónicos propios y su simbolismo y diseño reflejan dos formas diferentes de entender lo sagrado: una mirada introspectiva y transformadora en el budismo, y una celebración de la naturaleza y las fuerzas invisibles en el sintoísmo. Una muestra de estas creencias son el santuario Takayama Inari en Tsugaru y el templo Seiryu-ji en Aomori que visitamos durante nuestro viaje por Tohoku.
Empecemos pues por la religión originaria de Japón: el sintoísmo. El sintoísmo es una religión animista con raíces en la prehistoria, surgiendo de la combinación de tradiciones, rituales y leyendas de las culturas jomon y yayoi. Carece de un fundador o un sistema dogmático, dado que consiste en un conjunto de creencias, relatos y prácticas transmitidas de generación en generación. Nació como una religión vinculada a la vida agraria, dependiente de la naturaleza y los ciclos estacionales, y que intentaba controlar estos ciclos con los rituales y la magia. Inicialmente se denominó culto kami por la veneración a los kami o deidades vinculadas a elementos naturales, seres espirituales, figuras legendarias y ancestros. Es una religión abierta que acepta nuevas deidades, lo que se refleja en el término yaoyorozu-nokami traducido como «ocho millones de dioses», para señalar la multiplicidad de deidades existentes. Entre los dioses principales se suman Izanagi e Izanami, de cuya unión nació Japón, y Amaterasu, la diosa del sol.
Entre los principales tipos de sintoísmo se identifican el Koshitsu shinto (sintoísmo de la casa imperial), el Jinja shinto (sintoísmo de santuario), y el Minzoku shinto (sintoísmo folclórico). Explicado brevemente, el Koshitsu shinto abarca los rituales sintoístas llevados a cabo por el emperador con el fin de solicitar la prosperidad del país ante Amaterasu Omikami y otras deidades ancestrales imperiales. Por el contrario, el Minzoku shinto corresponde a la práctica religiosa llevada a cabo por la población general, mientras que el Jinja shinto designa la práctica ceremonial efectuada en los santuarios por sacerdotes (kannushi) y asistentes (miko). Históricamente, la figura de las miko se originó en el período Jomon, cuando eran veneradas como poderosas chamanas capaces de comunicarse con los espíritus, sin embargo, la introducción del budismo supuso una progresiva pérdida de sus atribuciones, quedando relegadas a funciones secundarias bajo la autoridad de sacerdotes masculinos. En la actualidad son las encargadas de asistir a los sacerdotes en las ceremonias de matrimonio y de los bailes rituales llamados kagura (como el que presenciamos en el santuario Morioka Hachimangu).
Aunque los santuarios sintoístas tienen su propia historia, leyendas, calendario ritual y kami venerado, éstos presentan algunas características comunes como son una puerta torii, que delimita el espacio sagrado del profano, la fuente temizuya para el ritual de purificación (misogi) donde los visitantes se lavan las manos y la boca, el honden o edificio principal donde residen los kami, el haiden u oratorio, el heiden para las ofrendas, las estatuas de zorros, los origami (figuras de papel), o el uso del color rojo para alejar a los malos espíritus, entre otros. El santuario Takayama Inari que visitamos en Tsugaru es un buen ejemplo de santuario sintoísta.
El primer santuario, Sanno Bozan, se cree que fue fundado por el clan Ando, una poderosa familia que gobernó en la zona desde el período Kamakura (1185-1333) hasta el período Muromachi (1336-1573), en un sitio ya considerado sagrado previamente. Este santuario fue destruido por el fuego en el año 1443 y en su lugar se construyó el santuario Inari, dedicado a Inari Okami, dios de la agricultura, el comercio y los negocios, por el clan Ako en 1701 durante el período Edo (1603-1868). Unas empinadas escaleras llevan al santuario principal, así como a los santuarios subsidiarios situados detrás de este.
