Dewa Sanzan, peregrinaje místico por las tres montañas sagradas de Japón

El shugendo fusiona diversas creencias, como el sintoísmo, el animismo, el taoísmo y el budismo esotérico, principalmente de las escuelas Shingon y Tendai. Fue fundado por En no Gyoja (634-700 o 707) como una práctica mística y espiritual que se caracteriza por una profunda relación entre el ser humano y la naturaleza, siendo el culto a las montañas uno de sus elementos fundamentales. Las montañas no solo se veneran como entornos naturales, sino también como escenarios donde sus practicantes, llamados shugenja o yamabushi, pueden alcanzar la iluminación y la paz interior mediante la meditación y la práctica del ascetismo, donde a través del esfuerzo físico y espiritual se busca un proceso de transformación interior.

A lo largo de la historia de Japón, el shugendo experimentó importantes transformaciones debido a las políticas religiosas de los distintos gobiernos. En 1613, durante el periodo Edo (1603-1868), bajo el sogunato Tokugawa, las autoridades impusieron una normativa que obligaba a los templos shugendo a estar bajo la administración de las principales escuelas budistas, Shingon o Tendai. Posteriormente, con la Restauración Meiji (1868-1912), el gobierno promovió el sintoísmo como religión oficial del Estado, separándolo explícitamente del budismo, y como consecuencia, el shugendo fue censurado y algunos de sus templos fueron oficialmente declarados como sintoístas. No obstante, tras la Segunda Guerra Mundial, el shugendo experimentó una recuperación progresiva, y en la actualidad, vuelve a practicarse bajo el amparo de las dos escuelas budistas, Shingon y Tendai. Entre los templos más representativos que conservan su práctica y legado se encuentran Kinpusen-ji en Yoshino, vinculado a la escuela Tendai; Daigo-ji en Kioto, asociado a la tradición Shingon; y Dewa Sanzan.

El origen de Dewa Sanzan se sitúa en el año 593, cuando el príncipe Hachiko, hijo del emperador Sushun, huyó a estas montañas tras la muerte de su padre a manos del clan Soga. Aquí, dedicó su vida a la práctica religiosa, dando inicio al culto a las tres montañas sagradas de Dewa: Haguro, Gassan y Yudono. Tras su consagración, comenzaron a llegar peregrinos, entre los que se sumaron En no Gyoja, el fundador del shugendo, y también Kukai, el fundador del budismo Shingon. Cada una de las montañas de Dewa cuenta con un santuario en su cima, y cada una representa un momento fundamental en el ciclo de la vida. La peregrinación empieza en el monte Haguro, que simboliza el nacimiento (o el presente), sigue por el monte Gassan, que representa la muerte (o el pasado), y finaliza en el monte Yudono, que encarna el renacer (o el futuro). Los santuarios de los montes Haguro y Yudono han sido clasificados como kokuhei shosha, es decir, santuarios de alto prestigio, mientras que el del monte Gassan ha adquirido la categoría de kanpei taisha, la máxima distinción dentro del sistema de clasificación de santuarios sintoístas.

Monte Haguro

La ruta de peregrinación comienza en el monte Haguro, el más bajo de los tres que componen Dewa Sanzan (414 metros sobre el nivel del mar). Es también el más visitado y la cima es accesible también en autobús o en coche. En la base de la montaña se concentran la mayoría de los shukubos, alojamientos preparados para los peregrinos que emprenden este camino, y el Museo Cultural de Ideha, dedicado a divulgar las prácticas de los yamabushi y la espiritualidad asociada a las montañas de Dewa. La ruta de peregrinación empieza tras cruzar la puerta Zuishinmon. El origen de esta puerta es budista y recibía el nombre Niomon, pero fue consagrada al sintoísmo durante la Restauración Meiji. El camino está compuesto por nada más y nada menos que 2446 escalones de piedra que datan del período Edo, por lo que son considerados los más antiguos de Japón, y discurre entre un impresionante bosque de cedros gigantes (sugi) de entre 300 y 600 años. Conocido como Hagurosan no Suginamiki (camino de los cedros del monte Haguro), fue galardonado con tres estrellas en la Guía Verde Michelin de Japón, además de ser declarado Tesoro Nacional especial.

Tras pasar los santuarios de Haraigawa, y cruzar el puente rojo (Kaedegawa), donde los peregrinos yamabushi realizan abluciones de purificación, y dejando atrás la cascada de Soga, se llega a uno de los principales puntos de interés: la emblemática Pagoda de Cinco Pisos, considerada una de las más bellas del país. Esta pagoda, conocida como Goju-no-To (literalmente pagoda de cinco pisos), es una estructura de madera de 29 metros de altura cuya fecha exacta de construcción se desconoce (posiblemente entre 903 y 940). Lo más destacado de esta pagoda es la presencia de celosías, algo inusual en este tipo de construcciones. Fue declarada Tesoro Nacional de Japón en 1966 y es la más antigua de la región de Tohoku. Cerca de la pagoda se encuentra el jijisugi (cedro anciano), de más de 1000 años, al que los peregrinos suelen acudir a rezar.

A partir de aquí empiezan tres tramos de escaleras especialmente empinados: Ichi-no-zaka (primera cuesta), Ni-no-zaka (segunda cuesta, la más empinada) y San-no-zaka (tercera cuesta). En la segunda cuesta se encuentra la casa de té Ninozaka Chaya, y al final de la tercera cuesta se llega a Saikan, un shukubo en el que se puede pasar la noche. Poco después, un torii rojo da la bienvenida a la cima del monte Haguro, donde Sanjin Gosaiden se erige como el principal lugar de culto. Su acceso está precedido por los pequeños santuarios Itsukushima y Hachiko (en honor al príncipe Hachiko), ambos declarados Bien de Interés Cultural en 2005. Este edificio de arquitectura sincrética sinto-budista, reconstruido en 1818, es conocido por poseer el tejado de paja más grande de Japón, con 2,1 metros de grosor. Originalmente llamado Jakko-ji, pasó a denominarse Sanjin Gosaiden tras la Restauración Meiji, cuando se consagró al sintoísmo. Éste está compuesto por tres espacios: el santuario del monte Gassan (dedicado a Tsukuyomi-no-mikoto, dios de la luna), el santuario Ideha (dedicado a Ideha-no-kami, dios de Dewa) y el santuario del monte Yudono (Oyamatsumi-no-kami, dios de las montañas). Frente a Sanjin Gosaiden se encuentra Kagami-ike, o estanque de los espejos donde desde el periodo Heian (794-1185) hasta el período Edo los creyentes arrojaron espejos de bronce a los dioses. Muchos de los espejos encontrados en el estanque se exponen en el Museo Histórico de Dewa Sanzan, que se encuentra cerca de allí.

Monte Gassan

El monte Gassan es en realidad un antiguo volcán, actualmente inactivo, y es el más alto de Dewa Sanzan (1984 metros sobre el nivel del mar). En la cima se encuentra el santuario Gassan-jinja que data del año 773. Solo se puede visitar desde julio a septiembre y es accesible a pie, siguiendo la ruta de peregrinación, pero también en autobús y en coche. Dado que fuimos a Japón en junio, no nos fue posible visitar este santuario.

Monte Yudono

El monte Yudono (1500 metros sobre el nivel del mar) es el último y el más sagrado de los tres. Para los yamabushi, la ruta de peregrinación solo se considera completa tras ascender este monte. Es accesible desde abril a octubre, en autobús o coche. Entre sus atractivos se encuentran los templos budistas Dainichibo Ryusui-ji, Churen-ji y Honmyo-ji, guardianes de tres sokushinbutsu y, en la cima, el santuario del monte Yudono. Este santuario destaca por no ser un edificio, sino una gran roca de la que emana agua caliente, considerada la morada de los dioses, y está dedicado a Oyamatsumi-no-Mikoto (dios de las montañas, el mar y de la guerra), Onamuchi-no-Mikoto (dios de la construcción de la nación, la tierra, la agricultura, los negocios y la medicina) y Sukunahikona-no-Mikoto (el dios de la curación, el sake, la agricultura, las aguas termales [onsen] y el conocimiento). Por respeto al santuario se requiere el cumplimiento riguroso de ciertas normas: no está permitido tomar fotografías ni grabar dentro del lugar sagrado, y se recomienda no hablar sobre lo que se ve o escucha en este espacio.

Desde el aparcamiento, hay dos opciones para subir hasta el santuario: a pie o en autobús. Los billetes para el autobús se compran dentro del edificio adyacente y justo delante se encuentra la parada. Nosotros subimos en autobús, pero preferimos bajar caminando. Después de cruzar el río Bonji, río de agua termal, se llega a la entrada del santuario. Para poder rendir culto, se debe seguir un ritual de purificación dirigido por un sacerdote y se entra con los pies descalzos. El sacerdote nos entregó un talismán y una pequeña muñeca de papel llamada hitogata, que se utiliza para limpiar las impurezas físicas y, tras exhalarle, se deja que flote en el arroyo que discurre a los pies del santuario.

Dentro se encuentra una gran roca conocida como iwakuyo, o roca para rezar por el descanso de los espíritus, designada como Yudonosan Reisaijo (lugar para ceremonias en honor a los ancestros), donde un papel con los nombres de los antepasados se humedece y se adhieren a ésta. Según la tradición, cuando las inscripciones se borren, significa que los espíritus de los difuntos han sido purificados. Antes de salir, se pueden sumergir los pies en el agua termal sagrada (goshinyu), recibiendo así la energía divina de las deidades. A esta agua se le atribuyen propiedades curativas para diversas enfermedades.

Por lo tanto, el shugendo y la peregrinación por Dewa Sanzan representan una profunda simbiosis entre el ser humano y la naturaleza, donde el esfuerzo ascético y la búsqueda espiritual permiten la transformación interior. Este milenario camino, cargado de historia, sincretismo religioso y tradiciones ancestrales, convierte a las montañas de Haguro, Gassan y Yudono en auténticos escenarios de consagración y aprendizaje vital. La singularidad y el misterio que envuelven estos espacios sagrados, especialmente el monte Yudono, refuerzan la importancia del respeto y la vivencia personal como vías hacia el conocimiento y la paz interior. Así, el recorrido por Dewa Sanzan trasciende la mera experiencia física, erigiéndose en un legado cultural y espiritual vivo, que sigue inspirando a quienes buscan un encuentro auténtico con lo sagrado y consigo mismos.

Experiencias en Japón: dormir en un shukubo

El origen de los shukubos se remonta a siglos atrás, en las antiguas rutas de peregrinación entre templos budistas, a menudo a través de caminos de montaña y bosques. La demanda de alojamiento por parte de los peregrinos, junto con la necesidad de los templos de cubrir sus gastos —ya que en Japón son entidades privadas sin financiación pública—, ha propiciado la apertura de algunos de estos templos al hospedaje. Su funcionamiento es similar al de los ryokans, ofreciendo desayuno y cena estilo kaiseki (shojin ryori, traducido como “alimento de devoción”), y baños compartidos onsen o sento, pero, además, permitiendo a los visitantes a participar en algunas de sus actividades, como los rituales matutinos o la meditación. Lo habitual es pasar una o dos noches, ya sea como parte de una ruta de peregrinación, o simplemente para desconectar y descubrir cómo viven los monjes. Además, muchos shukubos se encuentran alejados del bullicio de las ciudades y brindan un entorno ideal para desconectar de las preocupaciones diarias y sumergirse en la espiritualidad propia del lugar. Nosotros ya habíamos pasado dos días en un templo budista en Corea del Sur, sin embargo, ambas experiencias poco tienen en común.

