Experiencias en Japón: onsen ryokan

El onsen ryokan combina dos conceptos de la cultura japonesa: por un lado, los onsen, o baños en aguas termales naturales, y, por otro, los ryokan o posadas tradicionales. Y aunque estos conceptos son a menudo usados como sinónimos, no lo son. Empecemos pues por el concepto de ryokan. Su origen se encuentra en el período Nara (710-794) cuando surgió la necesidad de crear alojamiento para funcionarios del gobierno o comerciantes que se desplazaban por el archipiélago y necesitaban lugares donde pasar la noche. Durante el período Edo (1603-1868), con la creación de nuevas rutas, tanto económicas como las rutas que unían Edo y Kioto, como espirituales como las rutas de peregrinación, esta oferta hotelera se diversificó dando lugar tanto a ryokans como a shukubos, o templos en lo que se podía pasar la noche. Los ryokans han ido evolucionando desde el período Edo, llegando a ser hoy en día verdaderos centros de bienestar, pero sin perder su esencia tradicional. Así pues, éstos además de alojamiento también ofrecen relax en baños onsen o sento (agua caliente, no termal) y una experiencia gastronómica kaiseki con platos típicos y productos de temporada.

En cuanto a los onsen, el término se refiere a instalaciones, ya sean un ofuro (bañera tradicional de madera de cedro), o rotenburo (piscinas al aire libre), en las que se puede disfrutar de agua termal, rica en minerales, que brota debido a la actividad geotérmica. Así pues, los onsen ryokan son ryokans que ofrecen agua termal, muchas veces situados en plena naturaleza, incluso en lo más profundo de las montañas, a las orillas de ríos o lagos termales que emanan naturalmente de la tierra.

Arquitectónicamente, los onsen ryokans siguen la estructura tradicional, construidos de madera, con puertas correderas y suelos de tatami, y con pocas habitaciones distribuidas en una o dos plantas. En la actualidad ofrecen tanto habitaciones de estilo tradicional japonés, durmiendo sobre futon en el suelo, o de estilo occidental. Independientemente del estilo, las habitaciones normalmente se distribuyen en tres zonas, una para dormir, una para descansar y disfrutar de las vistas al jardín, y una para el aseo, donde se encuentran el inodoro, la pica y la zona de baño separadas por puertas correderas. Muchos onsen ryokans ofrecen habitaciones con ofuro con agua termal, además de los baños públicos, separados por sexos, o los privados que se pueden reservar para acceder con la pareja, la familia o los amigos. Durante nuestro viaje, nos hospedamos en dos onsen ryokans, uno en Ichinoseki (prefectura de Iwate) y uno en Yuzawa (prefectura de Akita). Aunque con pequeñas diferencias que comentaremos a continuación, ambas experiencias fueron muy parecidas e igual de placenteras.

Los primero que hay que tener en cuenta es que al entrar en un ryokan hay que quitarse los zapatos, por lo que conviene llevar calcetines preparados, ya que desde la entrada hasta la habitación (donde hay zapatillas y calcetines disponibles) hay que ir descalzos. Los zapatos los devuelven al finalizar la estancia (lo que nos hizo recordar nuestra experiencia en un jjimjilbang en Corea del Sur). En uno de los ryokans nos dieron unas pulseras en las que se quedarían marcados los extras durante nuestra estancia y que se pagarían a la salida (por ejemplo, usar las máquinas de vending o las sillas de masaje), mientras que en el otro, estaba todo incluido, desde briks de leche para tomar tras el baño, helados, bebidas y hasta ramen por la noche por si nos entraba hambre. Otra diferencia entre los ryokans en los que nos hemos hospedado fue que en uno nos dieron la bienvenida con una taza de té y un dulce, mientras que en el otro no. Todo depende de la categoría y el precio del ryokan, evidentemente. En ambos ryokans el personal solamente hablaba japonés, por lo que nos comunicamos a través del traductor de Google y para saber dónde estaban la habitación, los baños o el comedor, nos dieron directamente unos mapas impresos del edificio.

Para movernos por sus instalaciones, en ambos, nos facilitaron zapatillas y una especie de pijamas de dos partes. Previo a la llegada, nos contactaron para preguntarnos la talla por lo que los teníamos preparados en la habitación. Los yukatas solamente se usan para el baño, dícese para desplazarse de la habitación a los baños compartidos o a los baños privados reservados. En ninguno de los dos ryokans en los que fuimos se permitía acceder al comedor para la cena o desayuno en yukata. De hecho, éstos ni siquiera estaban disponibles en la habitación. En un ryokan se debían pedir en recepción y en el otro había un cuarto con yukatas de diferentes tallas y colores y donde cada uno podía escoger el que quisiera.

Igual que en los baños compartidos del jjimjilbang en Corea del Sur, se debe entrar en el agua sin absolutamente nada de ropa, por lo que hay que dejarse en casa el bañador y el pudor. Aunque evidentemente, si existe la posibilidad, es mucho más fácil bañarse desnudo en un baño privado. Dado que en los ryokans en los que nos alojamos teníamos la posibilidad de reservar el onsen, optamos por esta opción. En los baños compartidos y también en los reservados, no hay toallas, por lo que hay que llevarla desde la habitación usando unos cestos preparados para este fin. Antes de entrar en el agua es fundamental ducharse usando el asiento y el cubo de madera. Además, hay que tener en cuenta que el agua termal sale muy caliente, por lo que hay un grifo de agua fría que se puede abrir para atemperarla. Por último, hay que tener en cuenta que no se debe sumergir la cabeza o el pelo.

Otra experiencia que ofrecen los ryokan son la cena y el desayuno estilo kaiseki en los que se utilizan productos de temporada para preparar platos tradicionales. Algo muy típico de los onsen ryokans son los onsen tamago o huevos cocinados usando el agua termal de los que ya os hablé. Dado que incluir la cena y el desayuno suben el precio considerablemente, nosotros los elegimos en un ryokan para poder tener así la experiencia completa, mientras que en el otro no. Ambas comidas, tanto la cena como el desayuno, nos las sirvieron en una habitación privada dentro del comedor y ambas fueron compuestas por multitud de pequeños platos. Dado que había algunos platos que se podían escoger entre varias opciones y algunos incluso se podían repetir, nos dejaron el menú impreso sobre la mesa. Aunque solamente estaba en japonés, no tuvimos problemas para entendernos, pues lo tradujimos con el traductor y fuimos señalando lo que queríamos.

Y esta fue nuestra experiencia en dos onsen ryokans en Tohoku. Ambos ryokans estaban situados lejos de cualquier ciudad y solamente fue posible acceder gracias al coche de alquiler. A pesar del precio y del difícil acceso, alojarse en un onsen ryokan es muy recomendable si buscas una relajante experiencia tradicional japonesa. Además de disfrutar de los baños termales, ofrecen la oportunidad de probar la cocina local y sumergirse en la hospitalidad japonesa, donde cada detalle está cuidado. Sin duda, es una experiencia única que merece la pena probar al menos una vez.

Los namahages de Oga, entre la leyenda y el temor

En la península de Oga, en la prefectura de Akita, perdura una tradición con raíces en el folclore y las leyendas japonesas, que se repite cada Año Nuevo. Se trata de un ritual en el cual los namahages, ogros que viven en las montañas, descienden para visitar las casas de la comunidad con el propósito de ahuyentar la pereza y los malos comportamientos, especialmente entre los más pequeños, pero también para traer salud a la familia y asegurar buenas cosechas. De hecho, etimológicamente la palabra namahage deriva de la forma regional de decir ampollas (namo) y pelar (hage) haciendo referencia a una erupción cutánea causada por la sobreexposición al fuego, enfermedad que padecen aquellos que se quedan rezagados alrededor del fuego sin hacer nada útil. En actualidad, esta tradición se considera de importancia nacional y desde 2018 es reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.

Esta tradición, como muchas otras, ha sufrido cambios a lo largo del tiempo. Aunque hoy en día el ritual se celebra en Nochevieja siguiendo el calendario gregoriano, antiguamente se celebraba en Koshogatsu (Pequeño Año Nuevo) que coincidía con la primera luna llena del año. Por esta razón, desde 1964, el segundo fin de semana de febrero (coincidiendo con el Pequeño Año Nuevo), se celebra el Festival Namahage Sedo en el Santuario Shinzan de Oga. Este evento combina una danza kagura propia de la zona (Yu-no-Mai), el ritual sintoísta Saitosai (procesión de bailes y tambores) que se celebra anualmente en el mismo santuario desde hace 900 años, y la tradición popular namahage, con quince namahages bajando de la montaña con antorchas y repartiendo mochis como símbolo de protección.

En cuanto al origen de los namahages, existen actualmente tres teorías y una leyenda. Acorde a la primera teoría, los namahages se inspiraron en los yamabushi o practicantes de shugendo que se desplazaban de casa en casa para rezar. Una segunda teoría, presenta a los namahages como mensajeros del kami (o dios sintoísta) de la montaña, una especie de toshigami, que bajaban para traer bendiciones para el nuevo año. Otra teoría, relaciona a los namahages con extranjeros de apariencia extraña que se habían instalado en Oga y que los aldeanos consideraban oni (criatura del folclore japonés parecida a un ogro o un demonio). Y finalmente, la leyenda más difundida cuenta que el origen de los namahages se encuentra en cinco murciélagos que siguieron al emperador Wu de Han (156-87 a.C.), emperador chino de la dinastía Han, hasta la península de Oga y una vez allí se transformaron en oni. Estos ogros se establecieron en las montañas de Hozan y Shinzan (las montañas más altas de la península) y se dedicaban a robar cosechas y mujeres jóvenes en las aldeas de Oga. Cansados de los ogros, los aldeanos los desafiaron a construir una escalera de piedra con 999 peldaños desde la orilla del mar hasta la cima del monte Shinzan en una sola noche, con la promesa de entregarles una joven cada año si lo consiguieran. De lo contrario, estos deberían abandonar Oga para siempre. Justo cuando los ogros estaban a punto de finalizar la tarea, un aldeano imitó el canto del gallo anunciado la llegada del amanecer, haciendo creer a los ogros que habían fracasado, pues la noche había acabado, abandonando así Oga para siempre.

