Lo que + nos gustó y lo que –. Corea del Sur

Corea del Sur fue todo un descubrimiento para nosotros. Aunque al principio no sabíamos qué esperar, al final resultó un viaje de lo más emocionante en el que vivimos experiencias enriquecedoras. Pero, hagamos un balance de lo que más nos gustó y de lo que menos.

Lo mejor:

+ La isla de Jeju. Sus playas, sus montañas, su naturaleza exuberante… Jeju es una de las siete maravillas naturales del mundo y con razón.

+ La ciudad de Seúl. La manera en la que los grandes rascacielos se entremezclan con antiguos palacios, la naturaleza que se abre camino en medio de bulliciosas calles, las vistas nocturnas, los mercados… todo de Seúl enamora.

+ El templestay en el templo de Bulguksa. Estuvimos dos días adentrándonos en la historia del templo y también en la religión budista y fue una de las mejores experiencias de Corea del Sur.

+ El jjimjilbang. Pasar la última tarde de nuestro viaje en una sauna coreana fue la decisión más acertada que tomamos. Nos relajamos, disfrutamos y recargamos energías.

+ Visitar una tumba real en Gyeongju. Las tumbas reales de Corea son gigantes montículos de tierra, similares a las tumbas que vimos también en China, y la verdad es que tenía mucha curiosidad por saber qué esconden en su interior.

+ La gastronomía coreana. Desde la comida callejera hasta los platos más tradicionales, la gastronomía coreana fue lo mejor del viaje, a excepción de los platos extremadamente picantes, claro jajaja.

Lo peor:

– Diría tres veces la lluvia que nos acompañó en Jeju y en Busán. Nos hizo cambiar de planes varias veces y volvimos con la sensación de no haber podido disfrutar todo lo que hubiéramos querido…

– Dormir en el suelo nos dejó molidos… Dormimos en el suelo, a la manera tradicional coreana, tanto en el templestay de Bulguksa como en un hanok en Gyeongju, y aunque puede ser una gran experiencia, si no estas acostumbrado a ello, tu espalda te lo dejará saber…

El templo Haeinsa. El templo Haeinsa es un templo precioso que, además, custodia la Tripitaca coreana, sin embargo, nos resultó demasiado “comercial” o dedicado al turismo. En Daegu también visitamos el templo de Donghwasa que sí nos pareció impresionante, sin embargo, ir hasta Daegu solamente para visitar alguno de estos templos, igual no vale tanto la pena…

– Los váteres de Corea del Sur al principio nos parecían un lío, aunque al final nos acabamos acostumbrado. Si solamente queréis tirar de la cadena sin más, no hay que pulsar ningún botón, sino que hay que usar la palanquita que se encuentra en un lado.

– Las salidas de emergencia de algunos hoteles me parecieron una locura. Simplemente hay un gancho, una cuerda (guardada en una cajita) y una ventana, aunque no me imagino, en caso de incendio, haciendo rápel desde un noveno piso…

Experiencias en Corea del Sur: Jjimjilbang o sauna coreana

El uso de baños públicos para el aseo sigue siendo parte fundamental de la cultura surcoreana. Por esta razón, este tipo de baños se pueden encontrar en prácticamente todas las ciudades, y pueden ser desde simplemente eso, baños públicos, hasta lujosos spas. Jjimjilbang significa literalmente “habitación caliente”, sin embargo, el concepto de jjimjilbang va mucho más allá. Un jjimjilbang normalmente está formado por dos partes fundamentales: una zona de baño, dividida siempre por sexos y a los que se accede sin ropa, y una zona de saunas coreanas, a la que se accede usando una especie de pijama y en donde se pueden juntar ambos sexos. Además, un jjimjilbang también puede ofrecer restauración, salas dedicadas al cuidado de las uñas o del cabello, salas de masaje, salas para la lectura, salas de descanso, y mucho más.

Nosotros ya habíamos elegido el jjimjilbang al que queríamos ir desde Barcelona, tras una rápida búsqueda por internet. Nuestra elección fue un jjimjilbang de Seúl que nos dio buena impresión. Una vez en el recinto de nuestro jjimjilbang, pagamos la entrada y nos dieron una llave para unas primeras taquillas, pequeñas, en las que dejamos los zapatos, de allí (descalzos) fuimos a un segundo mostrador en el que nos dieron una especie de pijama de algodón formado por un pantalón corto y una camiseta (de color gris y granate para las mujeres y gris y marrón para los hombres), una toalla grande para secarse tras el baño y una toalla pequeña que sirve para secarse el sudor una vez en la zona de saunas.

De aquí, Xavi y yo separamos nuestros caminos, ya que los hombres pasan a un vestuario y las mujeres a otro. En este vestuario se encuentran unas segundas taquillas que tienen el mismo número y se abren con la misma llave que las anteriores, y donde se deja toda la ropa, ya que a los baños se accede desnudo y solamente con la toalla grande que sirve para secarse. Para esto hay que dejar el pudor en casa e ir sin temor alguno, ya que los coreanos están muy acostumbrados a estar desnudos y ver gente desnuda. Hay que tener en cuenta que los niños mayores de tres años deben ir a los baños de su mismo sexo, por ejemplo, las niñas con la madre y los niños con el padre. El vestuario está directamente conectado con la zona de baño que está formada por varias piscinas a diferentes temperaturas. Para usarlas, hay que ducharse primero. Tras el baño hay que volver a las taquillas para ponerse el pijama. Éste se puede usar con o sin ropa interior debajo, según las preferencias de cada uno. Y ya con el pijama puesto y con la toallita pequeña en mano se puede acceder al espacio común (para ambos sexos). Si os da pudor bañaros desnudos con los demás, se puede saltar la zona de baño e ir directamente a la zona común (con el pijama puesto).

Tras volver a reunirnos Xavi y yo, lo primero que hicimos fue ir al restaurante y comer un bibimbab (que estaba delicioso, por cierto), ya que teníamos hambre. Para pagar, se usa la misma llave con la que se abren las taquillas, o sea se pasa la llave, el gasto queda registrado, y al salir, una vez se devuelve la llave, se cobran todos los extras. De hecho, la taquilla de los zapatos no se abre hasta que no se haya pasado por caja. Ya con la barriga satisfecha, fuimos a curiosear (y disfrutar) lo que ofrecía el jjimjilbang: desde una zona de descanso, una zona con sillas de masajes (de pago, que se activaban pasando la llave), a un spa para los pies donde nos sorprendió que el agua fuera tibia (por alguna razón nos la esperábamos fría).

