Dos pueblos samurái: Hirosaki y Kakunodate

Los samuráis eran guerreros del Japón feudal cuya conducta estaba guiada por el bushido, un código moral no escrito conocido como “el camino del guerrero”, que resaltaba virtudes como la justicia (gi), el coraje (yu), la compasión (jin), el respeto (rei), la honestidad (makoto), el honor (meiyo), la lealtad (chugi) y el autocontrol (jisei). Este código imponía una vida de integridad y rectitud, donde lo correcto y lo incorrecto estaban claramente definidos. Etimológicamente, la palabra samurái proviene del verbo antiguo saburau que significa servir, dado que los samuráis estaban al servicio de señores feudales de alto rango, tanto daimios como shogunes, a quienes debían obediencia y lealtad a cambio de recompensas y privilegios. En sus inicios, los samuráis fueron guardianes de los miembros de la corte imperial (siglo IX), sin embargo, alcanzaron la cima del poder durante el siglo XII con la instauración del sogunato que asumía el control de las fuerzas militares, y, por ende, el control real del país.

Durante nuestro viaje por Tohoku hemos tenido la oportunidad de conocer figuras de grandes daimios como Date Masamune, pero también de visitar dos pueblos samuráis: Hirosaki, en la prefectura de Aomori, y Kakunodate, en la prefectura de Akita. Las casas de los samuráis (bukeyashiki) solían ubicarse en barrios especiales (bukeyashiki-gai), cerca de los castillos de los daimios, formando parte de la estructura defensiva y social de la ciudad. Estas residencias se construían principalmente de madera con techos de paja o tablillas de madera, dependiendo del estatus del samurái. Las paredes interiores eran hechas de papel de arroz sobre estructuras de madera (shoji y fusuma) que permitían cierta flexibilidad en la distribución de los espacios, y los suelos eran normalmente de tatami, que aportaba comodidad y aislamiento térmico.

Izquierda: Residencia Aoyagi; Derecha: Residencia Odano. Ambas en Kakunodate.

La decoración era austera e incluía emblemas familiares, caligrafías u objetos ceremoniales. Las casas de las familias más importantes también contaban con almacenes y habitaciones seguras para guardar armaduras, armas y objetos valiosos. Los jardines de estilo japonés (niwa), rodeados de muros altos, estaban diseñados para transmitir serenidad y reflejar el ciclo de las estaciones, así como servir de espacio de contemplación y meditación.

Izquierda: Residencia Ishiguro; Derecha: Residencia Aoyagi. Ambas en Kakunodate.

Muchos barrios samuráis aún se conservan, sin embargo, no todos los castillos que custodiaban tuvieron la misma suerte y de algunos no queda más que su historia, como vimos durante nuestro viaje. Actualmente quedan unos 100 castillos de los cuales 12 conservan las torres principales originales (tenshu) que datan del período Edo (1603-1868): Hirosaki, Matsumoto, Maruoka, Inuyama, Hikone, Himeji, Marugame, Bitchu Matsuyama, Matsue, Matsuyama (Iyo), Kochi, y Uwajima. Si bien las razones por las que se perdieron los castillos de Japón son varias, como el abandono en el caso de los castillos de Yamagata, Akita o Kakunodate o los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial en el caso del castillo de Sendai, mucho otros castillos fueron desmantelados, como fue el caso del castillo de Morioka, durante el período Meiji cuando el gobierno quiso “occidentalizar” la nación.

Otemon, Castillo de Hirosaki

La construcción del castillo de Hirosaki comenzó en 1603 bajo el dominio del Oura Tamenobu (o Tsugaru Tamenobu), el primer daimio de la región, y fue finalizada en 1611 bajo el dominio del segundo señor feudal, Oura Nobuhira (o Tsugaru Nobuhira). El Dominio de Hirosaki, anteriormente conocido como Dominio de Tsugaru, fue concedido en 1590 al clan Oura como recompensa del shogun Toyotomi Hideyoshi tras rebelarse contra el clan Nanbu de Morioka. Fue este el momento en el que el clan cambió su nombre de Oura a Tsugaru. Originalmente, el edificio constaba de cinco plantas, pero en 1627 la torre principal quedó destruida a causa de un incendio provocado por un rayo. El edificio fue reconstruido durante el período Edo (1810) como un edificio (tenshu) de tres plantas. También se conservan tres torres defensivas o yagura (Tatsumi, Hitsujisaru y Ushitora) y cinco puertas (Otemon, Higashimon, Higashi Uchimon, Kamenokomon, y Minami Uchimon). Es el único castillo de Tohoku que aun se conserva desde el período Edo y por esta razón fue declarado Bien Cultural de Importancia Nacional. En 2006 entró en la lista de los 100 mejores castillos de Japón. En actualidad, se están reparando los muros defensivos de piedra, por lo que el tenshu se ha movido unos 70 m sin desarmar. Una vez se haya finalizado la reconstrucción del muro, el edificio volverá a su ubicación original.

Castillo de Hirosaki

Durante la Restauración Meiji el castillo fue utilizado como guarnición del ejército, igual que el castillo de Yamagata, y en 1895 se convirtió en parque. Este parque alberga también el Hirosaki City Museum, un pequeño museo en el que se exponen objetos desde los períodos Jomon y Yayoi hasta la época feudal, y el jardín botánico (Hirosaki Castlle Botanical Garden). Con una entrada combinada se puede visitar el castillo, el jardín botánico y el jardín Fujita (Fujita Memorial Garden).

Jardín Botánico del Castillo Hirosaki

El jardín Fujita, que se encuentra cerca de la puerta de entrada Otemon, fue construido en 1921 por el empresario Fujita Kennichi con la ayuda de un jardinero venido desde Tokio, y se abrió al público en 1991. Está separado en dos niveles, encontrándose en la parte superior dos edificios, uno de estilo occidental y uno de estilo japonés, mientras que, en la parte inferior, dominada por un estanque, se encuentra una casa de té.

Jardín Fujita

Cerca de la entrada Kamenokomon, se encuentra la sección norte del distrito samurái de Hirosaki que antaño rodeaba el castillo. Cuatro casas samurái (Ito, Umeda, Iwata y Sasamori) de acceso gratuito y una casa comercial (Ishiba) de acceso de pago están abiertas al público. La casa comercial pertenecía a la familia Ishiba, una familia de comerciantes (no samuráis) y sigue sirviendo como hogar y comercio. Solamente se permite acceso al almacén desde el cual se puede vislumbrar el interior. En las demás casas, el único requisito para acceder es quitarse los zapatos. La casa de la familia Ito es una casa sencilla, hogar del médico de los daimios de Tsugaru. Detrás de la residencia Ito se encuentra la de Umeda.

Residencia Umeda en Hirosaki

Sin embargo, el mejor sitio para ver casas samuráis, a nuestro parecer, es Kakunodate. La historia de la ciudad tiene su origen en el período Sengoku (1467-1568) bajo el dominio del clan Tozawa. Tozawa Iemori construyó su castillo en Kakunodate en 1423 y su clan gobernó allí hasta que en 1602 Tozawa Masamori recibió el domino de Matsuoka en la provincia de Kinachi. Tras su marcha, el poderoso clan Satake del Dominio de Kubota con capital en Akita incorporó la región de Senboku, en la que se encontraba Kakunodate. El castillo de Kubota de Akita (actual Chiaki Park) fue la sede principal del clan, mientas que el castillo de Kakunodate fue ocupado por Ahina Yoshikatsu, hermano menor de Satake Yoshinobu, el primer daimio de Kubota.

Torreta Castillo Kubota en Akita

En 1619 una gran inundación azotó la ciudad de Kakunodate y, por esta razón, Ahina Yoshikatsu decidió reconstruirla en 1620, trasladándola al sur del castillo y dividiéndola en distintas áreas o machi, distribución que se ha mantenido hasta la actualidad. El distrito samurái recibía el nombre de Uchi-machi y en su momento álgido constaba de 240 residencias samuráis, 60 residencias ashigaru (soldados de a pie) y 26 templos y santuarios. Las ruinas del castillo se han convertido en el parque Furushiroyama, sin embargo, en el distrito samurái, Samurai-Yashikidori, aun se conservan edificios tradicionales de arquitectura bukeyashi. Hay un total de 6 casas abiertas al público, todas ellas distribuidas en la misma calle, a tres de las cuales hay que pagar entrada y se puede acceder a su interior y a tres no hay que pagar entrada, pero solamente se pueden ver desde el exterior (no se puede entrar). Las tres residencias gratuitas, Iwahashi, Odano y Matsumoto son más pequeñas y simples que las demás, pero igual de interesantes, ya que ofrecen una idea real de cómo eran las diferentes casas de los samuráis según su clase social. De ellas, destaca la residencia Iwahashi que fue renovada a finales del período Edo, cambiando su tradicional techo de paja por un techo de tablillas de madera. En su jardín hay un roble japonés de más de 300 años.

Residencia Iwahashi en Kakunodate

La residencia Aoyagi es la mayor de todas y es un buen ejemplo de cómo era la vida de las familias samuráis más ricas. Este conjunto de edificios tradicionales y antiguos almacenes fue reconvertido en museos y salas de exposiciones bajo el nombre de Museo Samurái. En sus diferentes espacios se puede ver una amplia colección de armaduras y armas, objetos de uso cotidiano, una casa de té, y hasta un pequeño santuario, ofreciendo así una experiencia completa.