Así pues, los namahages son ogros o seres demoníacos del folclore japonés representados por parejas o tríos de hombres con aterradoras máscaras de madera, ataviados con largos abrigos de paja (mino), y armados con cuchillos de madera (deba, para raspar la piel quemada) y cubos de madera (teoke). En Nochevieja, éstos bajan de las montañas, recorren las calles y entran en las casas con la ayuda de un Sakidachi. El Sakidachi es la persona encargada de asegurarse que en las casas en las que van a entrar no haya ocurrido nada que pudiera impedir la visita como que haya nacido un bebé en el último año, estén de luto por la muerte de algún familiar o estén lidiando con una enfermedad grave. La entrada se lleva a cabo con gruñidos y fuertes gritos de “¿Hay algún llorón aquí?, ¿Hay niños traviesos aquí?, ¿Hay personas perezosas aquí?” con la finalidad de asustar a los perezosos y a los desobedientes.

El cabeza de familia da la bienvenida a los namahages con sake y algo de comer y hablan sobre cómo ha ido la cosecha, sobre la salud de la familia y sobre si todos los miembros de la familia trabajaron duro o estudiaron mucho. Los namahages prometen favorecer una buena cosecha para el año venidero a la vez que amenazan con enojarse si algún miembro de la familia es perezoso, desobediente o no trabaja con ahínco. Dado que los padres conocen a las personas que encarnan a los namahages, muchas veces ensayan lecciones específicas para sus hijos durante la visita, sirviendo así como una oportunidad para los jóvenes para reflexionar sobre sus acciones. El pretexto es que los namahages ven todo lo que sucede en la aldea desde la montaña y registran toda esta información en su libro secreto. En caso de necesidad, el cabeza de familia puede llamar a los namahages de vuelta aplaudiendo tres veces hacía la montaña, pero si no es necesario, éstos vuelven al año siguiente.

Esta tradición presenta variaciones según la aldea, y está emparentada con otras similares de Japón: Yamahage y Nagomehagi (prefectura de Akita), Amahage (prefectura de Yamagata), Amamehagi (prefectura de Ishikawa), Appossha (prefectura de Fukui), Suneja, Anmo, Nagomi y Nagomihakuri (prefectura de Iwate), Amaburakosagi (prefectura de Ehime), Toshidon (prefectura de Kagoshima), o Akamata-Kuromata (Okinawa). Durante siglos, la presencia de los namahages en Año Nuevo ha sido esencial en Oga y gracias al Festival Namahage Sedo, las nuevas generaciones pueden conocer y comprender esta tradición. Sin embargo, si no tenéis la oportunidad de vivirla en Nochevieja ni de asistir al festival, como nos ocurrió a nosotros, aún podéis sumergiros en esta tradición ancestral a través del Museo Namahage de Oga. En el mismo lugar se encuentra el Museo Namahage, que presenta la historia de los namahages a través de imágenes, audios, máscaras y trajes de la península de Oga, el Museo Folclórico Oga Shinzan en el que se realiza una representación teatral de la tradición de los namahages en Nochevieja cada media hora hasta la hora de cierre del museo, y el santuario Shinzan donde se celebra el Festival Namahage Sedo en febrero. Lo mejor es que abren todos los días del año. Lo peor es que todo está solamente en japonés, aunque para la representación teatral ofrecen tablets con el texto en inglés.

En resumidas cuentas, la historia de los namahages en Oga trasciende el folclore y se convierte en un lazo vivo entre pasado y presente, recordando a la comunidad la importancia de la reflexión, el respeto y la unidad.

Sincretismo japonés: Seiryu-ji (Aomori) y Takayama Inari (Tsugaru)

Japón es un país donde conviven dos grandes religiones: el budismo y el sintoísmo, que se han modelado y adaptado mutuamente para definir la religiosidad nipona. Es común que muchas personas practiquen o se identifiquen con ambas, fenómeno conocido como sincretismo, aunque el sintoísmo se prefiere para los rituales de nacimiento y matrimonio, mientras que el budismo para los ritos funerarios. Ambas religiones presentan rituales y estilos arquitectónicos propios y su simbolismo y diseño reflejan dos formas diferentes de entender lo sagrado: una mirada introspectiva y transformadora en el budismo, y una celebración de la naturaleza y las fuerzas invisibles en el sintoísmo. Una muestra de estas creencias son el santuario Takayama Inari en Tsugaru y el templo Seiryu-ji en Aomori que visitamos durante nuestro viaje por Tohoku.

Empecemos pues por la religión originaria de Japón: el sintoísmo. El sintoísmo es una religión animista con raíces en la prehistoria, surgiendo de la combinación de tradiciones, rituales y leyendas de las culturas jomon y yayoi. Carece de un fundador o un sistema dogmático, dado que consiste en un conjunto de creencias, relatos y prácticas transmitidas de generación en generación. Nació como una religión vinculada a la vida agraria, dependiente de la naturaleza y los ciclos estacionales, y que intentaba controlar estos ciclos con los rituales y la magia. Inicialmente se denominó culto kami por la veneración a los kami o deidades vinculadas a elementos naturales, seres espirituales, figuras legendarias y ancestros. Es una religión abierta que acepta nuevas deidades, lo que se refleja en el término yaoyorozu-nokami traducido como «ocho millones de dioses», para señalar la multiplicidad de deidades existentes. Entre los dioses principales se suman Izanagi e Izanami, de cuya unión nació Japón, y Amaterasu, la diosa del sol.

Entre los principales tipos de sintoísmo se identifican el Koshitsu shinto (sintoísmo de la casa imperial), el Jinja shinto (sintoísmo de santuario), y el Minzoku shinto (sintoísmo folclórico). Explicado brevemente, el Koshitsu shinto abarca los rituales sintoístas llevados a cabo por el emperador con el fin de solicitar la prosperidad del país ante Amaterasu Omikami y otras deidades ancestrales imperiales. Por el contrario, el Minzoku shinto corresponde a la práctica religiosa llevada a cabo por la población general, mientras que el Jinja shinto designa la práctica ceremonial efectuada en los santuarios por sacerdotes (kannushi) y asistentes (miko). Históricamente, la figura de las miko se originó en el período Jomon, cuando eran veneradas como poderosas chamanas capaces de comunicarse con los espíritus, sin embargo, la introducción del budismo supuso una progresiva pérdida de sus atribuciones, quedando relegadas a funciones secundarias bajo la autoridad de sacerdotes masculinos. En la actualidad son las encargadas de asistir a los sacerdotes en las ceremonias de matrimonio y de los bailes rituales llamados kagura (como el que presenciamos en el santuario Morioka Hachimangu).

Aunque los santuarios sintoístas tienen su propia historia, leyendas, calendario ritual y kami venerado, éstos presentan algunas características comunes como son una puerta torii, que delimita el espacio sagrado del profano, la fuente temizuya para el ritual de purificación (misogi) donde los visitantes se lavan las manos y la boca, el honden o edificio principal donde residen los kami, el haiden u oratorio, el heiden para las ofrendas, las estatuas de zorros, los origami (figuras de papel), o el uso del color rojo para alejar a los malos espíritus, entre otros. El santuario Takayama Inari que visitamos en Tsugaru es un buen ejemplo de santuario sintoísta.

El primer santuario, Sanno Bozan, se cree que fue fundado por el clan Ando, una poderosa familia que gobernó en la zona desde el período Kamakura (1185-1333) hasta el período Muromachi (1336-1573), en un sitio ya considerado sagrado previamente. Este santuario fue destruido por el fuego en el año 1443 y en su lugar se construyó el santuario Inari, dedicado a Inari Okami, dios de la agricultura, el comercio y los negocios, por el clan Ako en 1701 durante el período Edo (1603-1868). Unas empinadas escaleras llevan al santuario principal, así como a los santuarios subsidiarios situados detrás de este.

Bajando las escaleras se encuentra lo que puede considerarse la parte más impresionantes del santuario: el senbon torii o las mil puertas, un sendero bordeado por 230 torii rojos. Estos torii fueron donados por particulares y empresas desde hace apenas unos 40 años y se alinearon de forma que simularan un dragón, deidad mitológica consagrada en este santuario. El camino de torii tiene como punto de partida el santuario Ryuji y como punto final un mirador desde el cual se pueden apreciar los torii serpenteando a la orilla del estanque.

En el santuario Takayama Inari, como en otros santuarios sintoístas, son comunes las estatuas de zorros, considerados mensajeros de la deidad, en este caso de Inari Okami.

Siguiendo con nuestra historia, el budismo se originó en la India y desde allí, dos principales corrientes se difundieron a otros países asiáticos: el Theravada, basado en la doctrina de Buda, que se estableció en Sri Lanka, Birmania, Laos, Camboya y Tailandia; y el Mahayana, que no otorga a Buda un estatus de deidad, y que se asentó en China, Corea y Japón. Los primeros misioneros Mahayana emplearon la ruta de la seda para llegar a la capital de China, Luoyang, durante la dinastía Han. Aquí se construyó el primer templo budista, el Templo del Caballo Blanco en el año 68, templo que tuvimos el placer de visitar el año pasado durante nuestra ruta de la seda china. El budismo llegó a Japón procedente de China a través de Corea en siglo VI (alrededor del año 572), y para facilitar su integración incluyó a los kami como representaciones de Buda y Bodhisattvas, especialmente las escuelas Tendai y Shingon. Esto propició que durante gran parte de la historia religiosa japonesa no existiera una distinción clara entre budismo y sintoísmo.

Con la llegada del budismo, el sintoísmo adquirió su denominación actual para diferenciarse de esta nueva religión. El budismo se denominó butsudo o “vía de Buda”, mientras que la religión autóctona pasó a llamarse shinto, derivado de una antigua palabra china que significa “el camino de los dioses”, englobando las diversas tradiciones y leyendas japonesas previas al budismo. En japonés también se utiliza el término kami no michi.