Tras un buen masaje en la espalda, procedimos a usar todas y cada una de las saunas que había en este jjimjilbang. Las saunas pueden tener diferentes temperaturas, desde los 25º hasta los 79º, y las hay de diferentes materiales (arcilla, carbón, sal, etc.). El funcionamiento es sencillo, pero simplemente espectacular: dejas el móvil y el agua en una estantería en la entrada de la sauna, encuentras un hueco en el suelo, te tumbas y simplemente disfrutas del calor y de la paz. Una vez hayas tenido suficiente, sales, coges tus cosas y vas a otra. Por si os lo estáis preguntando, sí se puede entrar con el móvil en la sauna, aunque no es lo recomendable, tanto para no molestar a los demás, como para poder desconectar y disfrutar de la experiencia en sí. Y no, dejar el móvil fuera no significa que os lo vayan a robar. De hecho, Corea del Sur es uno de los países más seguros del mundo. En todo caso, si no confiáis en que lo vayáis a encontrar al salir de la sauna, siempre podéis dejarlo en las taquillas.

Y ya para finalizar nuestra gran experiencia de relax, nos tomamos un sik-hye o bebida dulce de arroz y goo-un gye ran o huevo horneado, que por lo que habíamos leído eran muy típicos de las saunas coreanas. Y, ¿qué os puedo decir? La bebida de arroz se parece a la horchata, aunque es muy dulce (demasiado para mi gusto), mientras que los huevos, no dejan de parecerse a los huevos hervidos, a pesar de tener la clara marrón.

Con esto dimos ya por finalizada esta maravillosa y relajante experiencia en Corea del Sur. Pasamos unas tres horas aquí y hubiéramos pasado más si no fuera porque ya se nos hacía de noche y queríamos finalizar nuestro día en el parque Namsan. En resumidas cuentas, visitar un jjimjilbang es una experiencia totalmente recomendable. Para los coreanos, además de cuidar el cuerpo, es también un evento social, al reunirse con la familia o los amigos, pero para nosotros fue un momento de desconexión, que nos recargó totalmente de energía.

Seúl, la ciudad que hechiza

Nuestro viaje por el país de la calma matutina finalizó en Seúl, la capital de Corea del Sur desde la creación de la república en 1948, y capital histórica desde hace más de 600 años, teniendo su origen en el reino de Baekje, uno de los Tres Reinos de Corea. Seúl es una ciudad vibrante, moderna, que ofrece multitud de actividades y de atractivos a sus visitantes, y desde luego, nuestra favorita. Es también la mayor ciudad del país, por lo que conviene planificar bien el itinerario, más si se dispone de poco tiempo. Dado que a nosotros solamente nos quedaban tres días, decidimos centrarnos en el barrio de Myeongdong.

Llegamos a Seúl tras un trayecto de dos horas en KTX desde Daegu y, tras dejar las maletas en nuestro hotel, decidimos empezar la visita por el palacio de Changdeokgung. Este palacio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco (1997) fue construido durante la dinastía Joseon (1392-1910) y fue el segundo palacio, después de Gyeongbokgung, en ser establecido como palacio principal.

Tras perdernos por los diferentes edificios que componen el recinto palaciego, nos dirigimos al jardín secreto de Huwon. Para acceder a este jardín, hay que comprar una nueva entrada en la que se asigna un turno, sin embargo, no hay tours en inglés a partir de la una de la tarde, por lo que nada más entrar, pudimos visitar el jardín a nuestro aire. Este jardín es considerado uno de los más importantes de toda Corea del Sur, y fue lugar de ocio de reyes y reinas.

Justo al lado del acceso al jardín secreto se encuentra el acceso a un segundo palacio, el Changgyeongung, para el cual hay que comprar una nueva entrada. Este palacio fue construido por el rey Sejong en el año 1418 para ser habitado por su padre, el rey Taejong. Merece la pena pasear por sus jardines que conducen a un gran estanque y a un invernadero.

De aquí pusimos rumbo a nuestro último destino del día, el arroyo Cheonggyencheon, que cruza las áreas céntricas de Jongno-gu y Jung-gu. Es impresionante como en medio de un mar de rascacielos haya un recorrido de unos 12 km, bordeando el arroyo que te traslada a plena naturaleza. ¡Un paseo totalmente recomendable!

Al segundo día, nos dirigimos al famoso (y muy visitado) palacio Gyeongbokgung, que, con más de 600 años de historia, fue el palacio principal durante gran parte de la dinastía Joseon.  Fue construido por el Rey Taejo en el año 1395 y es considerado el palacio real más importante.

Uno de los edificios más peculiares y bonitos es la biblioteca personal del rey. Además, es de los pocos pabellones a los que se puede acceder (dejando los zapatos en la entrada).

Otra particularidad de este palacio es el cambio de guardia. Se trata de una recreación del cambio de guardia real que se llevaba a cabo durante la época del Rey Taejo y que se puede presenciar a las 10:00 h y a las 14:00 h. Todos los miembros de la guardia van ataviados con trajes tradicionales y tocan instrumentos de la época. En nuestra opinión, de los mejores cambios de guardia que hemos podido ver. Si llegáis media hora antes, como nosotros, además de poder coger un buen sitio, podréis presenciar los ensayos previos.

Nada más salir de la parada de metro y justo antes de acceder al recinto del palacio, se encuentra el Museo Nacional de Palacios, de entrada gratuita, que reúne en su interior la historia y la cultura de la dinastía Joseon y del imperio de Corea. Si sois apasionados de la historia, es una visita totalmente recomendable.

También cerca del palacio Gyeongbokgung se encuentra el Museo Nacional Folclórico de Corea. Este museo, construido en 1992, reúne objetos y artículos relacionados con el folclore de Corea. Destaca por una preciosa pagoda y en sus jardines se pueden ver representaciones de casas tradicionales coreanas.

La siguiente parada en nuestra ruta por Seúl fue la Aldea Tradicional de Bukchon, una zona residencial tradicional de Seúl donde residían los funcionarios gubernamentales de alto nivel y la nobleza de la dinastía Joseon. Para visitar este barrio hay incluso una ruta que lleva por los puntos principales conocidos como los “ocho paisajes de Bukchon”.

Callejeando en busca de un lugar para comer, nos encontramos por casualidad con el palacio Unhyeongung, un palacio mucho más pequeño que los otros que habíamos visitado y muchísimo menos turístico. El hecho de que la entrada fuera gratuita nos hizo darle una oportunidad y lo que nos gustó fue el hecho de que la mayoría de las estancias estuviesen amuebladas, lo que ayuda a imaginar cómo podía ser la vida en esas estancias en épocas pasadas. Fue construido en el siglo XIV y fue la residencia del rey Gojong antes de que accediera al trono.

Por último, visitamos el palacio Deoksugung, que fue residencia del príncipe Wolsan, hermano mayor del Rey Sejong el Grande (1457-1494). Igual que en los anteriores palacios, en éste también se paga entrada, aunque es mucho más barata, y a pesar de no ser tan grande, al ser tan poco visitado, permite disfrutar del recinto con total tranquilidad.

Y ya despedimos nuestro segundo día en Seúl en el mercado nocturno de Myeongdong, donde disfrutamos de una buena cena en los puestos callejeros.