Residencia Aoyagi en Kakunodate

La residencia Ishiguro es también una representación de una de las familias más ricas de la zona, sin embargo, en este caso no se trata de un museo sino de una de las pocas casas samurái aún habitada por los descendientes de la familia samurái original, que en sus orígenes se encargaba de las finanzas. Nada más entrar nos recibió uno de los miembros de la familia que nos llevó por la casa explicándonos su historia y todos sus los detalles. Además de la casa, se puede visitar también el almacén en el que se guardan tesoros familiares, como muñecas para el Hina Matsuri (festival de las muñecas que se celebra cada 3 de marzo), katanas, armaduras y hasta libros antiguos.

Residencia Ishiguro en Kakunodate

Por último, la residencia Kawarada es la más pequeña de las tres, y pertenecía al secretario principal y magistrado de templos y santuarios. Además de la casa se puede visitar también el almacén convertido en museo.

Residencia Kawarada en Kakunodate

Otros puntos de interés son el Museo de Artesanía Kabazaiku Denshokan (artesanía en corteza de cerezo), el Museo de Arte Huraifuku y el barrio de los mercaderes.

Residencia Watanabe en Kakunodate

Nosotros dedicamos un día a cada ciudad, llegando a Hirosaki desde Aomori en un corto trayecto en tren regional, y a Kakunodate desde Akita. Con el Akita shinkansen se puede llegar también desde Morioka o Tokio.

Morioka, donde las tradiciones y la gastronomía danzan al ritmo de sansa

Morioka es una tranquila ciudad situada a los pies del monte Iwate, apodado como el “Fuji de Iwate”. Sus inicios se remontan al período Heian (794-1185), aunque floreció bajo el dominio del clan Nanbu, que construyó el castillo Kozukata, también conocido como castillo de Morioka, en 1598. Los Nanbu gobernaron en Tohoku por más de 700 años, desde el período Kamakura (1185-1333) hasta la Restauración Meiji (1868-1912). Descendientes del emperador Seiwa Genji (850-880) del clan Minamoto, y emparentados con el clan Takeda de la provincia de Kai (actual Yamanashi), gobernaron primero en la provincia de Mutsu (con sede en Hachinohe) hasta que, finalmente, se establecieron en Morioka. Su historia va ligada también a continuos conflictos con el clan Tsugaru, del Dominio de Hirosaki, cuyos miembros habían sido vasallos de los Nanbu.

Aunque del castillo de Morioka no quedan más que las murallas, hoy reconvertidas en el parque de Iwate, la influencia de los Nanbu sigue palpable. De hecho, el símbolo de la grulla, emblema del clan, permanece como distintivo local, testimonio del peso histórico de la familia en la región.

A los pies del parque de Iwate, se encuentra el pequeño santuario Sakurayama, construido en 1749. Este santuario resguarda la memoria del clan Nanbu y está protegido por Eboshi-iwa, una roca considerada deidad que otorga fortuna y prosperidad.

Cerca del parque de Iwate se encuentra también el Museo de Cultura e Historia de Morioka, que permite explorar la herencia del clan Nanbu y conocer de cerca la historia de los festivales de Morioka. Dos de los festivales más notables son el Sansa Odori y el Chagu Chagu Umakko. El primero se celebra en agosto y es un festival de desfiles de tambores taiko y bailes tradicionales reconocido por el Libro Guiness de los Records. El segundo, Chagu Chagu Umakko, es un festival que se celebra el segundo sábado de junio y que tuvimos el placer de presenciar. Se trata un desfile de cien caballos engalanados con cascabeles y adornos coloridos. El nombre, Chagu Chagu hace referencia justamente al sonido que hacen los caballos al pasar, mientras que Umakko es el nombre que reciben los caballos de Morioka. Este desfile, cuyo origen se remonta a hace 200 años atrás, empieza en el santuario Onikoshi Sozen-jinja (dedicado a la deidad de los caballos) en Takizawa y termina en el santuario Hachimangu en Morioka, con la finalidad de agradecer el trabajo duro de los caballos en la siembra del arroz.

El santuario Morioka Hachimangu fue construido en 1680 por el daimio Nanbu Shigenobu en honor al dios Hachimangu, y fue reconstruido en 1997, tras quedar destruido por el incendio de Morioka de 1884. Es uno de los templos más grandes y venerados de la prefectura y es el epicentro de distintos festivales y celebraciones.

Al día siguiente, tras la celebración de Chagu Chagu Umakko, regresamos al templo para poder disfrutarlo con más tranquilidad y nos llevamos una sorpresa al presenciar un baile kagura o mikomai. El mikomai es un tipo de kagura o baile ritual realizado por mujeres llamadas miko con movimientos lentos y elegantes, a menudo acompañados de accesorios como abanicos y ramas sagradas. Los bailes de las miko en los santuarios sintoístas son rituales que conectan las personas con los dioses (kami) y que tienen un profundo significado religioso y cultural. El kagura se realiza normalmente en festivales y ceremonias importantes, no obstante, desconocemos si el baile que vimos estaba relacionado de alguna manera con el festival Chagu Chagu Umakko o si fue un evento independiente.

También hubo representaciones de baile sansa en distintos puntos de la ciudad por parte de grupos que participarán en el gran desfile de agosto. Aunque solamente presenciamos una pequeña muestra de lo que sería festival, el ritmo, las coreografías, los sonidos de los tambores taiko y las flautas, así como por los coloridos trajes nos dejaron atónitos.

Cuenta la leyenda que el baile sansa tiene su origen en el pequeño santuario sintoísta Mitsuishi, también conocido como el santuario de las tres piedras, que fue construido para proteger al pueblo de un demonio llamado Rasetsu. Se dice que el dios Mitsuishi ató al demonio a las tres rocas y le hizo prometer que no volvería a molestar. Como muestra de su promesa, Rasetsu dejó sus huellas en la pared del templo, y, para celebrar la victoria, los lugareños empezaron a bailar sansa.

Cerca del santuario Mitsuishi, se encuentra el templo Hoonji, un templo budista zen, construido por Nanbu Moriyuki, el decimotercer daimio, y trasladado al emplazamiento actual por el vigésimo séptimo daimio, Nanbu Toshinao. Aunque el templo es precioso, su principal atractivo es el Rakando, que reúne en su interior más de 500 rakan o estatúas de aprendices de Buda. Estas estatuas fueron esculpidas en Kioto y posteriormente traídas a este templo.

Finalmente, pero no menos importante, Morioka es célebre por su trío de fideos (Morioka Sandaimen): los wanko soba, los reimen y los jajamen. Una experiencia que definitivamente no os podéis perder.

Nosotros llegamos a Morioka desde Ichinosechi, pero se puede llegar fácilmente desde Tokio en shinkansen, y le dedicamos un total de dos días, que consideramos fueron suficientes para empaparnos de las tradiciones, leyendas y gastronomía que la ciudad ofrece. Y, tras esta visita, tomamos nuevamente el tren para continuar con nuestra ruta hacía Aomori.

Hiraizumi, el tesoro oculto de Tohoku

Esta pequeña ciudad, en la prefectura de Iwate, que hoy es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, fue una vez el epicentro del poder y la cultura del noreste de Japón, y hasta rivalizó con Kioto por su belleza. A finales del período Heian (794-1185), Hiraizumi fue la capital de un dominio semi-independiete de la corte imperial de Heian-kyo (actual Kioto) gobernado por el clan Fujiwara del Norte (Oshu Fujiwara) durante 100 años (desde 1087, año de su fundación, a 1189, año de su disolución). El clan Oshu Fujiwara fue una rama del poderoso clan Fujiwara, una familia de regentes que poseía el monopolio de las posiciones de Sessho (regente de emperadores menores de edad) y Kampaku (regentes de adultos). Sin embargo, los Oshu Fujiwara consolidaron su poder gracias principalmente a la riqueza obtenida de la minería de oro, el comercio de caballos y el intercambio de objetos de lujo con estados de Asia continental y de los pueblos Emishi y Ainu situado al norte de Japón. Fueron derrotados por el clan Minamoto en la batalla de Oshu en 1189, marcando así el fin de su dominio y, con ello, de su capital, Hiraizumi. No obstante, el legado de este grandioso pasado aún se siente al recorrer sus templos y jardines.

Se accede fácilmente desde Sendai en shinkansen hasta Ichinoseki y desde allí en tren regional hasta la pequeña estación de Hiraizumi. Sin embargo, en nuestra opinión lo mejor es alquilar un coche en Ichinoseki (que es lo que nosotros hicimos) y así poder disfrutar de todos los atractivos que esta zona ofrece, tanto culturales como naturales. Además, el trayecto en coche ofrece la oportunidad de disfrutar de hermosos arrozales y hacer paradas para descubrir cascadas ocultas, como la cascada Fujitsubo. Ocho de los numerosos sitios históricos relacionados con el clan Oshu Fujiwara se engloban bajo el nombre de Yanomori Hakkei, y la cascada Fujitsubo es uno de ellos, sin embargo, no por la cascada en sí, sino por el túnel que parte desde ésta y que formaba parte de una mina de la que antaño se extraía oro.

Le dedicamos a esta región un total de tres días que dividimos en paradas culturales como los templos Chuson-ji, Motsu-ji y Takkoki-no-iwaya, y paradas naturales como las gargantas Genbikei y Geibikei, o las cuevas Yugendo y Ryusendo.

El principal reclamo de Hiraizumi es el templo Chuson-ji y su pabellón dorado, Konjikido. Este templo, igual que Motsu-ji, Zuigan-ji (Matsushima) y Risshaku-ji (Yamadera), fue fundado por el monje Jikaku Daishi en el año 850 y es el templo principal de budismo Tendai en Tohoku. El complejo, oculto en un bosque denso de pinos, en la colina Tsukimizaka, fue comisionado por el clan Oshu Fujiwara a principios del siglo XII y desde 2011 fue registrado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Buena parte del complejo fue reconstruida después de varios incendios y el consecuente deterioro.