La mayoría de los santuarios sintoístas estuvieron bajo administración budista desde el período Heian (794-1185) hasta la restauración Meiji (1868). En el año 700 se realizó la primera estandardización del sintoísmo y durante el período Nara (710-794) surgieron los primeros textos sintoístas. Hasta ese momento, el sintoísmo carecía de escrituras sagradas, en parte debido a la inexistencia de un sistema de escritura japonés previo al budismo. Entre 1185 y 1603 surgieron diversos movimientos doctrinales centrados exclusivamente en los kami como Ise o Watarai Shinto, y Ryobu Shinto, en respuesta a la influencia budista en las prácticas sintoístas. Estos movimientos constituyeron la base para el Yoshida Shinto o sintoísmo estatal, desarrollado durante la restauración Meiji, cuando se unificaron las prácticas sintoístas, separándolas formalmente del budismo, con fines principalmente políticos. El Shinto, por ser la religión originaria de Japón, pasó a ser la religión nacional del país, utilizada como instrumento ideológico, y la veneración de los santuarios se convirtió en un deber patriótico. El sintoísmo estatal fue prohibido tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante el período Nara (710-794), los emperadores Tenmu y Monmu promovieron el budismo mediante el comisionado o patrocinio estatal. Existían entonces seis escuelas budistas: Ritsu, Jojitsu y Kusha pertenecientes al budismo Theravada, y Sanron, Hosso y Kegon que seguían directrices del budismo Mahayana. En el período Heian (794-1185) llegaron desde China las escuelas budistas Tendai (que vimos en Yamadera, Matsushima y Hiraizumi) y Shingon, y en el período Kamakura (1185-1333) llegaron el budismo de la Tierra Pura o Jodo (Motsu-ji de Hiraizumi), y el budismo zen (Zuiga-ji en Matshima o Hoon-ji en Morioka). El budismo shingon fue fundado por el monje Kukai y se centra en el Buda cósmico Vairocana. La escuela amidista Tierra Pura (Jodo, Jodo-Shu, Jodo Shin-shu, Ji-Shu) enfatiza la salvación por medio de la creencia en Amitabha y es actualmente la escuela budista más numerosa de Japón, mientras que la escuela Zen (Soto, Rinzai, Obaku) influyó notablemente en la filosofía samurái, al centrarse en la búsqueda de la iluminación personal (satori) mediante la meditación (zazen). En actualidad, las principales escuelas budistas en Japón son Zen, Shingon, Jodo, Tendai y Nichiren.

En cuanto a los templos budistas, estos destacan por las grandes puertas (sanmon) que indican la entrada al lugar sagrado, las estatuas de Buda o Bodhisattvas y los altares, y el uso del incienso como ofrenda y símbolo de purificación. En cuanto a los elementos arquitectónicos, son comunes las campanas de bronce que se tocan en celebraciones especiales, las pagodas, y los cementerios. Además, los monjes budistas residen en los templos y realizan actividades rituales.

Un ejemplo de templo budista shingon es el Seiryu-ji en Aomori, aunque en realidad se trata de un betsuin o sucursal del monte Koya. Este templo fue fundado por Ryuko Oda y su construcción comenzó en 1978. Tras cruzar la gran puerta (Chumon), al lado izquierdo se puede observar un jardín zen, mientras que en el lado derecho se encuentra un salón bermellón que consagra Kodo-daishi (Kukai, el fundador del budismo Shingon).

Tras pagar la entrada, el primer edificio que nos encontramos fue Kodo, o la sala principal, que se construyó en 1992 y donde se celebran diversas ceremonias. Se puede acceder en su interior. Detrás del altar se encuentra una pintura de Amida Shoju Raigozu, una copia de la que se encuentra en el monte Koya.

Justo al lado se encuentra una pagoda de cinco plantas con una altura de 39,5 m, siendo la cuarta pagoda más alta de Japón. Fue construida en 1996 y está hecha de madera de Hiba (ciprés japonés). Esta pagoda expresa la visión del universo budista que se compone de los cinco elementos: tierra, agua, fuego, viento y cielo.

Siguiendo el camino, se encuentra Mizuko-jiko dedicado a los niños mortinatos. Los molinillos de viento sirven para consolar las almas de estos niños.

Y delante se encuentra la campana, que no puede faltar en ningún templo budista.

Al final del camino se encuentra el Gran Buda (Showa Daibutsu), la estatua sentada de bronce más alta de Japón (21 m). Representa a Dainishi Nyorai (o Vairocana), el Buda de rango más alto del budismo Shingon. Su construcción se completó en 1984, tras 5 años de obras. Se puede entrar en su interior, donde se encuentran un mural que muestra el ciclo de la reencarnación y un templo dedicado a la paz mundial.

Y ya para finalizar, las principales diferencias entre el budismo y el sintoísmo son las siguientes:

Propósito: los templos budistas son lugares dedicados a las enseñanzas de Buda y la práctica de rituales budistas. Se utilizan especialmente para ritos funerarios y conmemoraciones de los difuntos. Los santuarios sintoístas están dedicados a los kami, divinidades o espíritus de la naturaleza y ancestros, y son lugares para rezar por la buena fortuna, la purificación y la protección.

Deidades: En el budismo japonés no se adoran dioses sino budas y bodhisattvas, seres iluminados. Las figuras como Amida, Kannon o Dainichi Nyorai suelen ocupar el lugar central en el altar. En el sintoísmo los kami pueden ser fuerzas de la naturaleza, animales, objetos o personas deificadas.

Elementos arquitectónicos budistas: portones (sanmon), pagodas (estructuras de varios pisos, símbolo de la cosmología budista), salón principal o hondo (espacio donde se alberga la imagen principal de Buda), campana (bonsho), jardín zen (espacios para la meditación y contemplación), incensarios (utilizados para ofrendas y purificación espiritual).

Elementos arquitectónicos sintoístas: torii (puerta tradicional que marca la entrada al espacio sagrado del santuario), salón de ofrendas o haiden (donde las personas presentan plegarias y ofrendas), salón principal o honden (suele estar restringido al público; allí reside el kami), fuente de purificación o temizuya (para lavar las manos y la boca antes de entrar), cuerdas sagradas o shimenawa (marcan objetos o lugares sagrados) y amuletos o ema (se usan para escribir deseos).

Prácticas rituales: En el templo se acostumbra el incienso y la oración silenciosa; en el santuario, la purificación y los aplausos.

Festividades: Las festividades (matsuri) suelen celebrarse en santuarios; mientras que los templos se asocian más a fechas conmemorativas y funerarias.

Función social: El sintoísmo se relaciona con la vida y los inicios (nacimientos, matrimonios); el budismo se asocia con la muerte y los funerales.

Culturas prehistóricas Jomon y Yayoi: Aomori, Tsugaru y Akita

Hace 40.000 años puentes naturales formados por los bajos niveles del mar unieron Japón con el continente asiático y permitieron el desplazamiento de grupos poblaciones. Estos primeros movimientos migratorios dieron lugar al período Paleolítico japonés. Hace aproximadamente 15.000 años nuevas oleadas migratorias llegaron al archipiélago y dieron lugar al surgimiento del período Jomon, marcado por una fusión de las comunidades paleolíticas locales con los recién llegados. La civilización jomon es una de las más antiguas del mundo y su nombre, que significa «impresión de cuerda», proviene del patrón decorativo en su cerámica, creada al presionar cuerdas sobre la arcilla húmeda antes de cocerla. Estas vasijas de cerámica no solo representan logros técnicos, sino que son testimonio del inicio del sedentarismo, ya que la fragilidad y peso de la cerámica son incompatibles con estilos de vida nómadas.

Los jomon eran una sociedad cazadora-recolectora, no obstante, a diferencia de otros grupos de cazadores-recolectores prehistóricos que se desplazaban constantemente en busca de recursos, éstos construían poblados permanentes donde vivían de forma estable, aparentemente sin practicar la agricultura. Este sedentarismo fue posible gracias a la abundante disponibilidad de recursos naturales en su entorno: bosques de árboles caducifolios como el castaño, el nogal y el roble japonés (mizunara), altamente nutritivos, y una gran diversidad de animales, peces y mariscos. En yacimientos cercanos a ríos y costas se han encontrado restos de más de 50 especies de peces, lo que evidencia una dieta variada. Las herramientas de piedra y hueso utilizadas para la caza y la pesca reflejan un alto grado de especialización y adaptabilidad a las condiciones naturales. Además, el uso de la cerámica permitió a los jomon cocinar y almacenar alimentos, lo que facilitó la vida sedentaria.

El período Jomon suele dividirse en tres grandes fases:

· Fase de emergencia del sedentarismo (13.000–5.000 a.C.): Se caracterizó por el surgimiento de los primeros asentamientos estables y la aparición de la cerámica. Se comenzaron a construir viviendas-foso (pit-dwelling), es decir, viviendas con plantas excavadas en tierra, y apareció la práctica de enterrar a los muertos que sentó las bases del culto a los antepasados.

· Fase de desarrollo del sedentarismo (5.000–2.000 a.C.): se observó la introducción de almacenes y vertederos, así como la construcción de asentamientos en colinas cercanas a cursos de agua. Se crearon espacios rituales y ceremoniales y aparecieron los concheros, montículos de conchas y huesos de animales, que tenían funciones tanto rituales como prácticas.

· Fase de madurez del sedentarismo (2.000–400 a.C. – inicio del período Yayoi): los asentamientos se dispersaron, y varias comunidades compartieron sitios rituales y funerarios. Se desarrollaron cementerios rodeados de terraplenes circulares (círculos de piedra), lo que indica una organización social cada vez más compleja y ritualizada. También destaca la presencia de figurillas de arcilla estéticamente atractivas y otros bienes funerarios.

En el norte de Japón es donde más asentamientos jomon se han encontrado, sobre todo alrededor del estrecho de Tsugaru, que une las islas de Honshu y Hokkaido. Hay un total de 17 sitios arqueológicos relacionados con la cultura jomon (ocho en la prefectura de Aomori, seis en Hokkaido, dos en la prefectura de Akita y uno en la prefectura de Iwate), siendo Sannai Maruyama el más grande, importante y conocido. También es el más accesible ya que se encuentra a las afueras de Aomori, cerca de la parada de shinkansen de Shin-Aomori. Nosotros también visitamos dos sitios arqueológicos (Tagoyano y Kamegaoka) y el pequeño Museo Arqueológico Kizukuri Kamegaoka en Tsugaru, no obstante, pese al interés histórico, éstos no están preparados para ser visitados. Los sitios arqueológicos actualmente se encuentran cubiertos de tierra por motivos de conservación y solamente se puede ver el lugar (campo), mientras que la mayoría de los objetos encontrados aquí se exponen en el Museo Nacional de Tokio.

