Dunhuang es una ciudad situada en la provincia de Gansu, al oeste del Corredor Hexi. Este oasis situado en el desierto de Gobi ocupó un lugar importante en la Ruta de la Seda, tanto por ser un punto de unión entre diferentes países como por ser un punto estratégico en la historia de China. En el año 111 a.C. Dunhuang pasó a ser ciudad guarnición bajo el control de la dinastía Han, liberando desde entonces muchas batallas por el control del lugar. Como resultado, en la región aún se conservan evidencias de las defensas erguidas por esta dinastía y, posteriormente, por la dinastía Tang, como secciones de muralla, torres de vigilancia y numerosas ruinas de fortalezas. Unida a la historia bélica del lugar está también la de los transeúntes que iban y venían usando las rutas del desierto y para los que, Dunhuang, suponía un importante nudo de conexión. Y con estos viajeros llegó también el budismo desde India e hizo que Dunhuang se convirtiera en un notable centro religioso.

Por estas razones, Dunhuang no pudo faltar en nuestra ruta, aunque nuestra visita fuera fugaz. Tras un corto vuelo de unas 2,5 h desde Xi’an pisamos por fin esta ciudad del desierto. Para ir del aeropuerto al centro solamente hay un autobús (o taxi, claro). En nuestro caso, el hotel que habíamos elegido ofrecía un servicio de pick-up gratuito, por lo que, el día anterior, dimos los detalles al hotel y nos vinieron a buscar, y, tras dejar las maletas en la habitación empezamos nuestra aventura. Para nuestra sorpresa, la ciudad en sí no tiene mucho interés, aunque está en pleno crecimiento, sobre todo por la construcción de nuevos hoteles dada su gran popularidad… La mayoría de los puntos de interés se encuentran a las afueras de ciudad, sin embargo, hay ciertas excepciones que detallaremos a continuación. Una de ellas son las Dunas de Arena Cantante (Mingsha Shan) y el Manantial de la Luna Creciente (Yueyaquan), un conjunto situado a unos 6 km del centro de la ciudad y al que se puede llegar en autobús o caminando, dependiendo de dónde esté situado el hotel. Se trata de una de las principales atracciones de Dunhuang que atraen cada año miles de turistas. Con la entrada se puede acceder durante 3 días consecutivos.
Pero vayamos por partes. Lo primero que nos encontramos al entrar son las Dunas de Arena Cantante, que reciben su nombre por el sonido que produce la arena al moverse con el viento. Una leyenda cuenta que, durante una batalla entre los ejércitos Han y Xiongnu, una ráfaga de viento enterró a los guerreros, sin embargo, éstos siguieron luchando bajo la arena, provocando así el sonido de las dunas. Se puede subir a la duna que se encuentra delante del Manantial de la Luna Creciente, pero no a las dunas circundantes, ya que el deslizamiento de la arena podría romper el frágil equilibrio que hay entre el agua y las dunas. Hay incluso una escalera de madera preparada para facilitar el ascenso. Desde la cima se puede disfrutar tanto una espectacular vista del lago, como también del mar de dunas. En esta parte se ofrece multitud de otras actividades, como surf en las dunas, karting, paseos en helicópteros y muchas otras.

El Manantial de la Luna Creciente es un lago con forma de semiluna situado a los pies de las Dunas de Arena Cantante. Sobre su aparición también hay una leyenda que cuenta que, durante la dinastía Han Occidental, los soldados capitaneados por el general Li Guang, tenían demasiada sed para seguir su marcha y, por esta razón, el general desenvainó su espada y la clavó en la arena provocando que el agua brotara. Aunque esto evidentemente no es real, las primeras referencias al Manantial de la Luna Creciente datan justamente de la dinastía Han (202 a.C.-220 d.C.) por lo que este oasis lleva más de 2000 años sin ser engullido por las arenas. Lo que más nos impresionó fue la presencia de peces en el agua, ya que no esperábamos que los hubiera… Otra leyenda cuenta que estos peces pueden curar enfermedades que son difíciles de curar.