Evidentemente, dentro del conjunto, destaca el pabellón Konjikido. En actualidad, está cubierto por otro pabellón que impide ser visto desde el exterior. Se accede pagando entrada y no se permite fotografiar el interior. No obstante, verlo es una experiencia única, ya que se trata de un recinto completamente dorado, cuyas paredes, techos y suelos están cubiertos de pan de oro y madreperla. Su construcción finalizó en 1124 y en su interior se encuentra un altar representando a Amida Nyorai (el Buda de la luz infinita) junto a Kannon (boddhisattva de la compasión) y Sishi (boddhisattva de la sabiduría), seis Jizo boddhisattvas (salvadores del infierno) y dos reyes guardianes, Jikokuten y Zochote. Bajo el altar central se encuentran enterrados los restos del primer señor del clan Oshu Fujiwara, Kiyohira. El segundo señor, Motohira, se encuentra sepultado bajo el altar izquierdo y el tercer señor, Hidehira, descansa junto a la cabeza del cuarto señor, Yasuhira, quien fue decapitado en 1189, ambos ubicados bajo el altar derecho.

Cerca del pabellón se encuentra el museo (Sankozo) y Kyuzo, una edificación en la que se guardan los sutras del templo. Al museo se accede con la misma entrada que al pabellón Konjikido y contiene más de 3000 tesoros nacionales y bienes culturales desde estatuas budistas, sutras, hasta atavíos funerarios del clan Oshu Fujiwara. Por otro lado, los sutras conservados en Kyozo son originales de la era Heian. Los sutras Kingiji Kosho Issaikyo, escritos en líneas alternas de oro y plata sobre papel azul oscuro fueron comisionados por Kyohira, mientras que los sutras Kinji Issaikyo, que destacan por sus ilustraciones, fueron comisionados por Hidehira. No muy lejos se encuentra también el templo Hondo, el templo principal del conjunto. En su interior se encuentra una gran estatua de Shaka Nyorai (Buda histórico) así como la luz eterna, que igual que en Yamadera, fue traída desde Enryaku-ji y lleva encendida desde entonces. Se atribuye a Saicho (Dengyo Daishi), introductor del budismo Tendai desde China en 806, haber encendido la llama del Eryaku-ji.

A pocos minutos desde Chuson-ji, se encuentra Motsu-ji, otro templo del budismo Tendai fundado en 850. Este templo destaca sobre todo por su jardín de estilo Jodo que representa la “Tierra Pura” budista con un lago central rodeado de piedras, colinas y árboles que ha permanecido sin grandes cambios desde hace 800 años. En este lugar, Fujiwara no Motohira, segundo señor de Hiraizumi, estableció en Shichido Garan un conjunto de siete templos. Posteriormente, su sucesor Hidehira amplió el complejo alcanzando 40 templos y 500 monasterios. Sin embargo, estas edificaciones fueron finalmente destruidas por diversos incendios. El templo principal actual data del 1989. En actualidad, el conjunto se ha convertido en un sitio histórico especial y un lugar de singular belleza paisajística por sus excepcionales jardines.

A las afueras de Hiraizumi se encuentra el templo Takkoku-no-Iwaya, un templo construido bajo las rocas de un acantilado. En 801, el shogun Sakanoue no Tamuramaro construyó este templo para agradecer al dios de la guerra Bishamon su ayuda en la derrota de Akuro Takamaro. El templo fue construido al estilo del templo Kiyomizudera de Kioto. Posteriormente, Fujiwara no Kiyohira y su hijo Motohira comisionaron también algunos edificios. El recinto del templo sufrió varios incendios y reconstrucciones, una de ellas en 1615 por el daimio de Sendai, Date Masamune. El templo actual fue reconstruido en 1961.

En este templo se puede ver también una gran cabeza de Buda de unos 16.5 m, que se conoce con el nombre de Buda de la Roca del Norte. Cuenta la leyenda que fue tallado por Minamoto no Yoshiie (1039-1106), samurai del clan Minamoto, disparando flechas a la pared de arenisca, sin embargo, la figura seguramente data de la era Muromachi (1336-1573). En sus inicios, representaba al Buda sentado en el cielo, pero la parte inferior cedió a causa de un terremoto en 1896.

Pero Hiraizumi no solo es historia, es también naturaleza viva, y una muestra de ello son las dos gargantas, Genbikei y Geibikei. La garganta Genbikei, es un tramo de unos 2 km del río Iwai, que ofrece un entorno agradable para pasear y que puede recorrerse a través de dos rutas habilitadas: una de menor longitud y otra más extensa. Ambas opciones permiten apreciar las formaciones de roca volcánica esculpidas por el agua que fluye con rapidez. Dicen que el daimio Date Masamune visitaba a menudo este lugar y consideraba que era digno de ser comparado con las tres vistas de Japón (la bahía de Matsushima, el santuario Itsukushima en Miyajima y la lengua de arena de Amanohashidate).

Otro atractivo del lugar es el dango volador. Se trata de 3 pinchos de bolas de arroz (estilo mochi) recubiertas por tres salsas: sésamo negro, alubias dulces y soja. Se le llama “volador” porque el pedido se realiza en un lado del río y se recibe desde el otro lado a través de un cesto atado a una cuerda. Para hacer el pedido, se coloca el dinero en el cesto y se pica una madera dos veces. Entonces desde el otro lado del río recogen el cesto con la ayuda de la cuerda y colocan los dangos y unos vasos de té en su interior antes de deslizarlo de vuelta.

Por otro lado, la garganta de Geibikei se formó por la erosión del río Satetsu y fue declarada Monumento Nacional en 1925. Se explora a través de un barco de fondo plano que permite disfrutar de las paredes de roca que alcanzan los 100 m de altura y que presentan formaciones que recuerdan a un rostro humano o la nariz de un león. De hecho, Geibikei significa justamente nariz de león. Para hacer el paseo más especial aún (si cabe), el timonel aprovecha para cantar canciones tradicionales. Durante el trayecto se pueden alimentar los peces koi que acompañan el barco, o intentar lanzar monedas en la caja de donativos de un pequeño santuario situado en una grieta en la montaña.

El paseo recorre unos 2 km y el trayecto de ida y vuelta dura una aproximadamente una hora con una parada de media hora. Por 100 yenes se pueden comprar 2 piedras para lanzarlas a una abertura en la pared de la otra orilla de la garganta. Hay 5 de diferentes, cada una simbolizando el amor, una vida longeva, la suerte, el destino, el dinero o un deseo propio. Cuentan que, si consigues meter una piedra, ese deseo se va a cumplir.

Cerca de la garganta de Geibikei se encuentra la cueva Yugendo, una cueva aparentemente no muy visitada, o al menos es lo que nos pareció. Cuando nosotros la visitamos no había nadie más. Esta cueva se considera la cueva de piedra caliza más antigua de Japón, con estratos que datan de hace aproximadamente 350 millones de años. Además de las preciosas formas de las estalagmitas, las estalactitas, los pilares de piedra y las coladas, en sus paredes se puede observar fósiles marinos como el cáliz de lirio marino, braquiópodos, fusulínidos y corales rugosos. También hay un lago subterráneo de color verde esmeralda.

A una hora desde la cueva Yugendo se encuentra otra cueva de piedra caliza, la cueva Ryusendo, mucho más conocida y visitada. Esta cueva es una de las cuevas calizas más grandes de Japón y se caracteriza por diferentes lagos subterráneos de un color azul o verde esmeralda. Se han explorado solamente 4 de los 5 km de longitud que tiene la cueva, y el lago más hondo tiene una profundidad de 120 m, pero no se puede visitar. El trayecto abierto al público tiene como destino final un lago con una profundidad de 98 m. En el interior también habitan varias especies de murciélagos, que pueden desplazarse por los túneles durante el recorrido.

Y ya para finalizar nuestra aventura en Hiraizumi, nos hospedamos por primera vez en un onsen ryokan, dado que Ichinosechi es famosa por sus aguas termales, y así recargamos energías antes de seguir con nuestro trayecto hacía Morioka.

Matsushima, la cautivadora bahía de Japón

Visitar Matsushima es adentrarse en uno de los paisajes más emblemáticos de Japón, una postal viva donde la naturaleza y la historia se funden de manera única. Su bahía, salpicada por unas 260 islas cubiertas de pinos japoneses, ha inspirado a poetas y artistas durante siglos y forma parte de la prestigiosa lista de las tres vistas más bellas del país desde 1643 junto al santuario Itsukushima en Miyajima y la lengua de arena de Amanohashidate. Aquí se encuentra mucho más que belleza escénica: se pueden explorar islas misteriosas, descubrir templos centenarios, pasear por jardines preciosos, y disfrutar de la serenidad de casas de té tradicionales que ofrecen vistas incomparables de la bahía. Matsushima es también símbolo de resiliencia, pues su orografía la protegió durante el tsunami de 2011, y hoy sigue siendo un remanso de paz donde contemplar la armonía entre la cultura japonesa y el paisaje natural.

Llegamos a Matsushima en un corto viaje de media hora en tren desde Sendai (línea Senseki; bajando en la estación de Matsushima-Kaigan) y lo primero que hicimos fue tomar un barco turístico (trayecto de unos 50 min) para disfrutar de la vista de la bahía. Dado que fuimos de los últimos en subir al barco no tuvimos suerte de poder sentarnos en la ventada, y tampoco quedaban asientos en la planta de arriba (se paga un plus para subir), por lo que nos tuvimos que contentarnos con los asientos del medio. Aun así, pudimos disfrutar del trayecto que transcurre entre las islas e islotes de formas inusuales que le confieren al lugar su belleza singular.