En nuestro tercer y último día en Seúl, madrugamos para visitar la zona desmilitarizada (DMZ) entre las dos Coreas, del Sur y del Norte. Esta zona solamente se puede visitar con un tour organizado y nosotros elegimos uno de medio día que incluía el Tercer Túnel de Agresión, el mirador Dora y la aldea de la unificación. Para esta visita es importante llevar el pasaporte, no hacer fotos y cumplir con los horarios impuestos. Aunque tuvimos dudas sobre si incluir o no esta actividad en nuestro apretado itinerario, finalmente nos pareció una visita imprescindible para conocer y entender la situación actual y pasada de los dos países.

Tras esta incursión en la turbulenta historia de Corea, nos dirigimos a nuestra última gran experiencia: visitar un jjimjilbang o sauna coreana. No pudimos dejar escapar esta oportunidad y la verdad es que fue una de las mejores experiencias de nuestro viaje, junto al templestay en el templo Bulguksa en Gyeongju.

Y, por último, subimos en teleférico al parque Namsan. Si queréis ver la puesta de sol desde arriba, os recomiendo que vayáis con tiempo. Hay muchísima gente con las mismas intenciones y se forma una enorme cola. Nosotros nos perdimos la puesta de sol, pero no nos arrepentimos de haber subido, ya que la ciudad de noche es espectacular.

Así, con Seúl a nuestros pies, nos despedimos de ésta maravillosa ciudad y también de Corea del Sur con la impresión de que fue uno de los mejores viajes. Hemos vivido experiencias increíbles, hemos conocido gente maravillosa, hemos visitado templos y palacios, hemos disfrutado de la naturaleza y nos hemos deleitados con una gastronomía exquisita. Sin lugar a duda, si tuviéramos que elegir algún país al que volver, éste sería un claro candidato.

De templo en templo en Daegu

Daegu es una de las seis ciudades metropolitanas de Corea del Sur y la cuarta más poblada. Aparentemente no ofrece mucho atractivo turístico, sin embargo, es el punto de partida para visitar dos templos: Donghwasa, el más importante de la ciudad, y Haeinsa, que conserva la Tripitaka coreana, la mayor muestra mundial de escrituras budistas en placas xilográficas, considerada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y Tesoro Nacional del país.

Para llegar a Daegu, tomamos el KTX desde Gyeongju. La parada de KTX recibe el nombre de Dongdaegu (más info en Transportes) y el trayecto que une ambas ciudades dura apenas 15 min. Tras dejar las maletas en el hotel (elegimos un hotel cerca de la parada de tren), nos dirigimos a nuestro primer destino: el templo Donghwasa. Para llegar hasta aquí hay que tomar el autobús rojo (nº 1) desde la misma parada de tren de Dongdaegu, bajando las escaleras a la planta inferior. El templo se encuentra a una hora de trayecto. Desde la parada hasta el templo hay que subir poco más de un km, pero el trayecto vale mucho la pena. Como en todos los templos que visitamos, la entrada es gratuita.

Donghwasa es un templo precioso con más de 1500 años de historia, pero lo que lo hace diferente a los demás templos es una gran estatua de Buda de unos 33 m de altura, considerada la más alta de su tipo.

Tras visitar el templo, pusimos rumbo de vuelta a la parada de autobús, pero no para volver a la ciudad, sino para seguir una parada más hasta el teleférico Palgongsan. Este teleférico sube a la montaña más alta de Daegu y ofrece unas vistas impresionantes. El recorrido es de 1,2 km y sube a una altura de 820 m.

En la parte superior hay un restaurante y un mirador y es el punto de partida de varias rutas de trekking de diferentes longitudes y niveles de dificultad. Incluso hay quien sube en teleférico y baja caminando. Un sendero corto y fácil es el llamado camino del amor. Durante este trayecto hay varios sitios preparados para hacerse fotos y los enamorados aprovechan para dejar candados o mensajes de amor. También hay un mirador que permite ver todo el valle, e incluso la ciudad de Daegu.

Para volver, tomamos el mismo autobús rojo (nº 1) y con esto dimos por finalizado el primer día en Daegu. El segundo día nos esperaba el siguiente templo de la ruta: el templo Haeinsa. Para llegar hasta él, tomamos el metro línea 1 hasta la estación de autobuses de Saebu (más info en Transportes). Allí compramos el billete en ventanilla y esperamos a que nuestro bus saliera. El trayecto dura una hora y media aproximadamente. Desde la parada de autobús, hay que subir poco más de un km hasta el templo, a través de un entorno natural precioso, como siempre.

A pesar de que el templo es precioso, este no fue nuestro favorito… Nos pareció demasiado turístico, teniendo varios de sus edificios transformados en tiendas. Incluso hay un café-biblioteca. Lo que sí es cierto, es que este fue el único templo en el que nos encontramos con monjes, pero no fue suficiente como para disminuir la decepción que nos llevamos.

Sin embargo, el gran atractivo de Haeinsa no es solamente el templo en sí, sino también la Tripitaca coreana, más de 81.000 tablillas con el Canon Budista grabado en negativo que datan del siglo XIII, pero el acceso a la Tripitaca está restringido por motivos de conservación. Todo el recito está vallado e incluso hay dos guardias vigilando cada movimiento.

De vuelta a Daegu, aprovechamos la tarde para visitar el mercado Seomun. Para llegar hasta este mercado hay que tomar el monorraíl (línea 3; amarilla) que circula por encima de las calles. Una forma diferente de conocer la ciudad.

Con esto dimos por finalizada nuestra corta estancia en Daegu. Al día siguiente nos esperaba ya la última etapa de nuestro viaje: Seúl.

Experiencias en Corea del Sur: Dormir en un hanok

Nuestra segunda noche en Gyeongju la pasamos en un hanok, una casa tradicional coreana, ya que no queríamos perdernos esta experiencia en nuestro corto itinerario por Corea del Sur. El hanok que elegimos estaba situado en la parte antigua de la ciudad, donde la mayoría de los hanok se restauraron y se convirtieron en casas de huéspedes o bien en restaurantes. Un hanok está formado normalmente de varias estancias de una o dos plantas distribuidas alrededor de un patio o jardín cuidado al más mínimo detalle al que se accede a través de unos grandes portones de madera.

Una señora mayor nos dio una cálida bienvenida y tras contarnos brevemente la historia de su hanok y explicarnos algunas reglas que debíamos seguir, nos enseñó la que sería nuestra habitación. Una norma importante es que hay que quitarse los zapatos justo antes de subir a la plataforma de madera a través de la cual se accede a las habitaciones, dejando los zapatos recogidos en los escalones de piedra. Lo primero que nos encontramos fueron unas elegantes puertas de madera y papel (hanji). Tras estas primeras puertas se encontraba una mosquitera y luego otro par de puertas de madera y papel, pero, en este caso, correderas. La gran ventana que teníamos en la habitación seguía la misma distribución.