El alojamiento se debe reservar con antelación y hay que tener en cuenta que algunos shukubos están abiertos durante todo el año, mientras que otros cierran durante los meses de invierno. Cualquier visitante es bienvenido, sin embargo, dado que dormir en un shukubo no es una atracción turística más, se deben respetar algunas normas, como por ejemplo, quitarse los zapatos antes de entrar, usar ropa adecuada (evitando pantalones cortos, minifaldas, o blusas escotadas), respetar sus horarios (toque de queda nocturno, el horario de los baños compartidos, las horas de cena y desayuno o de los rituales), y no hacer excesivo ruido para no romper la tranquilidad y serenidad del lugar. Koyasan, en la prefectura de Wakayama, reúne la mayor concentración de shukubos, sin embargo, es posible encontrar alojamientos de este tipo cerca de prácticamente todas las rutas de peregrinación de Japón. De hecho, nosotros nos alojamos en un shukubo a los pies del monte Haguro, una de las tres montañas sagradas de Dewa Sanzan, a las afueras de Tsuruoka.

Aunque la ruta de peregrinación de Dewa Sanzan es muy antigua, no fue hasta 1630, cuando el quincuagésimo sacerdote de Haguro cambió el budismo Shingon por budismo Tendai, que ganó popularidad. En aquel entonces el sogunato Tokugawa practicaba el budismo Tendai y la adopción de esta fe resultó en una significativa afluencia de recursos financieros procedentes del propio sogunato. Gracias a estos fondos fue posible construir la escalera de piedra y el templo en la cima del monte Haguro, además de más de 300 shukubos. Una característica particular de los shukubos de Dewa Sanzan es que no son exactamente ni templos budistas ni tampoco santuarios sintoístas, aunque para su construcción sí necesitaron su bendición. Estos fueron construidos específicamente para alojar peregrinos, sin embargo, debieron cumplir con algunos requisitos muy estrictos: tener un altar de adoración (budista o sintoísta), ser llevados por un sacerdote yamabushi, que vive junto a su familia en el shukubo, y ser gestionados solamente por miembros de la misma familia. Por lo tanto, para dirigir un shukubo en Dewa Sanzan es necesario haber nacido en la familia o casarse con alguno de sus miembros. En cuanto a las características arquitectónicas, los shukubos tienen su propia puerta torii, para designarlo como lugar sagrado, y cuerdas con origami (shimenawa), como los santuarios sintoístas, pero también estatuas de buda o pequeñas pagodas, típicas de los templos budistas. Esto se debe al hecho que los yamabushis practican el Shugendo, una creencia que integra elementos del sintoísmo, del budismo y del taoísmo.

Antiguamente, los caracteres “bo” (Daishobo, Daishinbo) o “in” (Sankoin, Enmei’in) que aparecen en los nombres de los shukubos, indicaban el tipo de peregrinos que podían recibir. Así, los que acababan en “in” tenían un estatus superior, por lo que solamente alojaban a los monjes, aunque hoy en día prácticamente no hay diferencias entre los dos tipos de shukubos. Dado que las montañas de Dewa Sanzan son un claro ejemplo de sincretismo, pues conviven tanto el budismo como el sintoísmo, los shukubos podían recibir peregrinos de ambas religiones y se dice que durante el período Edo (1603-1868) unos 3 millones de peregrinos visitaban Dewa Sanzan cada año. Para poder hospedarlos a todos, cada shukubo tenía asignada una zona concreta de Japón y solamente podían hospedar a peregrinos procedentes de esa región, por lo que varias generaciones de una misma familia pudieron haberse alojado en el mismo shukubo. Actualmente en Dewa Sanzan quedan menos de 30 shukubos debido a una progresiva bajada en la afluencia de peregrinos, y, por esta razón, algunos de ellos han decidido abrirse al turismo para poder sobrevivir.

Nuestro shukubo fue regentado por la misma familia desde el periodo Edo, o sea durante más de 350 años, y el edificio actual aún conserva partes de la estructura original. Nada más llegar, el sacerdote nos dio la bienvenida a su hogar, y su mujer nos informó del horario que teníamos que seguir: cena de 18:00-20:00 en el comedor, uso de los baños desde las 17:00-22:00, la oración matutina a las 7:00 y el desayuno desde las 7:30-8:30. Después nos acompaño a nuestra habitación, una habitación austera, de estilo japonés con suelos de tatami, puertas correderas y futones para dormir. También había una pequeña mesa con galletas y un termo con té caliente preparado para tomar. La habitación era privada, pero los baños eran compartidos y separados por sexos. Nuestro templo ofrecía baños sento y las normas de uso son las mismas que en los ryokans: hay limpiarse bien antes de entrar al agua y se entra sin nada de ropa. A parte de nosotros, solamente se hospedaba una persona más, por lo que prácticamente tuvimos los baños para nosotros.

Tanto el desayuno como la cena nos los sirvieron en un pequeño comedor. El menú consistía en pequeñas porciones de diferentes elaboraciones típicas de la comida ascética de Dewa Sanzan. Cada shukubo cuenta con sus propias recetas transmitidas de generación en generación, sin embargo, todos tienen algunas características comunes, como el uso de sansai o verduras de las montañas, como diferentes tipos de helecho (zenmai, warabi, udo, kogomi), la tempura o el plato más famoso y que nunca falta, el goma dofu, una pasta de sésamo que se asemeja al tofu, del que ya os hablé. Algunos shukubos siguen la tradición budista, por lo que los platos son veganos o vegetarianos, mientras que otros siguen la tradición sintoísta e incorporan pescado, como fue nuestro caso.

Desayuno y parte de la cena

A las 7 de la mañana bajamos al altar, donde nos reunimos con el sacerdote para el ritual religioso matutino. Este ritual también difiere según el shukubo, ya que los yamabushis pueden usar tanto oraciones sintoístas como budistas o bien una mezcla de ambas (Shugendo). El sacerdote nos entregó un papel con la oración en japonés y en inglés para que pudiéramos seguirla y también para acompañarle, y dio comienzo al ritual soplando la concha de caracola (horagai) que los yamabushis utilizan en los rituales y ceremonias. Rezamos para purificarnos, honramos a los kamis de las tres montañas de Dewa y el sacerdote pidió salud y protección para nosotros en nuestro trayecto, pronunciando nuestros nombres. Finalizado el ritual, desayunamos y nos despedimos de nuestros huéspedes para seguir nuestro camino por las montañas de Dewa.

En resumidas cuentas, la experiencia de alojarse en un shukubo en Dewa Sanzan es una inmersión profunda en una tradición milenaria donde la espiritualidad y la naturaleza se entrelazan en cada gesto y cada bocado. Participar en los rituales matutinos, saborear la auténtica shojin ryori y convivir con los yamabushi permiten conectar con la esencia de las montañas de una manera verdaderamente única. Sin duda, es una oportunidad irrepetible para descubrir la hospitalidad, el respeto por la naturaleza y la riqueza espiritual que definen el alma de Dewa Sanzan.

Sokushinbutsu o automomificación: Sakata y Tsuruoka

A diferencia del proceso de momificación, en cual el cuerpo se conserva bien por las condiciones climáticas, como las momias de Astana que vimos el año pasado en nuestra ruta de la seda, o bien por acción humana, como las momias de Egipto o las momias de los Fujiwara conservadas en el templo dorado de Chuson-ji en Hiraizumi, la automomificación es una práctica budista ascética que consiste en reducir y suspender progresivamente la ingesta de alimentos y agua, mientras se permanece en estado de meditación. La práctica de la automomificación era común en el Tíbet y en Asia Oriental y en China estaba ligada al budismo Chan. La momia del monje Huineng (638-713) que se encuentra en el Monasterio de Nanhua en Shaoguan (China) es una de las más antiguas y se cree que éste logró automomificarse mediante la práctica Phowa o “muerte consciente”, descrita en los Seis Yogas de Naropa.

El ascetismo fue introducido en Japón desde la China de la dinastía Tang (618-907) por el monje Kukai (Kobo Daishi; 774-835), reconocido por ser el creador de los silabarios japoneses kana y fundador de la escuela budista Shingon. Esta escuela, también conocida como «escuela de la palabra verdadera», se caracteriza por su énfasis en alcanzar la iluminación individual y el conocimiento universal mediante la ejecución de rituales, el uso de mandalas y mantras y la práctica de la meditación (templo budista Shingon:  Seiryu-ji de Aomori). A su vez, el budismo Shingon constituyó una base doctrinal fundamental para el Shugendo, una práctica espiritual y mística sincrética enfocada en el ascetismo, que integra elementos del sintoísmo, del budismo y del taoísmo. Los yamabushi, practicantes del Shugendo, buscan la iluminación mediante disciplinas ascéticas en las montañas.

Hacía el final de su vida, Kukai se retiró en el monte Koya y suspendió la ingesta de alimentos, dedicando su tiempo exclusivamente a la meditación. Falleció a los 62 años, aunque sus seguidores consideran que no está muerto, sino que aún permanece en un estado meditativo profundo y se encarga de conducir almas al nirvana. A mediados del período Heian (794-1185), monjes de las prefecturas de Yamagata y Niigata decidieron emular a Kukai y llevar a cabo la automomificación o sokushinbutsu (literalmente Buda en vida). Todos aquellos que buscaron la automomificación recibieron el sufijo Kai, que es el último carácter del nombre de Kukai, a través del ritual conocido como “ceremonia del nombre kai”. Solo al recibir el sufijo kai, los ascetas podían iniciar el proceso de automomificación.

Estos monjes creían que el autosacrificio era un acto de salvación para los demás, sobre todo en períodos de epidemias o hambrunas. Según esta creencia, el sufrimiento previo a la muerte otorga acceso al Cielo Tusita, donde se puede residir antes de la próxima reencarnación y, desde allí, los monjes pueden ayudar y proteger a quienes aún viven en la tierra. No obstante, este poder solo persiste mientras éstos permanezcan conectados al mundo terrenal, por lo que es necesario conservar el cuerpo. El proceso de automomificación podía durar entre 8 y 10 años, e implicaba una dieta estricta llamada mokujikigyo (literalmente: comer árbol) en la cual solamente se podían ingerir frutos secos, hongos, brotes de bambú y cortezas con la finalidad de disminuir la masa muscular. También tomaban un té llamado urushi, cuyo ingrediente principal era el árbol de laca (Toxicodendron vernicifluum), cuya savia es toxica (rica en urushiol), para que el cuerpo sea menos atractivo para los insectos y no se pudra, y agua con sal para deshidratar la piel y los órganos internos. Los yamabushi que practicaron la automomificación en las montañas sagradas de Dewa Sanzan (Haguro, Gassan y Yudono) tuvieron mayor éxito por beber agua del manantial sagrado del monte Yudono que contiene altísimos niveles de arsénico.