De las 260 islas que conforman la bahía, a tres es posible acceder por sendos puentes rojos. La más pequeña alberga en su interior el templo de Godaido, un símbolo de Matsushima. Aunque se cree que hubo un templo anterior, construido en el siglo IX, la estructura actual data del 1604 cuando fue reconstruido por orden del daimio de Sendai, Date Masamune.

La isla Oshima, a la que se accede también por un pequeño puente rojo, alberga en su interior interesantes cuevas de meditación que nos recordaron a las que vimos durante nuestra ruta de la seda por China (cuevas de Bezeklik, Mogao, Maijishan o Longmen). Estas cuevas fueron escupidas desde el período Kamakura (1185-1333) hasta el período Edo (1603-1868) y algunas se utilizaron como cinerarios para albergar cenizas de difuntos. Cuevas similares también se pueden ver el recinto del templo de Zuiganji. Este templo data del año 828 y su construcción se le atribuye al monje budista Tendai, Jikaku Daishi, el mismo que fundó el templo de Yamadera (Yamagata). Durante el período Kamakura el templo cambió de budismo Tendai a budismo Zen, religión que se mantiene hasta el día de hoy. En el año 1604 fue reconstruido por Date Masamune. La reconstrucción duró 5 años, y, tras su finalización, Masamune lo convirtió en el templo principal del clan. Muchas partes del templo han sido designadas tesoros nacionales o bienes de interés cultural. En el mismo recinto se encuentra el Museo de Arte del templo que exhibe varios artefactos budistas (caligrafía, pintura fusuma, retratos, etc.)

Cerca del templo Zuigan-ji se encuentra el templo Entsuin, construido en 1646 por Date Tadamune en honor a su hijo Mitsumune que falleció a la edad de 19 años. Los jardines de estilo japonés y occidental complementan el templo y el mausoleo, ofreciendo un entorno ideal para el paseo.

Por último, la isla de Fukuura, la más grande y la única con acceso de pago, se conecta por un llamativo puente rojo de 252 metros. A pesar de que la isla alberga el pequeño templo Benzaiten, su mayor atractivo son los senderos que serpentean a través del bosque de pinos japoneses y que ofrecen unas bonitas vistas de la bahía.

Y antes de emprender nuestro camino de vuelta a Sendai, no perdimos la oportunidad para probar las ricas ostras de Matsushima.

Tras los pasos del clan Date: Sendai, Matsushima e Ichinoseki

El clan Date es considerado uno de los linajes más influyentes de la historia feudal de Japón y su legado perdura hasta nuestros días a través de los monumentos, los mausoleos y los objetos conservados. Sin embargo, la figura más destacada es la de Date Masamune, también conocido como “el Dragón de un solo ojo” debido a la pérdida del ojo derecho por culpa de una enfermedad que padeció en la infancia (posiblemente viruela). Date Masamune, hijo del daimio Date Terumune, nació el 5 de septiembre del 1567 en el castillo de Yonezawa, en la actual prefectura de Yamagata. Debido a su discapacidad, su madre, Yoshihime, lo veía incapaz de liderar, favoreciendo a su hermano pequeño, sin embargo, Masamune mató a su hermano y su madre se vio obligada a huir al castillo de su hermano, Mogami Yoshiaki, daimio de Yamagata. Masamune lideró su primera campaña a los 14 años y a los 18 sucedió a su padre en el puesto de daimio, destacando por su capacidad estratégica y su fiereza. Recibió el castillo de Iwatesawa después de servir a Toyotomi Hideyoshi (el mismo que ordenó la ejecución de Komahime) y vivió allí durante 13 años, convirtiendo la región en uno de los principales centros políticos y económicos del país. Tras la muerte de Hideyoshi, Masamune apoyó a Tokugawa Ieyasu, quien unificó el país y se autoproclamó shogun en el siglo XVII. Éste le premió con el gran dominio de Sendai, convirtiendo a Masamune en uno de los daimios más poderosos de todo el país, con una extensión de tierra equivalente a 620.000 koku (medida basada en la producción de arroz). En 1604 Masamune y sus vasallos se trasladaron al pequeño pueblo pesquero de Sendai y lo convirtieron en una gran y próspera ciudad. Y fue justamente en Sendai donde nos encontramos con los primeros vestigios del clan Date, durante nuestro viaje por Tohoku.

Actualmente, Sendai es la capital de la prefectura de Miyagi y la mayor ciudad de Tohoku. Tiene muy buena conexión con Yamagata y Yamadera, pero también con Tokio y otras ciudades de Tohoku, hecho que también atrajo a Date Masamune que buscaba un lugar con mejores conexiones con Edo (actual Tokio) que su castillo de Iwatesawa (Oshu, prefectura de Iwate). Y es así como Masamune ordenó la construcción de su castillo en Aoba-yama, convirtiéndolo en la residencia principal de su clan durante casi 300 años. Pese a su importancia histórica, del castillo de Sendai no quedan más que los cimientos, parte de la muralla que aún están reconstruyendo y una torre de guardia, debido a su destrucción durante bombardeos estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Allí se encuentra la estatúa ecuestre de Masamune así como un pequeñísimo museo (Aoba Castle Museum) con algunos objetos personales del daimio e información sobre la historia del castillo. También hay una sala de audiovisuales donde se explica la historia del clan Date, sin embargo, está solamente en japonés. Además, desde el parque de Aoba-yama se puede disfrutar de unas preciosas vistas de la ciudad. Cerca del castillo se encuentra también el Museo de Sendai (Sendai City Museum), que es mucho más grande, y donde se expone la historia de ciudad, así como una colección privada de la familia Date.

Durante su vida, Date Masamune promovió la cultura y las artes e impulsó el desarrollo económico en la región, haciendo del dominio de Sendai una zona próspera y estructurada. También reconstruyó templos anteriores como los templos Godaido y Zuigan-ji (en 1604) en Matsushima, prefectura de Miyagi, o el templo Takkoku-no-Iwaya (en 1615) en la prefectura de Iwate. De hecho, tras su reconstrucción en 1609, Zuigan-ji se convirtió en el templo familiar del clan.

Como curiosidad, se dice que Masamune era un enamorado de los mochis, sobre todo del zunda mochi, su favorito, y existía incluso un menú llamado mochi honzen que incluía tres sopas y siete platos de verduras preparados con mochi, siguiendo los preceptos establecidos por el daimio. Esta gastronomía especializada en el mochi se desarrolló sobre todo en Ichinoseki (prefectura de Iwate). Un decreto emitido por Masamune, obligaba a los campesinos a elaborar mochis para ofrecerlos a los templos y los santuarios el primero y el quinceavo día del mes y existía incluso un calendario oficial en el que se indicaban las fechas en las que se debían preparar, llegando a al menos sesenta días al año. Aún hoy, se puede degustar un menú de mochis en Ichinoseki y es una experiencia culinaria única.

A los 70 años, Masamune ordenó la construcción de su mausoleo, Zuihoden, donde se enterraron sus restos tras fallecer el 27 de junio del 1636. El mausoleo fue declarado Tesoro Nacional en 1931, sin embargo, quedó destruido durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El mausoleo que se puede visitar en actualidad fue reconstruido en 1979.

En el mismo lugar se encuentran también los mausoleos del segundo señor feudal, Date Tadamune (1599-1658) (Kansenden), y del tercer señor feudal Date Tsunamune (1640-1711) (Zennoden), igualmente destruidos en 1945 y reconstruidos en 1985. Por suerte, pese a los bombardeos, se pudieron recuperar los restos óseos completos de los tres daimios, así como numerosos objetos funerarios, documentos y armaduras, que se exhiben en un pequeño museo situado cerca de Zuihoden. Date Tadamune continuó el gobierno de su padre, Date Masamune, y llevó a cabo una reforma agraria a gran escala, fomentando la apertura de nuevos arrozales. Por otro lado, Date Tsunamune, nieto de Masamune, gobernó hasta los 19 años, cuando el shogun lo obligó a retirarse. Se dedicó al arte, creando diseños de laca miki-e y pinturas sumi-e (tinta) inspiradas en el paisaje de Tohoku que aún gozan de gran reconocimiento. Cerca se encuentran el mausoleo del noveno señor feudal Date Chikamune y del undécimo señor feudal Date Nariyoshi y su esposa. Desde aquí, parte también un sendero que conduce al mausoleo de los hijos del quinto señor feudal Date Yoshimura, conocido como Okosamagobyo.

En Matsushima, Date Tadamune construyó el templo Entsuin en honor a la diosa Kannon, diosa de la misericordia, en 1646. En los jardines del templo se encuentra también el mausoleo de su hijo Date Mitsumune que falleció a la edad de 19 años.

En resumen, el clan Date fomentó el florecimiento de la cultura y las artes en Tohoku, además de impulsar el desarrollo de la agricultura, la economía y la cultura en su territorio, dejando así un legado duradero en la región.

