Shogatsu o celebración de Año Nuevo: Nichinan, Aoshima y Miyazaki

La celebración de Año Nuevo en Japón se conoce como shogatsu y reúne una serie de rituales que se llevan a cabo durante los primeros días del año. Uno de los más conocido es hatsumode, que consiste en la primera visita a un santuario realizada entre los días 1 y 4 de enero. Estos días son festivos para que las familias se puedan reunir y acudir a los santuarios para pedir salud, trabajo o buena fortuna. A pesar de las larguísimas colas que se forman, el ambiente es festivo: puestos de comida, muchos amuletos que comprar y predicciones (omikuji) que consultar. Los deseos se piden frente al edificio principal, tras lanzar una moneda en la caja de ofrendas (saisenbako), realizar una reverencia, dar dos palmadas y volver a hacer una reverencia. También es costumbre rellenar tablillas ema con deseos.

Entre los amuletos más comunes destacan los omamori, que se pueden comprar durante todo el año, y la hamaya, una flecha simbólica de protección contra la mala suerte y los malos espíritus, que únicamente se vende en estas fechas. Además, se suelen devolver los amuletos del año anterior para cerrar un ciclo y empezar uno nuevo con energías renovadas. Los amuletos antiguos se queman en el ritual dondo-yaki durante las dos primeras semanas de enero ya que de esta manera los buenos deseos llegan al cielo. También se cree que, si el humo asciende de manera firme y recta, el nuevo año traerá buena fortuna. Con este acto se concluye el shogatsu.

Siguiendo la tradición japonesa, dedicamos los dos primeros días a visitar santuarios. Empezamos en Nichinan (donde habíamos despedido el año) visitando los santuarios Gion y Udo-Jingu, y seguimos hacía Aoshima y Miyazaki para visitar también sendos santuarios. Gion Shrine es un pequeño santuario enclavado en una cueva natural cerca de la playa de Umegahama. Fue fundado en 1924 y es afiliado al Santuario Yasaka de Kioto. Consagra a Susanoo-no-Mikoto, dios de las tormentas y el mar.

Udo-Jingu es uno de los santuarios principales de Kyushu y también está dentro una cueva en un acantilado frente al océano Pacífico. Data de 1711 y está dedicado a Ugayafukiaezu, bisnieto de Amaterasu y padre de Jinmu, uno de los emperadores fundadores de Japón, consagrado en el Santuario de Miyazaki. Se cree que beber el agua de las paredes de la cueva concede fertilidad y ayuda a producir leche tras el parto.

Una actividad que se puede realizar en este santuario es lanzar undama, unas pequeñas bolas hechas de arcilla, dentro de una cuerda colocada sobre una roca que recibe el nombre de Kameishi o roca de la tortuga. Los hombres las deben lanzar con la mano izquierda mientras que las mujeres con la derecha. Si la bola alcanza la pequeña piscina situada dentro de la cuerda, el deseo se cumplirá. Esto nos recordó a la garganta de Geibikei en Hiraizumi donde lanzamos piedras similares en la apertura de la montaña.

El Santuario de Miyazaki (Miyazaki-Jingu) es el santuario más importante y antiguo de la ciudad, ya que se cree que fue fundado hace 2600 años. Consagra al emperador Jinmu y es conocido por ofrecer felicidad en el matrimonio y protección durante el embarazo y el parto. Aquí aprovechamos para leer nuestras predicciones para este año. En nuestro caso, las predicciones fueron positivas, pero si no lo fueran, éstas se atan en un soporte en el santuario para dejar atrás el mal augurio.

En un lateral del parque se encuentra Gojo Inari Shrine, un pequeño santuario al que se accede por un caminito de torii rojos.

El Santuario de Aoshima (Aoshima Shrine) está situado en la pequeña isla homónima con una circunferencia de tan solo 1,5 km a la que se accede a través de un puente. Está rodeada por una superficie rocosa denominada Tabla de Lavar del Diablo fruto de la erosión geológica, a la que se le atribuyen poderes místicos. El santuario es conocido por ofrecer bendiciones para el matrimonio y, por ello, es común que las parejas dejen tablillas de madera ema con sus deseos.

En ese santuario también se puede realizar una actividad llamada “lanzar el cuenco celestial”, que consiste en arrojar un cuenco sin esmaltar conocido como kawarake. Este ritual se lleva a cabo en Kitamiya, un lugar considerado sagrado desde el período Yayoi porque allí se encontraron fragmentos de cerámica rota de esa época. El procedimiento es sencillo: primero se hacen dos reverencias, se pide un deseo y luego se lanza el cuenco hacia Ikawuni, el punto central marcado por una cuerda. Si el cuenco cae dentro y se rompe, se cree que el deseo se cumplirá.

Visitar estos santuarios nos permitió adentrarnos en la tradición y espiritualidad japonesa: cada rincón, cada ceremonia y cada deseo nos recordó la importancia de conectar con lo sagrado y la naturaleza. Nos llevamos no solo recuerdos imborrables y amuletos de la suerte, sino también la sensación de haber formado parte, aunque sea por un instante, de una cultura fascinante y profunda.

Omisoka o la despedida del año en Obi (Nichinan)

Despedimos el año 2025 en Obi, un antiguo pueblo samurai que actualmente pertenece a la ciudad de Nichinan (prefectura de Miyazaki). Su historia se remonta al período Nanbokucho (1336-1392) cuando el clan Tsuchimochi fundó un castillo en este lugar. Adquirió importancia cuando el clan Shimazu fortificó el recinto para poder defenderse del clan Ito, quién salió vencedor en 1567. En 1572 el clan Shimazu recuperó el territorio y lo mantuvo hasta 1587 cuando el clan Ito, aliado de Toyotomi Hideyoshi, lo recuperó como recompensa por su lealtad. Y desde entonces, su historia fue ligada al clan Ito hasta la restauración Meiji (1868-1912). La ciudadela de Obi contaba por ese entonces con una extensión de terreno de 51.000 koku, casi nada si lo comparamos con el dominio de Sendai o el dominio de Satsuma. Kokudaka se refiere al sistema de medir la riqueza de un territorio teniendo en cuenta su producción de arroz utilizado durante el período Edo (1603-1868). Por ende, un koku equivaldría a un peso de 150 kg de arroz (o un volumen de 180 litros).