Bajando las escaleras se encuentra lo que puede considerarse la parte más impresionantes del santuario: el senbon torii o las mil puertas, un sendero bordeado por 230 torii rojos. Estos torii fueron donados por particulares y empresas desde hace apenas unos 40 años y se alinearon de forma que simularan un dragón, deidad mitológica consagrada en este santuario. El camino de torii tiene como punto de partida el santuario Ryuji y como punto final un mirador desde el cual se pueden apreciar los torii serpenteando a la orilla del estanque.
En el santuario Takayama Inari, como en otros santuarios sintoístas, son comunes las estatuas de zorros, considerados mensajeros de la deidad, en este caso de Inari Okami.
Siguiendo con nuestra historia, el budismo se originó en la India y desde allí, dos principales corrientes se difundieron a otros países asiáticos: el Theravada, basado en la doctrina de Buda, que se estableció en Sri Lanka, Birmania, Laos, Camboya y Tailandia; y el Mahayana, que no otorga a Buda un estatus de deidad, y que se asentó en China, Corea y Japón. Los primeros misioneros Mahayana emplearon la ruta de la seda para llegar a la capital de China, Luoyang, durante la dinastía Han. Aquí se construyó el primer templo budista, el Templo del Caballo Blanco en el año 68, templo que tuvimos el placer de visitar el año pasado durante nuestra ruta de la seda china. El budismo llegó a Japón procedente de China a través de Corea en siglo VI (alrededor del año 572), y para facilitar su integración incluyó a los kami como representaciones de Buda y Bodhisattvas, especialmente las escuelas Tendai y Shingon. Esto propició que durante gran parte de la historia religiosa japonesa no existiera una distinción clara entre budismo y sintoísmo.
Con la llegada del budismo, el sintoísmo adquirió su denominación actual para diferenciarse de esta nueva religión. El budismo se denominó butsudo o “vía de Buda”, mientras que la religión autóctona pasó a llamarse shinto, derivado de una antigua palabra china que significa “el camino de los dioses”, englobando las diversas tradiciones y leyendas japonesas previas al budismo. En japonés también se utiliza el término kami no michi.
La mayoría de los santuarios sintoístas estuvieron bajo administración budista desde el período Heian (794-1185) hasta la restauración Meiji (1868). En el año 700 se realizó la primera estandardización del sintoísmo y durante el período Nara (710-794) surgieron los primeros textos sintoístas. Hasta ese momento, el sintoísmo carecía de escrituras sagradas, en parte debido a la inexistencia de un sistema de escritura japonés previo al budismo. Entre 1185 y 1603 surgieron diversos movimientos doctrinales centrados exclusivamente en los kami como Ise o Watarai Shinto, y Ryobu Shinto, en respuesta a la influencia budista en las prácticas sintoístas. Estos movimientos constituyeron la base para el Yoshida Shinto o sintoísmo estatal, desarrollado durante la restauración Meiji, cuando se unificaron las prácticas sintoístas, separándolas formalmente del budismo, con fines principalmente políticos. El Shinto, por ser la religión originaria de Japón, pasó a ser la religión nacional del país, utilizada como instrumento ideológico, y la veneración de los santuarios se convirtió en un deber patriótico. El sintoísmo estatal fue prohibido tras la Segunda Guerra Mundial.
Durante el período Nara (710-794), los emperadores Tenmu y Monmu promovieron el budismo mediante el comisionado o patrocinio estatal. Existían entonces seis escuelas budistas: Ritsu, Jojitsu y Kusha pertenecientes al budismo Theravada, y Sanron, Hosso y Kegon que seguían directrices del budismo Mahayana. En el período Heian (794-1185) llegaron desde China las escuelas budistas Tendai (que vimos en Yamadera, Matsushima y Hiraizumi) y Shingon, y en el período Kamakura (1185-1333) llegaron el budismo de la Tierra Pura o Jodo (Motsu-ji de Hiraizumi), y el budismo zen (Zuiga-ji en Matshima o Hoon-ji en Morioka). El budismo shingon fue fundado por el monje Kukai y se centra en el Buda cósmico Vairocana. La escuela amidista Tierra Pura (Jodo, Jodo-Shu, Jodo Shin-shu, Ji-Shu) enfatiza la salvación por medio de la creencia en Amitabha y es actualmente la escuela budista más numerosa de Japón, mientras que la escuela Zen (Soto, Rinzai, Obaku) influyó notablemente en la filosofía samurái, al centrarse en la búsqueda de la iluminación personal (satori) mediante la meditación (zazen). En actualidad, las principales escuelas budistas en Japón son Zen, Shingon, Jodo, Tendai y Nichiren.