La puerta exterior (izquierda) y la puerta interior (derecha)

La habitación era austera, pero tenía un pequeño baño con ducha. Según nos contó, el suelo era de arcilla roja y escondía en su interior un sistema de calefacción llamado ondol, que mantiene el suelo caliente durante los meses más fríos del año, aunque nosotros no lo hemos experimentado, pues fuimos en verano. Se duerme en el suelo, sobre una especie de colchón fino, al que se le añaden una manta gruesa, una colcha y una almohada justo antes de dormir. Esta fue nuestra segunda vez en Corea que dormimos en el suelo. Ya lo habíamos hecho la noche anterior en el templo de Bulguksa y veníamos con los huesos molidos. Aun así, debemos reconocer que esta vez dormimos mucho mejor. Podríamos decir que nos habíamos curtido, pero me inclino más a pensar que el fino colchón había ayudado mucho.

A la mañana siguiente nos esperaba un buen desayuno al estilo tradicional. Si bien las habitaciones fueron rehabilitadas siguiendo la arquitectura tradicional, la zona común y la cocina, que se encontraban en otro edificio que rodeaba el pequeño jardín, eran de nueva construcción, con ventanas de cristal en vez de papel, suelo de parquet en vez de arcilla y calefacción centralizada en vez del tradicional ondol. La señora nos explicó que construir casas a la manera tradicional es muy caro, y mantenerlas también. Sin embargo, ella mantiene las habitaciones tradicionales de estilo hanok gracias a las ayudas que el gobierno coreano ofrece. Mientras nos lo explicaba, nos estaba preparando delante nuestro un delicioso desayuno formado por varios platillos, como arroz con bulgogi, fideos de patata con verduras, calabacín rebozado y tortilla de cebolleta y pulpo. También lamentaba que muchas personas que visitaban su hanok le pedían desayuno occidental y café, pero ella quería conservar la tradición y solamente cocinaba platos típicos tradicionales. Para desayunar nos sentamos en el suelo alrededor de una pequeña mesa. Nos ofreció té y se quedó con nosotros para saber si nos gustaban los platos que nos había preparado. Quedó encantada al ver que lo comíamos todo muy a gusto, y nosotros también porque todo estaba delicioso.

Tras el desayuno, nos despedimos de nuestra anfitriona con un gran abrazo, y emprendimos rumbo a la parada de autobús, ya que teníamos que coger el KTX hacía nuestro nuevo destino: Daegu.

Consideraciones generales:

  • Dormir en un hanok es más caro que dormir en un hotel, pero la experiencia vale la pena. Además, nuestro hanok estaba situado cerca de todos los puntos de interés de Gyeongju, por lo que nos facilitó muchísimo la organización.
  • Algunos hanoks incluyen en su oferta clases de cocina, ceremonias del té, talleres de cerámica o juegos coreanos populares.
  • El desayuno puede variar en función del hanok pero normalmente consiste de varios banchan o pequeños platos.
  • Para ver o conocer un hanok no es necesario pasar la noche ya que también los hay que se han restaurado en restaurantes. Incluso en algunos se puede comer sentado en el suelo al estilo tradicional.  

Gyeongju, una visita al pasado

Gyeongju fue la capital del antiguo reino de Silla (57 aC-935 dC) y actualmente es considerada “un museo sin paredes” debido al vasto patrimonio cultural que esta ciudad alberga, y por estas razones, no podía faltar en nuestro itinerario. Igual que en Busán, dedicamos a esta ciudad dos días, de los cuales, uno lo dedicamos a uno de sus principales atractivos: el templo Bulguksa y la gruta de Seokugram, considerados Patrimonio cultural por la Unesco y tesoros nacionales. Sin embargo, no fue simplemente una visita, sino toda una experiencia: conocer la vida en el templo y adentrarnos en la religión budista a través del templestay.

Al segundo día, tras finalizar nuestras actividades en el templestay, pusimos rumbo a conocer la ciudad de Gyeongju. Esta vez, para alojarnos, elegimos un hanok, o casa tradicional coreana, sumando así otra experiencia más. Y la verdad es que fue la mejor elección, no solo por la experiencia en sí, sino también porque se encuentra en el barrio de Hwangnidan-gil, un barrio constituido por casas tradicionales reconstruidas, la mayoría reformadas en casas de huéspedes o en restaurantes, que, además, se encuentra a un paso de todos los puntos de interés de Gyeongju.

A diferencia de los días anteriores, un sol abrasador nos dio la bienvenida, por lo que, aprovechamos el buen tiempo y caminamos hasta nuestro primer objetivo: el Museo Nacional de Gyeongju. El museo es gratuito y merece totalmente una visita. Esta formado por diferentes pabellones, que exhiben varios tesoros nacionales, unidos por un gran jardín en el que se exhiben pagodas y otros restos arquitectónicos de la dinastía Silla, tanto budistas, palaciegos o funerarios, excavados del palacio Donggung, las tumbas Daereungwon y diferentes templos. Solo para poner algunos ejemplos de la magnitud de este museo, uno de los pabellones recoge en sus tres plantas la historia de la dinastía Silla (Silla History Exhibition Hall), otro pabellón reúne en sus dos plantas los restos de palacio Donggung (Wolji Exhibition Hall), mientras que otro muestra artefactos provenientes de los templos más importantes de la dinastía Silla (Sila Art Exhibition Hall).

Tras una breve parada para comer, nos perdimos por el área histórica de Gyeongju, empezando por el observatorio Cheomseongdae, el observatorio astronómico más antiguo del este de Asia, y una de las instalaciones científicas más antiguas, que data del año 647.

Seguimos por el parque de los túmulos, o Daereungwon (también de entrada gratuita), con un total de 23 tumbas que albergan los restos de reyes y nobles de la dinastía Silla. Desde aquí, se puede seguir por diferentes caminos hasta las tumbas reales de Oreung o hasta la escuela de confucionismo, además de simplemente disfrutar de la naturaleza.

Dado que el día se acercaba a su fin, pusimos rumbo al palacio Donggung y su estanque Wolji, también conocido como Anapji. El palacio, durante la dinastía Silla, era utilizado para las celebraciones más importantes de la nación, pero hoy en día está en ruinas y solamente se conservan tres pabellones a la orilla del gran estanque. El momento más esperado es cuando el sol se pone y las luces iluminan dichos pabellones.

Aunque se nos hizo de noche, no quisimos perder la ocasión de visitar la única tumba real abierta: la tumba Cheonmachong. Teníamos muchísima curiosidad por saber cómo serían estas tumbas-túmulos por dentro, aunque ya os adelanto que no esperéis que se parezcan a una tumba egipcia. Debajo del gran montículo de tierra se esconde un sarcófago de madera junto a un rico ajuar de oro y cerámica. En esta tumba, además, hay un pequeño museo que explica el proceso de realización de las tumbas, así como, el proceso de excavación de esta misma. Las reliquias originales se exhiben en el Museo Nacional de Gyeongju.

