Experiencias en Japón: dormir en un shukubo

El origen de los shukubos se remonta a siglos atrás, en las antiguas rutas de peregrinación entre templos budistas, a menudo a través de caminos de montaña y bosques. La demanda de alojamiento por parte de los peregrinos, junto con la necesidad de los templos de cubrir sus gastos —ya que en Japón son entidades privadas sin financiación pública—, ha propiciado la apertura de algunos de estos templos al hospedaje. Su funcionamiento es similar al de los ryokans, ofreciendo desayuno y cena estilo kaiseki (shojin ryori, traducido como “alimento de devoción”), y baños compartidos onsen o sento, pero, además, permitiendo a los visitantes a participar en algunas de sus actividades, como los rituales matutinos o la meditación. Lo habitual es pasar una o dos noches, ya sea como parte de una ruta de peregrinación, o simplemente para desconectar y descubrir cómo viven los monjes. Además, muchos shukubos se encuentran alejados del bullicio de las ciudades y brindan un entorno ideal para desconectar de las preocupaciones diarias y sumergirse en la espiritualidad propia del lugar. Nosotros ya habíamos pasado dos días en un templo budista en Corea del Sur, sin embargo, ambas experiencias poco tienen en común.

El alojamiento se debe reservar con antelación y hay que tener en cuenta que algunos shukubos están abiertos durante todo el año, mientras que otros cierran durante los meses de invierno. Cualquier visitante es bienvenido, sin embargo, dado que dormir en un shukubo no es una atracción turística más, se deben respetar algunas normas, como por ejemplo, quitarse los zapatos antes de entrar, usar ropa adecuada (evitando pantalones cortos, minifaldas, o blusas escotadas), respetar sus horarios (toque de queda nocturno, el horario de los baños compartidos, las horas de cena y desayuno o de los rituales), y no hacer excesivo ruido para no romper la tranquilidad y serenidad del lugar. Koyasan, en la prefectura de Wakayama, reúne la mayor concentración de shukubos, sin embargo, es posible encontrar alojamientos de este tipo cerca de prácticamente todas las rutas de peregrinación de Japón. De hecho, nosotros nos alojamos en un shukubo a los pies del monte Haguro, una de las tres montañas sagradas de Dewa Sanzan, a las afueras de Tsuruoka.

Aunque la ruta de peregrinación de Dewa Sanzan es muy antigua, no fue hasta 1630, cuando el quincuagésimo sacerdote de Haguro cambió el budismo Shingon por budismo Tendai, que ganó popularidad. En aquel entonces el sogunato Tokugawa practicaba el budismo Tendai y la adopción de esta fe resultó en una significativa afluencia de recursos financieros procedentes del propio sogunato. Gracias a estos fondos fue posible construir la escalera de piedra y el templo en la cima del monte Haguro, además de más de 300 shukubos. Una característica particular de los shukubos de Dewa Sanzan es que no son exactamente ni templos budistas ni tampoco santuarios sintoístas, aunque para su construcción sí necesitaron su bendición. Estos fueron construidos específicamente para alojar peregrinos, sin embargo, debieron cumplir con algunos requisitos muy estrictos: tener un altar de adoración (budista o sintoísta), ser llevados por un sacerdote yamabushi, que vive junto a su familia en el shukubo, y ser gestionados solamente por miembros de la misma familia. Por lo tanto, para dirigir un shukubo en Dewa Sanzan es necesario haber nacido en la familia o casarse con alguno de sus miembros. En cuanto a las características arquitectónicas, los shukubos tienen su propia puerta torii, para designarlo como lugar sagrado, y cuerdas con origami (shimenawa), como los santuarios sintoístas, pero también estatuas de buda o pequeñas pagodas, típicas de los templos budistas. Esto se debe al hecho que los yamabushis practican el Shugendo, una creencia que integra elementos del sintoísmo, del budismo y del taoísmo.