El sitio arqueológico Tagoyano en Tsugaru data de la fase de desarrollo del sedentarismo (4.000-2.000 a.C.) y se compone por viviendas-foso, tumbas, montículos de conchas, almacenes y otros elementos. Entre los objetos encontrados en los concheros destacan objetos hechos de hueso de ballena y delfín, o brazaletes hechos de conchas de berberechos.

El sitio funerario de Kamegaoka (1000-400 a. C.) es un gran cementerio del cual se han extraído numerosos objetos, incluyendo vasijas y cestas de bambú lacadas y numerosas figurillas de arcilla. De estas, destaca una, conocida como “figurilla de ojos saltones” (designada como importante patrimonio cultural), y cuya importancia reside en el hecho que muestra a una persona con gafas como las que llevaban los inuits (habitantes de Groenlandia, norte de Canadá y partes de Rusia). Cabe destacar que, igual que en el caso de Tagoyano, no hay prácticamente nada que se pueda ver, más allá del campo donde se encuentran las tumbas (cubiertas de tierra) y de donde se extrajeron todos estos objetos. En el centro de visitantes hay varias personas mayores que ofrecen un tour gratuito por el campo explicando la importancia del lugar, sin embargo, ninguna de ellas habla inglés. El abuelo que nos hizo de guía solamente disponía de un papel con unas pocas frases en inglés. En cuando a la figurilla de ojos saltones, hay una copia en el museo de Tsugaru, sin embargo, la figurilla original se encuentra en el Museo Nacional de Tokio. Nosotros nos tuvimos que contentar con ver la copia de Tsugaru, ya que la original no estaba en exposición el día que visitamos el museo de Tokio.

En cuanto a Sannai Maruyama, fue habitado desde el año 3900 a.C. (Jomon Temprano) hasta el año 2200 a.C. (Jomon Medio). Su excavación se inició en el año 1992 y se sigue excavando e investigado hoy en día. Se abrió al público en 1995. Tiene una superficie de 36 hectáreas y se han confirmado los restos de más 600 viviendas-foso que datan de diferentes épocas. La mayoría tiene un diámetro de unos 4 metros, por lo que se cree que albergaban a unidades unifamiliares. Lo más probable es que en este asentamiento vivieran unas 500 personas simultáneamente.

Además de las viviendas familiares, se han encontrado vestigios de grandes estructuras comunales de más de 10 metros de longitud, posiblemente usadas como lugares de trabajo conjunto o asambleas. Se han excavado también los restos de una estructura sostenida por seis pilares que se alzan en agujeros enormes de unos 2 metros de diámetro a una profundidad de 2 metros y a intervalos de 4,2 metros. Para proteger la madera de la pudrición, los jomon empleaban técnicas como el quemado de los pilares antes de enterrarlos, lo que ha permitido la conservación de éstos hasta nuestros días. Pese a que las estructuras son reconstruidas, éstas ofrecen una idea de cómo era la vida en el Japón prehistórico.

Otras edificaciones sostenidas por pilares cercanas al cementerio pudieron haber sido usadas con fines rituales o ceremoniales. Los adultos eran enterrados en fosas excavadas en el suelo, mientras que los niños eran depositados en tinajas a las que se les quitaba el fondo. Se han descubierto alrededor de 500 tumbas de adultos y más de 800 de niños.

Además del sitio arqueológico, también se puede visitar el museo que reúne en diferentes salas grandes cantidades de vasijas y herramientas de piedra, así como más de 2.000 figurillas de arcilla, instrumentos rituales, huesos de diversos animales y peces, frutos secos y otros objetos, provenientes tanto de Sannai-Maruyama como de otros sitios arqueológicos jomon. En 2003 los artefactos excavados fueron designados como Bienes Culturales Naciones Importantes de Japón y en 2021 los sitios arqueológicos jomon de Hokkaido y norte de Tohoku se registraron como Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

Por otro lado, la cultura yayoi se sitúa cronológicamente entre aproximadamente el año 300 a.C. y el 300 d.C, justo después del período Jomon y antes del período Kofun. Los yayoi llegaron al archipiélago japonés desde la península de Corea, se asentaron en el sur de Kyushu y fueron desplazando a la población de cazadores-recolectores jomon ya asentada. Se distinguen por la introducción de la agricultura arrocera en campos inundados, un cambio revolucionario que incluyó el desarrollo de sofisticadas técnicas agrícolas y sistemas de irrigación, y que transformó la economía, la organización social (sociedad matriarcal y matrilineal jerarquizada) y el paisaje del archipiélago japonés. Se comenzaron a construir viviendas rectangulares semienterradas, rodeadas en ocasiones por empalizadas, para proteger a la comunidad. Además, los yayoi fabricaron herramientas y armas de bronce y hierro, lo que evidenció un fuerte avance tecnológico respecto a los jomon. A finales del período Yayoi se observaron los primeros indicios de sintoísmo.

En cuanto a las prácticas funerarias, los entierros yayoi mostraban claras diferencias sociales: se encontraron desde entierros sencillos en fosas hasta tumbas más elaboradas con ajuares funerarios y ofrendas, como cuentas de vidrio y objetos de bronce. También destacaban por la cerámica de forma simple y funcional, diferente a la cerámica decorada jomon, pero perfectamente adaptada a las necesidades cotidianas de una sociedad agrícola.

El principal sitio arqueológico del período Yayoi es el Parque Histórico de Yoshinogari en Kyushu, donde se conservan viviendas, almacenes y cercas. No obstante, en Tohoku también se ha reconstruido un pequeño poblado yayoi a las afueras de Akita. Se trata del sitio arqueológico Jizouden excavado en 1985 y declarado Sitio Histórico Nacional en 1996 debido a su valor histórico. El pueblo yayoi rodeado por empalizadas de madera data de hace aproximadamente 2200 años y está formado por cuatro viviendas, tres situadas dentro de la empalizada y una fuera, construidas al estilo kabe tachi shiki (de tipo muro). Había cinco puertas, una de ellas usada como la entrada principal y otra conducía al cementerio.

Se encontraron 25 tumbas de niños en tinajas de barro y 51 tumbas de adultos, así como ajuares funerarios. Algunos de los objetos encontrados aquí se exponen en el pequeño museo de Jizouden, aunque la mayoría se encuentran en el Museo Nacional de Tokio. Actualmente, el lugar se utiliza con fines divulgativos y se realizan diferentes actividades, sin embargo, todas ellas son en japonés.

Desde un punto de vista físico, los jomon y los yayoi presentaban claras diferencias, tanto en la estatura, siendo los yayoi más altos que los jomon, como en la forma y tamaño del cuerpo y los rasgos faciales. Durante el período Kofun, la mayoría de los esqueletos excavados en Japón correspondían al tipo yayoi, con algunos individuos que presentaban mezcla jomon. Desde un punto de vista genético, toda la población japonesa moderna desciende de los yayoi. La única excepción son los ainus (Hokkaido) y los ryukyuanos (Okinawa) que están emparentados genéticamente entre sí, pese a encontrarse en los dos extremos opuestos del archipiélago japonés, por ser los únicos descendientes de los jomon.

Dos pueblos samurái: Hirosaki y Kakunodate

Los samuráis eran guerreros del Japón feudal cuya conducta estaba guiada por el bushido, un código moral no escrito conocido como “el camino del guerrero”, que resaltaba virtudes como la justicia (gi), el coraje (yu), la compasión (jin), el respeto (rei), la honestidad (makoto), el honor (meiyo), la lealtad (chugi) y el autocontrol (jisei). Este código imponía una vida de integridad y rectitud, donde lo correcto y lo incorrecto estaban claramente definidos. Etimológicamente, la palabra samurái proviene del verbo antiguo saburau que significa servir, dado que los samuráis estaban al servicio de señores feudales de alto rango, tanto daimios como shogunes, a quienes debían obediencia y lealtad a cambio de recompensas y privilegios. En sus inicios, los samuráis fueron guardianes de los miembros de la corte imperial (siglo IX), sin embargo, alcanzaron la cima del poder durante el siglo XII con la instauración del sogunato que asumía el control de las fuerzas militares, y, por ende, el control real del país.

Durante nuestro viaje por Tohoku hemos tenido la oportunidad de conocer figuras de grandes daimios como Date Masamune, pero también de visitar dos pueblos samuráis: Hirosaki, en la prefectura de Aomori, y Kakunodate, en la prefectura de Akita. Las casas de los samuráis (bukeyashiki) solían ubicarse en barrios especiales (bukeyashiki-gai), cerca de los castillos de los daimios, formando parte de la estructura defensiva y social de la ciudad. Estas residencias se construían principalmente de madera con techos de paja o tablillas de madera, dependiendo del estatus del samurái. Las paredes interiores eran hechas de papel de arroz sobre estructuras de madera (shoji y fusuma) que permitían cierta flexibilidad en la distribución de los espacios, y los suelos eran normalmente de tatami, que aportaba comodidad y aislamiento térmico.

Izquierda: Residencia Aoyagi; Derecha: Residencia Odano. Ambas en Kakunodate.

La decoración era austera e incluía emblemas familiares, caligrafías u objetos ceremoniales. Las casas de las familias más importantes también contaban con almacenes y habitaciones seguras para guardar armaduras, armas y objetos valiosos. Los jardines de estilo japonés (niwa), rodeados de muros altos, estaban diseñados para transmitir serenidad y reflejar el ciclo de las estaciones, así como servir de espacio de contemplación y meditación.

Izquierda: Residencia Ishiguro; Derecha: Residencia Aoyagi. Ambas en Kakunodate.

Muchos barrios samuráis aún se conservan, sin embargo, no todos los castillos que custodiaban tuvieron la misma suerte y de algunos no queda más que su historia, como vimos durante nuestro viaje. Actualmente quedan unos 100 castillos de los cuales 12 conservan las torres principales originales (tenshu) que datan del período Edo (1603-1868): Hirosaki, Matsumoto, Maruoka, Inuyama, Hikone, Himeji, Marugame, Bitchu Matsuyama, Matsue, Matsuyama (Iyo), Kochi, y Uwajima. Si bien las razones por las que se perdieron los castillos de Japón son varias, como el abandono en el caso de los castillos de Yamagata, Akita o Kakunodate o los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial en el caso del castillo de Sendai, mucho otros castillos fueron desmantelados, como fue el caso del castillo de Morioka, durante el período Meiji cuando el gobierno quiso “occidentalizar” la nación.