En cuanto a los templos budistas, estos destacan por las grandes puertas (sanmon) que indican la entrada al lugar sagrado, las estatuas de Buda o Bodhisattvas y los altares, y el uso del incienso como ofrenda y símbolo de purificación. En cuanto a los elementos arquitectónicos, son comunes las campanas de bronce que se tocan en celebraciones especiales, las pagodas, y los cementerios. Además, los monjes budistas residen en los templos y realizan actividades rituales.
Un ejemplo de templo budista shingon es el Seiryu-ji en Aomori, aunque en realidad se trata de un betsuin o sucursal del monte Koya. Este templo fue fundado por Ryuko Oda y su construcción comenzó en 1978. Tras cruzar la gran puerta (Chumon), al lado izquierdo se puede observar un jardín zen, mientras que en el lado derecho se encuentra un salón bermellón que consagra Kodo-daishi (Kukai, el fundador del budismo Shingon).
Tras pagar la entrada, el primer edificio que nos encontramos fue Kodo, o la sala principal, que se construyó en 1992 y donde se celebran diversas ceremonias. Se puede acceder en su interior. Detrás del altar se encuentra una pintura de Amida Shoju Raigozu, una copia de la que se encuentra en el monte Koya.
Justo al lado se encuentra una pagoda de cinco plantas con una altura de 39,5 m, siendo la cuarta pagoda más alta de Japón. Fue construida en 1996 y está hecha de madera de Hiba (ciprés japonés). Esta pagoda expresa la visión del universo budista que se compone de los cinco elementos: tierra, agua, fuego, viento y cielo.
Siguiendo el camino, se encuentra Mizuko-jiko dedicado a los niños mortinatos. Los molinillos de viento sirven para consolar las almas de estos niños.
Y delante se encuentra la campana, que no puede faltar en ningún templo budista.
Al final del camino se encuentra el Gran Buda (Showa Daibutsu), la estatua sentada de bronce más alta de Japón (21 m). Representa a Dainishi Nyorai (o Vairocana), el Buda de rango más alto del budismo Shingon. Su construcción se completó en 1984, tras 5 años de obras. Se puede entrar en su interior, donde se encuentran un mural que muestra el ciclo de la reencarnación y un templo dedicado a la paz mundial.
Y ya para finalizar, las principales diferencias entre el budismo y el sintoísmo son las siguientes:
Propósito: los templos budistas son lugares dedicados a las enseñanzas de Buda y la práctica de rituales budistas. Se utilizan especialmente para ritos funerarios y conmemoraciones de los difuntos. Los santuarios sintoístas están dedicados a los kami, divinidades o espíritus de la naturaleza y ancestros, y son lugares para rezar por la buena fortuna, la purificación y la protección.
Deidades: En el budismo japonés no se adoran dioses sino budas y bodhisattvas, seres iluminados. Las figuras como Amida, Kannon o Dainichi Nyorai suelen ocupar el lugar central en el altar. En el sintoísmo los kami pueden ser fuerzas de la naturaleza, animales, objetos o personas deificadas.
Elementos arquitectónicos budistas: portones (sanmon), pagodas (estructuras de varios pisos, símbolo de la cosmología budista), salón principal o hondo (espacio donde se alberga la imagen principal de Buda), campana (bonsho), jardín zen (espacios para la meditación y contemplación), incensarios (utilizados para ofrendas y purificación espiritual).