En cuanto los monjes sentían que se acercaba su fin, se colocaban en la posición del loto dentro de una caja de madera, de la cual salía una caña de bambú que les permitía respirar, y ésta se enterraba en un hoyo a unos 3 m de profundidad y se cubría de carbón para absorber la humedad. Una vez enterrados, entraban en estado de medicación nyujo, recitando mantras, y tocaban cada tanto una campana para indicar que aún seguían vivos. En cuanto la campana dejaba de sonar, se retiraba la caña y se sellaba la tumba, dejando el cuerpo cerrado unos 1000 días más. Pasado este tiempo, se abría la tumba y se verificaba si el cuerpo se había momificado con éxito. De ser así, se le colocaba en un templo y se le consideraba Buda, mientras que, si el cuerpo presentaba señales de pudrición, éste se enterraba con honores especiales.

La práctica de la automomificación se prohibió durante la restauración Meiji (1868-1912) y hasta la fecha se han descubierto 16 sokushinbutsu que se automomificaron entre 1081 y 1903. Diez de ellos practicaron el ascetismo en el monte Yudono. Todas estas momias huesudas, de piel ennegrecida y ojos hundidos, se pueden visitar, a excepción de una que se encuentra en una colección privada. En 1960 se decidió cubrir las momias con resina para mejorar su conservación y guardarlas en vitrinas protectoras. Las vestimentas que cubren sus cuerpos se cambian cada 12 años (en el año del buey), con excepción de Shinnyokai del templo Dainichibo Ryusui-ji cuya vestimenta se cambia cada 6, en los años del buey y de la oveja. Esta ropa se corta en trozos, se guarda dentro de bolsitas de seda (omamori) y se vende como amuleto. En la prefectura de Yamagata se pueden visitar 6 momias, dos se encuentran en Kaiko-ji en Sakata, una en Nangaku-ji en Tsuruoka, y tres en sendos templos de Dewa Sanzan: Dainichibo Ryusui-ji, Churen-ji y Honmyo-ji (que solo se puede visitar con reserva). Por nuestra experiencia recomendaríamos la vista a tres de estos templos: Kaiko-ji, Churen-ji y Dainichibo Ryusui-ji. Sin embargo, antes de emprender el viaje para ver las momias de Yamagata hay que tener en cuenta que éstas se consideran Buda y no se exponen como si fueran una atracción turística. Solamente se abren a los devotos que quieran rezar y pedirle favores al Buda. Por esta razón, está prohibido fotografiar las momias o el interior de los templos.

Kaiko-ji en Sakata

Este templo pertenece a la rama Chizan-ha del budismo Shingon y se dice que fue fundado por Kukai. Este es el único templo en el que se exponen dos sokushinbutsu: Chukai y Enmyokai. Ambos practicaron el ascetismo en el monte Yudono aunque poco se sabe de sus vidas. Chukai, nació en una familia de samuráis en Tsuruoka y fue el primer sacerdote del templo. Murió en 1755 a la edad de 58 años. Por otro lado, Enmyokai nació en una familia de campesinos en la aldea de Shonai y fue el noveno sacerdote del templo. Murió en 1822 a la edad de 55 años. Las momias están expuestas en una pequeña sala en el edificio lateral al templo. Para acceder hay que tocar el timbre y un monje viene a abrir la puerta. Éste solamente hablaba japonés, pero tenía preparadas unas hojas con información en inglés. La entrada al recinto es de pago.

Churen-ji en Dewa Sanzan

Este templo, situado en los alrededores del monte Yudono, pertenece al budismo Shingon y fue construido en 825. Su construcción también se atribuye a Kukai. Aquí se encuentra la momia de Tetsumonkai, el monje del que más información se tiene. Hijo de un barquero de la aldea de Daihoji, nació en 1759 en Tsuruoka y murió en 1830 a los 71 años. Entró como monje en este templo a la edad de 21 años después de matar dos samuráis y desde entonces dedicó su vida a ayudar a los demás. Vale la pena visitar este templo no solo por la momia sino también por la belleza de las pinturas en sus techos y las vistas a la montaña sagrada. Solamente es accesible en coche o a pie desde el templo Dainichibo (30 min). Cuando nosotros llegamos estaba cerrado, sin embargo, el monje que lo custodia nos escuchó y vino a abrirnos. Tras pagar la entrada, el monje nos enseñó el templo y después nos dio tiempo para rezar al Buda antes de volver a cerrar.

Dainichibo Ryusui-ji en Dewa Sanzan

Fue fundado en 807 por Kukai, de hecho, dicen que éste fue el primer templo que Kukai fundó tras regresar de China. En aquellos tiempos, el acceso al santuario del monte Yudono estaba prohibido para las mujeres, pero Kukai decidió permitirles la entrada a este templo, por lo que pasó a considerarse “el Yudono de las mujeres”. El monje momificado que se custodia en este templo es Shinnyokai-Shounin, que nació en Ashahi (actual Tsuruoka) en una familia de agricultores y que a los 20 años decidió convertirse en sokushinbutsu. Practicó durante toda su vida un ascetismo extremo hasta que finalmente falleció en 1783 a la edad de 96 años. Este es el templo más conocido y visitado de los tres y es accesible tanto en coche como en autobús desde Tsuruoka. Cuando nosotros llegamos justamente salía un grupo de visitantes. Un monje nos recibió y, tras cobrarnos la entrada, nos pidió que nos colocáramos de rodillas delante del altar. Al principio no sabíamos qué era lo que pasaba, ya que el monje solamente hablaba japonés, pero después vimos que en realidad nos pedía que rezáramos juntos y fue una experiencia extraordinaria. Después nos acompañó para rezar al sokushinbutsu que se encuentra en una sala lateral.

En definitiva, la visita a estos templos no solo permite acercarse a una de las tradiciones más enigmáticas y desconocidas del budismo japonés, sino también comprender el sacrificio y la determinación de aquellos monjes que buscaron la iluminación a través de la automomificación. Más allá del misterio que rodea a las momias, estos lugares invitan a la reflexión sobre el sentido de la entrega, la fe y el legado espiritual que aún pervive en las montañas de Yamagata. Sin duda, una experiencia que deja huella y nos conecta con una parte profunda y fascinante de la historia de Japón.

Las geishas de Sakata, guardianas del arte y la tradición japonesa

Las geishas son consideradas un símbolo de elegancia y su rostro de porcelana y su cuello elegantemente descubierto siguen siendo uno de los iconos más reconocidos de Japón. En sus orígenes, y durante gran parte del período Edo (1603-1868), las geishas eran profesionales del entretenimiento y eran principalmente hombres, conocidos como taikomocho o hokan. Aproximadamente a partir del año 1800, este oficio fue asumido mayoritariamente por mujeres y, para distinguirlas de sus predecesores masculinos, se utilizaba el término onna geisha (geisha mujer), aunque más tarde, con la ausencia de hombres en la profesión, se les llamó simplemente geisha. Pese a lo que erróneamente se cree, las geishas no eran cortesanas y muchas veces se las confunde con las oiran, que, si bien su apariencia era muy parecida a la de las geishas, tanto en el maquillaje blanco como en la vestimenta, éstas sí ofrecían servicios sexuales. Las oiran fueron las cortesanas de mayor rango durante el período Edo y destacaban por la belleza, la inteligencia y el dominio de las artes tradicionales, como la poesía, la música y la ceremonia del té. Éstas residían en barrios del placer llamados yukaku y su estatus social era tan elevado que solamente los clientes más adinerados y poderosos podían aspirar a su compañía mediante un complejo proceso de presentaciones y rituales.

Colección de muñecas Hina

Volviendo a lo que nos ocupa, las aprendices reciben el nombre de maiko, y, a diferencia de las geishas, éstas suelen ser más jóvenes y suelen llevar kimonos más coloridos, con mangas más largas, peinados elaborados con adornos florales y un maquillaje blanco más llamativo. Por su parte, las geishas, que son artistas plenamente formadas y que han perfeccionado sus habilidades tras años de aprendizaje y experiencia, lucen de una manera más sobria y elegante, con un maquillaje y el vestuario más discretos y sofisticados. También hay diferencias entre las geishas, habiendo geishas tachikata y geishas jikata. Mientras que las primeras bailan la danza tradicional mai junto con las maiko, las segundas se dedican a cantar o a tocar instrumentos, como el shamisen (guitara japonesa). Otra diferencia es que las geishas tachikata aún llevan peluca y usan maquillaje blanco, mientas que las geishas jikata no, ya que normalmente éstas son geishas más mayores.

Maiko, geisha tachikata y geisha jikata.

La ciudad de Kioto es considerada la cuna y el principal referente de la tradición de las geishas. Desde allí, se expandió a otras ciudades como Sakata, ciudad portuaria de la prefectura de Yamagata, donde también arraigó profundamente gracias a los intercambios comerciales y culturales con Kioto. Sakata nació y prosperó durante el período Edo gracias a su posición estratégica como punto clave en la ruta comercial del arroz, conocida como el “camino del arroz”. Las rutas marítimas, conocidas como kitamae-bune (barcos con destino al norte) facilitaron la conexión comercial entre Osaka y Kioto, por un lado, y Tohoku y Hokaido, por otro, compensando la ausencia de infraestructuras terrestres para el intercambio de mercancías. Gracias a estos intercambios, muchos mercaderes llegaron a amasar grandes fortunas, y Sakata, hogar de una de las familias más ricas de Japón, se convirtió en un importante centro económico y cultural, atrayendo a comerciantes, artistas y, especialmente, a geishas, que encontraron en la ciudad un entorno propicio para el desarrollo de su arte.

Uno de los comerciantes más exitosos fue Mitsuoka Homma, considerado un héroe por sus inversiones en mejorar la ciudad. Plantó árboles para proteger la costa y los campos de arroz de los fuertes vientos y tormentas que los azotaban, y hasta donó sus reservas de arroz durante una hambruna que afectó Japón. Promovió las artes, trayendo a la ciudad artistas y artesanos, y su familia llegó a ser la más acaudalada y la mayor terrateniente de todo el país. Para conocer más sobre su historia se pueden visitar la Residencia Histórica Homma y el Museo Homma. La residencia fue construida en 1768 por Mitsuoka Homma y combina el estilo arquitectónico de la clase samurái con el interior de estilo de la clase de los mercaderes. Por otro lado, el museo de arte fue construido en 1968 a los pies de la casa de descanso de la familia Homma. Tanto la casa como el jardín fueron construidos por Kodo Homma, hijo de Mitsuoka, como residencia para el daimio Sakai Tadakata durante sus visitas de inspección. El jardín recibió el nombre de Kakubuen o jardín de la grulla danzante, después de que éste viera una grulla en el lago.