Antiguamente, los caracteres “bo” (Daishobo, Daishinbo) o “in” (Sankoin, Enmei’in) que aparecen en los nombres de los shukubos, indicaban el tipo de peregrinos que podían recibir. Así, los que acababan en “in” tenían un estatus superior, por lo que solamente alojaban a los monjes, aunque hoy en día prácticamente no hay diferencias entre los dos tipos de shukubos. Dado que las montañas de Dewa Sanzan son un claro ejemplo de sincretismo, pues conviven tanto el budismo como el sintoísmo, los shukubos podían recibir peregrinos de ambas religiones y se dice que durante el período Edo (1603-1868) unos 3 millones de peregrinos visitaban Dewa Sanzan cada año. Para poder hospedarlos a todos, cada shukubo tenía asignada una zona concreta de Japón y solamente podían hospedar a peregrinos procedentes de esa región, por lo que varias generaciones de una misma familia pudieron haberse alojado en el mismo shukubo. Actualmente en Dewa Sanzan quedan menos de 30 shukubos debido a una progresiva bajada en la afluencia de peregrinos, y, por esta razón, algunos de ellos han decidido abrirse al turismo para poder sobrevivir.

Nuestro shukubo fue regentado por la misma familia desde el periodo Edo, o sea durante más de 350 años, y el edificio actual aún conserva partes de la estructura original. Nada más llegar, el sacerdote nos dio la bienvenida a su hogar, y su mujer nos informó del horario que teníamos que seguir: cena de 18:00-20:00 en el comedor, uso de los baños desde las 17:00-22:00, la oración matutina a las 7:00 y el desayuno desde las 7:30-8:30. Después nos acompaño a nuestra habitación, una habitación austera, de estilo japonés con suelos de tatami, puertas correderas y futones para dormir. También había una pequeña mesa con galletas y un termo con té caliente preparado para tomar. La habitación era privada, pero los baños eran compartidos y separados por sexos. Nuestro templo ofrecía baños sento y las normas de uso son las mismas que en los ryokans: hay limpiarse bien antes de entrar al agua y se entra sin nada de ropa. A parte de nosotros, solamente se hospedaba una persona más, por lo que prácticamente tuvimos los baños para nosotros.

Tanto el desayuno como la cena nos los sirvieron en un pequeño comedor. El menú consistía en pequeñas porciones de diferentes elaboraciones típicas de la comida ascética de Dewa Sanzan. Cada shukubo cuenta con sus propias recetas transmitidas de generación en generación, sin embargo, todos tienen algunas características comunes, como el uso de sansai o verduras de las montañas, como diferentes tipos de helecho (zenmai, warabi, udo, kogomi), la tempura o el plato más famoso y que nunca falta, el goma dofu, una pasta de sésamo que se asemeja al tofu, del que ya os hablé. Algunos shukubos siguen la tradición budista, por lo que los platos son veganos o vegetarianos, mientras que otros siguen la tradición sintoísta e incorporan pescado, como fue nuestro caso.

Desayuno y parte de la cena

A las 7 de la mañana bajamos al altar, donde nos reunimos con el sacerdote para el ritual religioso matutino. Este ritual también difiere según el shukubo, ya que los yamabushis pueden usar tanto oraciones sintoístas como budistas o bien una mezcla de ambas (Shugendo). El sacerdote nos entregó un papel con la oración en japonés y en inglés para que pudiéramos seguirla y también para acompañarle, y dio comienzo al ritual soplando la concha de caracola (horagai) que los yamabushis utilizan en los rituales y ceremonias. Rezamos para purificarnos, honramos a los kamis de las tres montañas de Dewa y el sacerdote pidió salud y protección para nosotros en nuestro trayecto, pronunciando nuestros nombres. Finalizado el ritual, desayunamos y nos despedimos de nuestros huéspedes para seguir nuestro camino por las montañas de Dewa.

En resumidas cuentas, la experiencia de alojarse en un shukubo en Dewa Sanzan es una inmersión profunda en una tradición milenaria donde la espiritualidad y la naturaleza se entrelazan en cada gesto y cada bocado. Participar en los rituales matutinos, saborear la auténtica shojin ryori y convivir con los yamabushi permiten conectar con la esencia de las montañas de una manera verdaderamente única. Sin duda, es una oportunidad irrepetible para descubrir la hospitalidad, el respeto por la naturaleza y la riqueza espiritual que definen el alma de Dewa Sanzan.

Experiencias en Corea del Sur: Dormir en un templo (templestay)

Dormir en un templo coreano no es simplemente pasar la noche, sino toda una experiencia. Recibe el nombre de templestay y normalmente consiste en una estancia de varios días con un programa estipulado de actividades que se deben seguir a rajatabla. Cada templo tiene su propio paquete de actividades y para facilitar la elección existe una página en inglés que reúne todos los templos de Corea del Sur (Templestay.com). A través de ella, se pueden conocer los programas que ofrecen, los precios y también la disponibilidad. La reserva se puede hacer por internet, a través de la misma página.