Y ya, tras un último paseo por el barrio, volvimos a nuestro hanok. Al día siguiente temprano, nos tocó volver a la parada de tren de KTX para seguir rumbo a Daegu.

Experiencias en Corea del Sur: Dormir en un templo (templestay)

Dormir en un templo coreano no es simplemente pasar la noche, sino toda una experiencia. Recibe el nombre de templestay y normalmente consiste en una estancia de varios días con un programa estipulado de actividades que se deben seguir a rajatabla. Cada templo tiene su propio paquete de actividades y para facilitar la elección existe una página en inglés que reúne todos los templos de Corea del Sur (Templestay.com). A través de ella, se pueden conocer los programas que ofrecen, los precios y también la disponibilidad. La reserva se puede hacer por internet, a través de la misma página.

Antes de decidirse por un templo en particular hay que valorar varios aspectos:

· Que el templo entre en el itinerario que nos interese. Hay templos que ofrecen templestay en prácticamente todas las ciudades de Corea del Sur: desde las más conocidas como Seúl o Busán hasta las menos conocidas.

· Que coincidan las fechas con las de nuestro viaje. Algunos templos permiten el templestay durante la semana, pero muchos otros solamente lo ofrecen durante el fin de semana, por lo que la elección de un templo puede condicionar el itinerario.

· La duración del templestay también depende de cada templo, ya que la mayoría ofrecen solamente la posibilidad de una estancia de dos días y una noche, mientras que algunos otros permiten una estancia de hasta cinco días y cuatro noches. Esto se deberá tener en cuenta también, siempre según nuestros intereses.

· Los paquetes de actividades dependen de cada templo, por lo que siempre es importante valorar varios templos y elegir el que nos resulte más interesante. Por ejemplo, si el interés no va más allá de simplemente dormir en un templo, en Haeinsa ofrecen un paquete llamado freestyle templestay en el que no se incluye ninguna actividad.

· Además, un mismo templo puede ofrecen varios paquetes distintos o que estos cambien según la época del año o las características del grupo.

· Disponibilidad de fechas y de reserva. Algunos templos permiten reservar en cualquier momento, mientras que otros solamente permiten realizar reservas durante los tres meses previos a la fecha.

Nosotros vivimos la experiencia del templestay en el templo Bulguksa, en Gyeongju. Para ello, reservamos a través de la página web del templestay y quedamos en efectuar el pago en efectivo a la llegada al templo. Nuestra actividad se llamaba “Finding your ‘true-self’” y consistía en actividades en el templo durante dos días y una noche (desde las 14:00 h el primer día, a las 11:00 h del día siguiente). Tras la reserva nos preguntaron la edad y también la relación que había entre nosotros dos. Al principio nos sorprendió esta última pregunta, pero una vez allí comprendimos el por qué. Resulta que, si la relación no es de pareja o familia, las mujeres deben dormir en habitaciones compartidas con otras mujeres, mientras que los hombres en habitaciones compartidas con otros hombres.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos y empecemos por el principio. Llegamos a la parada de KTX de Singyeongju (más detalles en Transportes) tras un corto trayecto de una media hora desde Busán. Lo que hay que tener en cuenta es que esta parada de KTX no está en Gyeongju mismo, si no que está a una hora aprox. de la ciudad, por lo que sí o sí hay que coger un autobús (o un taxi). En la página del templestay aparecen las instrucciones de cómo llegar, por lo que simplemente se iba a tratar de seguirlas. Sin embargo, lo que nos encontramos fue que el bus 700 que debíamos coger a las 12:15 pm, no pasaba hasta las 13:50, por lo que esperarlo no era una opción, ya que teníamos que estar en el templestay a las 14:00 h, ni más tarde ni más temprano, tal y como nos lo dejaron saber. Nos tocó improvisar, y tras traducir con Google Lens todos los itinerarios de los buses que iban a Gyeongju, decidimos coger el bus 50 hasta la parada de Gyeongju Intercity y de allí coger el bus 100 hasta el templo Bulguksa. Pero aquí nos encontramos con otro inconveniente, y es que el templestay no está en el templo, por lo que decidimos escribirle a la chica que gestiona las reservas y ella nos vino a buscar.

Así pues, nuestra experiencia empezó a las 14:00 h según lo previsto. Una vez en el templestay nos asignaron una habitación, que para nuestra sorpresa era una habitación con baño propio. Las habitaciones se encuentran en pequeñas “casas”, la nuestra formada por tres habitaciones, dos de ellas con baño compartido y una con baño propio (la nuestra), una pequeña cocina (que no llegamos a usar) y un espacio compartido. Es importante tener en cuenta que al interior de la casa se accede descalzo, es decir que los zapatos se dejan en la entrada. La habitación es austera y solamente tiene aire acondicionado (todo un lujo), dos mantas y dos pequeñas almohadas, por lo que sí, se duerme en el suelo. Básicamente, la manta un poco más gruesa (no mucho más) se coloca en el suelo y la más fina sirve para taparse.

También nos dieron unos uniformes formados por un pantalón y un chaleco. Debajo del chaleco cada cual usa su propia camiseta, pero hay que tener en cuenta que ésta no puede ser ni escotada ni sin mangas.

A las 15:00 h nos reunimos el grupo “extranjero” con nuestra guía. Además de nosotros dos, también había otra pareja de franceses, una chica de Georgia y dos chicas de Países Bajos. También había un grupo coreano, formado por otras 15 personas que llevaban su propio guía y con el que nos reunimos para el resto de actividades. Y es que el templestay no es solamente una actividad para los turistas, sino que es una actividad también para los coreanos que quieren conocer el budismo. Hay que tener en cuenta que, en Corea del Sur, al contrario de lo que pensábamos, solamente un 23% de la población es budista. Sorprendentemente, un 30% de la población es católica. Pero volvamos a nuestra historia. De 15:00 h a 16:00 h recibimos orientación sobre las normas del templestay y del templo, así como cuál iba a ser nuestro horario a partir de ese momento. También nos explicaron la etiqueta que hay que cumplir y nos enseñaron cómo debíamos colocarnos en la meditación y cuál era la forma correcta de hacer las 108 postraciones que íbamos a hacer más adelante. Las postraciones son como rezos, e implican ponerse de rodillas, apoyar la cabeza en el suelo y volver a levantarse, y así 108 veces, número que representa todos los pecados que uno puede tener y que sirven para rebajar el ego. Sin embargo, se puede hacer infinidad de ellas. Según nos contaron, los monjes hacen muchas más.

Tras esta introducción, nos hicieron un tour por el templo que duró unas dos horas. Durante este tour, nos explicaron sobre el budismo, sobre la historia del templo, sobre las diferentes partes de un templo budista y mucho más. Unas de las curiosidades de Bulguksa es que está rodeado por un pórtico que solamente estaba permitido para las construcciones de los palacios. Además, las entradas de piedra reciben el nombre de puentes, aunque no lo parezcan, y es que, en sus inicios, se accedía al templo a través de puentes que estaban erguidos sobre un gran estanque que actualmente ya no existe.