Yamagata y Yamadera: historia, religión y gastronomía

Yamagata, capital de la prefectura homónima, fue nuestro punto de partida en nuestra aventura por la región de Tohoku. Esta ciudad ha sido un enclave de relevancia desde tiempos antiguos y su historia se remonta a la era feudal, cuando la ciudad floreció como centro administrativo y cultural bajo el dominio de poderosos clanes. Pese a no ser una ciudad muy turística, Yamagata cuenta con un encanto particular, donde la historia, la religión y la gastronomía se entrelazan. Además, está fácilmente accesible gracias a un corto viaje de unas dos horas en shinkansen desde Tokio. Le dedicamos a Yamagata un día y medio, ya que medio día lo empleamos en visitar lo que era nuestro principal objetivo, el templo de Yamadera, que se encuentra a tan solo 25 minutos de la ciudad (línea JR Senzan, que une Yamagata con Sendai).

El nombre oficial de este complejo de templos es Hojusan Risshaku-ji, aunque se le conoce simplemente como Yama-dera (templo de montaña). Fue fundado en el año 860 por el monje budista Jikaku Daishi (794-864) y en sus inicios, la principal religión fue el budismo Tendai, igual que en Chuson-ji y Motsu-ji de Hiraizumi (Iwate) o Zuigan-ji de Matsushima (Miyagi) que visitamos más adelante. Esta religión se originó en China (Tiantai) y se introdujo en Japón en el año 806.

El primer templo del conjunto es el Konpon-chudo y se encuentra a unos diez minutos a pie desde la estación de Yamadera. Este templo alberga la “luz eterna del budismo”, una llama que lleva encendida desde su fundación, cuando se trasladó parte del fuego del templo Hieizan Enryaku-ji (Shiga). Fue reconstruido por el primer daimio del castillo de Yamagata en 1356, y es considerado uno de los edificios de madera más antiguos de Japón. A partir de aquí, comienza el ascenso hacía el templo principal Nyohodo, también conocido como Okunoin, que cuenta con nada más y nada menos que 1015 escalones. Sin embargo, la dureza del camino viene recompensada por un bosque de cedros de singular belleza.

Tras cruzar la puerta Nio-mon, el camino se bifurca, llevando uno al templo Nyuhodo, que custodia dos estatuas que el monje Jikaku Daishi trajo desde China, y el otro al pabellón Godaido, situado en la cima de un acantilado desde el cual se puede disfrutar de unas preciosas vistas del valle.

Ya de vuelta a la ciudad, nuestra primera parada fue el castillo de Yamagata. Este castillo fue construido en 1357 y fue sede de los clanes Mogami y Yamagata. Durante el período Edo perteneció a varias familias, hasta que finalmente quedó prácticamente en ruinas. En 1871, cuando se abolieron los dominios feudales, el castillo pasó a manos del gobierno y se usó como base para el ejército imperial japonés. Pese a que fue uno de los castillos más grandes de la región de Tohoku, de él solamente quedan sus muros en forma de zigzag y la puerta oriental reconstruida en 1991. Actualmente el recinto se ha transformado en parque público (Kajo Park) donde la gente aprovecha el espacio para pasear o para hacer picnic.

Los antiguos gobernantes de Yamagata también impulsaron el desarrollo de templos, santuarios y jardines marcando el paisaje con una arquitectura distintiva que aún se puede apreciar. Los santuarios y templos más importantes son Utakake Inari Shrine, Suwa Shrine, Sensho-ji y Gokoku Shrine, aunque la ciudad cuenta con muchos otros, y entre los jardines destacan el parque Momiji y el jardín Senshinan.

Enman-ji (izquierda); Mishima Shrine (derecha).

Utakake Inari Shrine es un pequeño santuario fundado en 1618, a comienzos del período Edo, cuando el templo budista predecesor (Gobutsu-zan Kissho-in) se consagró al sintoísmo. En sus orígenes estaba situado cerca de la entrada al castillo y quienes acudían debían leer cánticos (waka, tanka y renga), y de allí proviene el nombre de “Utakake”.

Suwa Shrine, por el contrario, es uno de los santuarios más grades de la ciudad. Fue construido en 1474 y forma parte de la ruta de peregrinación de Shichifukujin (las siete deidades de la fortuna). La deidad consagrada en este templo es Fukurokuji, que atrae la fortuna económica, y está relacionada con la longevidad y la descendencia numerosa.

Sensho-ji, situado en el barrio de Midoricho, una zona repleta de templos y cementerios, es uno de los templos budistas más grandes y más antiguos de la ciudad de Yamagata. Fue trasladado al emplazamiento actual en 1598 por Mogami Yoshiaki, daimio del castillo de Yamagata, en honor a su hija Komahime (prima de Date Masamune). Komahime, también concubina de Hidetsugu Toyotomi, fue ejecutada con tan solo 15 años cuando Hidetsugu fue obligado a cometer seppuku (harakiri) por ser acusado de conspirar contra su padre, Hideyoshi.

Gokoku Shrine, santuario sintoísta situado a las orillas del río Mamigasaki, fue fundado en 1869 y es uno de los santuarios más importantes de la ciudad. Está dedicado a los espíritus de los soldados que murieron en las guerras de Japón desde la Restauración Meiji (la Guerra Boshin, la Rebelión Satsuma, las guerras chino-japonesa y ruso-japonesa, y la Guerra del Pacífico) y es un lugar popular para las visitas de Año Nuevo y otras ceremonias tradicionales.

Al lado se encuentra el templo Yakushido dedicado al Buda de la Medicina Yakushi Nyorai.

En cuanto a los parques, el parque Momiji recibe su nombre por los arces que en otoño transforman el paisaje con sus hojas de colores. Este jardín pertenecía al antiguo templo Hodoji que fue abandonado a comienzos del período Meiji (1868-1912). El templo finalmente fue demolido, pero, por suerte, aún se conserva el pequeño jardín y su estanque.

Por otro lado, el Senshinan, propiedad de la Fundación para el Aprendizaje Permanente y la Cultura de la Prefectura de Yamagata, es un pequeño jardín rediseñado por Sentaro Iwaki, un famoso jardinero y paisajista de finales del siglo XIX.

Por último, otro gran atractivo de Yamagata es la gastronomía, siendo uno de los mejores lugares para probar la ternera de Yonezawa, una de las tres grandes carnes Wagyu de Japón, junto a Kobe y Matsusaka, debido a su alta calidad y buen sabor.

Y tras disfrutar de estos dos días en Yamagata, tocó despedirnos para emprender una nueva aventura en Sendai.

Tohoku a bocados: sabores únicos del noreste de Japón

La región de Tohoku, ubicada en el noreste de la isla de Honshu, destaca por su clima frío y sus paisajes montañosos. Estas condiciones han influido en su cocina, caracterizada por el uso de ingredientes locales como el arroz, la ternera, los pescados y mariscos, y los vegetales frescos, así como por métodos de conservación como el encurtido, la fermentación y el secado. Dado que los platos típicos ofrecen una conexión íntima con la tradición, la gente y la forma en que los recursos naturales moldearon la gastronomía, en este viaje nos propusimos probar los platos típicos de cada ciudad que visitamos. Por esta razón, a continuación, os detallaremos nuestro viaje gastronómico por las diferentes prefecturas de Tohoku. ¡Empecemos, pues!

Prefectura de Yamagata

Yamagata, capital de la prefectura homónima, es famosa por su ternera, llamada Yonezawa-gyu. Se trata de una carne (wagyu) de alta calidad, caracterizada por un sabor delicado y una textura que se deshace en boca. Es común probar esta carne en preparaciones como shabu-shabu (donde se sumerge en un caldo caliente parecido al hot-pot chino), sukiyaki (guiso) o yakiniku (barbacoa similar a la barbacoa coreana). Dado que queríamos notar el sabor de la carne, elegimos probarla en yakiniku. Además de los diferentes tipos de corte, nos sirvieron setas y cebolla, dos salsas, kimchi y hojas de lechuga. Similar a la barbacoa coreana, cada cual se asa su propia carne y verduras sobre una placa caliente situada en el centro de la mesa. La carne, una vez en su punto, se moja en las salsas y se enrolla en las hojas de lechuga para comer.

Otra preparación de esta carne que tenéis que probar es en sushi. ¡Buenísimo!

Además de la carne, Yamagata es también conocida por el cultivo de las cerezas (produce el 70% de las cerezas de Japón) y, de hecho, a mediados de junio se celebra el festival anual de las cerezas.

Sakata es conocida por el ramen de Sakata. Este ramen tiene su origen en el final de la era Taisho y surgió a partir de una receta china. El ramen de Sakata se caracteriza por un caldo claro y ligero aderezado con salsa de soja, fideos caseros y wontons de gamba y de carne picada. En mi opinión el mejor ramen que he probado.

Prefectura de Miyagi

La ciudad de Sendai, capital de la prefectura de Miyagi, es conocida por sus platos con lengua de ternera (gyutan) y por los zunda mochi. La lengua normalmente se sirve preparada a la plancha junto a encurtidos, un caldo de carne y un cuenco de arroz. Éste fue un plato que nos despertó cierta preocupación ya que temíamos que el sabor fuera muy fuerte, pero para nuestra suerte la lengua resultó ser muy suave y sabrosa.

Por otro lado, el zunda mochi es un mochi (pastel de arroz glutinoso) cubierto de una pasta dulce hecha de edamame (soja).

Matsushima, ciudad costera situada cerca de Sendai, es conocida principalmente por sus ostras y por la anguila. Las ostras de la bahía de Sendai son muy apreciadas por su carne tierna y su sabor único y en Matsushima se pueden degustar frescas, a la parrilla o rebozadas, pero también en elaboraciones como caldos y arroces. Nosotros las probamos crudas, a la parrilla y rebozadas, y como más nos gustaron fueron crudas, ya que así se nota perfectamente el sabor y la textura de éstas.