Antes de decidirse por un templo en particular hay que valorar varios aspectos:

· Que el templo entre en el itinerario que nos interese. Hay templos que ofrecen templestay en prácticamente todas las ciudades de Corea del Sur: desde las más conocidas como Seúl o Busán hasta las menos conocidas.

· Que coincidan las fechas con las de nuestro viaje. Algunos templos permiten el templestay durante la semana, pero muchos otros solamente lo ofrecen durante el fin de semana, por lo que la elección de un templo puede condicionar el itinerario.

· La duración del templestay también depende de cada templo, ya que la mayoría ofrecen solamente la posibilidad de una estancia de dos días y una noche, mientras que algunos otros permiten una estancia de hasta cinco días y cuatro noches. Esto se deberá tener en cuenta también, siempre según nuestros intereses.

· Los paquetes de actividades dependen de cada templo, por lo que siempre es importante valorar varios templos y elegir el que nos resulte más interesante. Por ejemplo, si el interés no va más allá de simplemente dormir en un templo, en Haeinsa ofrecen un paquete llamado freestyle templestay en el que no se incluye ninguna actividad.

· Además, un mismo templo puede ofrecen varios paquetes distintos o que estos cambien según la época del año o las características del grupo.

· Disponibilidad de fechas y de reserva. Algunos templos permiten reservar en cualquier momento, mientras que otros solamente permiten realizar reservas durante los tres meses previos a la fecha.

Nosotros vivimos la experiencia del templestay en el templo Bulguksa, en Gyeongju. Para ello, reservamos a través de la página web del templestay y quedamos en efectuar el pago en efectivo a la llegada al templo. Nuestra actividad se llamaba “Finding your ‘true-self’” y consistía en actividades en el templo durante dos días y una noche (desde las 14:00 h el primer día, a las 11:00 h del día siguiente). Tras la reserva nos preguntaron la edad y también la relación que había entre nosotros dos. Al principio nos sorprendió esta última pregunta, pero una vez allí comprendimos el por qué. Resulta que, si la relación no es de pareja o familia, las mujeres deben dormir en habitaciones compartidas con otras mujeres, mientras que los hombres en habitaciones compartidas con otros hombres.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos y empecemos por el principio. Llegamos a la parada de KTX de Singyeongju (más detalles en Transportes) tras un corto trayecto de una media hora desde Busán. Lo que hay que tener en cuenta es que esta parada de KTX no está en Gyeongju mismo, si no que está a una hora aprox. de la ciudad, por lo que sí o sí hay que coger un autobús (o un taxi). En la página del templestay aparecen las instrucciones de cómo llegar, por lo que simplemente se iba a tratar de seguirlas. Sin embargo, lo que nos encontramos fue que el bus 700 que debíamos coger a las 12:15 pm, no pasaba hasta las 13:50, por lo que esperarlo no era una opción, ya que teníamos que estar en el templestay a las 14:00 h, ni más tarde ni más temprano, tal y como nos lo dejaron saber. Nos tocó improvisar, y tras traducir con Google Lens todos los itinerarios de los buses que iban a Gyeongju, decidimos coger el bus 50 hasta la parada de Gyeongju Intercity y de allí coger el bus 100 hasta el templo Bulguksa. Pero aquí nos encontramos con otro inconveniente, y es que el templestay no está en el templo, por lo que decidimos escribirle a la chica que gestiona las reservas y ella nos vino a buscar.

Así pues, nuestra experiencia empezó a las 14:00 h según lo previsto. Una vez en el templestay nos asignaron una habitación, que para nuestra sorpresa era una habitación con baño propio. Las habitaciones se encuentran en pequeñas “casas”, la nuestra formada por tres habitaciones, dos de ellas con baño compartido y una con baño propio (la nuestra), una pequeña cocina (que no llegamos a usar) y un espacio compartido. Es importante tener en cuenta que al interior de la casa se accede descalzo, es decir que los zapatos se dejan en la entrada. La habitación es austera y solamente tiene aire acondicionado (todo un lujo), dos mantas y dos pequeñas almohadas, por lo que sí, se duerme en el suelo. Básicamente, la manta un poco más gruesa (no mucho más) se coloca en el suelo y la más fina sirve para taparse.