De 18:00 h a 18:40 h, sin demora alguna, nos llevaron a cenar. La comida es vegana, tipo “bufet” y cada uno se sirve en el plato lo que va a comer. Se puede repetir las veces que sea necesario, pero la única condición que se debe cumplir es que no debe quedar ni un grano de arroz en el plato. El menú consistía en arroz blanco, varias verduras, alga nori, kimchi (como no) y pasta picante, que si se servía en un bol se podía mezclar como un bibimbab, o bien se podía servir en un plato y comerlo por separado. También había un caldo de verduras con tofu, y pera nashi de postre. Otra norma es que se debe comer en silencio. Un hecho que me hizo gracia fue que los “extranjeros” nos sentamos todos juntos, mientras que los coreanos no, dejando una silla vacía de por medio, o sea, una pareja, una silla vacía, un grupo de amigas, una silla vacía, una familia, una silla vacía, y así.

A las 18:40 h nos reunimos delante del templo para presenciar la llamada al rezo. Para mí, fue una de las mejores experiencias. Os puedo explicar los pasos, pero no es lo mismo. Este momento hay que presenciarlo y vivirlo. Todo comienza con el toque de los cuatro instrumentos del Dharma: el tambor del Dharma, la campana del Dharma, el pez de madera y el gong en forma de nube. Al finalizar, nos desplazamos en fila hacía el templo principal, donde realizamos la ceremonia Yebul junto a tres monjes. Esta ceremonia se realiza dos veces al día, al amanecer y al atardecer, y sirve para para rendir homenaje a todos los budas y bodhisattvas. Aquí hicimos las primeras postraciones y la verdad es que nosotros íbamos un poco perdidos ya que no entendíamos muy bien qué teníamos que hacer en cada momento. Pero nuestra salvación fue el grupo coreano que al parecer sí sabía qué hacer, así que acabamos siguiendo sus movimientos.

De aquí nos desplazamos a otro templo, en el que íbamos a hacer nuestras 108 postraciones. Nos recibió un joven monje y tras presentarse nos explicó que teníamos delante nuestro un bol con 108 bolitas y que tras hacer cada una de las postraciones debíamos meter una bolita en el hilo y así hasta acabar. No os penséis que podéis saltaros alguna que otra postración, porque no es así. El monje con unas varillas de bambú marca el ritmo de las postraciones, pero no se puede hacer la siguiente hasta que todos y cada uno hayan acabado su postración. Entonces el monje vuelve a picar las varillas y ya toca la siguiente postración. Y así, hasta finalizar las 108. En acabar metimos nuestras cuerdas en unas bolsitas con nuestro nombre y al día siguiente nos las devolvieron acabadas en una especie de rosario.

Y para acabar la noche, lo último que hicimos fue rodear las pagodas Dabotap y Seokgatap. En este ritual budista, se dan tres vueltas en el sentido de las agujas del reloj alrededor de pagodas mientras se mantienen las palmas juntas para orar por algún deseo y rendir homenaje a Buda. Sobre las 21:00 h ya estábamos de nuevo en nuestra habitación, y tras una buena ducha ya tocaba dormir en nuestra maravillosa “cama”. No os diré que hemos dormido bien porque os mentiría.

A las 5:00 de la mañana ya debíamos estar en pie y preparados para volver al templo. Lo primero que hicimos fue desayunar, que igual que el día anterior, cada uno se servía el desayuno que consistía en arroz (esta vez con algunas alubias), verduras, kimchi y salsa picante, caldo de verduras y pastelitos de arroz de postre. Igual que a la cena, tuvimos 40 min para comer y debimos estar en silencio. A las 6:00 h nos reunimos de nuevo en el mismo templo con el mismo joven monje para meditar. Para ello nos dieron las mismas colchonetas que la noche anterior y tuvimos que sentarnos en la postura del loto, o lo más parecido a ello. Esta meditación recibe el nombre de Seon y requiere dirigir la atención hacia el interior y encontrar al verdadero yo. Y justamente ese fue el tema de nuestra meditación: encontrarnos con nosotros mismos y conseguir recordar lo que fuimos en nuestras vidas pasadas. Una diferencia de la meditación coreana es que no se medita con los ojos cerrados, sino entreabiertos. Tras una media hora a los “no coreanos” ya nos empezaban a cosquillear las piernas y se notaba, por lo que el monje decidió salir al patio y seguir meditando mientras caminábamos. La verdad es que todos lo agradecimos.

A las 7:00 h nos dirigimos a la gruta Seokguram, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al pasar por la entrada, y antes de emprender el camino hasta la gruta, nos dijeron que podíamos quitarnos los zapatos, si queríamos, para así conectar con la tierra y yo me apunté enseguida, sin embargo, Xavi fue reacio a descalzarse. Aunque no lo haya dicho, cada desplazamiento de un sitio a otro siempre se hace en fila y en silencio. Más o menos a medio camino, paramos para hacer ejercicio y al final del camino nos lavamos los pies antes de calzarnos y subir las escaleras hasta la gruta. En la gruta nos encontramos un Buda tallado en piedra de una gran belleza. Aquí la guía nos explicó la historia de la gruta y como los japoneses al intentar conservarla la destrozaron cubriendo con cemento las piedras, impidiendo así que la gruta pudiese respirar y taparon la fuente que mantenía la humedad en su interior. A pesar de las restauraciones llevadas a cabo a posteriori, la gruta ya no funciona de la misma manera por lo que necesita mantenimiento constante, y por esta razón la gran escultura está protegida por una pared de cristal.

Y ya para finalizar, tuvimos el gran honor de tocar tres veces la gran campana.

Sobre las 10:00 de la mañana ya estábamos de vuelta a la habitación. Tras una ducha rápida, recogimos nuestras cosas, nos despedimos de nuestra guía y fuimos directos a la estación de autobús para seguir con nuestra ruta. Ese día aún nos quedaba conocer Gyeongju y vivir otra experiencia más: la de dormir en un hanok.

Consejo práctico: ¿Qué llevar para dormir en un templo?:

  • Toallas y productos de higiene personal, ya que no hay en las habitaciones.
  • Zapato cómodo, ya que se camina bastante.
  • Calcetines, en el templo y en las habitaciones hay que entrar descalzo.
  • Camiseta con manga (aunque sea corta, pero que cubra los hombros) y sin escote. De lo contrario os harán taparos para ir al templo.
  • Agua. En la habitación hay botellitas de agua gratis, pero no os olvidéis de llevaros alguna con vosotros.

Por último, está prohibido fumar o beber durante toda la estancia.