El castillo de Obi forma parte de los 100 castillos notables de Japón, junto a otros que visitamos durante nuestros viajes: castillo de Hirosaki, castillo de Morioka, castillo de Sendai, castillo Kubota en Akita, castillo de Yamagata, castillo de Kumamoto, castillo Nijo en Kyoto, o el castillo de Osaka. Actualmente se pueden visitar la puerta Otemon reconstruida en 1978, el Museo Histórico donde se exhiben armaduras y armas samurái, Matsuo-no-Maru, una réplica de la residencia de la mujer del daimio del clan Ito, o la residencia Yoshokan, construida en 1869 y famosa por su jardín japonés. Sin embargo, entre 28 y 31 de diciembre todos estos edificios permanecen cerrados. Lo que sí se pueden visitar son el parque del castillo con sus muros de piedra cubiertos de musgo, el foso y la ciudad samurái que creció alrededor y que aún se conserva. A menudo nombrada como la Kioto de Kuyshu, pasear por sus calles es como retroceder en el tiempo al período Edo. En 1977 se designó como uno de los Distritos de Preservación de Conjuntos de Edificios Históricos.

La celebración de Año Nuevo en Japón no tiene nada que ver con lo que se vive en España o en Europa. El año no se despide con fiestas ni fuegos artificiales, sino con una serie de ceremonias y rituales cargados de simbolismo. Un ejemplo de estos símbolos son los adornos kadomatsu (pino y bambú) y shimekazari (cuerdas de arroz) o las ofrendas kagamimochi (mochi redondos). Kadomatsu es un adorno formado por tres elementos: cañas de bambú, ramas de pino y ramas de ciruelo que representan la fortaleza, la longevidad y la prosperidad. Van en pares, colocados a la entrada para dar la bienvenida a los dioses (kami). Estos se colocan entre el 26 y el 28 de diciembre y se retiran el 7 de enero. De manera similar, shimekazari es un adorno que cuelga sobre la puerta de la entrada y cuya finalidad es proteger contra la mala suerte y preparar el hogar para recibir al dios del año nuevo, Toshigami. Este adorno está hecho de cuerda de paja de arroz (shimenawa), origami y cítricos. Por otro lado, kagamimochi consta de dos pasteles de arroz apilados uno encima de otro coronados con una naranja daidai y que es una ofrenda común en estas fechas en los santuarios. También es costumbre tener un kagamimochi (símbolo de la continuidad familiar y la buena fortuna) en el altar sintoísta dentro de casa. El día 11 de enero se celebra kagami biraki o la ceremonia de romper el mochi. Estos mochis no se pueden cortar con el cuchillo (mal augurio) sino que se rompen con las manos o con un pequeño mazo y los trozos se cocinan en sopa (ozoni).

Japón celebra omisoka, la despedida del año, el 31 de diciembre desde que adoptó el calendario gregoriano en 1873. Durante esta noche es común cenar toshikoshi soba (fideos de año nuevo) y visitar los templos para escuchar las 108 campanadas (Joya no Kane). Según la tradición budista, 108 son los deseos, preocupaciones o tentaciones que el ser humano puede tener (que nos recordaron a las 108 postraciones que hicimos en el templo budista de Corea del Sur). Al hacer sonar la campana 108 veces, se limpian los pecados del año previo para poder empezar el nuevo año con el alma purificada y la mente en calma. Le siguen hatsuhinode, el primer amanecer del año y hatsumode, la primera visita a los santuarios del año, que nosotros también cumplimos. Sin embargo, en Japón hay muchas más costumbres relacionadas con el Año Nuevo como kakizome o el primer escrito del año (2 de enero) que consiste en escribir el propósito o el deseo para el nuevo año; asaburo o el primer baño del año (2 de enero) generalmente en aguas termales; o hatsuyume o el primer sueño del año (la noche del 1 al 2 de enero) que indica cómo irá el próximo año. Según el simbolismo tradicional, los tres sueños más auspiciosos (ichi Fuji, ni Taka, san Nasubi) son: estar en la cima del monte Fuji, que representa alcanzar elevados logros; soñar con halcones (Taka), símbolo de éxito en la consecución de objetivos; y soñar con berenjenas (Nasubi), asociado a alcanzar el éxito debido a su similitud fonética.  

Pasar la nochevieja en Obi fue una experiencia única, ya que a diferencia de España y otros países, en Japón el año se despide con calma y espiritualidad. Aquí sentimos la magia de empezar un nuevo ciclo rodeados de simbolos y buenos deseos y ahora Obi tiene un lugar en nuestro corazón. Y allí, lejos de casa, nuestro mayor deseo fue poder descubrir nuevos destinos que nos llenen el alma de experiencias auténticas, permitiéndonos aprender de culturas distintas y ampliar nuestra visión del mundo. Que cada viaje nos acerque a personas especiales, nos regale momentos de paz y nos inspire a seguir explorando con curiosidad y respeto. ¡Ojalá podamos seguir sumando recuerdos inolvidables por el camino y disfrutar de la magia de cada nuevo lugar!

Sokushinbutsu o automomificación: Sakata y Tsuruoka

A diferencia del proceso de momificación, en cual el cuerpo se conserva bien por las condiciones climáticas, como las momias de Astana que vimos el año pasado en nuestra ruta de la seda, o bien por acción humana, como las momias de Egipto o las momias de los Fujiwara conservadas en el templo dorado de Chuson-ji en Hiraizumi, la automomificación es una práctica budista ascética que consiste en reducir y suspender progresivamente la ingesta de alimentos y agua, mientras se permanece en estado de meditación. La práctica de la automomificación era común en el Tíbet y en Asia Oriental y en China estaba ligada al budismo Chan. La momia del monje Huineng (638-713) que se encuentra en el Monasterio de Nanhua en Shaoguan (China) es una de las más antiguas y se cree que éste logró automomificarse mediante la práctica Phowa o “muerte consciente”, descrita en los Seis Yogas de Naropa.

El ascetismo fue introducido en Japón desde la China de la dinastía Tang (618-907) por el monje Kukai (Kobo Daishi; 774-835), reconocido por ser el creador de los silabarios japoneses kana y fundador de la escuela budista Shingon. Esta escuela, también conocida como «escuela de la palabra verdadera», se caracteriza por su énfasis en alcanzar la iluminación individual y el conocimiento universal mediante la ejecución de rituales, el uso de mandalas y mantras y la práctica de la meditación (templo budista Shingon:  Seiryu-ji de Aomori). A su vez, el budismo Shingon constituyó una base doctrinal fundamental para el Shugendo, una práctica espiritual y mística sincrética enfocada en el ascetismo, que integra elementos del sintoísmo, del budismo y del taoísmo. Los yamabushi, practicantes del Shugendo, buscan la iluminación mediante disciplinas ascéticas en las montañas.

Hacía el final de su vida, Kukai se retiró en el monte Koya y suspendió la ingesta de alimentos, dedicando su tiempo exclusivamente a la meditación. Falleció a los 62 años, aunque sus seguidores consideran que no está muerto, sino que aún permanece en un estado meditativo profundo y se encarga de conducir almas al nirvana. A mediados del período Heian (794-1185), monjes de las prefecturas de Yamagata y Niigata decidieron emular a Kukai y llevar a cabo la automomificación o sokushinbutsu (literalmente Buda en vida). Todos aquellos que buscaron la automomificación recibieron el sufijo Kai, que es el último carácter del nombre de Kukai, a través del ritual conocido como “ceremonia del nombre kai”. Solo al recibir el sufijo kai, los ascetas podían iniciar el proceso de automomificación.