Kakubuen

La inversión de familia Homma en la promoción de la cultura y las artes contribuyó a que Sakata se consolidara como un enclave cultural comparable a Kioto en cuanto a lujo y sofisticación, lo que favoreció la aparición de casas de té y restaurantes. El barrio de las geishas (hanamachi), surgió como todos, alrededor de una calle llamada monzen-machi, cerca de los templos y santuarios importantes para dar servicio a los fieles que iban y venían. Entre los templos de Sakata destacan Jofuku-ji, Kaiko-ji y Jichi-in. La entrada al templo Jofuku-ji está marcada por la gran puerta Karamon, declarada Bien de Interés Cultural, donada por Mitsuoka Homma en el año 1800. Por otro lado, en el templo Kaiko-ji se pueden ver dos Budas vivientes o sokushinbutsu. Mientras que el templo Jichi-in es conocido por el Gran Buda de Sakata, una escultura de 17 m que representa a un Buda erguido, no sentado como el Buda que vimos en Aomori. Esta escultura está escondida en el patio del jardín de infantes situado delante del templo, por lo que los niños al vernos empezaron a saludarnos con el grito de gaijin (extranjero).

En actualidad, la única casa de geishas de Sakata es Somaro, cuya historia se remonta al período Edo cuando recibía el nombre de Somaya. En aquel entonces, Somaya era un restaurante reconocido por su fina gastronomía y sus 150 maikos y geishas. Sin embargo, el restaurante fue destruido por un terremoto en 1895 y parte del edificio se reconstruyó posteriormente. Durante la Segunda Guerra Mundial entró en declive y en 1995 cerró sus puertas. El edificio actual es una restauración llevada a cabo para devolver la tradición de las geishas a Sakata y abrió de nuevo sus puertas en el año 2000, año en el que se abrió también a los turistas. Somaro es también una escuela para maikos en la que éstas aprenden bailes, canciones, y tocar el shamisen, además de la etiqueta y cómo comportarse con los clientes. Entre las asignaturas típicas también se incluyen las artes tradicionales como el arreglo florar ikebana, caligrafía, ceremonia del té, etc. Previa reserva (dos días de antelación mínimo) a través de la página web, los visitantes pueden disfrutar bien de comida kaiseki con baile de geisha y maiko a las 12:00 h o bien solamente bailes a las 14:00 h. Además de los bailes, se puede visitar también parte de la casa convertida en museo y donde se exponen fotografías de Takehisa Yumeji y una colección de muñecas Hina tradicionales japoneses.

Somaro

Nosotros nos decantamos por la opción de ver solamente los bailes a las 14:00 h. Para acceder al recinto piden quitarse los zapatos y entrar con calcetines, no se puede entrar con los pies descalzos. Nos llevaron a una gran sala ya preparada con sillas para poder disfrutar del espectáculo y tuvimos que esperar a que un chico taiwanés que también había reservado se presentara. Esperamos una media hora en la que fuimos hablando con el dueño ya que hablaba algo de inglés. Nos fue explicando un poco la historia de Somaro, hablamos sobre las geishas y nos explicó que en su juventud había visitado España. Como el chico taiwanés finalmente no se presentó, el espectáculo fue privado, ya que no había nadie más aparte de nosotros. El programa se compone por un vídeo de unos 15 min de duración, en inglés, en el que se explica la historia de Sakata y de Somaro y luego otros 15 min de actuación que incluye tres canciones: shonaiobako, que cuenta la historia de una pareja sin suerte en el amor, una canción estacional que cambia cada mes, y sakatajinku, que loa la época de grandeza de Sakata durante el período Edo. Los bailes los llevan a cabo una geisha tachikata y una maiko, mientras que una geisha jikata toca el shamisen. No se pueden hacer fotos ni videos durante la actuación, pero sí una vez finalizada.

Jardín interior de Somaro

Así pues, visitar Sakata es una oportunidad única para sumergirse en la historia y la tradición japonesa fuera de los circuitos turísticos habituales. La ciudad, aunque ha perdido parte de su antiguo esplendor, conserva rincones que evocan su pasado glorioso como centro cultural y comercial. Además, presenciar el arte de las geishas es asistir a un espectáculo donde el tiempo parece detenerse.

Experiencias en Japón: onsen ryokan

El onsen ryokan combina dos conceptos de la cultura japonesa: por un lado, los onsen, o baños en aguas termales naturales, y, por otro, los ryokan o posadas tradicionales. Y aunque estos conceptos son a menudo usados como sinónimos, no lo son. Empecemos pues por el concepto de ryokan. Su origen se encuentra en el período Nara (710-794) cuando surgió la necesidad de crear alojamiento para funcionarios del gobierno o comerciantes que se desplazaban por el archipiélago y necesitaban lugares donde pasar la noche. Durante el período Edo (1603-1868), con la creación de nuevas rutas, tanto económicas como las rutas que unían Edo y Kioto, como espirituales como las rutas de peregrinación, esta oferta hotelera se diversificó dando lugar tanto a ryokans como a shukubos, o templos en lo que se podía pasar la noche. Los ryokans han ido evolucionando desde el período Edo, llegando a ser hoy en día verdaderos centros de bienestar, pero sin perder su esencia tradicional. Así pues, éstos además de alojamiento también ofrecen relax en baños onsen o sento (agua caliente, no termal) y una experiencia gastronómica kaiseki con platos típicos y productos de temporada.

En cuanto a los onsen, el término se refiere a instalaciones, ya sean un ofuro (bañera tradicional de madera de cedro), o rotenburo (piscinas al aire libre), en las que se puede disfrutar de agua termal, rica en minerales, que brota debido a la actividad geotérmica. Así pues, los onsen ryokan son ryokans que ofrecen agua termal, muchas veces situados en plena naturaleza, incluso en lo más profundo de las montañas, a las orillas de ríos o lagos termales que emanan naturalmente de la tierra.

Arquitectónicamente, los onsen ryokans siguen la estructura tradicional, construidos de madera, con puertas correderas y suelos de tatami, y con pocas habitaciones distribuidas en una o dos plantas. En la actualidad ofrecen tanto habitaciones de estilo tradicional japonés, durmiendo sobre futon en el suelo, o de estilo occidental. Independientemente del estilo, las habitaciones normalmente se distribuyen en tres zonas, una para dormir, una para descansar y disfrutar de las vistas al jardín, y una para el aseo, donde se encuentran el inodoro, la pica y la zona de baño separadas por puertas correderas. Muchos onsen ryokans ofrecen habitaciones con ofuro con agua termal, además de los baños públicos, separados por sexos, o los privados que se pueden reservar para acceder con la pareja, la familia o los amigos. Durante nuestro viaje, nos hospedamos en dos onsen ryokans, uno en Ichinoseki (prefectura de Iwate) y uno en Yuzawa (prefectura de Akita). Aunque con pequeñas diferencias que comentaremos a continuación, ambas experiencias fueron muy parecidas e igual de placenteras.

Los primero que hay que tener en cuenta es que al entrar en un ryokan hay que quitarse los zapatos, por lo que conviene llevar calcetines preparados, ya que desde la entrada hasta la habitación (donde hay zapatillas y calcetines disponibles) hay que ir descalzos. Los zapatos los devuelven al finalizar la estancia (lo que nos hizo recordar nuestra experiencia en un jjimjilbang en Corea del Sur). En uno de los ryokans nos dieron unas pulseras en las que se quedarían marcados los extras durante nuestra estancia y que se pagarían a la salida (por ejemplo, usar las máquinas de vending o las sillas de masaje), mientras que en el otro, estaba todo incluido, desde briks de leche para tomar tras el baño, helados, bebidas y hasta ramen por la noche por si nos entraba hambre. Otra diferencia entre los ryokans en los que nos hemos hospedado fue que en uno nos dieron la bienvenida con una taza de té y un dulce, mientras que en el otro no. Todo depende de la categoría y el precio del ryokan, evidentemente. En ambos ryokans el personal solamente hablaba japonés, por lo que nos comunicamos a través del traductor de Google y para saber dónde estaban la habitación, los baños o el comedor, nos dieron directamente unos mapas impresos del edificio.

Para movernos por sus instalaciones, en ambos, nos facilitaron zapatillas y una especie de pijamas de dos partes. Previo a la llegada, nos contactaron para preguntarnos la talla por lo que los teníamos preparados en la habitación. Los yukatas solamente se usan para el baño, dícese para desplazarse de la habitación a los baños compartidos o a los baños privados reservados. En ninguno de los dos ryokans en los que fuimos se permitía acceder al comedor para la cena o desayuno en yukata. De hecho, éstos ni siquiera estaban disponibles en la habitación. En un ryokan se debían pedir en recepción y en el otro había un cuarto con yukatas de diferentes tallas y colores y donde cada uno podía escoger el que quisiera.

Igual que en los baños compartidos del jjimjilbang en Corea del Sur, se debe entrar en el agua sin absolutamente nada de ropa, por lo que hay que dejarse en casa el bañador y el pudor. Aunque evidentemente, si existe la posibilidad, es mucho más fácil bañarse desnudo en un baño privado. Dado que en los ryokans en los que nos alojamos teníamos la posibilidad de reservar el onsen, optamos por esta opción. En los baños compartidos y también en los reservados, no hay toallas, por lo que hay que llevarla desde la habitación usando unos cestos preparados para este fin. Antes de entrar en el agua es fundamental ducharse usando el asiento y el cubo de madera. Además, hay que tener en cuenta que el agua termal sale muy caliente, por lo que hay un grifo de agua fría que se puede abrir para atemperarla. Por último, hay que tener en cuenta que no se debe sumergir la cabeza o el pelo.

Otra experiencia que ofrecen los ryokan son la cena y el desayuno estilo kaiseki en los que se utilizan productos de temporada para preparar platos tradicionales. Algo muy típico de los onsen ryokans son los onsen tamago o huevos cocinados usando el agua termal de los que ya os hablé. Dado que incluir la cena y el desayuno suben el precio considerablemente, nosotros los elegimos en un ryokan para poder tener así la experiencia completa, mientras que en el otro no. Ambas comidas, tanto la cena como el desayuno, nos las sirvieron en una habitación privada dentro del comedor y ambas fueron compuestas por multitud de pequeños platos. Dado que había algunos platos que se podían escoger entre varias opciones y algunos incluso se podían repetir, nos dejaron el menú impreso sobre la mesa. Aunque solamente estaba en japonés, no tuvimos problemas para entendernos, pues lo tradujimos con el traductor y fuimos señalando lo que queríamos.

Y esta fue nuestra experiencia en dos onsen ryokans en Tohoku. Ambos ryokans estaban situados lejos de cualquier ciudad y solamente fue posible acceder gracias al coche de alquiler. A pesar del precio y del difícil acceso, alojarse en un onsen ryokan es muy recomendable si buscas una relajante experiencia tradicional japonesa. Además de disfrutar de los baños termales, ofrecen la oportunidad de probar la cocina local y sumergirse en la hospitalidad japonesa, donde cada detalle está cuidado. Sin duda, es una experiencia única que merece la pena probar al menos una vez.