Busán, una visita fugaz

La siguiente parada en nuestro viaje por Corea del Sur fue Busán, la segunda ciudad más grande del país, después de Seúl. Situada a las orillas del mar de Japón, Busán es una ciudad moderna, con mucho atractivo, que ofrece a sus visitantes desde rutas de senderismos, templos recónditos, hasta rascacielos futuristas, además de una exótica gastronomía. Dado el limitado número de días de los que disponíamos para este viaje, dedicamos a esta ciudad solamente dos, que acabaron siendo día y medio debido a que nuestro vuelo desde la isla de Jeju salió con retraso. Aunque en dos días se podría visitar perfectamente, hay que tener en cuenta que las distancias entre los puntos de interés son importantes, por lo que una buena planificación siempre puede ayudar. Aún así, no hay que preocuparse porque Busán dispone de muy buen transporte público, tanto metro como autobús.

Llegamos a Busán con un día despejado, y tras dejar las maletas en el hotel, fuimos directos a comer y a planificar la tarde, ya que el hecho de llegar más tarde de lo que teníamos previsto nos hizo tener que retocar el itinerario con el que veníamos en mente. Nuestro plan inicial era hacer el trekking del Igidae Coastal Walk, pero dado que por la tarde-noche teníamos una actividad reservada desde Barcelona, no lo acabamos de ver factible… Y por si no se podía torcer más el día, mientras comíamos nos volvieron a llegar los avisos de seguridad por tormenta. Y dicho y hecho, antes de poder poner rumbo a ningún lado, ya empezó a llover… Este día empezamos a sospechar que nos habían asignado una nube de oficio al tramitar el visado y que esta nube nos iba a acompañar durante todo el viaje…

A pesar de llover a mares, teníamos una actividad reservada que no podíamos cancelar, aunque nos empezó a preocupar, y es que se trataba ni más ni menos que de subir a un barco para ver las vistas de la ciudad desde el mar… Y allí que fuimos al muelle pensando que, a lo mejor, se cancelaría debido a la fuerte lluvia, pero para nuestra sorpresa no fue así. No solo que nuestro barco zarpó, si no que también lo hicieron algunos otros barcos, así que solamente quedaba rezar a que el dios de mar no quisiera quedarse con nosotros jajajaja. En el barco embarcamos nosotros, otra pareja coreana y una familia de tres, coreanos también. El capitán nos dio unos chubasqueros de plástico y un chaleco salvavidas y ¡a la mar! Pero tuvimos suerte y la lluvia fue amainando a medida que avanzábamos y pudimos disfrutar de unas vistas preciosas. Además, los barcos que ofrecen estos trayectos lanzan fuegos artificiales para mejorar así, si cabe, las vistas de la ciudad.

Contentos con nuestra primera gran experiencia en Busán, pusimos rumbo a la calle Seomyeon con la intención de cenar y conocer la vida nocturna de la ciudad, pero nuestro gozo acabó en un pozo cuando una tormenta decidió que ya era hora de volver al hotel…

Y como ya era costumbre, nuestro último día amaneció lluvioso, pero no podíamos permitir que la lluvia nos parara ya que para este día teníamos otra actividad reservada desde Barcelona: un trayecto desde Mipo a Cheongsapo en Sky Capsule. Habíamos comprado los billetes por internet porque habíamos leído que sin reserva te asignarían una capsula a la hora que hubiera disponibilidad, hecho que no nos convenia, debido al poco tiempo que dedicaríamos a la ciudad. En el Haeundae Blueline Park circulan por la línea del mar dos tipos de transporte: por un lado, las Sky Capsule, unas pequeñas cápsulas que circulan por unas vías elevadas a unos 10 m de altura, y el Beach Train que circula por debajo. Las Sky Capsule solamente recorren la distancia de Mipo a Cheongsapo y viceversa y son cápsulas privadas para dos a cuatro personas. Con cada entrada se asigna un horario de salida, por ejemplo, nosotros elegimos la franja de 11:00 a 11:30 (los turnos previos ya no estaban disponibles cuando hicimos la reserva), lo que quiere decir que entre este horario tocaría subir. Dado que la velocidad a la que van es de 4 km/h, el trayecto dura una media hora, y para volver al punto de salida hay que comprar dos billetes (Mipo-Cheongsapo; Cheongsapo-Mipo) o combinar el Sky Capsule con el Beach Train.

Por otro lado, el trayecto del Beach Train es más largo, operando desde la estación de Mipo hasta la estación de Songjeong, haciendo en su trayecto un total de seis paradas, por lo que se ofrecen infinidad de opciones a la hora de comprar el billete: desde un billete de trayecto completo que solamente permite bajar en la última parada, hasta un billete que permite bajar en cada una de las paradas y volver a subir para seguir con el trayecto. También hay la posibilidad de hacer un tramo caminando por la Busán Green Railway que discurre entre las vías del tren y el mar, pero justamente el tramo de Mipo a Cheongsapo aún está en obras y no se puede utilizar.

Para comprar los billetes por internet hay que ir a la página de Blue Line Park (está en coreano y en inglés) donde se elije el tipo de transporte (Sky Capsule o Beach Train), el día y la franja horaria. Para comprar ida y vuelta, hay que hacer los mismos pasos dos veces, teniendo en cuenta que la vuelta tiene que ser como poco media hora más tarde que la hora del primer viaje. Por ejemplo, si la ida es de 11:00 a 11:30 la vuelta debería ser como mínimo de 12:00 a 12:30 o más tarde si no queréis volver en seguida. Nosotros preferimos comprar solamente la ida con el Sky Capsule ya que no sabíamos a qué hora volveríamos. Además, una vez allí también se pueden comprar billetes.

Tras este breve paréntesis y volviendo a nuestra historia, llegamos media hora antes a la estación de tren, por si había que hacer cola, pero para nuestra sorpresa había muy poca gente, seguramente debido a la lluvia. Seguimos las indicaciones para subir a las cápsulas y nos hicieron pasar en seguida, aunque fuera antes de la hora prevista. También es verdad que había muchas cápsulas vacías. Nada más subir, hacen una foto que al bajar la venden como recuerdo. Durante el trayecto se pueden ver vistas de ciudad, del mar y dicen que, en días despejados, hasta de Japón, pero no lo podemos corroborar ya que solamente vimos mar y nubles…

Una vez en Cheongsapo, a pesar de la lluvia, cruzamos las vías y seguimos por el Green Railway (coastal walk) con el objetivo de llegar a Cheongsapo Daritol Skywalk, una plataforma de cristal sobre el océano con una longitud de 72,5 m y una altura de 20 m. Sin embargo, nos encontramos la plataforma cerrada y un cartel que informaba que no se podía acceder debido a la lluvia, por lo que la lluvia nos volvió a fastidiar los planes… Ya que estábamos en medio del trayecto, decidimos seguir caminando un poco más, pero cuando ya estábamos a una parada de la estación de Songjeong la lluvia empezó a apretar aún más y tuvimos que decidir si seguir hasta Songjeong de donde teníamos intención de coger un bus hasta el templo Haedong Yunggunsa o dar la vuelta. Finalmente, dado que aún nos quedaba un trozo de camino y que luego el trayecto hasta el templo nos llevaría una hora más, decidimos volver a Mipo con el Beach Train. Por suerte, en cada parada de tren hay una máquina automática que vende billetes.