Estos monjes creían que el autosacrificio era un acto de salvación para los demás, sobre todo en períodos de epidemias o hambrunas. Según esta creencia, el sufrimiento previo a la muerte otorga acceso al Cielo Tusita, donde se puede residir antes de la próxima reencarnación y, desde allí, los monjes pueden ayudar y proteger a quienes aún viven en la tierra. No obstante, este poder solo persiste mientras éstos permanezcan conectados al mundo terrenal, por lo que es necesario conservar el cuerpo. El proceso de automomificación podía durar entre 8 y 10 años, e implicaba una dieta estricta llamada mokujikigyo (literalmente: comer árbol) en la cual solamente se podían ingerir frutos secos, hongos, brotes de bambú y cortezas con la finalidad de disminuir la masa muscular. También tomaban un té llamado urushi, cuyo ingrediente principal era el árbol de laca (Toxicodendron vernicifluum), cuya savia es toxica (rica en urushiol), para que el cuerpo sea menos atractivo para los insectos y no se pudra, y agua con sal para deshidratar la piel y los órganos internos. Los yamabushi que practicaron la automomificación en las montañas sagradas de Dewa Sanzan (Haguro, Gassan y Yudono) tuvieron mayor éxito por beber agua del manantial sagrado del monte Yudono que contiene altísimos niveles de arsénico.

En cuanto los monjes sentían que se acercaba su fin, se colocaban en la posición del loto dentro de una caja de madera, de la cual salía una caña de bambú que les permitía respirar, y ésta se enterraba en un hoyo a unos 3 m de profundidad y se cubría de carbón para absorber la humedad. Una vez enterrados, entraban en estado de medicación nyujo, recitando mantras, y tocaban cada tanto una campana para indicar que aún seguían vivos. En cuanto la campana dejaba de sonar, se retiraba la caña y se sellaba la tumba, dejando el cuerpo cerrado unos 1000 días más. Pasado este tiempo, se abría la tumba y se verificaba si el cuerpo se había momificado con éxito. De ser así, se le colocaba en un templo y se le consideraba Buda, mientras que, si el cuerpo presentaba señales de pudrición, éste se enterraba con honores especiales.

La práctica de la automomificación se prohibió durante la restauración Meiji (1868-1912) y hasta la fecha se han descubierto 16 sokushinbutsu que se automomificaron entre 1081 y 1903. Diez de ellos practicaron el ascetismo en el monte Yudono. Todas estas momias huesudas, de piel ennegrecida y ojos hundidos, se pueden visitar, a excepción de una que se encuentra en una colección privada. En 1960 se decidió cubrir las momias con resina para mejorar su conservación y guardarlas en vitrinas protectoras. Las vestimentas que cubren sus cuerpos se cambian cada 12 años (en el año del buey), con excepción de Shinnyokai del templo Dainichibo Ryusui-ji cuya vestimenta se cambia cada 6, en los años del buey y de la oveja. Esta ropa se corta en trozos, se guarda dentro de bolsitas de seda (omamori) y se vende como amuleto. En la prefectura de Yamagata se pueden visitar 6 momias, dos se encuentran en Kaiko-ji en Sakata, una en Nangaku-ji en Tsuruoka, y tres en sendos templos de Dewa Sanzan: Dainichibo Ryusui-ji, Churen-ji y Honmyo-ji (que solo se puede visitar con reserva). Por nuestra experiencia recomendaríamos la vista a tres de estos templos: Kaiko-ji, Churen-ji y Dainichibo Ryusui-ji. Sin embargo, antes de emprender el viaje para ver las momias de Yamagata hay que tener en cuenta que éstas se consideran Buda y no se exponen como si fueran una atracción turística. Solamente se abren a los devotos que quieran rezar y pedirle favores al Buda. Por esta razón, está prohibido fotografiar las momias o el interior de los templos.

Kaiko-ji en Sakata

Este templo pertenece a la rama Chizan-ha del budismo Shingon y se dice que fue fundado por Kukai. Este es el único templo en el que se exponen dos sokushinbutsu: Chukai y Enmyokai. Ambos practicaron el ascetismo en el monte Yudono aunque poco se sabe de sus vidas. Chukai, nació en una familia de samuráis en Tsuruoka y fue el primer sacerdote del templo. Murió en 1755 a la edad de 58 años. Por otro lado, Enmyokai nació en una familia de campesinos en la aldea de Shonai y fue el noveno sacerdote del templo. Murió en 1822 a la edad de 55 años. Las momias están expuestas en una pequeña sala en el edificio lateral al templo. Para acceder hay que tocar el timbre y un monje viene a abrir la puerta. Éste solamente hablaba japonés, pero tenía preparadas unas hojas con información en inglés. La entrada al recinto es de pago.

Churen-ji en Dewa Sanzan

Este templo, situado en los alrededores del monte Yudono, pertenece al budismo Shingon y fue construido en 825. Su construcción también se atribuye a Kukai. Aquí se encuentra la momia de Tetsumonkai, el monje del que más información se tiene. Hijo de un barquero de la aldea de Daihoji, nació en 1759 en Tsuruoka y murió en 1830 a los 71 años. Entró como monje en este templo a la edad de 21 años después de matar dos samuráis y desde entonces dedicó su vida a ayudar a los demás. Vale la pena visitar este templo no solo por la momia sino también por la belleza de las pinturas en sus techos y las vistas a la montaña sagrada. Solamente es accesible en coche o a pie desde el templo Dainichibo (30 min). Cuando nosotros llegamos estaba cerrado, sin embargo, el monje que lo custodia nos escuchó y vino a abrirnos. Tras pagar la entrada, el monje nos enseñó el templo y después nos dio tiempo para rezar al Buda antes de volver a cerrar.

Dainichibo Ryusui-ji en Dewa Sanzan

Fue fundado en 807 por Kukai, de hecho, dicen que éste fue el primer templo que Kukai fundó tras regresar de China. En aquellos tiempos, el acceso al santuario del monte Yudono estaba prohibido para las mujeres, pero Kukai decidió permitirles la entrada a este templo, por lo que pasó a considerarse “el Yudono de las mujeres”. El monje momificado que se custodia en este templo es Shinnyokai-Shounin, que nació en Ashahi (actual Tsuruoka) en una familia de agricultores y que a los 20 años decidió convertirse en sokushinbutsu. Practicó durante toda su vida un ascetismo extremo hasta que finalmente falleció en 1783 a la edad de 96 años. Este es el templo más conocido y visitado de los tres y es accesible tanto en coche como en autobús desde Tsuruoka. Cuando nosotros llegamos justamente salía un grupo de visitantes. Un monje nos recibió y, tras cobrarnos la entrada, nos pidió que nos colocáramos de rodillas delante del altar. Al principio no sabíamos qué era lo que pasaba, ya que el monje solamente hablaba japonés, pero después vimos que en realidad nos pedía que rezáramos juntos y fue una experiencia extraordinaria. Después nos acompañó para rezar al sokushinbutsu que se encuentra en una sala lateral.