También nos dieron unos uniformes formados por un pantalón y un chaleco. Debajo del chaleco cada cual usa su propia camiseta, pero hay que tener en cuenta que ésta no puede ser ni escotada ni sin mangas.

A las 15:00 h nos reunimos el grupo “extranjero” con nuestra guía. Además de nosotros dos, también había otra pareja de franceses, una chica de Georgia y dos chicas de Países Bajos. También había un grupo coreano, formado por otras 15 personas que llevaban su propio guía y con el que nos reunimos para el resto de actividades. Y es que el templestay no es solamente una actividad para los turistas, sino que es una actividad también para los coreanos que quieren conocer el budismo. Hay que tener en cuenta que, en Corea del Sur, al contrario de lo que pensábamos, solamente un 23% de la población es budista. Sorprendentemente, un 30% de la población es católica. Pero volvamos a nuestra historia. De 15:00 h a 16:00 h recibimos orientación sobre las normas del templestay y del templo, así como cuál iba a ser nuestro horario a partir de ese momento. También nos explicaron la etiqueta que hay que cumplir y nos enseñaron cómo debíamos colocarnos en la meditación y cuál era la forma correcta de hacer las 108 postraciones que íbamos a hacer más adelante. Las postraciones son como rezos, e implican ponerse de rodillas, apoyar la cabeza en el suelo y volver a levantarse, y así 108 veces, número que representa todos los pecados que uno puede tener y que sirven para rebajar el ego. Sin embargo, se puede hacer infinidad de ellas. Según nos contaron, los monjes hacen muchas más.

Tras esta introducción, nos hicieron un tour por el templo que duró unas dos horas. Durante este tour, nos explicaron sobre el budismo, sobre la historia del templo, sobre las diferentes partes de un templo budista y mucho más. Unas de las curiosidades de Bulguksa es que está rodeado por un pórtico que solamente estaba permitido para las construcciones de los palacios. Además, las entradas de piedra reciben el nombre de puentes, aunque no lo parezcan, y es que, en sus inicios, se accedía al templo a través de puentes que estaban erguidos sobre un gran estanque que actualmente ya no existe.

De 18:00 h a 18:40 h, sin demora alguna, nos llevaron a cenar. La comida es vegana, tipo “bufet” y cada uno se sirve en el plato lo que va a comer. Se puede repetir las veces que sea necesario, pero la única condición que se debe cumplir es que no debe quedar ni un grano de arroz en el plato. El menú consistía en arroz blanco, varias verduras, alga nori, kimchi (como no) y pasta picante, que si se servía en un bol se podía mezclar como un bibimbab, o bien se podía servir en un plato y comerlo por separado. También había un caldo de verduras con tofu, y pera nashi de postre. Otra norma es que se debe comer en silencio. Un hecho que me hizo gracia fue que los “extranjeros” nos sentamos todos juntos, mientras que los coreanos no, dejando una silla vacía de por medio, o sea, una pareja, una silla vacía, un grupo de amigas, una silla vacía, una familia, una silla vacía, y así.

A las 18:40 h nos reunimos delante del templo para presenciar la llamada al rezo. Para mí, fue una de las mejores experiencias. Os puedo explicar los pasos, pero no es lo mismo. Este momento hay que presenciarlo y vivirlo. Todo comienza con el toque de los cuatro instrumentos del Dharma: el tambor del Dharma, la campana del Dharma, el pez de madera y el gong en forma de nube. Al finalizar, nos desplazamos en fila hacía el templo principal, donde realizamos la ceremonia Yebul junto a tres monjes. Esta ceremonia se realiza dos veces al día, al amanecer y al atardecer, y sirve para para rendir homenaje a todos los budas y bodhisattvas. Aquí hicimos las primeras postraciones y la verdad es que nosotros íbamos un poco perdidos ya que no entendíamos muy bien qué teníamos que hacer en cada momento. Pero nuestra salvación fue el grupo coreano que al parecer sí sabía qué hacer, así que acabamos siguiendo sus movimientos.