Otemon, Castillo de Hirosaki

La construcción del castillo de Hirosaki comenzó en 1603 bajo el dominio del Oura Tamenobu (o Tsugaru Tamenobu), el primer daimio de la región, y fue finalizada en 1611 bajo el dominio del segundo señor feudal, Oura Nobuhira (o Tsugaru Nobuhira). El Dominio de Hirosaki, anteriormente conocido como Dominio de Tsugaru, fue concedido en 1590 al clan Oura como recompensa del shogun Toyotomi Hideyoshi tras rebelarse contra el clan Nanbu de Morioka. Fue este el momento en el que el clan cambió su nombre de Oura a Tsugaru. Originalmente, el edificio constaba de cinco plantas, pero en 1627 la torre principal quedó destruida a causa de un incendio provocado por un rayo. El edificio fue reconstruido durante el período Edo (1810) como un edificio (tenshu) de tres plantas. También se conservan tres torres defensivas o yagura (Tatsumi, Hitsujisaru y Ushitora) y cinco puertas (Otemon, Higashimon, Higashi Uchimon, Kamenokomon, y Minami Uchimon). Es el único castillo de Tohoku que aun se conserva desde el período Edo y por esta razón fue declarado Bien Cultural de Importancia Nacional. En 2006 entró en la lista de los 100 mejores castillos de Japón. En actualidad, se están reparando los muros defensivos de piedra, por lo que el tenshu se ha movido unos 70 m sin desarmar. Una vez se haya finalizado la reconstrucción del muro, el edificio volverá a su ubicación original.

Castillo de Hirosaki

Durante la Restauración Meiji el castillo fue utilizado como guarnición del ejército, igual que el castillo de Yamagata, y en 1895 se convirtió en parque. Este parque alberga también el Hirosaki City Museum, un pequeño museo en el que se exponen objetos desde los períodos Jomon y Yayoi hasta la época feudal, y el jardín botánico (Hirosaki Castlle Botanical Garden). Con una entrada combinada se puede visitar el castillo, el jardín botánico y el jardín Fujita (Fujita Memorial Garden).

Jardín Botánico del Castillo Hirosaki

El jardín Fujita, que se encuentra cerca de la puerta de entrada Otemon, fue construido en 1921 por el empresario Fujita Kennichi con la ayuda de un jardinero venido desde Tokio, y se abrió al público en 1991. Está separado en dos niveles, encontrándose en la parte superior dos edificios, uno de estilo occidental y uno de estilo japonés, mientras que, en la parte inferior, dominada por un estanque, se encuentra una casa de té.

Jardín Fujita

Cerca de la entrada Kamenokomon, se encuentra la sección norte del distrito samurái de Hirosaki que antaño rodeaba el castillo. Cuatro casas samurái (Ito, Umeda, Iwata y Sasamori) de acceso gratuito y una casa comercial (Ishiba) de acceso de pago están abiertas al público. La casa comercial pertenecía a la familia Ishiba, una familia de comerciantes (no samuráis) y sigue sirviendo como hogar y comercio. Solamente se permite acceso al almacén desde el cual se puede vislumbrar el interior. En las demás casas, el único requisito para acceder es quitarse los zapatos. La casa de la familia Ito es una casa sencilla, hogar del médico de los daimios de Tsugaru. Detrás de la residencia Ito se encuentra la de Umeda.

Residencia Umeda en Hirosaki

Sin embargo, el mejor sitio para ver casas samuráis, a nuestro parecer, es Kakunodate. La historia de la ciudad tiene su origen en el período Sengoku (1467-1568) bajo el dominio del clan Tozawa. Tozawa Iemori construyó su castillo en Kakunodate en 1423 y su clan gobernó allí hasta que en 1602 Tozawa Masamori recibió el domino de Matsuoka en la provincia de Kinachi. Tras su marcha, el poderoso clan Satake del Dominio de Kubota con capital en Akita incorporó la región de Senboku, en la que se encontraba Kakunodate. El castillo de Kubota de Akita (actual Chiaki Park) fue la sede principal del clan, mientas que el castillo de Kakunodate fue ocupado por Ahina Yoshikatsu, hermano menor de Satake Yoshinobu, el primer daimio de Kubota.

Torreta Castillo Kubota en Akita

En 1619 una gran inundación azotó la ciudad de Kakunodate y, por esta razón, Ahina Yoshikatsu decidió reconstruirla en 1620, trasladándola al sur del castillo y dividiéndola en distintas áreas o machi, distribución que se ha mantenido hasta la actualidad. El distrito samurái recibía el nombre de Uchi-machi y en su momento álgido constaba de 240 residencias samuráis, 60 residencias ashigaru (soldados de a pie) y 26 templos y santuarios. Las ruinas del castillo se han convertido en el parque Furushiroyama, sin embargo, en el distrito samurái, Samurai-Yashikidori, aun se conservan edificios tradicionales de arquitectura bukeyashi. Hay un total de 6 casas abiertas al público, todas ellas distribuidas en la misma calle, a tres de las cuales hay que pagar entrada y se puede acceder a su interior y a tres no hay que pagar entrada, pero solamente se pueden ver desde el exterior (no se puede entrar). Las tres residencias gratuitas, Iwahashi, Odano y Matsumoto son más pequeñas y simples que las demás, pero igual de interesantes, ya que ofrecen una idea real de cómo eran las diferentes casas de los samuráis según su clase social. De ellas, destaca la residencia Iwahashi que fue renovada a finales del período Edo, cambiando su tradicional techo de paja por un techo de tablillas de madera. En su jardín hay un roble japonés de más de 300 años.

Residencia Iwahashi en Kakunodate

La residencia Aoyagi es la mayor de todas y es un buen ejemplo de cómo era la vida de las familias samuráis más ricas. Este conjunto de edificios tradicionales y antiguos almacenes fue reconvertido en museos y salas de exposiciones bajo el nombre de Museo Samurái. En sus diferentes espacios se puede ver una amplia colección de armaduras y armas, objetos de uso cotidiano, una casa de té, y hasta un pequeño santuario, ofreciendo así una experiencia completa.

Residencia Aoyagi en Kakunodate

La residencia Ishiguro es también una representación de una de las familias más ricas de la zona, sin embargo, en este caso no se trata de un museo sino de una de las pocas casas samurái aún habitada por los descendientes de la familia samurái original, que en sus orígenes se encargaba de las finanzas. Nada más entrar nos recibió uno de los miembros de la familia que nos llevó por la casa explicándonos su historia y todos sus los detalles. Además de la casa, se puede visitar también el almacén en el que se guardan tesoros familiares, como muñecas para el Hina Matsuri (festival de las muñecas que se celebra cada 3 de marzo), katanas, armaduras y hasta libros antiguos.

Residencia Ishiguro en Kakunodate

Por último, la residencia Kawarada es la más pequeña de las tres, y pertenecía al secretario principal y magistrado de templos y santuarios. Además de la casa se puede visitar también el almacén convertido en museo.

Residencia Kawarada en Kakunodate

Otros puntos de interés son el Museo de Artesanía Kabazaiku Denshokan (artesanía en corteza de cerezo), el Museo de Arte Huraifuku y el barrio de los mercaderes.

Residencia Watanabe en Kakunodate

Nosotros dedicamos un día a cada ciudad, llegando a Hirosaki desde Aomori en un corto trayecto en tren regional, y a Kakunodate desde Akita. Con el Akita shinkansen se puede llegar también desde Morioka o Tokio.

Morioka, donde las tradiciones y la gastronomía danzan al ritmo de sansa

Morioka es una tranquila ciudad situada a los pies del monte Iwate, apodado como el “Fuji de Iwate”. Sus inicios se remontan al período Heian (794-1185), aunque floreció bajo el dominio del clan Nanbu, que construyó el castillo Kozukata, también conocido como castillo de Morioka, en 1598. Los Nanbu gobernaron en Tohoku por más de 700 años, desde el período Kamakura (1185-1333) hasta la Restauración Meiji (1868-1912). Descendientes del emperador Seiwa Genji (850-880) del clan Minamoto, y emparentados con el clan Takeda de la provincia de Kai (actual Yamanashi), gobernaron primero en la provincia de Mutsu (con sede en Hachinohe) hasta que, finalmente, se establecieron en Morioka. Su historia va ligada también a continuos conflictos con el clan Tsugaru, del Dominio de Hirosaki, cuyos miembros habían sido vasallos de los Nanbu.

Aunque del castillo de Morioka no quedan más que las murallas, hoy reconvertidas en el parque de Iwate, la influencia de los Nanbu sigue palpable. De hecho, el símbolo de la grulla, emblema del clan, permanece como distintivo local, testimonio del peso histórico de la familia en la región.

A los pies del parque de Iwate, se encuentra el pequeño santuario Sakurayama, construido en 1749. Este santuario resguarda la memoria del clan Nanbu y está protegido por Eboshi-iwa, una roca considerada deidad que otorga fortuna y prosperidad.

Cerca del parque de Iwate se encuentra también el Museo de Cultura e Historia de Morioka, que permite explorar la herencia del clan Nanbu y conocer de cerca la historia de los festivales de Morioka. Dos de los festivales más notables son el Sansa Odori y el Chagu Chagu Umakko. El primero se celebra en agosto y es un festival de desfiles de tambores taiko y bailes tradicionales reconocido por el Libro Guiness de los Records. El segundo, Chagu Chagu Umakko, es un festival que se celebra el segundo sábado de junio y que tuvimos el placer de presenciar. Se trata un desfile de cien caballos engalanados con cascabeles y adornos coloridos. El nombre, Chagu Chagu hace referencia justamente al sonido que hacen los caballos al pasar, mientras que Umakko es el nombre que reciben los caballos de Morioka. Este desfile, cuyo origen se remonta a hace 200 años atrás, empieza en el santuario Onikoshi Sozen-jinja (dedicado a la deidad de los caballos) en Takizawa y termina en el santuario Hachimangu en Morioka, con la finalidad de agradecer el trabajo duro de los caballos en la siembra del arroz.