En definitiva, la visita a estos templos no solo permite acercarse a una de las tradiciones más enigmáticas y desconocidas del budismo japonés, sino también comprender el sacrificio y la determinación de aquellos monjes que buscaron la iluminación a través de la automomificación. Más allá del misterio que rodea a las momias, estos lugares invitan a la reflexión sobre el sentido de la entrega, la fe y el legado espiritual que aún pervive en las montañas de Yamagata. Sin duda, una experiencia que deja huella y nos conecta con una parte profunda y fascinante de la historia de Japón.

Las geishas de Sakata, guardianas del arte y la tradición japonesa

Las geishas son consideradas un símbolo de elegancia y su rostro de porcelana y su cuello elegantemente descubierto siguen siendo uno de los iconos más reconocidos de Japón. En sus orígenes, y durante gran parte del período Edo (1603-1868), las geishas eran profesionales del entretenimiento y eran principalmente hombres, conocidos como taikomocho o hokan. Aproximadamente a partir del año 1800, este oficio fue asumido mayoritariamente por mujeres y, para distinguirlas de sus predecesores masculinos, se utilizaba el término onna geisha (geisha mujer), aunque más tarde, con la ausencia de hombres en la profesión, se les llamó simplemente geisha. Pese a lo que erróneamente se cree, las geishas no eran cortesanas y muchas veces se las confunde con las oiran, que, si bien su apariencia era muy parecida a la de las geishas, tanto en el maquillaje blanco como en la vestimenta, éstas sí ofrecían servicios sexuales. Las oiran fueron las cortesanas de mayor rango durante el período Edo y destacaban por la belleza, la inteligencia y el dominio de las artes tradicionales, como la poesía, la música y la ceremonia del té. Éstas residían en barrios del placer llamados yukaku y su estatus social era tan elevado que solamente los clientes más adinerados y poderosos podían aspirar a su compañía mediante un complejo proceso de presentaciones y rituales.

Colección de muñecas Hina

Volviendo a lo que nos ocupa, las aprendices reciben el nombre de maiko, y, a diferencia de las geishas, éstas suelen ser más jóvenes y suelen llevar kimonos más coloridos, con mangas más largas, peinados elaborados con adornos florales y un maquillaje blanco más llamativo. Por su parte, las geishas, que son artistas plenamente formadas y que han perfeccionado sus habilidades tras años de aprendizaje y experiencia, lucen de una manera más sobria y elegante, con un maquillaje y el vestuario más discretos y sofisticados. También hay diferencias entre las geishas, habiendo geishas tachikata y geishas jikata. Mientras que las primeras bailan la danza tradicional mai junto con las maiko, las segundas se dedican a cantar o a tocar instrumentos, como el shamisen (guitara japonesa). Otra diferencia es que las geishas tachikata aún llevan peluca y usan maquillaje blanco, mientas que las geishas jikata no, ya que normalmente éstas son geishas más mayores.

Maiko, geisha tachikata y geisha jikata.

La ciudad de Kioto es considerada la cuna y el principal referente de la tradición de las geishas. Desde allí, se expandió a otras ciudades como Sakata, ciudad portuaria de la prefectura de Yamagata, donde también arraigó profundamente gracias a los intercambios comerciales y culturales con Kioto. Sakata nació y prosperó durante el período Edo gracias a su posición estratégica como punto clave en la ruta comercial del arroz, conocida como el “camino del arroz”. Las rutas marítimas, conocidas como kitamae-bune (barcos con destino al norte) facilitaron la conexión comercial entre Osaka y Kioto, por un lado, y Tohoku y Hokaido, por otro, compensando la ausencia de infraestructuras terrestres para el intercambio de mercancías. Gracias a estos intercambios, muchos mercaderes llegaron a amasar grandes fortunas, y Sakata, hogar de una de las familias más ricas de Japón, se convirtió en un importante centro económico y cultural, atrayendo a comerciantes, artistas y, especialmente, a geishas, que encontraron en la ciudad un entorno propicio para el desarrollo de su arte.

Uno de los comerciantes más exitosos fue Mitsuoka Homma, considerado un héroe por sus inversiones en mejorar la ciudad. Plantó árboles para proteger la costa y los campos de arroz de los fuertes vientos y tormentas que los azotaban, y hasta donó sus reservas de arroz durante una hambruna que afectó Japón. Promovió las artes, trayendo a la ciudad artistas y artesanos, y su familia llegó a ser la más acaudalada y la mayor terrateniente de todo el país. Para conocer más sobre su historia se pueden visitar la Residencia Histórica Homma y el Museo Homma. La residencia fue construida en 1768 por Mitsuoka Homma y combina el estilo arquitectónico de la clase samurái con el interior de estilo de la clase de los mercaderes. Por otro lado, el museo de arte fue construido en 1968 a los pies de la casa de descanso de la familia Homma. Tanto la casa como el jardín fueron construidos por Kodo Homma, hijo de Mitsuoka, como residencia para el daimio Sakai Tadakata durante sus visitas de inspección. El jardín recibió el nombre de Kakubuen o jardín de la grulla danzante, después de que éste viera una grulla en el lago.

Kakubuen

La inversión de familia Homma en la promoción de la cultura y las artes contribuyó a que Sakata se consolidara como un enclave cultural comparable a Kioto en cuanto a lujo y sofisticación, lo que favoreció la aparición de casas de té y restaurantes. El barrio de las geishas (hanamachi), surgió como todos, alrededor de una calle llamada monzen-machi, cerca de los templos y santuarios importantes para dar servicio a los fieles que iban y venían. Entre los templos de Sakata destacan Jofuku-ji, Kaiko-ji y Jichi-in. La entrada al templo Jofuku-ji está marcada por la gran puerta Karamon, declarada Bien de Interés Cultural, donada por Mitsuoka Homma en el año 1800. Por otro lado, en el templo Kaiko-ji se pueden ver dos Budas vivientes o sokushinbutsu. Mientras que el templo Jichi-in es conocido por el Gran Buda de Sakata, una escultura de 17 m que representa a un Buda erguido, no sentado como el Buda que vimos en Aomori. Esta escultura está escondida en el patio del jardín de infantes situado delante del templo, por lo que los niños al vernos empezaron a saludarnos con el grito de gaijin (extranjero).

