Xi’an, capital de la provincia de Shaanxi, es una de las tres ciudades más conocidas y visitadas de China, junto a Beijing y Shanghai. Fue una de las capitales imperiales antiguas de China, junto a Luoyang, Nankin y Beijing, sirviendo como centro de gobierno de diez dinastías como Zhou, Han, Sui, Tang o Ming. Fue fundada durante la dinastía Zhou bajo el nombre de Fenghao, cambiando al nombre de Chang’an durante la dinastía Han, cuando en 202 a.C. Liu Bang estableció allí la capital de su imperio. La actual ciudad de Xi’an fue reconstruida durante la dinastía Ming sobre los restos de la antigua ciudad de Chang’an. Se considera que fue el punto inicial y final de la Ruta de la Seda, o al menos, así lo fue durante los períodos en los que fue capital. Debido a su gran pasado y a los restos arqueológicos conservados, Xi’an fue declarada Ciudad Histórica del Mundo por la Unesco en 1981.

Pasamos en la ciudad cuatro días enteros (dos de los cuales los dedicamos a Xi’an y dos a visitar Tianshui y Luoyang) y dos medios días (uno al volver de Urumqi, y otro al volver de Dunhuang). El primer contacto con Xi’an lo tuvimos al volar desde Urumqi. Nuestro vuelo salió con 3 h de retraso, dejándonos poco margen para visitar la ciudad. Por suerte, esa noche dormimos en un hutong, cerca de la puerta sur de la Muralla de Xi’an, por lo que esa tarde aprovechamos para recorrerla. La Muralla de Xi’an fue construida entre 1374 y 1378, durante la dinastía Ming, con la finalidad de defender la ciudad de los posibles ataques de tribus bárbaras, y se encuentra en un perfecto estado de conservación. Tiene forma rectangular, con una longitud de aprox. 14 km, una altura de unos 12 m y una anchura de entre los 15 y los 18 m. Cuenta con cuatro accesos ubicados en cada uno de los puntos cardinales. Para acceder, hay que pagar entrada y se puede recorrer a pie o alquilando una bicicleta.

A la vuelta de Dunhuang, aprovechamos para visitar la Torre de la Campana y la Torre del Tambor, para luego pasear por el barrio musulmán y visitar la Gran Mezquita de Xi’an. La Torre de la Campana y la Torre del Tambor se encuentran a poca distancia entre sí y se puede comprar una entrada que combina el acceso a ambas torres. Las torres fueron construidas durante la dinastía Ming, en el año 1380, y tenían como finalidad señalar la hora y marcar los eventos importantes. Para llegar a la Torre de la Campana, se accede a través del paso subterráneo, el mismo a través del cual se accede al metro. Esta torre tiene una altura de unos 27 m y desde su terraza se puede disfrutar de una vista panorámica de la ciudad.

La Torre del Tambor se encuentra a unos 200 m desde la Torre de la Campana, y en su interior se pueden observar muebles antiguos, muchos tambores y otros instrumentos tradicionales.

Desde la Torre del Tambor, nos adentramos en el zoco, donde aprovechamos para cenar, y desde allí fuimos a la Gran Mezquita de Xi’an. Esta mezquita es una de las más grandes de China, y una de las más impresionantes con una mezcla musulmana y china muy original. La edificación data del año 742, durante la dinastía Tang, aunque fue restaurada durante las dinastías Ming y Qing. No se puede acceder a la sala de oración, pero sí se puede ver desde la entrada. Cuando nosotros fuimos estaban rezando en su interior, por lo que las puertas estaban cerradas, sin embargo, había unas pantallas a la entrada que mostraban su interior. No es necesario que las mujeres se cubran la cabeza para entrar al recinto.

Tras dedicar dos días a Tianshui y a Luoyang a las que nos desplazamos en tren desde Xi’an, empezamos el siguiente día visitando el templo Jianfu. En el mismo recinto al que se accede enseñando el pasaporte, se encuentran también la Pequeña Pagoda del Ganso Salvaje (Small Wild Goose Pagoda) y el Museo de Xi’an. El templo fue construido por la emperatriz Wu Zetian en el año 684, tras la muerte de su primer marido, el emperador Gaozong, dedicado a los antepasados de la dinastía Tang. En sus orígenes, el templo recibía el nombre de Xianfu, y este cambió a Jianfu cuando Wu Zetian ascendió al trono. El templo recibió muchos peregrinos y con ellos llegó también una gran cantidad de textos budistas, o Sutras. Uno de los monjes más famosos fue Yi Jing que tradujo gran parte de estos textos. El templo sufrió un período de decadencia cuando en el siglo IX el emperador Wuzong inició una gran persecución al budismo.