Los namahages de Oga, entre la leyenda y el temor

En la península de Oga, en la prefectura de Akita, perdura una tradición con raíces en el folclore y las leyendas japonesas, que se repite cada Año Nuevo. Se trata de un ritual en el cual los namahages, ogros que viven en las montañas, descienden para visitar las casas de la comunidad con el propósito de ahuyentar la pereza y los malos comportamientos, especialmente entre los más pequeños, pero también para traer salud a la familia y asegurar buenas cosechas. De hecho, etimológicamente la palabra namahage deriva de la forma regional de decir ampollas (namo) y pelar (hage) haciendo referencia a una erupción cutánea causada por la sobreexposición al fuego, enfermedad que padecen aquellos que se quedan rezagados alrededor del fuego sin hacer nada útil. En actualidad, esta tradición se considera de importancia nacional y desde 2018 es reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO.

Esta tradición, como muchas otras, ha sufrido cambios a lo largo del tiempo. Aunque hoy en día el ritual se celebra en Nochevieja siguiendo el calendario gregoriano, antiguamente se celebraba en Koshogatsu (Pequeño Año Nuevo) que coincidía con la primera luna llena del año. Por esta razón, desde 1964, el segundo fin de semana de febrero (coincidiendo con el Pequeño Año Nuevo), se celebra el Festival Namahage Sedo en el Santuario Shinzan de Oga. Este evento combina una danza kagura propia de la zona (Yu-no-Mai), el ritual sintoísta Saitosai (procesión de bailes y tambores) que se celebra anualmente en el mismo santuario desde hace 900 años, y la tradición popular namahage, con quince namahages bajando de la montaña con antorchas y repartiendo mochis como símbolo de protección.

En cuanto al origen de los namahages, existen actualmente tres teorías y una leyenda. Acorde a la primera teoría, los namahages se inspiraron en los yamabushi o practicantes de shugendo que se desplazaban de casa en casa para rezar. Una segunda teoría, presenta a los namahages como mensajeros del kami (o dios sintoísta) de la montaña, una especie de toshigami, que bajaban para traer bendiciones para el nuevo año. Otra teoría, relaciona a los namahages con extranjeros de apariencia extraña que se habían instalado en Oga y que los aldeanos consideraban oni (criatura del folclore japonés parecida a un ogro o un demonio). Y finalmente, la leyenda más difundida cuenta que el origen de los namahages se encuentra en cinco murciélagos que siguieron al emperador Wu de Han (156-87 a.C.), emperador chino de la dinastía Han, hasta la península de Oga y una vez allí se transformaron en oni. Estos ogros se establecieron en las montañas de Hozan y Shinzan (las montañas más altas de la península) y se dedicaban a robar cosechas y mujeres jóvenes en las aldeas de Oga. Cansados de los ogros, los aldeanos los desafiaron a construir una escalera de piedra con 999 peldaños desde la orilla del mar hasta la cima del monte Shinzan en una sola noche, con la promesa de entregarles una joven cada año si lo consiguieran. De lo contrario, estos deberían abandonar Oga para siempre. Justo cuando los ogros estaban a punto de finalizar la tarea, un aldeano imitó el canto del gallo anunciado la llegada del amanecer, haciendo creer a los ogros que habían fracasado, pues la noche había acabado, abandonando así Oga para siempre.

Así pues, los namahages son ogros o seres demoníacos del folclore japonés representados por parejas o tríos de hombres con aterradoras máscaras de madera, ataviados con largos abrigos de paja (mino), y armados con cuchillos de madera (deba, para raspar la piel quemada) y cubos de madera (teoke). En Nochevieja, éstos bajan de las montañas, recorren las calles y entran en las casas con la ayuda de un Sakidachi. El Sakidachi es la persona encargada de asegurarse que en las casas en las que van a entrar no haya ocurrido nada que pudiera impedir la visita como que haya nacido un bebé en el último año, estén de luto por la muerte de algún familiar o estén lidiando con una enfermedad grave. La entrada se lleva a cabo con gruñidos y fuertes gritos de “¿Hay algún llorón aquí?, ¿Hay niños traviesos aquí?, ¿Hay personas perezosas aquí?” con la finalidad de asustar a los perezosos y a los desobedientes.

El cabeza de familia da la bienvenida a los namahages con sake y algo de comer y hablan sobre cómo ha ido la cosecha, sobre la salud de la familia y sobre si todos los miembros de la familia trabajaron duro o estudiaron mucho. Los namahages prometen favorecer una buena cosecha para el año venidero a la vez que amenazan con enojarse si algún miembro de la familia es perezoso, desobediente o no trabaja con ahínco. Dado que los padres conocen a las personas que encarnan a los namahages, muchas veces ensayan lecciones específicas para sus hijos durante la visita, sirviendo así como una oportunidad para los jóvenes para reflexionar sobre sus acciones. El pretexto es que los namahages ven todo lo que sucede en la aldea desde la montaña y registran toda esta información en su libro secreto. En caso de necesidad, el cabeza de familia puede llamar a los namahages de vuelta aplaudiendo tres veces hacía la montaña, pero si no es necesario, éstos vuelven al año siguiente.

Esta tradición presenta variaciones según la aldea, y está emparentada con otras similares de Japón: Yamahage y Nagomehagi (prefectura de Akita), Amahage (prefectura de Yamagata), Amamehagi (prefectura de Ishikawa), Appossha (prefectura de Fukui), Suneja, Anmo, Nagomi y Nagomihakuri (prefectura de Iwate), Amaburakosagi (prefectura de Ehime), Toshidon (prefectura de Kagoshima), o Akamata-Kuromata (Okinawa). Durante siglos, la presencia de los namahages en Año Nuevo ha sido esencial en Oga y gracias al Festival Namahage Sedo, las nuevas generaciones pueden conocer y comprender esta tradición. Sin embargo, si no tenéis la oportunidad de vivirla en Nochevieja ni de asistir al festival, como nos ocurrió a nosotros, aún podéis sumergiros en esta tradición ancestral a través del Museo Namahage de Oga. En el mismo lugar se encuentra el Museo Namahage, que presenta la historia de los namahages a través de imágenes, audios, máscaras y trajes de la península de Oga, el Museo Folclórico Oga Shinzan en el que se realiza una representación teatral de la tradición de los namahages en Nochevieja cada media hora hasta la hora de cierre del museo, y el santuario Shinzan donde se celebra el Festival Namahage Sedo en febrero. Lo mejor es que abren todos los días del año. Lo peor es que todo está solamente en japonés, aunque para la representación teatral ofrecen tablets con el texto en inglés.

En resumidas cuentas, la historia de los namahages en Oga trasciende el folclore y se convierte en un lazo vivo entre pasado y presente, recordando a la comunidad la importancia de la reflexión, el respeto y la unidad.

Sincretismo japonés: Seiryu-ji (Aomori) y Takayama Inari (Tsugaru)

Japón es un país donde conviven dos grandes religiones: el budismo y el sintoísmo, que se han modelado y adaptado mutuamente para definir la religiosidad nipona. Es común que muchas personas practiquen o se identifiquen con ambas, fenómeno conocido como sincretismo, aunque el sintoísmo se prefiere para los rituales de nacimiento y matrimonio, mientras que el budismo para los ritos funerarios. Ambas religiones presentan rituales y estilos arquitectónicos propios y su simbolismo y diseño reflejan dos formas diferentes de entender lo sagrado: una mirada introspectiva y transformadora en el budismo, y una celebración de la naturaleza y las fuerzas invisibles en el sintoísmo. Una muestra de estas creencias son el santuario Takayama Inari en Tsugaru y el templo Seiryu-ji en Aomori que visitamos durante nuestro viaje por Tohoku.

Empecemos pues por la religión originaria de Japón: el sintoísmo. El sintoísmo es una religión animista con raíces en la prehistoria, surgiendo de la combinación de tradiciones, rituales y leyendas de las culturas jomon y yayoi. Carece de un fundador o un sistema dogmático, dado que consiste en un conjunto de creencias, relatos y prácticas transmitidas de generación en generación. Nació como una religión vinculada a la vida agraria, dependiente de la naturaleza y los ciclos estacionales, y que intentaba controlar estos ciclos con los rituales y la magia. Inicialmente se denominó culto kami por la veneración a los kami o deidades vinculadas a elementos naturales, seres espirituales, figuras legendarias y ancestros. Es una religión abierta que acepta nuevas deidades, lo que se refleja en el término yaoyorozu-nokami traducido como «ocho millones de dioses», para señalar la multiplicidad de deidades existentes. Entre los dioses principales se suman Izanagi e Izanami, de cuya unión nació Japón, y Amaterasu, la diosa del sol.

Entre los principales tipos de sintoísmo se identifican el Koshitsu shinto (sintoísmo de la casa imperial), el Jinja shinto (sintoísmo de santuario), y el Minzoku shinto (sintoísmo folclórico). Explicado brevemente, el Koshitsu shinto abarca los rituales sintoístas llevados a cabo por el emperador con el fin de solicitar la prosperidad del país ante Amaterasu Omikami y otras deidades ancestrales imperiales. Por el contrario, el Minzoku shinto corresponde a la práctica religiosa llevada a cabo por la población general, mientras que el Jinja shinto designa la práctica ceremonial efectuada en los santuarios por sacerdotes (kannushi) y asistentes (miko). Históricamente, la figura de las miko se originó en el período Jomon, cuando eran veneradas como poderosas chamanas capaces de comunicarse con los espíritus, sin embargo, la introducción del budismo supuso una progresiva pérdida de sus atribuciones, quedando relegadas a funciones secundarias bajo la autoridad de sacerdotes masculinos. En la actualidad son las encargadas de asistir a los sacerdotes en las ceremonias de matrimonio y de los bailes rituales llamados kagura (como el que presenciamos en el santuario Morioka Hachimangu).

Aunque los santuarios sintoístas tienen su propia historia, leyendas, calendario ritual y kami venerado, éstos presentan algunas características comunes como son una puerta torii, que delimita el espacio sagrado del profano, la fuente temizuya para el ritual de purificación (misogi) donde los visitantes se lavan las manos y la boca, el honden o edificio principal donde residen los kami, el haiden u oratorio, el heiden para las ofrendas, las estatuas de zorros, los origami (figuras de papel), o el uso del color rojo para alejar a los malos espíritus, entre otros. El santuario Takayama Inari que visitamos en Tsugaru es un buen ejemplo de santuario sintoísta.

El primer santuario, Sanno Bozan, se cree que fue fundado por el clan Ando, una poderosa familia que gobernó en la zona desde el período Kamakura (1185-1333) hasta el período Muromachi (1336-1573), en un sitio ya considerado sagrado previamente. Este santuario fue destruido por el fuego en el año 1443 y en su lugar se construyó el santuario Inari, dedicado a Inari Okami, dios de la agricultura, el comercio y los negocios, por el clan Ako en 1701 durante el período Edo (1603-1868). Unas empinadas escaleras llevan al santuario principal, así como a los santuarios subsidiarios situados detrás de este.