En actualidad, la única casa de geishas de Sakata es Somaro, cuya historia se remonta al período Edo cuando recibía el nombre de Somaya. En aquel entonces, Somaya era un restaurante reconocido por su fina gastronomía y sus 150 maikos y geishas. Sin embargo, el restaurante fue destruido por un terremoto en 1895 y parte del edificio se reconstruyó posteriormente. Durante la Segunda Guerra Mundial entró en declive y en 1995 cerró sus puertas. El edificio actual es una restauración llevada a cabo para devolver la tradición de las geishas a Sakata y abrió de nuevo sus puertas en el año 2000, año en el que se abrió también a los turistas. Somaro es también una escuela para maikos en la que éstas aprenden bailes, canciones, y tocar el shamisen, además de la etiqueta y cómo comportarse con los clientes. Entre las asignaturas típicas también se incluyen las artes tradicionales como el arreglo florar ikebana, caligrafía, ceremonia del té, etc. Previa reserva (dos días de antelación mínimo) a través de la página web, los visitantes pueden disfrutar bien de comida kaiseki con baile de geisha y maiko a las 12:00 h o bien solamente bailes a las 14:00 h. Además de los bailes, se puede visitar también parte de la casa convertida en museo y donde se exponen fotografías de Takehisa Yumeji y una colección de muñecas Hina tradicionales japoneses.

Somaro

Nosotros nos decantamos por la opción de ver solamente los bailes a las 14:00 h. Para acceder al recinto piden quitarse los zapatos y entrar con calcetines, no se puede entrar con los pies descalzos. Nos llevaron a una gran sala ya preparada con sillas para poder disfrutar del espectáculo y tuvimos que esperar a que un chico taiwanés que también había reservado se presentara. Esperamos una media hora en la que fuimos hablando con el dueño ya que hablaba algo de inglés. Nos fue explicando un poco la historia de Somaro, hablamos sobre las geishas y nos explicó que en su juventud había visitado España. Como el chico taiwanés finalmente no se presentó, el espectáculo fue privado, ya que no había nadie más aparte de nosotros. El programa se compone por un vídeo de unos 15 min de duración, en inglés, en el que se explica la historia de Sakata y de Somaro y luego otros 15 min de actuación que incluye tres canciones: shonaiobako, que cuenta la historia de una pareja sin suerte en el amor, una canción estacional que cambia cada mes, y sakatajinku, que loa la época de grandeza de Sakata durante el período Edo. Los bailes los llevan a cabo una geisha tachikata y una maiko, mientras que una geisha jikata toca el shamisen. No se pueden hacer fotos ni videos durante la actuación, pero sí una vez finalizada.

Jardín interior de Somaro

Así pues, visitar Sakata es una oportunidad única para sumergirse en la historia y la tradición japonesa fuera de los circuitos turísticos habituales. La ciudad, aunque ha perdido parte de su antiguo esplendor, conserva rincones que evocan su pasado glorioso como centro cultural y comercial. Además, presenciar el arte de las geishas es asistir a un espectáculo donde el tiempo parece detenerse.

Los namahages de Oga, entre la leyenda y el temor

En la península de Oga, en la prefectura de Akita, perdura una tradición con raíces en el folclore y las leyendas japonesas, que se repite cada Año Nuevo. Se trata de un ritual en el cual los namahages, ogros que viven en las montañas, descienden para visitar las casas de la comunidad con el propósito de ahuyentar la pereza y los malos comportamientos, especialmente entre los más pequeños, pero también para traer salud a la familia y asegurar buenas cosechas. De hecho, etimológicamente la palabra namahage deriva de la forma regional de decir ampollas (namo) y pelar (hage) haciendo referencia a una erupción cutánea causada por la sobreexposición al fuego, enfermedad que padecen aquellos que se quedan rezagados alrededor del fuego sin hacer nada útil. En actualidad, esta tradición se considera de importancia nacional y desde 2018 es reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.

Esta tradición, como muchas otras, ha sufrido cambios a lo largo del tiempo. Aunque hoy en día el ritual se celebra en Nochevieja siguiendo el calendario gregoriano, antiguamente se celebraba en Koshogatsu (Pequeño Año Nuevo) que coincidía con la primera luna llena del año. Por esta razón, desde 1964, el segundo fin de semana de febrero (coincidiendo con el Pequeño Año Nuevo), se celebra el Festival Namahage Sedo en el Santuario Shinzan de Oga. Este evento combina una danza kagura propia de la zona (Yu-no-Mai), el ritual sintoísta Saitosai (procesión de bailes y tambores) que se celebra anualmente en el mismo santuario desde hace 900 años, y la tradición popular namahage, con quince namahages bajando de la montaña con antorchas y repartiendo mochis como símbolo de protección.

En cuanto al origen de los namahages, existen actualmente tres teorías y una leyenda. Acorde a la primera teoría, los namahages se inspiraron en los yamabushi o practicantes de shugendo que se desplazaban de casa en casa para rezar. Una segunda teoría, presenta a los namahages como mensajeros del kami (o dios sintoísta) de la montaña, una especie de toshigami, que bajaban para traer bendiciones para el nuevo año. Otra teoría, relaciona a los namahages con extranjeros de apariencia extraña que se habían instalado en Oga y que los aldeanos consideraban oni (criatura del folclore japonés parecida a un ogro o un demonio). Y finalmente, la leyenda más difundida cuenta que el origen de los namahages se encuentra en cinco murciélagos que siguieron al emperador Wu de Han (156-87 a.C.), emperador chino de la dinastía Han, hasta la península de Oga y una vez allí se transformaron en oni. Estos ogros se establecieron en las montañas de Hozan y Shinzan (las montañas más altas de la península) y se dedicaban a robar cosechas y mujeres jóvenes en las aldeas de Oga. Cansados de los ogros, los aldeanos los desafiaron a construir una escalera de piedra con 999 peldaños desde la orilla del mar hasta la cima del monte Shinzan en una sola noche, con la promesa de entregarles una joven cada año si lo consiguieran. De lo contrario, estos deberían abandonar Oga para siempre. Justo cuando los ogros estaban a punto de finalizar la tarea, un aldeano imitó el canto del gallo anunciado la llegada del amanecer, haciendo creer a los ogros que habían fracasado, pues la noche había acabado, abandonando así Oga para siempre.

Así pues, los namahages son ogros o seres demoníacos del folclore japonés representados por parejas o tríos de hombres con aterradoras máscaras de madera, ataviados con largos abrigos de paja (mino), y armados con cuchillos (deba, para raspar la piel quemada) y cubos de madera (teoke). En Nochevieja, éstos bajan de las montañas, recorren las calles y entran en las casas con la ayuda de un Sakidachi. El Sakidachi es la persona encargada de asegurarse que en las casas en las que van a entrar no haya ocurrido nada que pudiera impedir la visita como que haya nacido un bebé en el último año, estén de luto por la muerte de algún familiar o estén lidiando con una enfermedad grave. La entrada se lleva a cabo con gruñidos y fuertes gritos de “¿Hay algún llorón aquí?, ¿Hay niños traviesos aquí?, ¿Hay personas perezosas aquí?” con la finalidad de asustar a los perezosos y a los desobedientes.