El santuario Morioka Hachimangu fue construido en 1680 por el daimio Nanbu Shigenobu en honor al dios Hachimangu, y fue reconstruido en 1997, tras quedar destruido por el incendio de Morioka de 1884. Es uno de los templos más grandes y venerados de la prefectura y es el epicentro de distintos festivales y celebraciones.

Al día siguiente, tras la celebración de Chagu Chagu Umakko, regresamos al templo para poder disfrutarlo con más tranquilidad y nos llevamos una sorpresa al presenciar un baile kagura o mikomai. El mikomai es un tipo de kagura o baile ritual realizado por mujeres llamadas miko con movimientos lentos y elegantes, a menudo acompañados de accesorios como abanicos y ramas sagradas. Los bailes de las miko en los santuarios sintoístas son rituales que conectan las personas con los dioses (kami) y que tienen un profundo significado religioso y cultural. El kagura se realiza normalmente en festivales y ceremonias importantes, no obstante, desconocemos si el baile que vimos estaba relacionado de alguna manera con el festival Chagu Chagu Umakko o si fue un evento independiente.

También hubo representaciones de baile sansa en distintos puntos de la ciudad por parte de grupos que participarán en el gran desfile de agosto. Aunque solamente presenciamos una pequeña muestra de lo que sería festival, el ritmo, las coreografías, los sonidos de los tambores taiko y las flautas, así como por los coloridos trajes nos dejaron atónitos.

Cuenta la leyenda que el baile sansa tiene su origen en el pequeño santuario sintoísta Mitsuishi, también conocido como el santuario de las tres piedras, que fue construido para proteger al pueblo de un demonio llamado Rasetsu. Se dice que el dios Mitsuishi ató al demonio a las tres rocas y le hizo prometer que no volvería a molestar. Como muestra de su promesa, Rasetsu dejó sus huellas en la pared del templo, y, para celebrar la victoria, los lugareños empezaron a bailar sansa.

Cerca del santuario Mitsuishi, se encuentra el templo Hoonji, un templo budista zen, construido por Nanbu Moriyuki, el decimotercer daimio, y trasladado al emplazamiento actual por el vigésimo séptimo daimio, Nanbu Toshinao. Aunque el templo es precioso, su principal atractivo es el Rakando, que reúne en su interior más de 500 rakan o estatúas de aprendices de Buda. Estas estatuas fueron esculpidas en Kioto y posteriormente traídas a este templo.

Finalmente, pero no menos importante, Morioka es célebre por su trío de fideos (Morioka Sandaimen): los wanko soba, los reimen y los jajamen. Una experiencia que definitivamente no os podéis perder.

Nosotros llegamos a Morioka desde Ichinosechi, pero se puede llegar fácilmente desde Tokio en shinkansen, y le dedicamos un total de dos días, que consideramos fueron suficientes para empaparnos de las tradiciones, leyendas y gastronomía que la ciudad ofrece. Y, tras esta visita, tomamos nuevamente el tren para continuar con nuestra ruta hacía Aomori.

Hiraizumi, el tesoro oculto de Tohoku

Esta pequeña ciudad, en la prefectura de Iwate, que hoy es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, fue una vez el epicentro del poder y la cultura del noreste de Japón, y hasta rivalizó con Kioto por su belleza. A finales del período Heian (794-1185), Hiraizumi fue la capital de un dominio semi-independiete de la corte imperial de Heian-kyo (actual Kioto) gobernado por el clan Fujiwara del Norte (Oshu Fujiwara) durante 100 años (desde 1087, año de su fundación, a 1189, año de su disolución). El clan Oshu Fujiwara fue una rama del poderoso clan Fujiwara, una familia de regentes que poseía el monopolio de las posiciones de Sessho (regente de emperadores menores de edad) y Kampaku (regentes de adultos). Sin embargo, los Oshu Fujiwara consolidaron su poder gracias principalmente a la riqueza obtenida de la minería de oro, el comercio de caballos y el intercambio de objetos de lujo con estados de Asia continental y de los pueblos Emishi y Ainu situado al norte de Japón. Fueron derrotados por el clan Minamoto en la batalla de Oshu en 1189, marcando así el fin de su dominio y, con ello, de su capital, Hiraizumi. No obstante, el legado de este grandioso pasado aún se siente al recorrer sus templos y jardines.

Se accede fácilmente desde Sendai en shinkansen hasta Ichinoseki y desde allí en tren regional hasta la pequeña estación de Hiraizumi. Sin embargo, en nuestra opinión lo mejor es alquilar un coche en Ichinoseki (que es lo que nosotros hicimos) y así poder disfrutar de todos los atractivos que esta zona ofrece, tanto culturales como naturales. Además, el trayecto en coche ofrece la oportunidad de disfrutar de hermosos arrozales y hacer paradas para descubrir cascadas ocultas, como la cascada Fujitsubo. Ocho de los numerosos sitios históricos relacionados con el clan Oshu Fujiwara se engloban bajo el nombre de Yanomori Hakkei, y la cascada Fujitsubo es uno de ellos, sin embargo, no por la cascada en sí, sino por el túnel que parte desde ésta y que formaba parte de una mina de la que antaño se extraía oro.

Le dedicamos a esta región un total de tres días que dividimos en paradas culturales como los templos Chuson-ji, Motsu-ji y Takkoki-no-iwaya, y paradas naturales como las gargantas Genbikei y Geibikei, o las cuevas Yugendo y Ryusendo.

El principal reclamo de Hiraizumi es el templo Chuson-ji y su pabellón dorado, Konjikido. Este templo, igual que Motsu-ji, Zuigan-ji (Matsushima) y Risshaku-ji (Yamadera), fue fundado por el monje Jikaku Daishi en el año 850 y es el templo principal de budismo Tendai en Tohoku. El complejo, oculto en un bosque denso de pinos, en la colina Tsukimizaka, fue comisionado por el clan Oshu Fujiwara a principios del siglo XII y desde 2011 fue registrado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Buena parte del complejo fue reconstruida después de varios incendios y el consecuente deterioro.

Evidentemente, dentro del conjunto, destaca el pabellón Konjikido. En actualidad, está cubierto por otro pabellón que impide ser visto desde el exterior. Se accede pagando entrada y no se permite fotografiar el interior. No obstante, verlo es una experiencia única, ya que se trata de un recinto completamente dorado, cuyas paredes, techos y suelos están cubiertos de pan de oro y madreperla. Su construcción finalizó en 1124 y en su interior se encuentra un altar representando a Amida Nyorai (el Buda de la luz infinita) junto a Kannon (boddhisattva de la compasión) y Sishi (boddhisattva de la sabiduría), seis Jizo boddhisattvas (salvadores del infierno) y dos reyes guardianes, Jikokuten y Zochote. Bajo el altar central se encuentran enterrados los restos del primer señor del clan Oshu Fujiwara, Kiyohira. El segundo señor, Motohira, se encuentra sepultado bajo el altar izquierdo y el tercer señor, Hidehira, descansa junto a la cabeza del cuarto señor, Yasuhira, quien fue decapitado en 1189, ambos ubicados bajo el altar derecho.

Cerca del pabellón se encuentra el museo (Sankozo) y Kyuzo, una edificación en la que se guardan los sutras del templo. Al museo se accede con la misma entrada que al pabellón Konjikido y contiene más de 3000 tesoros nacionales y bienes culturales desde estatuas budistas, sutras, hasta atavíos funerarios del clan Oshu Fujiwara. Por otro lado, los sutras conservados en Kyozo son originales de la era Heian. Los sutras Kingiji Kosho Issaikyo, escritos en líneas alternas de oro y plata sobre papel azul oscuro fueron comisionados por Kyohira, mientras que los sutras Kinji Issaikyo, que destacan por sus ilustraciones, fueron comisionados por Hidehira. No muy lejos se encuentra también el templo Hondo, el templo principal del conjunto. En su interior se encuentra una gran estatua de Shaka Nyorai (Buda histórico) así como la luz eterna, que igual que en Yamadera, fue traída desde Enryaku-ji y lleva encendida desde entonces. Se atribuye a Saicho (Dengyo Daishi), introductor del budismo Tendai desde China en 806, haber encendido la llama del Eryaku-ji.

A pocos minutos desde Chuson-ji, se encuentra Motsu-ji, otro templo del budismo Tendai fundado en 850. Este templo destaca sobre todo por su jardín de estilo Jodo que representa la “Tierra Pura” budista con un lago central rodeado de piedras, colinas y árboles que ha permanecido sin grandes cambios desde hace 800 años. En este lugar, Fujiwara no Motohira, segundo señor de Hiraizumi, estableció en Shichido Garan un conjunto de siete templos. Posteriormente, su sucesor Hidehira amplió el complejo alcanzando 40 templos y 500 monasterios. Sin embargo, estas edificaciones fueron finalmente destruidas por diversos incendios. El templo principal actual data del 1989. En actualidad, el conjunto se ha convertido en un sitio histórico especial y un lugar de singular belleza paisajística por sus excepcionales jardines.

A las afueras de Hiraizumi se encuentra el templo Takkoku-no-Iwaya, un templo construido bajo las rocas de un acantilado. En 801, el shogun Sakanoue no Tamuramaro construyó este templo para agradecer al dios de la guerra Bishamon su ayuda en la derrota de Akuro Takamaro. El templo fue construido al estilo del templo Kiyomizudera de Kioto. Posteriormente, Fujiwara no Kiyohira y su hijo Motohira comisionaron también algunos edificios. El recinto del templo sufrió varios incendios y reconstrucciones, una de ellas en 1615 por el daimio de Sendai, Date Masamune. El templo actual fue reconstruido en 1961.

En este templo se puede ver también una gran cabeza de Buda de unos 16.5 m, que se conoce con el nombre de Buda de la Roca del Norte. Cuenta la leyenda que fue tallado por Minamoto no Yoshiie (1039-1106), samurai del clan Minamoto, disparando flechas a la pared de arenisca, sin embargo, la figura seguramente data de la era Muromachi (1336-1573). En sus inicios, representaba al Buda sentado en el cielo, pero la parte inferior cedió a causa de un terremoto en 1896.