Bajando las escaleras se encuentra lo que puede considerarse la parte más impresionantes del santuario: el senbon torii o las mil puertas, un sendero bordeado por 230 torii rojos. Estos torii fueron donados por particulares y empresas desde hace apenas unos 40 años y se alinearon de forma que simularan un dragón, deidad mitológica consagrada en este santuario. El camino de torii tiene como punto de partida el santuario Ryuji y como punto final un mirador desde el cual se pueden apreciar los torii serpenteando a la orilla del estanque.

En el santuario Takayama Inari, como en otros santuarios sintoístas, son comunes las estatuas de zorros, considerados mensajeros de la deidad, en este caso de Inari Okami.

Siguiendo con nuestra historia, el budismo se originó en la India y desde allí, dos principales corrientes se difundieron a otros países asiáticos: el Theravada, basado en la doctrina de Buda, que se estableció en Sri Lanka, Birmania, Laos, Camboya y Tailandia; y el Mahayana, que no otorga a Buda un estatus de deidad, y que se asentó en China, Corea y Japón. Los primeros misioneros Mahayana emplearon la ruta de la seda para llegar a la capital de China, Luoyang, durante la dinastía Han. Aquí se construyó el primer templo budista, el Templo del Caballo Blanco en el año 68, templo que tuvimos el placer de visitar el año pasado durante nuestra ruta de la seda china. El budismo llegó a Japón procedente de China a través de Corea en siglo VI (alrededor del año 572), y para facilitar su integración incluyó a los kami como representaciones de Buda y Bodhisattvas, especialmente las escuelas Tendai y Shingon. Esto propició que durante gran parte de la historia religiosa japonesa no existiera una distinción clara entre budismo y sintoísmo.

Con la llegada del budismo, el sintoísmo adquirió su denominación actual para diferenciarse de esta nueva religión. El budismo se denominó butsudo o “vía de Buda”, mientras que la religión autóctona pasó a llamarse shinto, derivado de una antigua palabra china que significa “el camino de los dioses”, englobando las diversas tradiciones y leyendas japonesas previas al budismo. En japonés también se utiliza el término kami no michi.

La mayoría de los santuarios sintoístas estuvieron bajo administración budista desde el período Heian (794-1185) hasta la restauración Meiji (1868). En el año 700 se realizó la primera estandardización del sintoísmo y durante el período Nara (710-794) surgieron los primeros textos sintoístas. Hasta ese momento, el sintoísmo carecía de escrituras sagradas, en parte debido a la inexistencia de un sistema de escritura japonés previo al budismo. Entre 1185 y 1603 surgieron diversos movimientos doctrinales centrados exclusivamente en los kami como Ise o Watarai Shinto, y Ryobu Shinto, en respuesta a la influencia budista en las prácticas sintoístas. Estos movimientos constituyeron la base para el Yoshida Shinto o sintoísmo estatal, desarrollado durante la restauración Meiji, cuando se unificaron las prácticas sintoístas, separándolas formalmente del budismo, con fines principalmente políticos. El Shinto, por ser la religión originaria de Japón, pasó a ser la religión nacional del país, utilizada como instrumento ideológico, y la veneración de los santuarios se convirtió en un deber patriótico. El sintoísmo estatal fue prohibido tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante el período Nara (710-794), los emperadores Tenmu y Monmu promovieron el budismo mediante el comisionado o patrocinio estatal. Existían entonces seis escuelas budistas: Ritsu, Jojitsu y Kusha pertenecientes al budismo Theravada, y Sanron, Hosso y Kegon que seguían directrices del budismo Mahayana. En el período Heian (794-1185) llegaron desde China las escuelas budistas Tendai (que vimos en Yamadera, Matsushima y Hiraizumi) y Shingon, y en el período Kamakura (1185-1333) llegaron el budismo de la Tierra Pura o Jodo (Motsu-ji de Hiraizumi), y el budismo zen (Zuiga-ji en Matshima o Hoon-ji en Morioka). El budismo shingon fue fundado por el monje Kukai y se centra en el Buda cósmico Vairocana. La escuela amidista Tierra Pura (Jodo, Jodo-Shu, Jodo Shin-shu, Ji-Shu) enfatiza la salvación por medio de la creencia en Amitabha y es actualmente la escuela budista más numerosa de Japón, mientras que la escuela Zen (Soto, Rinzai, Obaku) influyó notablemente en la filosofía samurái, al centrarse en la búsqueda de la iluminación personal (satori) mediante la meditación (zazen). En actualidad, las principales escuelas budistas en Japón son Zen, Shingon, Jodo, Tendai y Nichiren.

En cuanto a los templos budistas, estos destacan por las grandes puertas (sanmon) que indican la entrada al lugar sagrado, las estatuas de Buda o Bodhisattvas y los altares, y el uso del incienso como ofrenda y símbolo de purificación. En cuanto a los elementos arquitectónicos, son comunes las campanas de bronce que se tocan en celebraciones especiales, las pagodas, y los cementerios. Además, los monjes budistas residen en los templos y realizan actividades rituales.

Un ejemplo de templo budista shingon es el Seiryu-ji en Aomori, aunque en realidad se trata de un betsuin o sucursal del monte Koya. Este templo fue fundado por Ryuko Oda y su construcción comenzó en 1978. Tras cruzar la gran puerta (Chumon), al lado izquierdo se puede observar un jardín zen, mientras que en el lado derecho se encuentra un salón bermellón que consagra Kodo-daishi (Kukai, el fundador del budismo Shingon).

Tras pagar la entrada, el primer edificio que nos encontramos fue Kodo, o la sala principal, que se construyó en 1992 y donde se celebran diversas ceremonias. Se puede acceder en su interior. Detrás del altar se encuentra una pintura de Amida Shoju Raigozu, una copia de la que se encuentra en el monte Koya.

Justo al lado se encuentra una pagoda de cinco plantas con una altura de 39,5 m, siendo la cuarta pagoda más alta de Japón. Fue construida en 1996 y está hecha de madera de Hiba (ciprés japonés). Esta pagoda expresa la visión del universo budista que se compone de los cinco elementos: tierra, agua, fuego, viento y cielo.

Siguiendo el camino, se encuentra Mizuko-jiko dedicado a los niños mortinatos. Los molinillos de viento sirven para consolar las almas de estos niños.

Y delante se encuentra la campana, que no puede faltar en ningún templo budista.

Al final del camino se encuentra el Gran Buda (Showa Daibutsu), la estatua sentada de bronce más alta de Japón (21 m). Representa a Dainishi Nyorai (o Vairocana), el Buda de rango más alto del budismo Shingon. Su construcción se completó en 1984, tras 5 años de obras. Se puede entrar en su interior, donde se encuentran un mural que muestra el ciclo de la reencarnación y un templo dedicado a la paz mundial.

Y ya para finalizar, las principales diferencias entre el budismo y el sintoísmo son las siguientes:

Propósito: los templos budistas son lugares dedicados a las enseñanzas de Buda y la práctica de rituales budistas. Se utilizan especialmente para ritos funerarios y conmemoraciones de los difuntos. Los santuarios sintoístas están dedicados a los kami, divinidades o espíritus de la naturaleza y ancestros, y son lugares para rezar por la buena fortuna, la purificación y la protección.

Deidades: En el budismo japonés no se adoran dioses sino budas y bodhisattvas, seres iluminados. Las figuras como Amida, Kannon o Dainichi Nyorai suelen ocupar el lugar central en el altar. En el sintoísmo los kami pueden ser fuerzas de la naturaleza, animales, objetos o personas deificadas.

Elementos arquitectónicos budistas: portones (sanmon), pagodas (estructuras de varios pisos, símbolo de la cosmología budista), salón principal o hondo (espacio donde se alberga la imagen principal de Buda), campana (bonsho), jardín zen (espacios para la meditación y contemplación), incensarios (utilizados para ofrendas y purificación espiritual).

Elementos arquitectónicos sintoístas: torii (puerta tradicional que marca la entrada al espacio sagrado del santuario), salón de ofrendas o haiden (donde las personas presentan plegarias y ofrendas), salón principal o honden (suele estar restringido al público; allí reside el kami), fuente de purificación o temizuya (para lavar las manos y la boca antes de entrar), cuerdas sagradas o shimenawa (marcan objetos o lugares sagrados) y amuletos o ema (se usan para escribir deseos).

Prácticas rituales: En el templo se acostumbra el incienso y la oración silenciosa; en el santuario, la purificación y los aplausos.

Festividades: Las festividades (matsuri) suelen celebrarse en santuarios; mientras que los templos se asocian más a fechas conmemorativas y funerarias.

Función social: El sintoísmo se relaciona con la vida y los inicios (nacimientos, matrimonios); el budismo se asocia con la muerte y los funerales.

Hiraizumi, el tesoro oculto de Tohoku

Esta pequeña ciudad, en la prefectura de Iwate, que hoy es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, fue una vez el epicentro del poder y la cultura del noreste de Japón, y hasta rivalizó con Kioto por su belleza. A finales del período Heian (794-1185), Hiraizumi fue la capital de un dominio semi-independiete de la corte imperial de Heian-kyo (actual Kioto) gobernado por el clan Fujiwara del Norte (Oshu Fujiwara) durante 100 años (desde 1087, año de su fundación, a 1189, año de su disolución). El clan Oshu Fujiwara fue una rama del poderoso clan Fujiwara, una familia de regentes que poseía el monopolio de las posiciones de Sessho (regente de emperadores menores de edad) y Kampaku (regentes de adultos). Sin embargo, los Oshu Fujiwara consolidaron su poder gracias principalmente a la riqueza obtenida de la minería de oro, el comercio de caballos y el intercambio de objetos de lujo con estados de Asia continental y de los pueblos Emishi y Ainu situado al norte de Japón. Fueron derrotados por el clan Minamoto en la batalla de Oshu en 1189, marcando así el fin de su dominio y, con ello, de su capital, Hiraizumi. No obstante, el legado de este grandioso pasado aún se siente al recorrer sus templos y jardines.

Se accede fácilmente desde Sendai en shinkansen hasta Ichinoseki y desde allí en tren regional hasta la pequeña estación de Hiraizumi. Sin embargo, en nuestra opinión lo mejor es alquilar un coche en Ichinoseki (que es lo que nosotros hicimos) y así poder disfrutar de todos los atractivos que esta zona ofrece, tanto culturales como naturales. Además, el trayecto en coche ofrece la oportunidad de disfrutar de hermosos arrozales y hacer paradas para descubrir cascadas ocultas, como la cascada Fujitsubo. Ocho de los numerosos sitios históricos relacionados con el clan Oshu Fujiwara se engloban bajo el nombre de Yanomori Hakkei, y la cascada Fujitsubo es uno de ellos, sin embargo, no por la cascada en sí, sino por el túnel que parte desde ésta y que formaba parte de una mina de la que antaño se extraía oro.