El cabeza de familia da la bienvenida a los namahages con sake y algo de comer y hablan sobre cómo ha ido la cosecha, sobre la salud de la familia y sobre si todos los miembros de la familia trabajaron duro o estudiaron mucho. Los namahages prometen favorecer una buena cosecha para el año venidero a la vez que amenazan con enojarse si algún miembro de la familia es perezoso, desobediente o no trabaja con ahínco. Dado que los padres conocen a las personas que encarnan a los namahages, muchas veces ensayan lecciones específicas para sus hijos durante la visita, sirviendo así como una oportunidad para los jóvenes para reflexionar sobre sus acciones. El pretexto es que los namahages ven todo lo que sucede en la aldea desde la montaña y registran toda esta información en su libro secreto. En caso de necesidad, el cabeza de familia puede llamar a los namahages de vuelta aplaudiendo tres veces hacía la montaña, pero si no es necesario, éstos vuelven al año siguiente.

Esta tradición presenta variaciones según la aldea, y está emparentada con otras similares de Japón: Yamahage y Nagomehagi (prefectura de Akita), Amahage (prefectura de Yamagata), Amamehagi (prefectura de Ishikawa), Appossha (prefectura de Fukui), Suneja, Anmo, Nagomi y Nagomihakuri (prefectura de Iwate), Amaburakosagi (prefectura de Ehime), Toshidon (prefectura de Kagoshima), o Akamata-Kuromata (Okinawa). Durante siglos, la presencia de los namahages en Año Nuevo ha sido esencial en Oga y gracias al Festival Namahage Sedo, las nuevas generaciones pueden conocer y comprender esta tradición. Sin embargo, si no tenéis la oportunidad de vivirla en Nochevieja ni de asistir al festival, como nos ocurrió a nosotros, aún podéis sumergiros en esta tradición ancestral a través del Museo Namahage de Oga. En el mismo lugar se encuentra el Museo Namahage, que presenta la historia de los namahages a través de imágenes, audios, máscaras y trajes de la península de Oga, el Museo Folclórico Oga Shinzan en el que se realiza una representación teatral de la tradición de los namahages en Nochevieja cada media hora hasta la hora de cierre del museo, y el santuario Shinzan donde se celebra el Festival Namahage Sedo en febrero. Lo mejor es que abren todos los días del año. Lo peor es que todo está solamente en japonés, aunque para la representación teatral ofrecen tablets con el texto en inglés.

En resumidas cuentas, la historia de los namahages en Oga trasciende el folclore y se convierte en un lazo vivo entre pasado y presente, recordando a la comunidad la importancia de la reflexión, el respeto y la unidad.

Oda a la muerte en Tana Toraja II

Lxs toraja son un reducto de religión cristiana dentro del país con más musulmanes del mundo, y aunque sean cristianxs, conservan aún parte de sus creencias y prácticas ancestrales, como son las ligadas a la muerte. Si bien uno de los principales atractivos es tener el privilegio de asistir en algunos de los funerales que se celebran, la región cuenta también con otros puntos de interés como podrían ser los arrozales de Deri, las piedras megalíticas de Bori, los pueblos de Palawa y Ke’te Kesu, las cuevas funerales de Londa, las tumbas de los bebés de Kambira, las tumbas reales de Suaya o los tau tau de Lemo.

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Como éramos tres, decidimos recorrer la zona en coche con guía y la verdad es que no nos arrepentimos. Las carreteras son malísimas y el tráfico, semejante a una carrera de obstáculos. Además, gracias al guía aprendimos un montón sobre la cultura toraja. Para acceder a cualquier punto de interés hay que pagar una entrada, y por eso, en el momento de negociar el precio es importante definir claramente qué es lo que se incluye: coche con solo conductor, guía, gasolina, regalos para los funerales, las entradas, las comidas… Es posible contratar un/a guía una vez en Tana Toraja o con antelación, negociando el precio y el itinerario antes de llegar en el destino.

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Y, ¿qué se puede ver en Tana Toraja?

Tangkonan o casas típicas

Los pueblos típicos torajas más conocidos son Palawa o Ke’te Kesu, siendo este último declarado Patrimonio Mundial por UNESCO. Pero no hace falta ir hasta allí para ver tangkonan porque los hay diseminados por todo el territorio. De hecho nuestro guía paraba delante de las casas y entrábamos en sus patios para hacer fotos aunque la familia estuviera dentro, como si la propiedad privada no existiera. Hay que decir que las antiguas casas que aún se conservan por ser construidas por sus antepasados ya no están actualmente en uso puesto que estas construcciones solamente disponen de una estancia para toda la familia. Ahora enormes casas modernas comparten espacio con las tradicionales. Lo que sí aún están en boga son los alang o graneros, dado que estos determinan el poder adquisitivo de la familia.

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Los arrozales

Todo el territorio toraja está rodeado de campos de arroz que pueden llegar a dar hasta tres cosechas al año, dependiendo de la cantidad de agua disponible. Impresiona ver que todo el trabajo es manufacturado y que son las propias familias las que se encargan de todo el proceso: desde la preparación del campo, a la plantación, a la recogida, a la separación del grano y hasta su secado.

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Los arrozales de Deri son las terrazas de cultivo de arroz más grandes, aunque cuando nosotr@s fuimos el terreno estaba seco y no impresionaban tanto.

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Mercado de Rantepao

El mercado se celebra todos los días, pero se venden búfalos solamente los martes y los sábados. Los búfalos en venta son principalmente destinados al sacrificio en los funerales, pero también a las peleas o a trabajar la tierra. El búfalo más preciado es el que tiene una combinación perfecta de blanco y negro, y aún más si tiene los ojos azules. El precio va bajando a medida que el color blanco disminuye. Las hembras son las menos codiciadas ya que no tienen costumbre de consumir su leche y además solo se permite sacrificar una búfala el primer día de funeral.

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En el mismo mercado también se puede visitar la zona de venta de cerdos, también destinados a los sacrificios, pero también para el consumo familiar. Hay dos apartados: uno en el que se venden los cerdos de particulares, que van atados a palos de bambú, y otro para las empresas dedicadas a la cría donde los cerdos se encuentran reunidos en cuadras. La verdad, muy triste verlos así…

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Los gallos de pelea son otro atractivo de este mercado. Aunque las peleas de gallos sean ilegales en todo el país, aquí aún se practican. Para ello, muchas veces se eligen zonas alejadas donde la policía no puede llegar.

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De allí se accede a la zona de «restauración», a la de venta de pescado, carnes y frutas, y también a la de comercio de ropa y demás productos.