La Pequeña Pagoda del Ganso Salvaje tiene una forma piramidal con una altura de unos 43 m, distribuidos en 15 plantas. Fue construida durante el reinado de Zhongzhong entre los años 707 y 709 para albergar los Sutras traducidos por el monje Yi Jing. Inicialmente la pagoda se encontraba delante del templo de Jianfu, no en el mismo recinto, y tenía una altura de unos 45 m. La pagoda sufrió grandes daños durante varios terremotos ocurridos durante las dinastías Ming y Qing y fue restaurada numerosas veces.

El emperador Kanxi trasladó junto a la pagoda una campana fabricada en el año 1192. Esta campana pertenecía al templo Shangge, en la ciudad de Wugong, sin embargo, el templo fue destruido durante unas fuertes inundaciones. Recibe el nombre de Campana Matutina de la Pagoda del Ganso (Yanta Chenzhong) porque los monjes la tocaban cada mañana al hacer la llamada a la oración. Se puede pagar para tocar tres veces la réplica de la campana, ya que la original está guardada en el campanario del templo.

En el lado derecho del recinto se encuentra el Museo de Xi’an, de acceso gratuito, donde se exponen todo tipo de objetos relacionados con la ciudad de Xi’an, distribuidos en sus tres plantas: desde imágenes de buda, pinturas, esculturas, caligrafía, etc.

Desde el templo de Jianfu nos dirigimos al templo Daxingshan, uno de los templos más bonitos de Xi’an. No es un templo muy turístico y se nota, sin embargo, sus edificios y sus jardines son impresionantes. Fue construido entre 265 y 289 d.C. y sigue activo en actualidad.

La siguiente parada fue el Museo de Historia de Shaanxi, pero volvimos a tener mala suerte, igual que en Urumqi o en Dunhuang. Se permite el acceso de 6000 personas/día, con reserva previa. Para los extranjeros resulta difícil reservar, ya que la página está solamente en chino y se necesita un número de teléfono chino para poder finalizar la reserva. Se puede probar de ir directamente como nosotros, aunque, es muy probable que os pase lo mismo que a nosotros, y os nieguen la entrada. Otra opción es coger un tour que incluya la visita al museo.
Decepcionados por no haber podido visitar el museo, nos dirigimos al templo Da Ci’en, famoso por tener en su recinto la Gran Pagoda del Ganso Salvaje (Giant Wild Goose Pagoda). A diferencia de los dos templos anteriores, a éste se accede pagando una entrada. El templo fue construido en el 648 d.C. por el emperador Gaozong en honor a su madre, la emperatriz Wende. Tras la caída de la dinastía Tang el templo fue destruido, datando los edificios actuales de la dinastía Qing.

Sin embargo, la Gran Pagoda de la Oca Salvaje es originaria de la dinastía Tang. Esta pagoda fue construida en el año 648 d.C. sobre una base cuadrada y se alza hasta una altura de casi 65 m. Entre 701 y 705 d.C. la emperatriz Wu Zetian añadió cinco plantas más al edificio existente que ya disponía de cinco plantas, alcanzando un total de 10, aunque posteriores terremotos destruyeron tres de las nuevas plantas. Se puede acceder al interior de la pagoda pagando una nueva entrada, aunque en su interior no hay mucho que ver… Cada planta cuenta con cuatro ventanas, una en cada lado de la torre, desde las cuales se puede ver la ciudad de Xi’an. El 22 de junio de 2014 la pagoda fue incluida en la lista de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad.

En el año 652, el emperador Taizong mandó guardar en su interior las escrituras y reliquias budistas que el monje Xuan Zang (monje que nació en Luoyang y que pasó por la ciudad de Gaochang) trajo de la India tras su peregrinación. El salón Xuan Zang Sanzang alberga la Sarira o reliquia de Xuan Zang y una estatua de bronce del monje. Los frescos pintados sobre las paredes de la sala representan su peregrinaje a través de la Ruta de la Seda.