De aquí nos desplazamos a otro templo, en el que íbamos a hacer nuestras 108 postraciones. Nos recibió un joven monje y tras presentarse nos explicó que teníamos delante nuestro un bol con 108 bolitas y que tras hacer cada una de las postraciones debíamos meter una bolita en el hilo y así hasta acabar. No os penséis que podéis saltaros alguna que otra postración, porque no es así. El monje con unas varillas de bambú marca el ritmo de las postraciones, pero no se puede hacer la siguiente hasta que todos y cada uno hayan acabado su postración. Entonces el monje vuelve a picar las varillas y ya toca la siguiente postración. Y así, hasta finalizar las 108. En acabar metimos nuestras cuerdas en unas bolsitas con nuestro nombre y al día siguiente nos las devolvieron acabadas en una especie de rosario.

Y para acabar la noche, lo último que hicimos fue rodear las pagodas Dabotap y Seokgatap. En este ritual budista, se dan tres vueltas en el sentido de las agujas del reloj alrededor de pagodas mientras se mantienen las palmas juntas para orar por algún deseo y rendir homenaje a Buda. Sobre las 21:00 h ya estábamos de nuevo en nuestra habitación, y tras una buena ducha ya tocaba dormir en nuestra maravillosa “cama”. No os diré que hemos dormido bien porque os mentiría.

A las 5:00 de la mañana ya debíamos estar en pie y preparados para volver al templo. Lo primero que hicimos fue desayunar, que igual que el día anterior, cada uno se servía el desayuno que consistía en arroz (esta vez con algunas alubias), verduras, kimchi y salsa picante, caldo de verduras y pastelitos de arroz de postre. Igual que a la cena, tuvimos 40 min para comer y debimos estar en silencio. A las 6:00 h nos reunimos de nuevo en el mismo templo con el mismo joven monje para meditar. Para ello nos dieron las mismas colchonetas que la noche anterior y tuvimos que sentarnos en la postura del loto, o lo más parecido a ello. Esta meditación recibe el nombre de Seon y requiere dirigir la atención hacia el interior y encontrar al verdadero yo. Y justamente ese fue el tema de nuestra meditación: encontrarnos con nosotros mismos y conseguir recordar lo que fuimos en nuestras vidas pasadas. Una diferencia de la meditación coreana es que no se medita con los ojos cerrados, sino entreabiertos. Tras una media hora a los “no coreanos” ya nos empezaban a cosquillear las piernas y se notaba, por lo que el monje decidió salir al patio y seguir meditando mientras caminábamos. La verdad es que todos lo agradecimos.

A las 7:00 h nos dirigimos a la gruta Seokguram, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al pasar por la entrada, y antes de emprender el camino hasta la gruta, nos dijeron que podíamos quitarnos los zapatos, si queríamos, para así conectar con la tierra y yo me apunté enseguida, sin embargo, Xavi fue reacio a descalzarse. Aunque no lo haya dicho, cada desplazamiento de un sitio a otro siempre se hace en fila y en silencio. Más o menos a medio camino, paramos para hacer ejercicio y al final del camino nos lavamos los pies antes de calzarnos y subir las escaleras hasta la gruta. En la gruta nos encontramos un Buda tallado en piedra de una gran belleza. Aquí la guía nos explicó la historia de la gruta y como los japoneses al intentar conservarla la destrozaron cubriendo con cemento las piedras, impidiendo así que la gruta pudiese respirar y taparon la fuente que mantenía la humedad en su interior. A pesar de las restauraciones llevadas a cabo a posteriori, la gruta ya no funciona de la misma manera por lo que necesita mantenimiento constante, y por esta razón la gran escultura está protegida por una pared de cristal.

Y ya para finalizar, tuvimos el gran honor de tocar tres veces la gran campana.

Sobre las 10:00 de la mañana ya estábamos de vuelta a la habitación. Tras una ducha rápida, recogimos nuestras cosas, nos despedimos de nuestra guía y fuimos directos a la estación de autobús para seguir con nuestra ruta. Ese día aún nos quedaba conocer Gyeongju y vivir otra experiencia más: la de dormir en un hanok.

Consejo práctico: ¿Qué llevar para dormir en un templo?:

  • Toallas y productos de higiene personal, ya que no hay en las habitaciones.
  • Zapato cómodo, ya que se camina bastante.
  • Calcetines, en el templo y en las habitaciones hay que entrar descalzo.
  • Camiseta con manga (aunque sea corta, pero que cubra los hombros) y sin escote. De lo contrario os harán taparos para ir al templo.
  • Agua. En la habitación hay botellitas de agua gratis, pero no os olvidéis de llevaros alguna con vosotros.

Por último, está prohibido fumar o beber durante toda la estancia.