Pero Hiraizumi no solo es historia, es también naturaleza viva, y una muestra de ello son las dos gargantas, Genbikei y Geibikei. La garganta Genbikei, es un tramo de unos 2 km del río Iwai, que ofrece un entorno agradable para pasear y que puede recorrerse a través de dos rutas habilitadas: una de menor longitud y otra más extensa. Ambas opciones permiten apreciar las formaciones de roca volcánica esculpidas por el agua que fluye con rapidez. Dicen que el daimio Date Masamune visitaba a menudo este lugar y consideraba que era digno de ser comparado con las tres vistas de Japón (la bahía de Matsushima, el santuario Itsukushima en Miyajima y la lengua de arena de Amanohashidate).

Otro atractivo del lugar es el dango volador. Se trata de 3 pinchos de bolas de arroz (estilo mochi) recubiertas por tres salsas: sésamo negro, alubias dulces y soja. Se le llama “volador” porque el pedido se realiza en un lado del río y se recibe desde el otro lado a través de un cesto atado a una cuerda. Para hacer el pedido, se coloca el dinero en el cesto y se pica una madera dos veces. Entonces desde el otro lado del río recogen el cesto con la ayuda de la cuerda y colocan los dangos y unos vasos de té en su interior antes de deslizarlo de vuelta.

Por otro lado, la garganta de Geibikei se formó por la erosión del río Satetsu y fue declarada Monumento Nacional en 1925. Se explora a través de un barco de fondo plano que permite disfrutar de las paredes de roca que alcanzan los 100 m de altura y que presentan formaciones que recuerdan a un rostro humano o la nariz de un león. De hecho, Geibikei significa justamente nariz de león. Para hacer el paseo más especial aún (si cabe), el timonel aprovecha para cantar canciones tradicionales. Durante el trayecto se pueden alimentar los peces koi que acompañan el barco, o intentar lanzar monedas en la caja de donativos de un pequeño santuario situado en una grieta en la montaña.

El paseo recorre unos 2 km y el trayecto de ida y vuelta dura una aproximadamente una hora con una parada de media hora. Por 100 yenes se pueden comprar 2 piedras para lanzarlas a una abertura en la pared de la otra orilla de la garganta. Hay 5 de diferentes, cada una simbolizando el amor, una vida longeva, la suerte, el destino, el dinero o un deseo propio. Cuentan que, si consigues meter una piedra, ese deseo se va a cumplir.

Cerca de la garganta de Geibikei se encuentra la cueva Yugendo, una cueva aparentemente no muy visitada, o al menos es lo que nos pareció. Cuando nosotros la visitamos no había nadie más. Esta cueva se considera la cueva de piedra caliza más antigua de Japón, con estratos que datan de hace aproximadamente 350 millones de años. Además de las preciosas formas de las estalagmitas, las estalactitas, los pilares de piedra y las coladas, en sus paredes se puede observar fósiles marinos como el cáliz de lirio marino, braquiópodos, fusulínidos y corales rugosos. También hay un lago subterráneo de color verde esmeralda.

A una hora desde la cueva Yugendo se encuentra otra cueva de piedra caliza, la cueva Ryusendo, mucho más conocida y visitada. Esta cueva es una de las cuevas calizas más grandes de Japón y se caracteriza por diferentes lagos subterráneos de un color azul o verde esmeralda. Se han explorado solamente 4 de los 5 km de longitud que tiene la cueva, y el lago más hondo tiene una profundidad de 120 m, pero no se puede visitar. El trayecto abierto al público tiene como destino final un lago con una profundidad de 98 m. En el interior también habitan varias especies de murciélagos, que pueden desplazarse por los túneles durante el recorrido.

Y ya para finalizar nuestra aventura en Hiraizumi, nos hospedamos por primera vez en un onsen ryokan, dado que Ichinosechi es famosa por sus aguas termales, y así recargamos energías antes de seguir con nuestro trayecto hacía Morioka.

Matsushima, la cautivadora bahía de Japón

Visitar Matsushima es adentrarse en uno de los paisajes más emblemáticos de Japón, una postal viva donde la naturaleza y la historia se funden de manera única. Su bahía, salpicada por unas 260 islas cubiertas de pinos japoneses, ha inspirado a poetas y artistas durante siglos y forma parte de la prestigiosa lista de las tres vistas más bellas del país desde 1643 junto al santuario Itsukushima en Miyajima y la lengua de arena de Amanohashidate. Aquí se encuentra mucho más que belleza escénica: se pueden explorar islas misteriosas, descubrir templos centenarios, pasear por jardines preciosos, y disfrutar de la serenidad de casas de té tradicionales que ofrecen vistas incomparables de la bahía. Matsushima es también símbolo de resiliencia, pues su orografía la protegió durante el tsunami de 2011, y hoy sigue siendo un remanso de paz donde contemplar la armonía entre la cultura japonesa y el paisaje natural.

Llegamos a Matsushima en un corto viaje de media hora en tren desde Sendai (línea Senseki; bajando en la estación de Matsushima-Kaigan) y lo primero que hicimos fue tomar un barco turístico (trayecto de unos 50 min) para disfrutar de la vista de la bahía. Dado que fuimos de los últimos en subir al barco no tuvimos suerte de poder sentarnos en la ventada, y tampoco quedaban asientos en la planta de arriba (se paga un plus para subir), por lo que nos tuvimos que contentarnos con los asientos del medio. Aun así, pudimos disfrutar del trayecto que transcurre entre las islas e islotes de formas inusuales que le confieren al lugar su belleza singular.

De las 260 islas que conforman la bahía, a tres es posible acceder por sendos puentes rojos. La más pequeña alberga en su interior el templo de Godaido, un símbolo de Matsushima. Aunque se cree que hubo un templo anterior, construido en el siglo IX, la estructura actual data del 1604 cuando fue reconstruido por orden del daimio de Sendai, Date Masamune.

La isla Oshima, a la que se accede también por un pequeño puente rojo, alberga en su interior interesantes cuevas de meditación que nos recordaron a las que vimos durante nuestra ruta de la seda por China (cuevas de Bezeklik, Mogao, Maijishan o Longmen). Estas cuevas fueron escupidas desde el período Kamakura (1185-1333) hasta el período Edo (1603-1868) y algunas se utilizaron como cinerarios para albergar cenizas de difuntos. Cuevas similares también se pueden ver el recinto del templo de Zuiganji. Este templo data del año 828 y su construcción se le atribuye al monje budista Tendai, Jikaku Daishi, el mismo que fundó el templo de Yamadera (Yamagata). Durante el período Kamakura el templo cambió de budismo Tendai a budismo Zen, religión que se mantiene hasta el día de hoy. En el año 1604 fue reconstruido por Date Masamune. La reconstrucción duró 5 años, y, tras su finalización, Masamune lo convirtió en el templo principal del clan. Muchas partes del templo han sido designadas tesoros nacionales o bienes de interés cultural. En el mismo recinto se encuentra el Museo de Arte del templo que exhibe varios artefactos budistas (caligrafía, pintura fusuma, retratos, etc.)

Cerca del templo Zuigan-ji se encuentra el templo Entsuin, construido en 1646 por Date Tadamune en honor a su hijo Mitsumune que falleció a la edad de 19 años. Los jardines de estilo japonés y occidental complementan el templo y el mausoleo, ofreciendo un entorno ideal para el paseo.

Por último, la isla de Fukuura, la más grande y la única con acceso de pago, se conecta por un llamativo puente rojo de 252 metros. A pesar de que la isla alberga el pequeño templo Benzaiten, su mayor atractivo son los senderos que serpentean a través del bosque de pinos japoneses y que ofrecen unas bonitas vistas de la bahía.

Y antes de emprender nuestro camino de vuelta a Sendai, no perdimos la oportunidad para probar las ricas ostras de Matsushima.

Tras los pasos del clan Date: Sendai, Matsushima e Ichinoseki

El clan Date es considerado uno de los linajes más influyentes de la historia feudal de Japón y su legado perdura hasta nuestros días a través de los monumentos, los mausoleos y los objetos conservados. Sin embargo, la figura más destacada es la de Date Masamune, también conocido como “el Dragón de un solo ojo” debido a la pérdida del ojo derecho por culpa de una enfermedad que padeció en la infancia (posiblemente viruela). Date Masamune, hijo del daimio Date Terumune, nació el 5 de septiembre del 1567 en el castillo de Yonezawa, en la actual prefectura de Yamagata. Debido a su discapacidad, su madre, Yoshihime, lo veía incapaz de liderar, favoreciendo a su hermano pequeño, sin embargo, Masamune mató a su hermano y su madre se vio obligada a huir al castillo de su hermano, Mogami Yoshiaki, daimio de Yamagata. Masamune lideró su primera campaña a los 14 años y a los 18 sucedió a su padre en el puesto de daimio, destacando por su capacidad estratégica y su fiereza. Recibió el castillo de Iwatesawa después de servir a Toyotomi Hideyoshi (el mismo que ordenó la ejecución de Komahime) y vivió allí durante 13 años, convirtiendo la región en uno de los principales centros políticos y económicos del país. Tras la muerte de Hideyoshi, Masamune apoyó a Tokugawa Ieyasu, quien unificó el país y se autoproclamó shogun en el siglo XVII. Éste le premió con el gran dominio de Sendai, convirtiendo a Masamune en uno de los daimios más poderosos de todo el país, con una extensión de tierra equivalente a 620.000 koku (medida basada en la producción de arroz). En 1604 Masamune y sus vasallos se trasladaron al pequeño pueblo pesquero de Sendai y lo convirtieron en una gran y próspera ciudad. Y fue justamente en Sendai donde nos encontramos con los primeros vestigios del clan Date, durante nuestro viaje por Tohoku.

Actualmente, Sendai es la capital de la prefectura de Miyagi y la mayor ciudad de Tohoku. Tiene muy buena conexión con Yamagata y Yamadera, pero también con Tokio y otras ciudades de Tohoku, hecho que también atrajo a Date Masamune que buscaba un lugar con mejores conexiones con Edo (actual Tokio) que su castillo de Iwatesawa (Oshu, prefectura de Iwate). Y es así como Masamune ordenó la construcción de su castillo en Aoba-yama, convirtiéndolo en la residencia principal de su clan durante casi 300 años. Pese a su importancia histórica, del castillo de Sendai no quedan más que los cimientos, parte de la muralla que aún están reconstruyendo y una torre de guardia, debido a su destrucción durante bombardeos estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Allí se encuentra la estatúa ecuestre de Masamune así como un pequeñísimo museo (Aoba Castle Museum) con algunos objetos personales del daimio e información sobre la historia del castillo. También hay una sala de audiovisuales donde se explica la historia del clan Date, sin embargo, está solamente en japonés. Además, desde el parque de Aoba-yama se puede disfrutar de unas preciosas vistas de la ciudad. Cerca del castillo se encuentra también el Museo de Sendai (Sendai City Museum), que es mucho más grande, y donde se expone la historia de ciudad, así como una colección privada de la familia Date.