Otra preparación típica de Matsushima es el pastel de pescado en forma de hoja de bambú que es un pastel preparado a base de surimi que se tuesta ligeramente antes de comer. Aunque debemos reconocer que éste no fue nuestro favorito.

Prefectura de Iwate

Morioka, la capital de la prefectura de Iwate, es famosa por su trio de fideos que reúne la tradición culinaria japonesa (wanko soba), norcoreana (Morioka reimen) y china (jajamen) en un mismo lugar.

La tradición de servir wanko soba se asocia a la hospitalidad ya que antiguamente se servía a los visitantes y viajeros. Hoy en día esta tradición se ha convertido en toda una experiencia culinaria que no hay que dejar pasar si se visita Morioka. Los fideos soba se sirven en pequeñas porciones (15 porciones corresponden a una ración normal), de forma continuada hasta que el comensal decide detenerse. No es obligatorio sorber el caldo (éste se puede verter en un bol grande situado en la mesa) y las guarniciones de sashimi, sésamo, rábano rallado, entre otras, se pueden utilizar para aderezar los soba, aunque es opcional. Los boles vacíos se van apilando al lado para tener un recuento final. Si se llega a los 100 boles (o más) regalan una pequeña plaquita de madera y un certificado. Además, también hay un récord que batir y éste está en 500 boles para los hombres y 753 boles para las mujeres. Yo solamente fui capaz de comer 30 boles, pero Xavi llegó a los 129.

El Morioka reimen consiste en fideos hechos de harina de trigo y fécula de patata y una rica sopa que normalmente se sirve fría y se acompaña de carne, kimchi, fruta (pera, manzana o sandía), huevo hervido y pepino. Se cuenta que un emigrante norcoreano que llegó a Japón y se instaló en Morioka en 1954 trajo consigo esta receta de fideos fríos y se popularizó después de la Segunda Guerra Mundial. El reimen se puede degustar solo, aunque también hay la opción de combinarlo con yakiniku, como lo hicimos nosotros.

Por último, el jajamen tiene su origen en una receta china (zhajiangmian) adaptada a los paladares japoneses. Se utilizan fideos udon que se sirven con una cuchara de miso mezclado con carne de cerdo picada, cebolla, setas shiitake secas, y varios condimentos como el ajo o el jengibre y que finalmente se adorna con pepino. Los ingredientes se deben mezclar bien y se puede personalizar agregando vinagre, aceite de chile o ajo picado al gusto.

Una vez acabados los fideos, a la salsa restante se le puede añadir un huevo crudo y caldo para crear un nuevo plato llamado chi-tan-tan, disfrutando así de una experiencia culinaria completa. Normalmente los aderezos (vinagre, aceite de chile o ajo picados) y los huevos crudos se encuentran colocados en un lado de la mesa.

Ichinoseki conserva una antigua tradición de preparar mochi. Esta sofisticada cocina especializada en el mochi tiene sus raíces en el período Edo y se conservan más de 300 opciones de sabor. Si bien se pueden encontrar mochis en todo Japón (sobre todo dulces), en Ichinoseki, el mochi está presente en todos los grandes eventos, desde bodas hasta funerales, e incluso en la celebración de Año Nuevo. De hecho, según un calendario local, aquí se preparaban mochis más de 60 días al año y, tradicionalmente, estos pasteles de arroz glutinoso se ofrecían a los dioses dos veces al mes. Para poder disfrutar de este manjar se ofrece un menú (mochi honzen) en el que se sirven 8 mochis, un platillo de rábano con vinagre y un bol de sopa con mochi (ozoni) que en condiciones normales solamente se podría degustar en Año Nuevo. Los mochis que nos sirvieron llevaban setas shiitake y jengibre, anko (pasta de alubias rojas), sésamo, nueces, pollo y bardana, zunda (edamame), semillas de perilla y natto. Como supusieron que no estaríamos “preparados” para probar el natto nos lo cambiaron por otro mochi de setas shiitake y jengibre y la verdad es que lo agradecimos porque éste fue nuestro mochi favorito.

Prefectura de Aomori

Aomori, capital de la prefectura homónima, es conocida por su marisco, pero sobre todo por sus manzanas. Aquí, igual que en Hirosaki, se ofrecen multitud de platos dulces y salados que incorporan esta sabrosa fruta. En nuestro caso, elegimos probar tres bolas de helado con tres tipos distintos de manzana para poder notar las diferencias de sabor.

Por otro lado, el marisco, fresco y de calidad, es otro reclamo de Aomori y el chirashi-don (tazón de arroz cubierto con marisco variado) es el plato emblemático de la región. Debemos reconocer que este plato fue el mejor que hemos probado en todo el viaje.

Dado que el marisco era súper fresco, aquí aprovechamos para probar también el sushi, y fue lo mejor que pudimos hacer.

Hirosaki, igual que Aomori, también es el mejor sitio para probar los platos con mazana, aunque aquí aprovechamos para degustar una buenísima tarta de manzana.

Otro plato emblemático de Hirosaki es el igamenchi o hamburguesa de calamar. Para probar el igamenchi, fuimos a una izakaya. Las izakayas son unas tabernas tradicionales japonesas que normalmente abren por la tarde-noche (a partir de las 18:00 h aproximadamente, dependiendo de la izakaya) y donde se sirven platillos junto a bebidas alcohólicas como el sake o el shochu. Además del igamenchi probamos también una vieras asadas y pinchos que estaban de rechupete.

Prefectura de Akita

Akita, capital de la prefectura homónima, tiene dos principales atractivos culinarios, por un lado, el kiritanpo, y, por otro, el yakitori de pollo. El kiritanpo consiste en arroz machacado y moldeado en forma de cilindro que se embadurna de miso y se asa sobre las brasas. ¡Buenísimo! Aunque se puede probar como brocheta asada, normalmente se sirve acompañado de caldo, vegetales y pollo, formando una comida reconfortante (kiritanpo nabe) ideal sobre todo para los días fríos.

Aunque el yakitori o brocheta de pollo es un plato que se puede probar en prácticamente en todo el país, lo que hace especial al yakitori de Akita es precisamente el pollo local llamado hinai jidori, apreciado por su sabor y calidad únicos. Se trata de un tipo de pollo autóctono de la prefectura de Akita, siendo sus orígenes en el pollo “hinaidori” criado durante el período Edo, y se considera un ingrediente de lujo en la cocina japonesa. Su carne tiene una textura jugosa y un gusto más profundo que se realza al probar las distintas partes, como la carne, la piel o la molleja. Totalmente recomendable.

En Kakunodate también probamos un plato de pollo hinai jidori: el oyakodon, que literalmente se traduce como mamá e hijo, ya que este plato combina la carne de gallina (la mamá) con el huevo (el hijo). Se trata de un tazón de arroz con un guiso de pollo al que se le añade al final un huevo crudo que se acaba de hacer con el calor del plato.

Tokio

Aunque Tokio no se encuentra en la región de Tohoku, empezamos y terminamos nuestro viaje en esta ciudad, por lo que también nos gustaría hablar de un plato que nos gustó: el gyukatsu. Se trata de un filete de ternera rebozado y frito que se acaba de cocinar a gusto sobre unas planchas situadas en la mesa. Se sirve junto a un bol de caldo de miso, una ensalada de col y una bola de ensalada de patata, tres salsas para mojar la carne, huevas de pescado y wasabi. Además, se sirve un bol de arroz blanco que se puede mezclar con la pasta de rábano. Normalmente también incluye un pequeño platito con un postre, watamochi, que no es un auténtico mochi sino que es un dulce parecido a la gelatina hecho de almidón de helecho y cubierto de kinako (harina de soja tostada dulce). El precio del plato depende de la cantidad de carne: pequeño – incluye solamente un filete, mediano – incluye un filete y medio, o grande – incluye dos filetes.

Otras recomendaciones

También os recomendamos probar la cocina kaiseki, de onsen y de templo, aunque no sean exclusivas de Tohoku.

El kaiseki ryori es una comida tradicional japonesa que combina varios pequeños platos bellamente decorados en los que se da una gran importancia a los ingredientes de temporada. Cada plato está diseñado meticulosamente, cuidado cada detalle, desde la vajilla hasta el sabor, la textura y el color. Aunque el kaiseki ryori puede no ser para todos los paladares, es una experiencia que se debe probar al menos una vez.

La comida de onsen o onsen ryori, se refiere a una variedad de platos que se sirven en los onsen ryokan o balnearios de agua termal de Japón. Lo habitual es probar la cena y el desayuno, que normalmente no se incluyen en el precio del ryokan.

Estos menús incorporan ingredientes de temporada e incluyen especialidades locales, como por ejemplo el sushi de Akita. El sushi de Akita o hatahata sushi se elabora fermentando pescado hatahata con koji y arroz.

También es típico el onsen tamago o huevo cocinado lentamente en las aguas termales, resultando en una textura suave y cremosa con la yema líquida y la clara cuajada.

Por último, la gastronomía ascética de Dewa Sanzan (Yamagata) recibe el nombre de shojin ryori y puede degustarse al hacer noche en alguno de los shukubo. Se compone de varios platos elaborados con productos locales que se cosechan de las montañas de Dewa Sanzan.

Algunos de los platos tradicionales son el goma dofu o “tofu de sésamo”, un excelente sustituto de la carne, o el zenmai, un tipo de helecho.

Probar estas especialidades nos permitió descubrir la esencia de Tohoku más allá de los paisajes, y experimentar la conexión que se forma entre el alma de sus comunidades y su diversidad culinaria. Por estas razones, si viajáis a Tohoku, os recomiendo que dejéis de lado los platos que ya conocéis y probéis los platos típicos de cada lugar. ¡Buen provecho!