Para nuestro último día en Xi’an, cogimos un hotel cercano al palacio Hua Qing para poder disfrutar de las aguas termales de las que es famosa esta zona. Las fuentes fueron descubiertas durante la dinastía Zhou Occidental y se considera que el agua puede curar varias afecciones de la piel e incluso dolores musculares. En el hotel en el que nos alojamos nos pusieron leche y pétalos de rosas en la bañera llena de agua sulfurosa.

Por lo tanto, nuestro último día en Xi’an lo aprovechamos para visitar el palacio Hua Qing, al que fuimos caminando desde nuestro hotel. Con la misma entrada se puede acceder las veces que se quiera durante el día, escaneando la cara en la máquina de la entrada. La historia de los baños se remonta a casi 3000 años, siendo una zona preferida por muchos emperadores de varías dinastías para ubicar sus palacios. Durante la dinastía Tang fue cuando el palacio recibió del nombre de Hua Qing y parte de las edificaciones anteriores fueron restauradas.

El palacio es famoso por el romance entre el emperador Xuanzong y su concubina Yang Guifei, a quien el emperador dio el honor de bañarse en las piscinas de Hua Qing. Estas piscinas imperiales aún se conservan. Aunque no se permite el baño, hay unas pequeñas estancias en las que se permite, previo pago, remojarse los pies en las aguas termales.

Saliendo del recinto se puede subir en teleférico a la parte alta de la montaña. Nosotros teníamos intención de subir en teleférico y bajar por el camino que serpentea por la montaña entre varias edificaciones, pero nos llevamos una sorpresa al ver que el camino estaba cerrado y no se permitía bajar caminando. Aprovechamos para salir de la zona del teleférico para visitar los templos y pabellones que hay en el lado derecho. Se pueden visitar a pie o pagando un autobús que hace paradas en los diferentes puntos de interés.

Para bajar volvimos a coger el teleférico, aunque nos costó encontrar a alguien que nos vendiese los billetes, ya que la mayoría de la gente ya los compra inicialmente de ida-vuelta y muchas veces simplemente suben para ver las vistas de la ciudad y vuelven a bajar.

Si es solo por las vistas, la verdad no creo que valga mucho la pena subir. Si la intención es bajar caminando como fue la nuestra, tampoco os lo recomiendo porque os puede pasar como a nosotros, que os encontréis el camino cerrado. Ahora si os interesan los demás edificios (marcados en rojo en el mapa), entonces sí, vale la pena subir.

Tras esta visita, cogimos el autobús delante del palacio y nos dirigimos por fin a los Guerreros de Terracota. Para visitar el museo se debe comprar una entrada con anterioridad ya que el número de visitantes está restringido, sin embargo, en este caso, las entradas se pueden comprar fácilmente a través de Trip. Una vez en las taquillas, se presenta el pasaporte para recibir la entrada física con la que se puede acceder al recinto. Con la entrada se pueden visitar el Mausoleo del emperador Li Shan y las tres fosas en las que se encuentran los guerreros. A parte de la entrada, se puede pagar un coche eléctrico, para el trayecto que une las taquillas con el museo.

El ejército está compuesto de miles de estatuas en tamaño real hechas de arcilla que sirvieron de guardianes durante la vida después de la muerte del emperador Qin Shi Huang (259-210 a.C.). La Fosa 1 es la más grande y la más importante, ya que en ella se conservan unos 6000 guerreros. La fosa 2 cuenta con unos dos mil guerreros y en los laterales se pueden ver algunos guerreros protegidos en vitrinas de cristal, mientras que la fosa 3 es la más pequeña, con unos 70 guerreros. En 1987 fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Y con esto, dimos por finalizada nuestra visita a Xi’an y también nuestra Ruta de la Seda china. Desde nuestro hotel, nos esperaron unas 2 h de trayecto en metro, cambiando 4 líneas distintas hasta llegar al aeropuerto para nuestro vuelo a Beijing y desde allí a Barcelona, sin embargo, valió la pena tanto por poder disfrutar de las aguas termales como por ver uno de los emblemas más fascinantes de China. Sin embargo, no vamos a despedirnos para siempre de este gran país, porque nunca se sabe cuándo vayamos a volver… ¿Puede que dentro de otros 13 años? Quién sabe…