Elementos arquitectónicos sintoístas: torii (puerta tradicional que marca la entrada al espacio sagrado del santuario), salón de ofrendas o haiden (donde las personas presentan plegarias y ofrendas), salón principal o honden (suele estar restringido al público; allí reside el kami), fuente de purificación o temizuya (para lavar las manos y la boca antes de entrar), cuerdas sagradas o shimenawa (marcan objetos o lugares sagrados) y amuletos o ema (se usan para escribir deseos).
Prácticas rituales: En el templo se acostumbra el incienso y la oración silenciosa; en el santuario, la purificación y los aplausos.
Festividades: Las festividades (matsuri) suelen celebrarse en santuarios; mientras que los templos se asocian más a fechas conmemorativas y funerarias.
Función social: El sintoísmo se relaciona con la vida y los inicios (nacimientos, matrimonios); el budismo se asocia con la muerte y los funerales.
Hace 40.000 años puentes naturales formados por los bajos niveles del mar unieron Japón con el continente asiático y permitieron el desplazamiento de grupos poblaciones. Estos primeros movimientos migratorios dieron lugar al período Paleolítico japonés. Hace aproximadamente 15.000 años nuevas oleadas migratorias llegaron al archipiélago y dieron lugar al surgimiento del período Jomon, marcado por una fusión de las comunidades paleolíticas locales con los recién llegados. La civilización jomon es una de las más antiguas del mundo y su nombre, que significa «impresión de cuerda», proviene del patrón decorativo en su cerámica, creada al presionar cuerdas sobre la arcilla húmeda antes de cocerla. Estas vasijas de cerámica no solo representan logros técnicos, sino que son testimonio del inicio del sedentarismo, ya que la fragilidad y peso de la cerámica son incompatibles con estilos de vida nómadas.
Los jomon eran una sociedad cazadora-recolectora, no obstante, a diferencia de otros grupos de cazadores-recolectores prehistóricos que se desplazaban constantemente en busca de recursos, éstos construían poblados permanentes donde vivían de forma estable, aparentemente sin practicar la agricultura. Este sedentarismo fue posible gracias a la abundante disponibilidad de recursos naturales en su entorno: bosques de árboles caducifolios como el castaño, el nogal y el roble japonés (mizunara), altamente nutritivos, y una gran diversidad de animales, peces y mariscos. En yacimientos cercanos a ríos y costas se han encontrado restos de más de 50 especies de peces, lo que evidencia una dieta variada. Las herramientas de piedra y hueso utilizadas para la caza y la pesca reflejan un alto grado de especialización y adaptabilidad a las condiciones naturales. Además, el uso de la cerámica permitió a los jomon cocinar y almacenar alimentos, lo que facilitó la vida sedentaria.
El período Jomon suele dividirse en tres grandes fases:
· Fase de emergencia del sedentarismo (13.000–5.000 a.C.): Se caracterizó por el surgimiento de los primeros asentamientos estables y la aparición de la cerámica. Se comenzaron a construir viviendas-foso (pit-dwelling), es decir, viviendas con plantas excavadas en tierra, y apareció la práctica de enterrar a los muertos que sentó las bases del culto a los antepasados.
· Fase de desarrollo del sedentarismo (5.000–2.000 a.C.): se observó la introducción de almacenes y vertederos, así como la construcción de asentamientos en colinas cercanas a cursos de agua. Se crearon espacios rituales y ceremoniales y aparecieron los concheros, montículos de conchas y huesos de animales, que tenían funciones tanto rituales como prácticas.
· Fase de madurez del sedentarismo (2.000–400 a.C. – inicio del período Yayoi): los asentamientos se dispersaron, y varias comunidades compartieron sitios rituales y funerarios. Se desarrollaron cementerios rodeados de terraplenes circulares (círculos de piedra), lo que indica una organización social cada vez más compleja y ritualizada. También destaca la presencia de figurillas de arcilla estéticamente atractivas y otros bienes funerarios.