Al lado del manantial se encuentra el Pabellón Mingyue, formado por una pagoda de arquitectura tradicional Tang y un pequeño templo, ambos reconstruidos en 1990, así como una campana de reciente incorporación. Sin embargo, el actual Pabellón Mingyue es solo una reminiscencia de lo que antaño fue, ya que durante la dinastía Tang, cuentan que había un gran complejo de salas y torres que daban la bienvenida a los visitantes.

Tras disfrutar de este enclave, fuimos a comer y, después, pretendíamos visitar el Museo de Dunhuang, pero no tuvimos suerte, ya que el museo cierra los lunes… En fin, otro museo que se nos escapó… Tras una breve búsqueda sobre qué más podríamos visitar en Dunhuang, decidimos ir caminando hasta la Pagoda del Caballo Blanco, ya que está relativamente cerca del museo. Nos sorprendió que tras cruzar el río aparecimos en medio del campo, dejando atrás la ciudad. Llegamos a la entrada justo cuando un grupo de turistas chinos estaba saliendo, por lo que, cuando entramos no había nadie más, aparte de nosotros. Se trata de un pequeño jardín con árboles frutales y una pagoda. La pagoda tiene una altura de 12 m y una anchura de 7 m y un total de 9 pisos, todos diferentes. Fue reparada en numerosas ocasiones.

Esta pagoda fue construida en 386 d.C. en honor a Tianliu, el caballo blanco que acompañó al monje budista Kumarajiva en sus travesías, y que murió en Dunhuang a la edad de 9 años (por eso la pagoda tiene 9 pisos). El monje Kumarajiva es una figura importante en la historia del budismo, ya que llevó el Sutra del Diamante desde Kucha a Dunhuang y la tradujo, convirtiéndose en la versión más leída y copiada en China. De hecho, una de las copias del Sutra del Diamante fue encontrada en la cueva biblioteca (Cueva 17) de las Cuevas de Mogao.

Después de esta visita dimos un paseo por la orilla del río que, tanto durante el día como durante la noche, ofrece vistas increíbles.

Sobre las 20:00 h abre el mercado nocturno de Shazhou, y nosotros no nos lo quisimos perder. El mercado está dividido en 3 partes: una parte con puestos de artesanía, un mercado de fruta y una parte de comida, donde se pueden probar platos típicos de la zona.

Al día siguiente, visitamos las famosas Cuevas de Mogao o las Cuevas de los mil Budas. Mogao fue un emplazamiento religioso budista importante fundado en el año 366 d.C. cuando el monje Le Zun tuvo una visión de mil Budas brillando en este mismo lugar. Éste decidió excavar una pequeña cueva en el acantilado que domina el río Daquan (río estacional, no alberga siempre agua) para meditar y a él se unieron más monjes, dando lugar así a las cuevas de Mogao. Durante los 6 siglos posteriores (bajo 10 dinastías), además de las cuevas reservadas para el descanso y la meditación, se fueron excavando muchas otras cuevas que se adornaron con pinturas y estatuas de estuco policromado de Buda, y, donde se fueron guardando manuscritos y otros documentos budistas. De un total de 700 cuevas, 492 cuevas albergan más de 45.000 m2 de frescos y 2000 esculturas. Si bien, algunas cuevas fueron restauradas durante la dinastía Qing, el estado de conservación es notable, gracias, en parte, al clima seco del desierto. Durante la dinastía Ming, las cuevas quedaron abandonadas hasta que un ciudadano chino, Wang Yuanlu, descubrió la pequeña cueva biblioteca y los documentos antiguos que albergaba (desde documentos religiosos, hasta literatura, asuntos militares, crónicas locales, entre otros). Ni los funcionarios ni los gobernadores locales dieron importancia a estos documentos, sin embargo, sí atrajeron la atención de arqueólogos occidentales que empezaron a analizar (y a llevarse) estos documentos antiguos. Muchos de ellos se encuentran en el British Museum. Desde 1987, las cuevas de Mogao forman parte del Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO.