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Piedras megalíticas

Los megalitos solamente se construyen para los miembros de clase media-alta y clase alta que han sacrificado 24 búfalos en el funeral. Ésta es una costumbre que se lleva a cabo en todo el territorio toraja, aunque con ligeras diferencias entre el sur y el norte. En el norte solamente se alza un megalito alto, mientras que en el sur se erigen tres megalitos más pequeños que representan la vida (temporal), la muerte y la vida (permanente). El conjunto megalítico de Bori es el mayor de todos.

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Los Tau Tau

Los tau tau son figuras hechas normalmente de madera, aunque los hay también de piedra, que recrean los rasgos físicos del/la difuntx al/a la que representan. Para ello se utiliza la madera del árbol de la jaca (Jack tree) por ser muy resistente al paso del tiempo y por tener un color muy parecido al de su piel. Esta tradición se remonta al siglo XVI (y aún perdura) e, igual que en el caso de las piedras megalíticas, solamente se realizan para lxs  difuntxs que han tenido un sacrificio de 24 búfalos en el funeral. Dado que lxs toraja creen que los regalos hechos a los tau tau llegan a la otra vida, se les regala comida y agua, aunque ahora se les da también dinero y tabaco. Es por esta razón que tienen una mano extendida para recibir los regalos y la otra para dar las gracias. Los tau tau de Lemo son de los más conocidos.

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Las cuevas funerales de Londa

Lxs toraja tienen la costumbre de excavar sus tumbas en montañas o rocas para así volver a unirse con la naturaleza después de la muerte, aunque en el pasado las cuevas también eran un lugar de descanso eterno. Las cuevas funerales de Londa son una muestra excelente de estos cementerios tan peculiares. ¡Ojo! Tocar los cráneos es tabú.

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Las tumbas reales de Suaya

En esta montaña, en desuso actualmente, solamente están enterrados los miembros de clase alta animistas que no han profesado ninguna otra religión. Lxs que se han convertido a cristianismo o se han casado con miembros de otra religión están enterrados en el suelo.

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Tumbas de bebés de Kambira

Otra costumbre peculiar que ya se ha perdido es la de enterrar a lxs bebés que morían antes de que les saliesen los dientes en un árbol de la jaca. Estxs recibían un entierro diferente al de lxs adultxs y se enterraban de pie para así unirse con la madre naturaleza.

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Después de esta experiencia, aunque asistir a un funeral toraja es lo más codiciado y una experiencia extrañamente interesante, os recomiendo una visita al territorio toraja para conocer no solo sus costumbres y tradiciones más ancestrales, sino también para disfrutar del entorno y sus bonitas vistas, de los pueblos y mercados, de la gastronomía y, por supuesto, de su gente, siempre sonriente y dispuesta a recibir con los brazos abiertos a todxs lxs visitantes.

Oda a la muerte en Tana Toraja I

Tana Toraja, en el corazón de la isla de Sulawesi, alberga una de las culturas más interesantes e inéditas del mundo. Lxs toraja, que una vez fueron animistas, adaptaron sus creencias al cristianismo, pero las tradiciones ligadas a la muerte aún se conservan con fuerza. Y es que, semejantes a lxs faraonxs egipcixs, lxs toraja dedican su vida a la muerte.

Para visitar esta mezcla de paisajes espectaculares, arquitectura única y cultura increíble, hay que volar hasta la capital de Sulawesi, la ciudad de Makassar, y desde allí desplazarse hasta el pueblo de Rantepao, el más turístico de Tana Toraja. Llegar a Rantepao implica un largo, pesado e incómodo trayecto de curvas imposibles, un tráfico horrible y más de 8 horas de duración que se puede hacer en taxi (negociando el precio), en autobús (hay varias empresas y los hay hasta nocturnos) o en coche privado. Un gran arco indica la entrada al territorio toraja y da la bienvenida a los visitantes, aunque sabes seguro que ya estás cuando puedes vislumbrar los pueblos con su arquitectura inconfundible.

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Las tierras toraja están divididas administrativamente en dos: Toraja Sur, con Rantepao como capital, y Toraja Norte, con capital en Makale. La sociedad toraja, a su vez, se divide en un sistema de castas, que al largo del tiempo disminuyó de cuatro a tres de diferentes: la clase alta, la clase media-alta y la clase baja, que ahora incluye también la casta antiguamente formada por los esclavos. Es importante, antes de nada, tener en cuenta que las casas de arquitectura tradicional toraja y muchas de las costumbres y  tradiciones solamente corresponden a la clase alta, pero también a algunos miembros de la clase media-alta que se lo puedan permitir. Esta división también marca los matrimonios, que nunca permiten mezclar miembros de la clase baja con los de las clases superiores.

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Casa de familia de clase baja

Las casas, llamadas tongkonan, destacan por sus tejados en forma de cuernos de búfalos (algunos dicen que se parecen a los barcos usados para llegar hasta allí) y están hechas de madera tallada y recubierta de bellos colores, algunos en chapa, situadas sobre pilares para proteger el hogar de las inundaciones en la temporada de lluvia. Se disponen de tres niveles: bajo-cubierta, donde se guarda la herencia familiar, la vivienda y la parte baja donde se agrupan los animales. Estas casas, aunque aún se conserven, están en desuso, debido a que solamente disponen de una estancia para toda la familia. Ahora es habitual ver enormes casas modernas, que ellxs llaman “casas dormitorio” que desentonan con la belleza arquitectónica de las casas tradicionales.

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Al lado de los tongkonan se encuentran unas construcciones semejantes pero de menor tamaño que reciben el nombre de alang, que son destinadas a conservar el grano, y que son un símbolo de riqueza. Cuantos más alang hay construidos en el patio de la casa, mayor es el estatus social y económico de la familia. Las familias de clase alta tienen muchos, algunos muy antiguos.

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Al fondo el tangkonan; delante los alang

Otra muestra de poder adquisitivo son los cuernos de búfalos expuestos en la entrada de la casa, ya que solamente las familias más ricas pueden permitirse sacrificar 24 búfalos en un funeral. Y es que los funerales de lxs toraja, que viven para morir, nada tienen que ver con lo que estamos acostumbradxs.

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Lxs toraja son en su gran mayoría cristianos protestantes, religión adoptada en los tiempos en los que lxs holandeses ocuparon su territorio. Y adoptaron esta religión y no la musulmana, como en el resto del territorio indonesio porque los curas les permitieron seguir con sus tradiciones y con sus costumbres. Y ellxs creen que hay dos vidas: una temporal (terrenal) y una eterna después de la muerte, y, aunque la religión que profesan afirma que hay un infierno y un paraíso, para lxs toraja, siguiendo sus creencias ancestrales, solamente hay un espacio único. Para poder alcanzar esta vida permanente, a lxs difuntxs se les debe acompañar a través de un rito funerario llamado “aluk to dolo” o “camino de los ancestros”.