Japón (Tokio y Tohoku) – el gran sueño viajero

Si hay un viaje que se nos ha ido resistiendo durante todos estos años, ese es Japón. Creo que organicé mil posibles itinerarios, pero al final ninguno llegó a buen puerto… Y no porque no le pusiéramos ganas, no, todo lo contrario… La última vez que monté un itinerario fue en 2019, con previsión de que íbamos a viajar en 2020, sin embargo, el destino decidió que ese año tampoco iba a ser… Y bien, ahora he vuelto a revisar los itinerarios que ya tenía apuntados para dar ya con el que será el itinerario definitivo porque este año ¡vamos a Japón sí o sí! Dado que Japón es uno de los países más visitados del mundo, resulta abrumadora la cantidad de información que se puede encontrar en internet ahora mismo… Hasta me aventuraría a decir que disponer de toda esta información incluso entorpece la organización del viaje, pues a veces cuesta decidir qué es lo que de verdad nos gustaría visitar y qué es lo que se supone que “debemos visitar” en Japón.

Y como todos tenemos intereses y gustos distintos, para nuestro primer viaje a Japón hemos decidido prescindir de lo que “no debemos perdernos” para centrarnos en lo que más nos interesa. Por eso hemos elegido visitar la región de Tohoku, una región menos conocida de Japón, con la intención de huir de las “masas” de turistas que visitan el país todos los años. Además, Tohoku reúne algunas de las tradiciones que más interés nos despierta, como por ejemplo la momificación en vida (momias sokushinbutsu) que se llevaba a cabo en la prefectura de Yamagata o la tradición de los namahages de Akita. Aunque no podremos presenciar el namahage porque se celebra en Año Nuevo, ni el Festival Namahage Sedo porque se celebra en febrero, sí visitaremos su museo. También haremos una incursión en la cultura Jomon en Aomori y tampoco nos olvidaremos de la historia de los samuráis, y para ello, visitaremos el castillo de Hirosaki, uno de los pocos castillos que siguen en pie sin renovaciones desde el período Edo, así como las ciudades de Kakunodate, Hiraizumi o Sendai.

Y como éste es nuestro gran sueño viajero, le dedicaremos un total de 24 días que hemos distribuido de la siguiente manera:

Logística viaje

En este viaje, igual que en Corea del Sur, nos desplazaremos en tren. Sin embargo, tras calcular aproximadamente los precios de los traslados y compararlos con el precio del JR Pass, hemos decidido que no adquirir el JR Pass. Finalmente, para poder tener más libertad en los desplazamientos sin tener que depender de los horarios del transporte público, alquilaremos coche en diferentes ciudades como Hiraizumi, Morioka, Aomori, Akita, Sakata y Tsuruoka.

Si no queréis perderos detalles del viaje, leed también las próximas crónicas:

Tohoku a bocados: sabores únicos del noreste de Japón

Experiencias en Japón: onsen ryokan

Experiencias en Japón: dormir en un shukubo

Lo que + nos gustó y lo que –. Tokio y Tohoku

Japón (Kioto y Kyushu) – el gran sueño viajero 2

Lo que + nos gustó y lo que -. Shanghai y Ruta de la Seda

Dividimos nuestro segundo viaje por China en dos partes bastante diferentes entre sí: por un lado, la modernísima Shanghai y los pueblos del agua (Suzhou y Zhouzhuang) y por otro, la Ruta de la Seda, que nos introdujo en la historia de las distintas dinastías chinas, pero sobre todo en el avance y la evolución del budismo. Fue un viaje de contrastes y de nuevas experiencias, del que hemos decidido resaltar lo que más nos gustó y lo que menos. ¡Empecemos pues!

Lo mejor:

+ Ver por fin los Guerreros de Terracota de Xi’an, esas esculturas archiconocidas, hechas de arcilla, de tamaño real y que presentan características propias y únicas. Definitivamente, es algo digno de ver al menos una vez en la vida.

+ Xi’an en general, su muralla, su barrio musulmán, sus templos… Desde luego fue nuestra ciudad favorita.

+ Conocer otra historia de la Ruta de la Seda: la del budismo, a través de las grutas y los templos. Viajamos con la idea de la Ruta de la Seda como ruta comercial, de intercambio de bienes, pero descubrimos que también fue una ruta de intercambios intangibles, como la cultura y la religión.

+ Las Grutas budistas que conocimos a lo largo de nuestro trayecto, como las de Bezeklik, Mogao, Maijishan o Longmen. Y de todas, las Grutas de Maijishan supusieron todo un desafío para mí.

+ La comida. La comida china siempre es sorprendente, sin embargo, en este viaje lo sorprendente, al menos para mí, fue encontrar platos con patata o con tomate. Aunque no me lo esperaba (debido a mi ignorancia), lo cierto es que los tomates y las patatas se llevan cultivando en China desde el siglo XVII.

+ Tomar el té en una casa de té en Tianshui, una experiencia única.

+ El skyline de Shanghai y los pueblos del agua, lugares que sin duda no hay que perderse en un viaje a China.

Lo peor:

̶ Algunas costumbres que aún no han cambiado desde la última vez que visitamos China, aunque sí son cada vez menos comunes, como escupir, eructar, o colarse…

̶ Aunque las ciudades de China son cada vez más amigables con los peatones, la cantidad de bicis, motos o ciclomotores circulando por las aceras, entorpecen el paso y hacen que el paseo sea un tanto agobiante.

̶  Los controles constantes, sobre todo en el transporte público.

̶ Las interminables colas para visitar las Grutas de Mogao en Dunhuang y los Guerreros de Terracota de Xi’an. Septiembre no es un mes de temporada alta, sin embargo, hay atracciones turísticas a las que da igual cuando vayas porque siempre están abarrotadas.

̶  La mala suerte que tuvimos con los museos. En Urumqi no llegamos a visitar el Museo de Xinjiang por el retraso de 5 h de nuestro vuelo, en Dunhuang por ser lunes (los lunes cierran la mayoría de los museos) y en Xi’an por no tener reserva.

̶  China es muy grande y se gasta mucho tiempo en los traslados, y aún más cuando hay retrasos. Un viaje por diferentes provincias, como el que hicimos, permite conocer un mayor número de ciudades, sin embargo, resulta agotador también.

̶  La sensación de habernos dejado mucha cosa por el camino, pero al final esto sería una razón para volver, ¿no?

Xi’an, entre el pasado y el presente

Xi’an, capital de la provincia de Shaanxi, es una de las tres ciudades más conocidas y visitadas de China, junto a Beijing y Shanghai. Fue una de las capitales imperiales antiguas de China, junto a Luoyang, Nankin y Beijing, sirviendo como centro de gobierno de diez dinastías como Zhou, Han, Sui, Tang o Ming. Fue fundada durante la dinastía Zhou bajo el nombre de Fenghao, cambiando al nombre de Chang’an durante la dinastía Han, cuando en 202 a.C. Liu Bang estableció allí la capital de su imperio. La actual ciudad de Xi’an fue reconstruida durante la dinastía Ming sobre los restos de la antigua ciudad de Chang’an. Se considera que fue el punto inicial y final de la Ruta de la Seda, o al menos, así lo fue durante los períodos en los que fue capital. Debido a su gran pasado y a los restos arqueológicos conservados, Xi’an fue declarada Ciudad Histórica del Mundo por la Unesco en 1981.

Pasamos en la ciudad cuatro días enteros (dos de los cuales los dedicamos a Xi’an y dos a visitar Tianshui y Luoyang) y dos medios días (uno al volver de Urumqi, y otro al volver de Dunhuang). El primer contacto con Xi’an lo tuvimos al volar desde Urumqi. Nuestro vuelo salió con 3 h de retraso, dejándonos poco margen para visitar la ciudad. Por suerte, esa noche dormimos en un hutong, cerca de la puerta sur de la Muralla de Xi’an, por lo que esa tarde aprovechamos para recorrerla. La Muralla de Xi’an fue construida entre 1374 y 1378, durante la dinastía Ming, con la finalidad de defender la ciudad de los posibles ataques de tribus bárbaras, y se encuentra en un perfecto estado de conservación. Tiene forma rectangular, con una longitud de aprox. 14 km, una altura de unos 12 m y una anchura de entre los 15 y los 18 m. Cuenta con cuatro accesos ubicados en cada uno de los puntos cardinales. Para acceder, hay que pagar entrada y se puede recorrer a pie o alquilando una bicicleta.

A la vuelta de Dunhuang, aprovechamos para visitar la Torre de la Campana y la Torre del Tambor, para luego pasear por el barrio musulmán y visitar la Gran Mezquita de Xi’an. La Torre de la Campana y la Torre del Tambor se encuentran a poca distancia entre sí y se puede comprar una entrada que combina el acceso a ambas torres. Las torres fueron construidas durante la dinastía Ming, en el año 1380, y tenían como finalidad señalar la hora y marcar los eventos importantes. Para llegar a la Torre de la Campana, se accede a través del paso subterráneo, el mismo a través del cual se accede al metro. Esta torre tiene una altura de unos 27 m y desde su terraza se puede disfrutar de una vista panorámica de la ciudad.

La Torre del Tambor se encuentra a unos 200 m desde la Torre de la Campana, y en su interior se pueden observar muebles antiguos, muchos tambores y otros instrumentos tradicionales.