En el norte de Japón es donde más asentamientos jomon se han encontrado, sobre todo alrededor del estrecho de Tsugaru, que une las islas de Honshu y Hokkaido. Hay un total de 17 sitios arqueológicos relacionados con la cultura jomon (ocho en la prefectura de Aomori, seis en Hokkaido, dos en la prefectura de Akita y uno en la prefectura de Iwate), siendo Sannai Maruyama el más grande, importante y conocido. También es el más accesible ya que se encuentra a las afueras de Aomori, cerca de la parada de shinkansen de Shin-Aomori. Nosotros también visitamos dos sitios arqueológicos (Tagoyano y Kamegaoka) y el pequeño Museo Arqueológico Kizukuri Kamegaoka en Tsugaru, no obstante, pese al interés histórico, éstos no están preparados para ser visitados. Los sitios arqueológicos actualmente se encuentran cubiertos de tierra por motivos de conservación y solamente se puede ver el lugar (campo), mientras que la mayoría de los objetos encontrados aquí se exponen en el Museo Nacional de Tokio.
El sitio arqueológico Tagoyano en Tsugaru data de la fase de desarrollo del sedentarismo (4.000-2.000 a.C.) y se compone por viviendas-foso, tumbas, montículos de conchas, almacenes y otros elementos. Entre los objetos encontrados en los concheros destacan objetos hechos de hueso de ballena y delfín, o brazaletes hechos de conchas de berberechos.
El sitio funerario de Kamegaoka (1000-400 a. C.) es un gran cementerio del cual se han extraído numerosos objetos, incluyendo vasijas y cestas de bambú lacadas y numerosas figurillas de arcilla. De estas, destaca una, conocida como “figurilla de ojos saltones” (designada como importante patrimonio cultural), y cuya importancia reside en el hecho que muestra a una persona con gafas como las que llevaban los inuits (habitantes de Groenlandia, norte de Canadá y partes de Rusia). Cabe destacar que, igual que en el caso de Tagoyano, no hay prácticamente nada que se pueda ver, más allá del campo donde se encuentran las tumbas (cubiertas de tierra) y de donde se extrajeron todos estos objetos. En el centro de visitantes hay varias personas mayores que ofrecen un tour gratuito por el campo explicando la importancia del lugar, sin embargo, ninguna de ellas habla inglés. El abuelo que nos hizo de guía solamente disponía de un papel con unas pocas frases en inglés. En cuando a la figurilla de ojos saltones, hay una copia en el museo de Tsugaru, sin embargo, la figurilla original se encuentra en el Museo Nacional de Tokio. Nosotros nos tuvimos que contentar con ver la copia de Tsugaru, ya que la original no estaba en exposición el día que visitamos el museo de Tokio.
En cuanto a Sannai Maruyama, fue habitado desde el año 3900 a.C. (Jomon Temprano) hasta el año 2200 a.C. (Jomon Medio). Su excavación se inició en el año 1992 y se sigue excavando e investigado hoy en día. Se abrió al público en 1995. Tiene una superficie de 36 hectáreas y se han confirmado los restos de más 600 viviendas-foso que datan de diferentes épocas. La mayoría tiene un diámetro de unos 4 metros, por lo que se cree que albergaban a unidades unifamiliares. Lo más probable es que en este asentamiento vivieran unas 500 personas simultáneamente.
Además de las viviendas familiares, se han encontrado vestigios de grandes estructuras comunales de más de 10 metros de longitud, posiblemente usadas como lugares de trabajo conjunto o asambleas. Se han excavado también los restos de una estructura sostenida por seis pilares que se alzan en agujeros enormes de unos 2 metros de diámetro a una profundidad de 2 metros y a intervalos de 4,2 metros. Para proteger la madera de la pudrición, los jomon empleaban técnicas como el quemado de los pilares antes de enterrarlos, lo que ha permitido la conservación de éstos hasta nuestros días. Pese a que las estructuras son reconstruidas, éstas ofrecen una idea de cómo era la vida en el Japón prehistórico.
Otras edificaciones sostenidas por pilares cercanas al cementerio pudieron haber sido usadas con fines rituales o ceremoniales. Los adultos eran enterrados en fosas excavadas en el suelo, mientras que los niños eran depositados en tinajas a las que se les quitaba el fondo. Se han descubierto alrededor de 500 tumbas de adultos y más de 800 de niños.