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Según la tradición, se celebran dos funerales: uno íntimo en el momento de la muerte, y uno multitudinario un mínimo de dos o tres meses después, momento en el cual se da sepultura al cuerpo. Entre el primero y el segundo, el/la difuntx no se considera muertx del todo, sino que se le trata como a un/a enfermx: se le habla, se le viste y hasta se le da de comer. Para que el cuerpo no acabe en mal estado se embalsama con formol durante tres meses, y pasado este tiempo se usan también ungüentos a base de plantas. El segundo funeral es el más importante y tiene un aire más bien festivo: se reúnen las familias, lxs amigxs, lxs vecinxs y ahora también lxs turistas. Los meses preferidos son los meses de verano, especialmente julio y agosto, ya que es cuando lxs que viven fuera del pueblo disfrutan de vacaciones y pueden asistir a estos actos sociales y también es cuando mejor tiempo hace (menos lluvias), aunque se celebran funerales durante todo el año.

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A efectos prácticos, estas celebraciones transcurren con posterioridad a la defunción para así permitir a la familia ahorrar todo el dinero necesario, dado que los sacrificios de animales, especialmente búfalos y cerdos, son símbolo de riqueza y poder. Las familias más ricas deben sacrificar 24 búfalos el tercer día del entierro, de los cuales uno ha de tener una combinación perfecta de blanco y  negro y los ojos azules (el búfalo más preciado). Además, los funerales presentan diferencias según la clase social del/la difuntx y puede durar un par de días en el caso de la clase baja, y a partir de tres y hasta una semana en el caso de la clase media o alta. Durante toda esta fiesta, el/la difuntx está de cuerpo presente y se le despide con música y danzas.

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Tuvimos el honor de poder asistir a un funeral y la verdad es que no nos dejó indiferentes. El guía nos informó que el mismo día había una boda, un funeral de la clase alta y un funeral de la clase baja. Elegimos el funeral de clase alta, por recomendación del guía, porque, según dijo, si ellxs tienen que elegir entre una boda o un funeral, siempre eligen el funeral, ya que a la pareja la pueden visitar más veces en esta vida, pero al/la difuntx no. También pasamos por el funeral de clase baja y os aseguro que no llega ni a la mitad del despliegue del otro funeral. Si bien el territorio Toraja se puede visitar perfectamente por libre, alquilando coche (con o sin conductor) o moto, participar en un funeral puede llegar a ser una tarea un tanto difícil debido al secretismo que hay entorno a los lugares en los que se celebran. Si se tiene la suerte de asistir a alguno, hay que saludar siempre a la familia y se debe tener en cuenta el código de vestimenta: vestir colores oscuros que cubran las piernas y los hombros.

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Decorado boda toraja: en el asiento central se sientan los novios, mientras que en los asientos laterales se sientan los padres

En nuestro caso, se trataba del funeral de un señor mayor de clase alta que llevaba solamente cuatro meses muerto. Llegamos justo el primer día de la celebración, y para poder asistir al funeral, hay que pagar primero unas tasas por persona (el precio es distinto para adultos que para menores), además de llevar un regalo a la familia. Nosotr@s llevamos un cartón de tabaco, aunque se puede regalar también azúcar, y se lo entregamos a una de lxs ocho hijxs del difunto. Agradecida por el gesto, nos ofreció té y pastas.

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Para llevar a cabo la recepción de lxs invitadxs, se construyen carpas de madera y bambú, tanto delante de la casa del/la difuntx como en el terreno donde se realizará la celebración durante los siguientes días. En el centro se encuentran la carpa de la familia, donde los hombres y las mujeres se sientan separados, y la “casa temporal” del/la difuntx, construida con la forma de las casas tradicionales. Las familias de clase baja no tienen permitido construir este tipo de estructura central.

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Todo empieza con la preparación del cuerpo en el ataúd, acción que se realiza en la casa del difunto. Se le despide con canciones y bailes, y se les ofrece a lxs invitadxs carne de búfalo y de cerdo guisada y servida con arroz blanco. Después, el ataúd se coloca en una estructura parecida a las casas y se lleva al lugar de celebración acompañado por la multitud allí presente. Debo decir que la cantidad de turistas era tal que resultaba difícil abrirse paso para seguir la acción. Solo os digo que había hasta drones sobrevolando el sitio.

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Llegados al lugar de celebración, el ataúd se sube a la estructura que presidirá el lugar el resto de días del funeral. Una vez arriba, la familia tira agua, caramelos y dinero a lxs presentes. Se realizan sacrificios de cerdos y un búfalo, para preparar la comida que se servirá, ante las cámaras de lxs turistas. Después se leen los nombres de las familias que han colaborado económicamente en el funeral. Si pagáis la entrada y lleváis regalos, estaros atentxs porque dirán vuestro nombre. Luego hicieron lo que yo llamo “una turistada”: cogieron a un grupo grande de españolxs que venían con un tour por agencia y les hicieron un homenaje en la carpa principal, después de hacerles llevar los cerdos atados con las cañas de bambú. Finalmente, el primer día de funeral acabó con una pelea de búfalos.

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El funeral finalizaría días después con la sepultura del difunto en uno de los huecos excavados en roca. El ataúd se vuelve a llevar hasta allí en la estructura con forma de casa tradicional, pero el cuerpo se entierra solamente envuelto en una tela. Los encargados de excavar las tumbas son los miembros de la clase baja (antes lo eran los esclavos). En el caso que en la tumba ya haya un cuerpo enterrado, para abrir la puerta hay que sacrificar un gallo y un cerdo para apaciguar así al espíritu. En el caso de las familias pobres el gallo debe ser negro, mientras que las familias ricas sacrificarán un gallo blanco. Esta carne se cocina y se reparte entre lxs presentes, pero si sobra no se puede llevar a casa. Dado que “nuestro” difunto pertenecía a la clase alta y el tercer día se sacrificaron en su honor 24 búfalos, se le realizó un tau tau con su aspecto y se le alzó un megalito.

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De izquierda a derecha: tumbas excavadas en roca; la estructura con la que se transporta el ataúd; el tau tau del difunto

Y para acabar, debo decir que asistir a un funeral toraja es todo un privilegio y una experiencia increíble debido a lo diferente que puede llegar a ser a lo que estamos acostumbradxs. La celebración y todo lo que conlleva es una buena muestra de la cultura toraja, de su manera de ver y entender la vida, de sus costumbres y de su cultura. Una experiencia totalmente recomendable. Pero, si hay que poner un pero, os diría que lo peor del entierro en sí, a parte de las matanzas de animales de las que no estoy nada a favor, es la cantidad de turistas que se reúnen. Soy consciente que también soy una turista más, pero creo que si esto se pone de moda en un futuro será insostenible y sería una pena…

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