Desde la Torre del Tambor, nos adentramos en el zoco, donde aprovechamos para cenar, y desde allí fuimos a la Gran Mezquita de Xi’an. Esta mezquita es una de las más grandes de China, y una de las más impresionantes con una mezcla musulmana y china muy original. La edificación data del año 742, durante la dinastía Tang, aunque fue restaurada durante las dinastías Ming y Qing. No se puede acceder a la sala de oración, pero sí se puede ver desde la entrada. Cuando nosotros fuimos estaban rezando en su interior, por lo que las puertas estaban cerradas, sin embargo, había unas pantallas a la entrada que mostraban su interior. No es necesario que las mujeres se cubran la cabeza para entrar al recinto.

Tras dedicar dos días a Tianshui y a Luoyang a las que nos desplazamos en tren desde Xi’an, empezamos el siguiente día visitando el templo Jianfu. En el mismo recinto al que se accede enseñando el pasaporte, se encuentran también la Pequeña Pagoda del Ganso Salvaje (Small Wild Goose Pagoda) y el Museo de Xi’an. El templo fue construido por la emperatriz Wu Zetian en el año 684, tras la muerte de su primer marido, el emperador Gaozong, dedicado a los antepasados de la dinastía Tang. En sus orígenes, el templo recibía el nombre de Xianfu, y este cambió a Jianfu cuando Wu Zetian ascendió al trono. El templo recibió muchos peregrinos y con ellos llegó también una gran cantidad de textos budistas, o Sutras. Uno de los monjes más famosos fue Yi Jing que tradujo gran parte de estos textos. El templo sufrió un período de decadencia cuando en el siglo IX el emperador Wuzong inició una gran persecución al budismo.

La Pequeña Pagoda del Ganso Salvaje tiene una forma piramidal con una altura de unos 43 m, distribuidos en 15 plantas. Fue construida durante el reinado de Zhongzhong entre los años 707 y 709 para albergar los Sutras traducidos por el monje Yi Jing. Inicialmente la pagoda se encontraba delante del templo de Jianfu, no en el mismo recinto, y tenía una altura de unos 45 m. La pagoda sufrió grandes daños durante varios terremotos ocurridos durante las dinastías Ming y Qing y fue restaurada numerosas veces.

El emperador Kanxi trasladó junto a la pagoda una campana fabricada en el año 1192. Esta campana pertenecía al templo Shangge, en la ciudad de Wugong, sin embargo, el templo fue destruido durante unas fuertes inundaciones. Recibe el nombre de Campana Matutina de la Pagoda del Ganso (Yanta Chenzhong) porque los monjes la tocaban cada mañana al hacer la llamada a la oración. Se puede pagar para tocar tres veces la réplica de la campana, ya que la original está guardada en el campanario del templo.

En el lado derecho del recinto se encuentra el Museo de Xi’an, de acceso gratuito, donde se exponen todo tipo de objetos relacionados con la ciudad de Xi’an, distribuidos en sus tres plantas: desde imágenes de buda, pinturas, esculturas, caligrafía, etc.

Desde el templo de Jianfu nos dirigimos al templo Daxingshan, uno de los templos más bonitos de Xi’an. No es un templo muy turístico y se nota, sin embargo, sus edificios y sus jardines son impresionantes. Fue construido entre 265 y 289 d.C. y sigue activo en actualidad.

La siguiente parada fue el Museo de Historia de Shaanxi, pero volvimos a tener mala suerte, igual que en Urumqi o en Dunhuang. Se permite el acceso de 6000 personas/día, con reserva previa. Para los extranjeros resulta difícil reservar, ya que la página está solamente en chino y se necesita un número de teléfono chino para poder finalizar la reserva. Se puede probar de ir directamente como nosotros, aunque, es muy probable que os pase lo mismo que a nosotros, y os nieguen la entrada. Otra opción es coger un tour que incluya la visita al museo.

Decepcionados por no haber podido visitar el museo, nos dirigimos al templo Da Ci’en, famoso por tener en su recinto la Gran Pagoda del Ganso Salvaje (Giant Wild Goose Pagoda). A diferencia de los dos templos anteriores, a éste se accede pagando una entrada. El templo fue construido en el 648 d.C. por el emperador Gaozong en honor a su madre, la emperatriz Wende. Tras la caída de la dinastía Tang el templo fue destruido, datando los edificios actuales de la dinastía Qing.

Sin embargo, la Gran Pagoda de la Oca Salvaje es originaria de la dinastía Tang. Esta pagoda fue construida en el año 648 d.C. sobre una base cuadrada y se alza hasta una altura de casi 65 m. Entre 701 y 705 d.C. la emperatriz Wu Zetian añadió cinco plantas más al edificio existente que ya disponía de cinco plantas, alcanzando un total de 10, aunque posteriores terremotos destruyeron tres de las nuevas plantas. Se puede acceder al interior de la pagoda pagando una nueva entrada, aunque en su interior no hay mucho que ver… Cada planta cuenta con cuatro ventanas, una en cada lado de la torre, desde las cuales se puede ver la ciudad de Xi’an. El 22 de junio de 2014 la pagoda fue incluida en la lista de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

En el año 652, el emperador Taizong mandó guardar en su interior las escrituras y reliquias budistas que el monje Xuan Zang (monje que nació en Luoyang y que pasó por la ciudad de Gaochang) trajo de la India tras su peregrinación. El salón Xuan Zang Sanzang alberga la Sarira o reliquia de Xuan Zang y una estatua de bronce del monje. Los frescos pintados sobre las paredes de la sala representan su peregrinaje a través de la Ruta de la Seda.

Para nuestro último día en Xi’an, cogimos un hotel cercano al palacio Hua Qing para poder disfrutar de las aguas termales de las que es famosa esta zona. Las fuentes fueron descubiertas durante la dinastía Zhou Occidental y se considera que el agua puede curar varias afecciones de la piel e incluso dolores musculares. En el hotel en el que nos alojamos nos pusieron leche y pétalos de rosas en la bañera llena de agua sulfurosa.

Por lo tanto, nuestro último día en Xi’an lo aprovechamos para visitar el palacio Hua Qing, al que fuimos caminando desde nuestro hotel. Con la misma entrada se puede acceder las veces que se quiera durante el día, escaneando la cara en la máquina de la entrada. La historia de los baños se remonta a casi 3000 años, siendo una zona preferida por muchos emperadores de varías dinastías para ubicar sus palacios. Durante la dinastía Tang fue cuando el palacio recibió del nombre de Hua Qing y parte de las edificaciones anteriores fueron restauradas.

El palacio es famoso por el romance entre el emperador Xuanzong y su concubina Yang Guifei, a quien el emperador dio el honor de bañarse en las piscinas de Hua Qing. Estas piscinas imperiales aún se conservan. Aunque no se permite el baño, hay unas pequeñas estancias en las que se permite, previo pago, remojarse los pies en las aguas termales.

Saliendo del recinto se puede subir en teleférico a la parte alta de la montaña. Nosotros teníamos intención de subir en teleférico y bajar por el camino que serpentea por la montaña entre varias edificaciones, pero nos llevamos una sorpresa al ver que el camino estaba cerrado y no se permitía bajar caminando. Aprovechamos para salir de la zona del teleférico para visitar los templos y pabellones que hay en el lado derecho. Se pueden visitar a pie o pagando un autobús que hace paradas en los diferentes puntos de interés.

Para bajar volvimos a coger el teleférico, aunque nos costó encontrar a alguien que nos vendiese los billetes, ya que la mayoría de la gente ya los compra inicialmente de ida-vuelta y muchas veces simplemente suben para ver las vistas de la ciudad y vuelven a bajar.

Si es solo por las vistas, la verdad no creo que valga mucho la pena subir. Si la intención es bajar caminando como fue la nuestra, tampoco os lo recomiendo porque os puede pasar como a nosotros, que os encontréis el camino cerrado. Ahora si os interesan los demás edificios (marcados en rojo en el mapa), entonces sí, vale la pena subir.

Tras esta visita, cogimos el autobús delante del palacio y nos dirigimos por fin a los Guerreros de Terracota. Para visitar el museo se debe comprar una entrada con anterioridad ya que el número de visitantes está restringido, sin embargo, en este caso, las entradas se pueden comprar fácilmente a través de Trip. Una vez en las taquillas, se presenta el pasaporte para recibir la entrada física con la que se puede acceder al recinto. Con la entrada se pueden visitar el Mausoleo del emperador Li Shan y las tres fosas en las que se encuentran los guerreros. A parte de la entrada, se puede pagar un coche eléctrico, para el trayecto que une las taquillas con el museo.

El ejército está compuesto de miles de estatuas en tamaño real hechas de arcilla que sirvieron de guardianes durante la vida después de la muerte del emperador Qin Shi Huang (259-210 a.C.). La Fosa 1 es la más grande y la más importante, ya que en ella se conservan unos 6000 guerreros. La fosa 2 cuenta con unos dos mil guerreros y en los laterales se pueden ver algunos guerreros protegidos en vitrinas de cristal, mientras que la fosa 3 es la más pequeña, con unos 70 guerreros. En 1987 fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Y con esto, dimos por finalizada nuestra visita a Xi’an y también nuestra Ruta de la Seda china. Desde nuestro hotel, nos esperaron unas 2 h de trayecto en metro, cambiando 4 líneas distintas hasta llegar al aeropuerto para nuestro vuelo a Beijing y desde allí a Barcelona, sin embargo, valió la pena tanto por poder disfrutar de las aguas termales como por ver uno de los emblemas más fascinantes de China. Sin embargo, no vamos a despedirnos para siempre de este gran país, porque nunca se sabe cuándo vayamos a volver… ¿Puede que dentro de otros 13 años? Quién sabe…