Le dedicamos a esta región un total de tres días que dividimos en paradas culturales como los templos Chuson-ji, Motsu-ji y Takkoki-no-iwaya, y paradas naturales como las gargantas Genbikei y Geibikei, o las cuevas Yugendo y Ryusendo.

El principal reclamo de Hiraizumi es el templo Chuson-ji y su pabellón dorado, Konjikido. Este templo, igual que Motsu-ji, Zuigan-ji (Matsushima) y Risshaku-ji (Yamadera), fue fundado por el monje Jikaku Daishi en el año 850 y es el templo principal de budismo Tendai en Tohoku. El complejo, oculto en un bosque denso de pinos, en la colina Tsukimizaka, fue comisionado por el clan Oshu Fujiwara a principios del siglo XII y desde 2011 fue registrado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Buena parte del complejo fue reconstruida después de varios incendios y el consecuente deterioro.

Evidentemente, dentro del conjunto, destaca el pabellón Konjikido. En actualidad, está cubierto por otro pabellón que impide ser visto desde el exterior. Se accede pagando entrada y no se permite fotografiar el interior. No obstante, verlo es una experiencia única, ya que se trata de un recinto completamente dorado, cuyas paredes, techos y suelos están cubiertos de pan de oro y madreperla. Su construcción finalizó en 1124 y en su interior se encuentra un altar representando a Amida Nyorai (el Buda de la luz infinita) junto a Kannon (boddhisattva de la compasión) y Sishi (boddhisattva de la sabiduría), seis Jizo boddhisattvas (salvadores del infierno) y dos reyes guardianes, Jikokuten y Zochote. Bajo el altar central se encuentran enterrados los restos del primer señor del clan Oshu Fujiwara, Kiyohira. El segundo señor, Motohira, se encuentra sepultado bajo el altar izquierdo y el tercer señor, Hidehira, descansa junto a la cabeza del cuarto señor, Yasuhira, quien fue decapitado en 1189, ambos ubicados bajo el altar derecho.

Cerca del pabellón se encuentra el museo (Sankozo) y Kyuzo, una edificación en la que se guardan los sutras del templo. Al museo se accede con la misma entrada que al pabellón Konjikido y contiene más de 3000 tesoros nacionales y bienes culturales desde estatuas budistas, sutras, hasta atavíos funerarios del clan Oshu Fujiwara. Por otro lado, los sutras conservados en Kyozo son originales de la era Heian. Los sutras Kingiji Kosho Issaikyo, escritos en líneas alternas de oro y plata sobre papel azul oscuro fueron comisionados por Kyohira, mientras que los sutras Kinji Issaikyo, que destacan por sus ilustraciones, fueron comisionados por Hidehira. No muy lejos se encuentra también el templo Hondo, el templo principal del conjunto. En su interior se encuentra una gran estatua de Shaka Nyorai (Buda histórico) así como la luz eterna, que igual que en Yamadera, fue traída desde Enryaku-ji y lleva encendida desde entonces. Se atribuye a Saicho (Dengyo Daishi), introductor del budismo Tendai desde China en 806, haber encendido la llama del Eryaku-ji.

A pocos minutos desde Chuson-ji, se encuentra Motsu-ji, otro templo del budismo Tendai fundado en 850. Este templo destaca sobre todo por su jardín de estilo Jodo que representa la “Tierra Pura” budista con un lago central rodeado de piedras, colinas y árboles que ha permanecido sin grandes cambios desde hace 800 años. En este lugar, Fujiwara no Motohira, segundo señor de Hiraizumi, estableció en Shichido Garan un conjunto de siete templos. Posteriormente, su sucesor Hidehira amplió el complejo alcanzando 40 templos y 500 monasterios. Sin embargo, estas edificaciones fueron finalmente destruidas por diversos incendios. El templo principal actual data del 1989. En actualidad, el conjunto se ha convertido en un sitio histórico especial y un lugar de singular belleza paisajística por sus excepcionales jardines.

A las afueras de Hiraizumi se encuentra el templo Takkoku-no-Iwaya, un templo construido bajo las rocas de un acantilado. En 801, el shogun Sakanoue no Tamuramaro construyó este templo para agradecer al dios de la guerra Bishamon su ayuda en la derrota de Akuro Takamaro. El templo fue construido al estilo del templo Kiyomizudera de Kioto. Posteriormente, Fujiwara no Kiyohira y su hijo Motohira comisionaron también algunos edificios. El recinto del templo sufrió varios incendios y reconstrucciones, una de ellas en 1615 por el daimio de Sendai, Date Masamune. El templo actual fue reconstruido en 1961.

En este templo se puede ver también una gran cabeza de Buda de unos 16.5 m, que se conoce con el nombre de Buda de la Roca del Norte. Cuenta la leyenda que fue tallado por Minamoto no Yoshiie (1039-1106), samurai del clan Minamoto, disparando flechas a la pared de arenisca, sin embargo, la figura seguramente data de la era Muromachi (1336-1573). En sus inicios, representaba al Buda sentado en el cielo, pero la parte inferior cedió a causa de un terremoto en 1896.

Pero Hiraizumi no solo es historia, es también naturaleza viva, y una muestra de ello son las dos gargantas, Genbikei y Geibikei. La garganta Genbikei, es un tramo de unos 2 km del río Iwai, que ofrece un entorno agradable para pasear y que puede recorrerse a través de dos rutas habilitadas: una de menor longitud y otra más extensa. Ambas opciones permiten apreciar las formaciones de roca volcánica esculpidas por el agua que fluye con rapidez. Dicen que el daimio Date Masamune visitaba a menudo este lugar y consideraba que era digno de ser comparado con las tres vistas de Japón (la bahía de Matsushima, el santuario Itsukushima en Miyajima y la lengua de arena de Amanohashidate).

Otro atractivo del lugar es el dango volador. Se trata de 3 pinchos de bolas de arroz (estilo mochi) recubiertas por tres salsas: sésamo negro, alubias dulces y soja. Se le llama “volador” porque el pedido se realiza en un lado del río y se recibe desde el otro lado a través de un cesto atado a una cuerda. Para hacer el pedido, se coloca el dinero en el cesto y se pica una madera dos veces. Entonces desde el otro lado del río recogen el cesto con la ayuda de la cuerda y colocan los dangos y unos vasos de té en su interior antes de deslizarlo de vuelta.

Por otro lado, la garganta de Geibikei se formó por la erosión del río Satetsu y fue declarada Monumento Nacional en 1925. Se explora a través de un barco de fondo plano que permite disfrutar de las paredes de roca que alcanzan los 100 m de altura y que presentan formaciones que recuerdan a un rostro humano o la nariz de un león. De hecho, Geibikei significa justamente nariz de león. Para hacer el paseo más especial aún (si cabe), el timonel aprovecha para cantar canciones tradicionales. Durante el trayecto se pueden alimentar los peces koi que acompañan el barco, o intentar lanzar monedas en la caja de donativos de un pequeño santuario situado en una grieta en la montaña.

El paseo recorre unos 2 km y el trayecto de ida y vuelta dura una aproximadamente una hora con una parada de media hora. Por 100 yenes se pueden comprar 2 piedras para lanzarlas a una abertura en la pared de la otra orilla de la garganta. Hay 5 de diferentes, cada una simbolizando el amor, una vida longeva, la suerte, el destino, el dinero o un deseo propio. Cuentan que, si consigues meter una piedra, ese deseo se va a cumplir.

Cerca de la garganta de Geibikei se encuentra la cueva Yugendo, una cueva aparentemente no muy visitada, o al menos es lo que nos pareció. Cuando nosotros la visitamos no había nadie más. Esta cueva se considera la cueva de piedra caliza más antigua de Japón, con estratos que datan de hace aproximadamente 350 millones de años. Además de las preciosas formas de las estalagmitas, las estalactitas, los pilares de piedra y las coladas, en sus paredes se puede observar fósiles marinos como el cáliz de lirio marino, braquiópodos, fusulínidos y corales rugosos. También hay un lago subterráneo de color verde esmeralda.

A una hora desde la cueva Yugendo se encuentra otra cueva de piedra caliza, la cueva Ryusendo, mucho más conocida y visitada. Esta cueva es una de las cuevas calizas más grandes de Japón y se caracteriza por diferentes lagos subterráneos de un color azul o verde esmeralda. Se han explorado solamente 4 de los 5 km de longitud que tiene la cueva, y el lago más hondo tiene una profundidad de 120 m, pero no se puede visitar. El trayecto abierto al público tiene como destino final un lago con una profundidad de 98 m. En el interior también habitan varias especies de murciélagos, que pueden desplazarse por los túneles durante el recorrido.

Y ya para finalizar nuestra aventura en Hiraizumi, nos hospedamos por primera vez en un onsen ryokan, dado que Ichinosechi es famosa por sus aguas termales, y así recargamos energías antes de seguir con nuestro trayecto hacía Morioka.

Tras los pasos del clan Date: Sendai, Matsushima e Ichinoseki

El clan Date es considerado uno de los linajes más influyentes de la historia feudal de Japón y su legado perdura hasta nuestros días a través de los monumentos, los mausoleos y los objetos conservados. Sin embargo, la figura más destacada es la de Date Masamune, también conocido como “el Dragón de un solo ojo” debido a la pérdida del ojo derecho por culpa de una enfermedad que padeció en la infancia (posiblemente viruela). Date Masamune, hijo del daimio Date Terumune, nació el 5 de septiembre del 1567 en el castillo de Yonezawa, en la actual prefectura de Yamagata. Debido a su discapacidad, su madre, Yoshihime, lo veía incapaz de liderar, favoreciendo a su hermano pequeño, sin embargo, Masamune mató a su hermano y su madre se vio obligada a huir al castillo de su hermano, Mogami Yoshiaki, daimio de Yamagata. Masamune lideró su primera campaña a los 14 años y a los 18 sucedió a su padre en el puesto de daimio, destacando por su capacidad estratégica y su fiereza. Recibió el castillo de Iwatesawa después de servir a Toyotomi Hideyoshi (el mismo que ordenó la ejecución de Komahime) y vivió allí durante 13 años, convirtiendo la región en uno de los principales centros políticos y económicos del país. Tras la muerte de Hideyoshi, Masamune apoyó a Tokugawa Ieyasu, quien unificó el país y se autoproclamó shogun en el siglo XVII. Éste le premió con el gran dominio de Sendai, convirtiendo a Masamune en uno de los daimios más poderosos de todo el país, con una extensión de tierra equivalente a 620.000 koku (medida basada en la producción de arroz). En 1604 Masamune y sus vasallos se trasladaron al pequeño pueblo pesquero de Sendai y lo convirtieron en una gran y próspera ciudad. Y fue justamente en Sendai donde nos encontramos con los primeros vestigios del clan Date, durante nuestro viaje por Tohoku.

