Tana Toraja, en el corazón de la isla de Sulawesi, alberga una de las culturas más interesantes e inéditas del mundo. Lxs toraja, que una vez fueron animistas, adaptaron sus creencias al cristianismo, pero las tradiciones ligadas a la muerte aún se conservan con fuerza. Y es que, semejantes a lxs faraonxs egipcixs, lxs toraja dedican su vida a la muerte.
Para visitar esta mezcla de paisajes espectaculares, arquitectura única y cultura increíble, hay que volar hasta la capital de Sulawesi, la ciudad de Makassar, y desde allí desplazarse hasta el pueblo de Rantepao, el más turístico de Tana Toraja. Llegar a Rantepao implica un largo, pesado e incómodo trayecto de curvas imposibles, un tráfico horrible y más de 8 horas de duración que se puede hacer en taxi (negociando el precio), en autobús (hay varias empresas y los hay hasta nocturnos) o en coche privado. Un gran arco indica la entrada al territorio toraja y da la bienvenida a los visitantes, aunque sabes seguro que ya estás cuando puedes vislumbrar los pueblos con su arquitectura inconfundible.

Las tierras toraja están divididas administrativamente en dos: Toraja Sur, con Rantepao como capital, y Toraja Norte, con capital en Makale. La sociedad toraja, a su vez, se divide en un sistema de castas, que al largo del tiempo disminuyó de cuatro a tres de diferentes: la clase alta, la clase media-alta y la clase baja, que ahora incluye también la casta antiguamente formada por los esclavos. Es importante, antes de nada, tener en cuenta que las casas de arquitectura tradicional toraja y muchas de las costumbres y tradiciones solamente corresponden a la clase alta, pero también a algunos miembros de la clase media-alta que se lo puedan permitir. Esta división también marca los matrimonios, que nunca permiten mezclar miembros de la clase baja con los de las clases superiores.

Las casas, llamadas tongkonan, destacan por sus tejados en forma de cuernos de búfalos (algunos dicen que se parecen a los barcos usados para llegar hasta allí) y están hechas de madera tallada y recubierta de bellos colores, algunos en chapa, situadas sobre pilares para proteger el hogar de las inundaciones en la temporada de lluvia. Se disponen de tres niveles: bajo-cubierta, donde se guarda la herencia familiar, la vivienda y la parte baja donde se agrupan los animales. Estas casas, aunque aún se conserven, están en desuso, debido a que solamente disponen de una estancia para toda la familia. Ahora es habitual ver enormes casas modernas, que ellxs llaman “casas dormitorio” que desentonan con la belleza arquitectónica de las casas tradicionales.

Al lado de los tongkonan se encuentran unas construcciones semejantes pero de menor tamaño que reciben el nombre de alang, que son destinadas a conservar el grano, y que son un símbolo de riqueza. Cuantos más alang hay construidos en el patio de la casa, mayor es el estatus social y económico de la familia. Las familias de clase alta tienen muchos, algunos muy antiguos.

Otra muestra de poder adquisitivo son los cuernos de búfalos expuestos en la entrada de la casa, ya que solamente las familias más ricas pueden permitirse sacrificar 24 búfalos en un funeral. Y es que los funerales de lxs toraja, que viven para morir, nada tienen que ver con lo que estamos acostumbradxs.

Lxs toraja son en su gran mayoría cristianos protestantes, religión adoptada en los tiempos en los que lxs holandeses ocuparon su territorio. Y adoptaron esta religión y no la musulmana, como en el resto del territorio indonesio porque los curas les permitieron seguir con sus tradiciones y con sus costumbres. Y ellxs creen que hay dos vidas: una temporal (terrenal) y una eterna después de la muerte, y, aunque la religión que profesan afirma que hay un infierno y un paraíso, para lxs toraja, siguiendo sus creencias ancestrales, solamente hay un espacio único. Para poder alcanzar esta vida permanente, a lxs difuntxs se les debe acompañar a través de un rito funerario llamado “aluk to dolo” o “camino de los ancestros”.

Según la tradición, se celebran dos funerales: uno íntimo en el momento de la muerte, y uno multitudinario un mínimo de dos o tres meses después, momento en el cual se da sepultura al cuerpo. Entre el primero y el segundo, el/la difuntx no se considera muertx del todo, sino que se le trata como a un/a enfermx: se le habla, se le viste y hasta se le da de comer. Para que el cuerpo no acabe en mal estado se embalsama con formol durante tres meses, y pasado este tiempo se usan también ungüentos a base de plantas. El segundo funeral es el más importante y tiene un aire más bien festivo: se reúnen las familias, lxs amigxs, lxs vecinxs y ahora también lxs turistas. Los meses preferidos son los meses de verano, especialmente julio y agosto, ya que es cuando lxs que viven fuera del pueblo disfrutan de vacaciones y pueden asistir a estos actos sociales y también es cuando mejor tiempo hace (menos lluvias), aunque se celebran funerales durante todo el año.