Durante su vida, Date Masamune promovió la cultura y las artes e impulsó el desarrollo económico en la región, haciendo del dominio de Sendai una zona próspera y estructurada. También reconstruyó templos anteriores como los templos Godaido y Zuigan-ji (en 1604) en Matsushima, prefectura de Miyagi, o el templo Takkoku-no-Iwaya (en 1615) en la prefectura de Iwate. De hecho, tras su reconstrucción en 1609, Zuigan-ji se convirtió en el templo familiar del clan.

Como curiosidad, se dice que Masamune era un enamorado de los mochis, sobre todo del zunda mochi, su favorito, y existía incluso un menú llamado mochi honzen que incluía tres sopas y siete platos de verduras preparados con mochi, siguiendo los preceptos establecidos por el daimio. Esta gastronomía especializada en el mochi se desarrolló sobre todo en Ichinoseki (prefectura de Iwate). Un decreto emitido por Masamune, obligaba a los campesinos a elaborar mochis para ofrecerlos a los templos y los santuarios el primero y el quinceavo día del mes y existía incluso un calendario oficial en el que se indicaban las fechas en las que se debían preparar, llegando a al menos sesenta días al año. Aún hoy, se puede degustar un menú de mochis en Ichinoseki y es una experiencia culinaria única.

A los 70 años, Masamune ordenó la construcción de su mausoleo, Zuihoden, donde se enterraron sus restos tras fallecer el 27 de junio del 1636. El mausoleo fue declarado Tesoro Nacional en 1931, sin embargo, quedó destruido durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El mausoleo que se puede visitar en actualidad fue reconstruido en 1979.

En el mismo lugar se encuentran también los mausoleos del segundo señor feudal, Date Tadamune (1599-1658) (Kansenden), y del tercer señor feudal Date Tsunamune (1640-1711) (Zennoden), igualmente destruidos en 1945 y reconstruidos en 1985. Por suerte, pese a los bombardeos, se pudieron recuperar los restos óseos completos de los tres daimios, así como numerosos objetos funerarios, documentos y armaduras, que se exhiben en un pequeño museo situado cerca de Zuihoden. Date Tadamune continuó el gobierno de su padre, Date Masamune, y llevó a cabo una reforma agraria a gran escala, fomentando la apertura de nuevos arrozales. Por otro lado, Date Tsunamune, nieto de Masamune, gobernó hasta los 19 años, cuando el shogun lo obligó a retirarse. Se dedicó al arte, creando diseños de laca miki-e y pinturas sumi-e (tinta) inspiradas en el paisaje de Tohoku que aún gozan de gran reconocimiento. Cerca se encuentran el mausoleo del noveno señor feudal Date Chikamune y del undécimo señor feudal Date Nariyoshi y su esposa. Desde aquí, parte también un sendero que conduce al mausoleo de los hijos del quinto señor feudal Date Yoshimura, conocido como Okosamagobyo.

En Matsushima, Date Tadamune construyó el templo Entsuin en honor a la diosa Kannon, diosa de la misericordia, en 1646. En los jardines del templo se encuentra también el mausoleo de su hijo Date Mitsumune que falleció a la edad de 19 años.

En resumen, el clan Date fomentó el florecimiento de la cultura y las artes en Tohoku, además de impulsar el desarrollo de la agricultura, la economía y la cultura en su territorio, dejando así un legado duradero en la región.

Yamagata y Yamadera: historia, religión y gastronomía

Yamagata, capital de la prefectura homónima, fue nuestro punto de partida en nuestra aventura por la región de Tohoku. Esta ciudad ha sido un enclave de relevancia desde tiempos antiguos y su historia se remonta a la era feudal, cuando la ciudad floreció como centro administrativo y cultural bajo el dominio de poderosos clanes. Pese a no ser una ciudad muy turística, Yamagata cuenta con un encanto particular, donde la historia, la religión y la gastronomía se entrelazan. Además, está fácilmente accesible gracias a un corto viaje de unas dos horas en shinkansen desde Tokio. Le dedicamos a Yamagata un día y medio, ya que medio día lo empleamos en visitar lo que era nuestro principal objetivo, el templo de Yamadera, que se encuentra a tan solo 25 minutos de la ciudad (línea JR Senzan, que une Yamagata con Sendai).

El nombre oficial de este complejo de templos es Hojusan Risshaku-ji, aunque se le conoce simplemente como Yama-dera (templo de montaña). Fue fundado en el año 860 por el monje budista Jikaku Daishi (794-864) y en sus inicios, la principal religión fue el budismo Tendai, igual que en Chuson-ji y Motsu-ji de Hiraizumi (Iwate) o Zuigan-ji de Matsushima (Miyagi) que visitamos más adelante. Esta religión se originó en China (Tiantai) y se introdujo en Japón en el año 806.

El primer templo del conjunto es el Konpon-chudo y se encuentra a unos diez minutos a pie desde la estación de Yamadera. Este templo alberga la “luz eterna del budismo”, una llama que lleva encendida desde su fundación, cuando se trasladó parte del fuego del templo Hieizan Enryaku-ji (Shiga). Fue reconstruido por el primer daimio del castillo de Yamagata en 1356, y es considerado uno de los edificios de madera más antiguos de Japón. A partir de aquí, comienza el ascenso hacía el templo principal Nyohodo, también conocido como Okunoin, que cuenta con nada más y nada menos que 1015 escalones. Sin embargo, la dureza del camino viene recompensada por un bosque de cedros de singular belleza.

Tras cruzar la puerta Nio-mon, el camino se bifurca, llevando uno al templo Nyuhodo, que custodia dos estatuas que el monje Jikaku Daishi trajo desde China, y el otro al pabellón Godaido, situado en la cima de un acantilado desde el cual se puede disfrutar de unas preciosas vistas del valle.

Ya de vuelta a la ciudad, nuestra primera parada fue el castillo de Yamagata. Este castillo fue construido en 1357 y fue sede de los clanes Mogami y Yamagata. Durante el período Edo perteneció a varias familias, hasta que finalmente quedó prácticamente en ruinas. En 1871, cuando se abolieron los dominios feudales, el castillo pasó a manos del gobierno y se usó como base para el ejército imperial japonés. Pese a que fue uno de los castillos más grandes de la región de Tohoku, de él solamente quedan sus muros en forma de zigzag y la puerta oriental reconstruida en 1991. Actualmente el recinto se ha transformado en parque público (Kajo Park) donde la gente aprovecha el espacio para pasear o para hacer picnic.

Los antiguos gobernantes de Yamagata también impulsaron el desarrollo de templos, santuarios y jardines marcando el paisaje con una arquitectura distintiva que aún se puede apreciar. Los santuarios y templos más importantes son Utakake Inari Shrine, Suwa Shrine, Sensho-ji y Gokoku Shrine, aunque la ciudad cuenta con muchos otros, y entre los jardines destacan el parque Momiji y el jardín Senshinan.

Enman-ji (izquierda); Mishima Shrine (derecha).

Utakake Inari Shrine es un pequeño santuario fundado en 1618, a comienzos del período Edo, cuando el templo budista predecesor (Gobutsu-zan Kissho-in) se consagró al sintoísmo. En sus orígenes estaba situado cerca de la entrada al castillo y quienes acudían debían leer cánticos (waka, tanka y renga), y de allí proviene el nombre de “Utakake”.

Suwa Shrine, por el contrario, es uno de los santuarios más grades de la ciudad. Fue construido en 1474 y forma parte de la ruta de peregrinación de Shichifukujin (las siete deidades de la fortuna). La deidad consagrada en este templo es Fukurokuji, que atrae la fortuna económica, y está relacionada con la longevidad y la descendencia numerosa.

Sensho-ji, situado en el barrio de Midoricho, una zona repleta de templos y cementerios, es uno de los templos budistas más grandes y más antiguos de la ciudad de Yamagata. Fue trasladado al emplazamiento actual en 1598 por Mogami Yoshiaki, daimio del castillo de Yamagata, en honor a su hija Komahime (prima de Date Masamune). Komahime, también concubina de Hidetsugu Toyotomi, fue ejecutada con tan solo 15 años cuando Hidetsugu fue obligado a cometer seppuku (harakiri) por ser acusado de conspirar contra su padre, Hideyoshi.

Gokoku Shrine, santuario sintoísta situado a las orillas del río Mamigasaki, fue fundado en 1869 y es uno de los santuarios más importantes de la ciudad. Está dedicado a los espíritus de los soldados que murieron en las guerras de Japón desde la Restauración Meiji (la Guerra Boshin, la Rebelión Satsuma, las guerras chino-japonesa y ruso-japonesa, y la Guerra del Pacífico) y es un lugar popular para las visitas de Año Nuevo y otras ceremonias tradicionales.

Al lado se encuentra el templo Yakushido dedicado al Buda de la Medicina Yakushi Nyorai.

En cuanto a los parques, el parque Momiji recibe su nombre por los arces que en otoño transforman el paisaje con sus hojas de colores. Este jardín pertenecía al antiguo templo Hodoji que fue abandonado a comienzos del período Meiji (1868-1912). El templo finalmente fue demolido, pero, por suerte, aún se conserva el pequeño jardín y su estanque.

Por otro lado, el Senshinan, propiedad de la Fundación para el Aprendizaje Permanente y la Cultura de la Prefectura de Yamagata, es un pequeño jardín rediseñado por Sentaro Iwaki, un famoso jardinero y paisajista de finales del siglo XIX.

Por último, otro gran atractivo de Yamagata es la gastronomía, siendo uno de los mejores lugares para probar la ternera de Yonezawa, una de las tres grandes carnes Wagyu de Japón, junto a Kobe y Matsusaka, debido a su alta calidad y buen sabor.

Y tras disfrutar de estos dos días en Yamagata, tocó despedirnos para emprender una nueva aventura en Sendai.