Actualmente, Sendai es la capital de la prefectura de Miyagi y la mayor ciudad de Tohoku. Tiene muy buena conexión con Yamagata y Yamadera, pero también con Tokio y otras ciudades de Tohoku, hecho que también atrajo a Date Masamune que buscaba un lugar con mejores conexiones con Edo (actual Tokio) que su castillo de Iwatesawa (Oshu, prefectura de Iwate). Y es así como Masamune ordenó la construcción de su castillo en Aoba-yama, convirtiéndolo en la residencia principal de su clan durante casi 300 años. Pese a su importancia histórica, del castillo de Sendai no quedan más que los cimientos, parte de la muralla que aún están reconstruyendo y una torre de guardia, debido a su destrucción durante bombardeos estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Allí se encuentra la estatúa ecuestre de Masamune así como un pequeñísimo museo (Aoba Castle Museum) con algunos objetos personales del daimio e información sobre la historia del castillo. También hay una sala de audiovisuales donde se explica la historia del clan Date, sin embargo, está solamente en japonés. Además, desde el parque de Aoba-yama se puede disfrutar de unas preciosas vistas de la ciudad. Cerca del castillo se encuentra también el Museo de Sendai (Sendai City Museum), que es mucho más grande, y donde se expone la historia de ciudad, así como una colección privada de la familia Date.

Durante su vida, Date Masamune promovió la cultura y las artes e impulsó el desarrollo económico en la región, haciendo del dominio de Sendai una zona próspera y estructurada. También reconstruyó templos anteriores como los templos Godaido y Zuigan-ji (en 1604) en Matsushima, prefectura de Miyagi, o el templo Takkoku-no-Iwaya (en 1615) en la prefectura de Iwate. De hecho, tras su reconstrucción en 1609, Zuigan-ji se convirtió en el templo familiar del clan.

Como curiosidad, se dice que Masamune era un enamorado de los mochis, sobre todo del zunda mochi, su favorito, y existía incluso un menú llamado mochi honzen que incluía tres sopas y siete platos de verduras preparados con mochi, siguiendo los preceptos establecidos por el daimio. Esta gastronomía especializada en el mochi se desarrolló sobre todo en Ichinoseki (prefectura de Iwate). Un decreto emitido por Masamune, obligaba a los campesinos a elaborar mochis para ofrecerlos a los templos y los santuarios el primero y el quinceavo día del mes y existía incluso un calendario oficial en el que se indicaban las fechas en las que se debían preparar, llegando a al menos sesenta días al año. Aún hoy, se puede degustar un menú de mochis en Ichinoseki y es una experiencia culinaria única.

A los 70 años, Masamune ordenó la construcción de su mausoleo, Zuihoden, donde se enterraron sus restos tras fallecer el 27 de junio del 1636. El mausoleo fue declarado Tesoro Nacional en 1931, sin embargo, quedó destruido durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial. El mausoleo que se puede visitar en actualidad fue reconstruido en 1979.

En el mismo lugar se encuentran también los mausoleos del segundo señor feudal, Date Tadamune (1599-1658) (Kansenden), y del tercer señor feudal Date Tsunamune (1640-1711) (Zennoden), igualmente destruidos en 1945 y reconstruidos en 1985. Por suerte, pese a los bombardeos, se pudieron recuperar los restos óseos completos de los tres daimios, así como numerosos objetos funerarios, documentos y armaduras, que se exhiben en un pequeño museo situado cerca de Zuihoden. Date Tadamune continuó el gobierno de su padre, Date Masamune, y llevó a cabo una reforma agraria a gran escala, fomentando la apertura de nuevos arrozales. Por otro lado, Date Tsunamune, nieto de Masamune, gobernó hasta los 19 años, cuando el shogun lo obligó a retirarse. Se dedicó al arte, creando diseños de laca miki-e y pinturas sumi-e (tinta) inspiradas en el paisaje de Tohoku que aún gozan de gran reconocimiento. Cerca se encuentran el mausoleo del noveno señor feudal Date Chikamune y del undécimo señor feudal Date Nariyoshi y su esposa. Desde aquí, parte también un sendero que conduce al mausoleo de los hijos del quinto señor feudal Date Yoshimura, conocido como Okosamagobyo.

En Matsushima, Date Tadamune construyó el templo Entsuin en honor a la diosa Kannon, diosa de la misericordia, en 1646. En los jardines del templo se encuentra también el mausoleo de su hijo Date Mitsumune que falleció a la edad de 19 años.

En resumen, el clan Date fomentó el florecimiento de la cultura y las artes en Tohoku, además de impulsar el desarrollo de la agricultura, la economía y la cultura en su territorio, dejando así un legado duradero en la región.

Yamagata y Yamadera: historia, religión y gastronomía

Yamagata, capital de la prefectura homónima, fue nuestro punto de partida en nuestra aventura por la región de Tohoku. Esta ciudad ha sido un enclave de relevancia desde tiempos antiguos y su historia se remonta a la era feudal, cuando la ciudad floreció como centro administrativo y cultural bajo el dominio de poderosos clanes. Pese a no ser una ciudad muy turística, Yamagata cuenta con un encanto particular, donde la historia, la religión y la gastronomía se entrelazan. Además, está fácilmente accesible gracias a un corto viaje de unas dos horas en shinkansen desde Tokio. Le dedicamos a Yamagata un día y medio, ya que medio día lo empleamos en visitar lo que era nuestro principal objetivo, el templo de Yamadera, que se encuentra a tan solo 25 minutos de la ciudad (línea JR Senzan, que une Yamagata con Sendai).

El nombre oficial de este complejo de templos es Hojusan Risshaku-ji, aunque se le conoce simplemente como Yama-dera (templo de montaña). Fue fundado en el año 860 por el monje budista Jikaku Daishi (794-864) y en sus inicios, la principal religión fue el budismo Tendai, igual que en Chuson-ji y Motsu-ji de Hiraizumi (Iwate) o Zuigan-ji de Matsushima (Miyagi) que visitamos más adelante. Esta religión se originó en China (Tiantai) y se introdujo en Japón en el año 806.

El primer templo del conjunto es el Konpon-chudo y se encuentra a unos diez minutos a pie desde la estación de Yamadera. Este templo alberga la “luz eterna del budismo”, una llama que lleva encendida desde su fundación, cuando se trasladó parte del fuego del templo Hieizan Enryaku-ji (Shiga). Fue reconstruido por el primer daimio del castillo de Yamagata en 1356, y es considerado uno de los edificios de madera más antiguos de Japón. A partir de aquí, comienza el ascenso hacía el templo principal Nyohodo, también conocido como Okunoin, que cuenta con nada más y nada menos que 1015 escalones. Sin embargo, la dureza del camino viene recompensada por un bosque de cedros de singular belleza.

Tras cruzar la puerta Nio-mon, el camino se bifurca, llevando uno al templo Nyuhodo, que custodia dos estatuas que el monje Jikaku Daishi trajo desde China, y el otro al pabellón Godaido, situado en la cima de un acantilado desde el cual se puede disfrutar de unas preciosas vistas del valle.

Ya de vuelta a la ciudad, nuestra primera parada fue el castillo de Yamagata. Este castillo fue construido en 1357 y fue sede de los clanes Mogami y Yamagata. Durante el período Edo perteneció a varias familias, hasta que finalmente quedó prácticamente en ruinas. En 1871, cuando se abolieron los dominios feudales, el castillo pasó a manos del gobierno y se usó como base para el ejército imperial japonés. Pese a que fue uno de los castillos más grandes de la región de Tohoku, de él solamente quedan sus muros en forma de zigzag y la puerta oriental reconstruida en 1991. Actualmente el recinto se ha transformado en parque público (Kajo Park) donde la gente aprovecha el espacio para pasear o para hacer picnic.

Los antiguos gobernantes de Yamagata también impulsaron el desarrollo de templos, santuarios y jardines marcando el paisaje con una arquitectura distintiva que aún se puede apreciar. Los santuarios y templos más importantes son Utakake Inari Shrine, Suwa Shrine, Sensho-ji y Gokoku Shrine, aunque la ciudad cuenta con muchos otros, y entre los jardines destacan el parque Momiji y el jardín Senshinan.

Enman-ji (izquierda); Mishima Shrine (derecha).

Utakake Inari Shrine es un pequeño santuario fundado en 1618, a comienzos del período Edo, cuando el templo budista predecesor (Gobutsu-zan Kissho-in) se consagró al sintoísmo. En sus orígenes estaba situado cerca de la entrada al castillo y quienes acudían debían leer cánticos (waka, tanka y renga), y de allí proviene el nombre de “Utakake”.

Suwa Shrine, por el contrario, es uno de los santuarios más grades de la ciudad. Fue construido en 1474 y forma parte de la ruta de peregrinación de Shichifukujin (las siete deidades de la fortuna). La deidad consagrada en este templo es Fukurokuji, que atrae la fortuna económica, y está relacionada con la longevidad y la descendencia numerosa.

Sensho-ji, situado en el barrio de Midoricho, una zona repleta de templos y cementerios, es uno de los templos budistas más grandes y más antiguos de la ciudad de Yamagata. Fue trasladado al emplazamiento actual en 1598 por Mogami Yoshiaki, daimio del castillo de Yamagata, en honor a su hija Komahime (prima de Date Masamune). Komahime, también concubina de Hidetsugu Toyotomi, fue ejecutada con tan solo 15 años cuando Hidetsugu fue obligado a cometer seppuku (harakiri) por ser acusado de conspirar contra su padre, Hideyoshi.

Gokoku Shrine, santuario sintoísta situado a las orillas del río Mamigasaki, fue fundado en 1869 y es uno de los santuarios más importantes de la ciudad. Está dedicado a los espíritus de los soldados que murieron en las guerras de Japón desde la Restauración Meiji (la Guerra Boshin, la Rebelión Satsuma, las guerras chino-japonesa y ruso-japonesa, y la Guerra del Pacífico) y es un lugar popular para las visitas de Año Nuevo y otras ceremonias tradicionales.

Al lado se encuentra el templo Yakushido dedicado al Buda de la Medicina Yakushi Nyorai.

En cuanto a los parques, el parque Momiji recibe su nombre por los arces que en otoño transforman el paisaje con sus hojas de colores. Este jardín pertenecía al antiguo templo Hodoji que fue abandonado a comienzos del período Meiji (1868-1912). El templo finalmente fue demolido, pero, por suerte, aún se conserva el pequeño jardín y su estanque.

Por otro lado, el Senshinan, propiedad de la Fundación para el Aprendizaje Permanente y la Cultura de la Prefectura de Yamagata, es un pequeño jardín rediseñado por Sentaro Iwaki, un famoso jardinero y paisajista de finales del siglo XIX.

Por último, otro gran atractivo de Yamagata es la gastronomía, siendo uno de los mejores lugares para probar la ternera de Yonezawa, una de las tres grandes carnes Wagyu de Japón, junto a Kobe y Matsusaka, debido a su alta calidad y buen sabor.

Y tras disfrutar de estos dos días en Yamagata, tocó despedirnos para emprender una nueva aventura en Sendai.