A efectos prácticos, estas celebraciones transcurren con posterioridad a la defunción para así permitir a la familia ahorrar todo el dinero necesario, dado que los sacrificios de animales, especialmente búfalos y cerdos, son símbolo de riqueza y poder. Las familias más ricas deben sacrificar 24 búfalos el tercer día del entierro, de los cuales uno ha de tener una combinación perfecta de blanco y negro y los ojos azules (el búfalo más preciado). Además, los funerales presentan diferencias según la clase social del/la difuntx y puede durar un par de días en el caso de la clase baja, y a partir de tres y hasta una semana en el caso de la clase media o alta. Durante toda esta fiesta, el/la difuntx está de cuerpo presente y se le despide con música y danzas.

Tuvimos el honor de poder asistir a un funeral y la verdad es que no nos dejó indiferentes. El guía nos informó que el mismo día había una boda, un funeral de la clase alta y un funeral de la clase baja. Elegimos el funeral de clase alta, por recomendación del guía, porque, según dijo, si ellxs tienen que elegir entre una boda o un funeral, siempre eligen el funeral, ya que a la pareja la pueden visitar más veces en esta vida, pero al/la difuntx no. También pasamos por el funeral de clase baja y os aseguro que no llega ni a la mitad del despliegue del otro funeral. Si bien el territorio Toraja se puede visitar perfectamente por libre, alquilando coche (con o sin conductor) o moto, participar en un funeral puede llegar a ser una tarea un tanto difícil debido al secretismo que hay entorno a los lugares en los que se celebran. Si se tiene la suerte de asistir a alguno, hay que saludar siempre a la familia y se debe tener en cuenta el código de vestimenta: vestir colores oscuros que cubran las piernas y los hombros.

En nuestro caso, se trataba del funeral de un señor mayor de clase alta que llevaba solamente cuatro meses muerto. Llegamos justo el primer día de la celebración, y para poder asistir al funeral, hay que pagar primero unas tasas por persona (el precio es distinto para adultos que para menores), además de llevar un regalo a la familia. Nosotr@s llevamos un cartón de tabaco, aunque se puede regalar también azúcar, y se lo entregamos a una de lxs ocho hijxs del difunto. Agradecida por el gesto, nos ofreció té y pastas.

Para llevar a cabo la recepción de lxs invitadxs, se construyen carpas de madera y bambú, tanto delante de la casa del/la difuntx como en el terreno donde se realizará la celebración durante los siguientes días. En el centro se encuentran la carpa de la familia, donde los hombres y las mujeres se sientan separados, y la “casa temporal” del/la difuntx, construida con la forma de las casas tradicionales. Las familias de clase baja no tienen permitido construir este tipo de estructura central.

Todo empieza con la preparación del cuerpo en el ataúd, acción que se realiza en la casa del difunto. Se le despide con canciones y bailes, y se les ofrece a lxs invitadxs carne de búfalo y de cerdo guisada y servida con arroz blanco. Después, el ataúd se coloca en una estructura parecida a las casas y se lleva al lugar de celebración acompañado por la multitud allí presente. Debo decir que la cantidad de turistas era tal que resultaba difícil abrirse paso para seguir la acción. Solo os digo que había hasta drones sobrevolando el sitio.

Llegados al lugar de celebración, el ataúd se sube a la estructura que presidirá el lugar el resto de días del funeral. Una vez arriba, la familia tira agua, caramelos y dinero a lxs presentes. Se realizan sacrificios de cerdos y un búfalo, para preparar la comida que se servirá, ante las cámaras de lxs turistas. Después se leen los nombres de las familias que han colaborado económicamente en el funeral. Si pagáis la entrada y lleváis regalos, estaros atentxs porque dirán vuestro nombre. Luego hicieron lo que yo llamo “una turistada”: cogieron a un grupo grande de españolxs que venían con un tour por agencia y les hicieron un homenaje en la carpa principal, después de hacerles llevar los cerdos atados con las cañas de bambú. Finalmente, el primer día de funeral acabó con una pelea de búfalos.

El funeral finalizaría días después con la sepultura del difunto en uno de los huecos excavados en roca. El ataúd se vuelve a llevar hasta allí en la estructura con forma de casa tradicional, pero el cuerpo se entierra solamente envuelto en una tela. Los encargados de excavar las tumbas son los miembros de la clase baja (antes lo eran los esclavos). En el caso que en la tumba ya haya un cuerpo enterrado, para abrir la puerta hay que sacrificar un gallo y un cerdo para apaciguar así al espíritu. En el caso de las familias pobres el gallo debe ser negro, mientras que las familias ricas sacrificarán un gallo blanco. Esta carne se cocina y se reparte entre lxs presentes, pero si sobra no se puede llevar a casa. Dado que “nuestro” difunto pertenecía a la clase alta y el tercer día se sacrificaron en su honor 24 búfalos, se le realizó un tau tau con su aspecto y se le alzó un megalito.

Y para acabar, debo decir que asistir a un funeral toraja es todo un privilegio y una experiencia increíble debido a lo diferente que puede llegar a ser a lo que estamos acostumbradxs. La celebración y todo lo que conlleva es una buena muestra de la cultura toraja, de su manera de ver y entender la vida, de sus costumbres y de su cultura. Una experiencia totalmente recomendable. Pero, si hay que poner un pero, os diría que lo peor del entierro en sí, a parte de las matanzas de animales de las que no estoy nada a favor, es la cantidad de turistas que se reúnen. Soy consciente que también soy una turista más, pero creo que si esto se pone de moda en un futuro será insostenible y sería una pena…









