El centro de visitantes se encuentra a unos 12 km del centro de la ciudad y se puede llegar perfectamente en autobús, sin embargo, antes de nada, hay que tener en cuenta que el cupo máximo de visitantes está limitado a 6000/día. Aunque se recomienda reservar la entrada con antelación, para los extranjeros es muy difícil ya que se necesita un número de teléfono chino y registrarse a la página web oficial (que está en chino). Otra opción es ir temprano para ver si quedan plazas libres ese día o coger un tour, si no queréis arriesgaros a quedaros sin entrada. También hay que tener en cuenta que en temporada baja hay más posibilidades de entrar que en temporada alta, cuando muy probablemente el cupo ya esté lleno. Existen dos opciones de entrada: una entrada express con la que se visitan 4 cuevas con guía en chino y una entrada que permite el acceso a 8 cuevas con guía en inglés. En ambos casos, las cuevas se asignan al azar, aunque las cuevas más famosas casi siempre tocan.

Este día volvimos a tener mala suerte. El 10 de septiembre es festivo en China, por lo que nos encontramos con autobuses y más autobuses de grupos de chinos con la misma intención que nosotros y nos tocó esperar y esperar y esperar… No fue hasta las 13:00 h que por fin conseguimos entrar. Primero se accede a una sala para visionar un vídeo de unos 20 min sobre la Ruta de la Seda y la importancia de Dunhuang dentro de esta ruta. Luego se accede a una nueva sala 360º en la que explican la historia de las cuevas de Mogao y el significado de los frescos de algunas de las cuevas más importantes, durante otros 20 min. Antes de entrar a la primera sala hay que pedir una audioguía que traduce al inglés, porque la explicación es en chino. Después de esta introducción se debe hacer cola para coger un bus lanzadera hasta las cuevas (unos 13 km de trayecto).
Una vez llegados a la entrada, se asigna un/a guía (obligatorio) a cada grupo, por lo que tuvimos que volver a esperar a que se juntara más gente que hablara inglés para poder entrar. Según nos dijeron, hay pocos guías que hablen en inglés. Vimos entrar y salir a multitud de grupos chinos, hasta que finalmente pudimos entrar con nuestra guía en inglés junto a un par de grupos de malayos. Las cuevas que nos tocaron fueron las 16-17, 328, 329, 334, 428, 454 y 096. No se pueden hacer ni fotos ni videos dentro de las cuevas. La guía va abriendo las cuevas una a una y dentro, a oscuras, va iluminando con la linterna las partes de la cueva sobre las que va explicando.

Normalmente se combinan cuevas de diferentes épocas y estilos para poder observar como la arquitectura de las cuevas y la iconografía fue cambiando a lo largo de los siglos. Si bien las más antiguas muestran claras influencia de los modelos budistas indios, con el paso del tiempo, estos rasgos se fueron adaptando a los motivos iconográficos tradicionales chinos. Parte de las cuevas también se pintaron gracias a generosos patrocinios imperiales, por lo que, muchas veces las esculturas de los Budas tenías rasgos o características similares al emperador que las patrocinó. Los frescos de las cuevas ilustran detalles de las jataka (relatos budistas que explican las anteriores encarnaciones de Buda), o de las sutras (discursos de Buda), pero también evidencias de sus mecenas. Estas pinturas, igual que las pinturas cristianas, tenían como finalidad instruir en el budismo a aquellos que no sabían leer. Las cuevas 16 y 17 son dos cuevas juntas, una de las cuales es la pequeña cueva biblioteca en la que Wang Yuanlu encontró los valiosos documentos, sin embargo, actualmente solo se encuentra una escultura del monje budista Hongbian. Curiosamente uno de los documentos encontrados (una crónica local) hacía referencia a las Cuevas de Bezeklik que visitamos en Turpán. Por otro lado, la cueva 096 alberga la tercera estatua de Buda antigua excavada en roca del mundo, siendo la más grande la del Gran Buda de Leshan.

Una vez acabado el tour por las cuevas, volvimos a coger el autobús hasta la entrada y desde allí volvimos al hotel. Con todo acabamos sobre las 18:00 h, por lo que este día tampoco pudimos ir al museo de Dunhuang… Al día siguiente, por la mañana, volvimos a Xi’an.