Además del sitio arqueológico, también se puede visitar el museo que reúne en diferentes salas grandes cantidades de vasijas y herramientas de piedra, así como más de 2.000 figurillas de arcilla, instrumentos rituales, huesos de diversos animales y peces, frutos secos y otros objetos, provenientes tanto de Sannai-Maruyama como de otros sitios arqueológicos jomon. En 2003 los artefactos excavados fueron designados como Bienes Culturales Naciones Importantes de Japón y en 2021 los sitios arqueológicos jomon de Hokkaido y norte de Tohoku se registraron como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.
Por otro lado, la cultura yayoi se sitúa cronológicamente entre aproximadamente el año 300 a.C. y el 300 d.C, justo después del período Jomon y antes del período Kofun. Los yayoi llegaron al archipiélago japonés desde la península de Corea, se asentaron en el sur de Kyushu y fueron desplazando a la población de cazadores-recolectores jomon ya asentada. Se distinguen por la introducción de la agricultura arrocera en campos inundados, un cambio revolucionario que incluyó el desarrollo de sofisticadas técnicas agrícolas y sistemas de irrigación, y que transformó la economía, la organización social (sociedad matriarcal y matrilineal jerarquizada) y el paisaje del archipiélago japonés. Se comenzaron a construir viviendas rectangulares semienterradas, rodeadas en ocasiones por empalizadas, para proteger a la comunidad. Además, los yayoi fabricaron herramientas y armas de bronce y hierro, lo que evidenció un fuerte avance tecnológico respecto a los jomon. A finales del período Yayoi se observaron los primeros indicios de sintoísmo.
En cuanto a las prácticas funerarias, los entierros yayoi mostraban claras diferencias sociales: se encontraron desde entierros sencillos en fosas hasta tumbas más elaboradas con ajuares funerarios y ofrendas, como cuentas de vidrio y objetos de bronce. También destacaban por la cerámica de forma simple y funcional, diferente a la cerámica decorada jomon, pero perfectamente adaptada a las necesidades cotidianas de una sociedad agrícola.
El principal sitio arqueológico del período Yayoi es el Parque Histórico de Yoshinogari en Kyushu, donde se conservan viviendas, almacenes y cercas. No obstante, en Tohoku también se ha reconstruido un pequeño poblado yayoi a las afueras de Akita. Se trata del sitio arqueológico Jizouden excavado en 1985 y declarado Sitio Histórico Nacional en 1996 debido a su valor histórico. El pueblo yayoi rodeado por empalizadas de madera data de hace aproximadamente 2200 años y está formado por cuatro viviendas, tres situadas dentro de la empalizada y una fuera, construidas al estilo kabe tachi shiki (de tipo muro). Había cinco puertas, una de ellas usada como la entrada principal y otra conducía al cementerio.
Se encontraron 25 tumbas de niños en tinajas de barro y 51 tumbas de adultos, así como ajuares funerarios. Algunos de los objetos encontrados aquí se exponen en el pequeño museo de Jizouden, aunque la mayoría se encuentran en el Museo Nacional de Tokio. Actualmente, el lugar se utiliza con fines divulgativos y se realizan diferentes actividades, sin embargo, todas ellas son en japonés.
Desde un punto de vista físico, los jomon y los yayoi presentaban claras diferencias, tanto en la estatura, siendo los yayoi más altos que los jomon, como en la forma y tamaño del cuerpo y los rasgos faciales. Durante el período Kofun, la mayoría de los esqueletos excavados en Japón correspondían al tipo yayoi, con algunos individuos que presentaban mezcla jomon. Desde un punto de vista genético, toda la población japonesa moderna desciende de los yayoi. La única excepción son los ainus (Hokkaido) y los ryukyuanos (Okinawa) que están emparentados genéticamente entre sí, pese a encontrarse en los dos extremos opuestos del archipiélago japonés, por ser los únicos descendientes de los jomon.