De vuelta a Mipo, decidimos buscar un sitio para comer, porque ya era la hora, y volver a replantear el itinerario (oootraaa veeez…). Directamente descartamos la opción de subir a la torre de Busán porque las nubes estaban muy bajas y seguramente no veríamos mucho, también descartamos el barrio de Gamcheon porque nos pillaba bastante lejos de donde estábamos. Y la opción ganadora fue subir al templo de Beomeosa, ya que, el no haber seguido hacía el templo Haedong Yunggunsa nos dejó con las ganas. Así que tomamos el metro línea 1 hasta la estación de Beomeosa Temple y desde allí el autobús 90. Para nuestra sorpresa, cuando llegamos al templo, la lluvia paró. Y, menos mal, porque para llegar al templo, desde la parada de autobús hay que subir montaña arriba. El entorno del templo es precioso y la verdad impresiona que en tan poco tiempo se pasa de los rascacielos a los bosques.

El templo de Beomeosa se construyó durante la dinastía Silla, pero quedó reducido a cenizas durante la invasión japonesa (1592-1597). El templo actual data del año 1613, año de su reconstrucción, y actualmente es considerado uno de los principales templos de Corea. También es uno de los muchos templos que permiten el templestay, del que os hablaré más adelante.

A pesar de haber llovido, había bastante gente rezando en su interior, por lo que no quisimos molestar mucho. Tras una visita por el recinto y tras disfrutar del bosque inundado por la niebla volvimos a la parada de autobús y retomamos el camino de vuelta. Y dado que ya no llovía, esta noche sí que pudimos, por fin, disfrutar de la noche coreana. Además, era viernes, y resulta que los viernes por la noche todo el mundo sale de fiesta.

Y así concluyó una nueva etapa de nuestro trayecto. Al día siguiente tomamos el KTX (detalles en Transportes) desde la estación de Busán rumbo a Gyeongju, un destino que nos ofrecería otras extraordinarias experiencias.

Isla de Jeju, una maravilla natural

Jeju es una isla de origen volcánico situada en el estrecho de Corea considerada una de las siete maravillas naturales del mundo y declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 2007, Geoparque Global por la Unesco en 2009 y Reserva de la Biosfera por la Unesco en 2022. Jeju no es una isla muy grande, pero ofrece al visitante una enorme cantidad de posibilidades: hermosas playas volcánicas, innumerables rutas de senderismo y bellos paisajes. Además, es muy fácil de recorrer, ya sea en transporte público o en coche de alquiler, y se puede alcanzar en avión desde las principales ciudades del país. Por todo esto, Jeju es un gran reclamo turístico y es muy visitada, aunque no tanto por el turismo europeo, sino más bien por el turismo chino o japonés. También es un destino preferido por los coreanos, ya que las parejas eligen este lugar para su luna de miel.

Volviendo a lo que nos ocupa, la isla de Jeju fue nuestro primer contacto verdadero con Corea del Sur, aunque fue la segunda parada en nuestra ruta. La primera parada fue Seúl, aunque ese primer día lo disfrutamos más bien poco ya que nuestro vuelo de Barcelona a Seúl tuvo un retraso de tres horas haciendo que llegáramos a Corea ya de noche, por lo que solamente nos dio tiempo de cenar e ir al hotel. Nuestro vuelo a Jeju salió al día siguiente, por la mañana, desde el aeropuerto de Gimpo y llegamos a la isla poco antes del mediodía. En la isla pasamos un total de tres días y, para tener mayor libertad, elegimos alquilar un coche, por lo que, nada más recoger las maletas, salimos del aeropuerto en busca del parquing del que salen los autobuses de la mayoría de las agencias de alquiler de coche. Llegar al parquing no tiene pérdida: nada más salir, se cruza la calle y se sigue a mano derecha. Allí hay una pantalla en la que se indica de dónde sale el autobús de cada agencia, ya que éstas no están situadas en el mismo aeropuerto. Una vez finalizados los trámites, ya pudimos empezar nuestra aventura por Jeju.

Un calor abrasador nos dio la bienvenida, así que nos lo tomamos con calma y lo primero que hicimos fue buscar un sitio para comer y de paso planificar la tarde. Y nuestra primera visita fue el túnel de lava Manjaggul, una de las principales razones por las que decidimos visitar la isla. Esta cueva tiene una longitud total de 13.422 m, por lo que es considerada como la más grande del mundo, y es declarada Patrimonio Natural de la Humanidad. Durante las erupciones volcánicas la lava fluye hacía el mar y, durante su recorrido, la lava de la superficie se va enfriando y solidificando, dando lugar a túneles, como este. Existen tres entradas a la cueva, pero solamente una está abierta al público. Se puede recorrer 1 km en su interior y se pueden observar una gran variedad de estructuras formadas a partir de lava. Dentro de la cueva, la temperatura oscila entre los 11º y los 22º, por lo que es recomendable llevar alguna prenda de manga larga, aunque con el calor del exterior no apetezca mucho. También es recomendable llevar un buen zapato, ya que el suelo suele ser bastante resbaladizo.

Esta formación de lava recibe el nombre de La Tortuga de Piedra y dicen que es idéntica a la forma de la isla de Jeju

Para finalizar nuestro primer día en Jeju, nos dirigimos al cabo Seopjikoji para ver la roca Seonnyeobawi, cuyo nombre significa “roca del hada”. Hay un camino preparado, muy cómodo que lleva hasta el faro y cerca de la roca, aunque por el camino hay diferentes miradores desde los cuales se pueden conseguir muy buenas fotos.

Tras un día totalmente soleado, nuestra suerte cambió cuando empezamos a recibir alertas de seguridad pública. Al estar conectados a una red coreana (por tener una SIM o eSIM) se reciben también estas posibles alertas, y, aunque están en coreano, se pueden traducir fácilmente con Google Lens. Y es así como descubrimos que una gran tormenta tocaría la isla durante la noche y que nos acompañó prácticamente durante los dos días que nos quedaban, trastocando así todo el itinerario que teníamos pensado… Esa misma tarde el cielo ya se empezó a ver encapotado…

Y, efectivamente, tras una noche de tormenta, nuestro segundo día en Jeju comenzó pasado por agua. Aún así, decidimos ir al bosque Bijarim, el mayor bosque de árboles bija (Torreya nucifera) de Corea, en el que se encuentran más de 2.800 árboles de entre 500 y 800 años, siendo el mayor atractivo un ejemplar de bija con más de 820 años. El trayecto es circular y es muy fácil de recorrer. Para nuestra suerte, fue llegar al parquing y dejó de llover, así que pudimos disfrutar del trayecto en condiciones. Aun así, por la lluvia había algunos tramos embarrados, pero en Corea están en todo y a la salida del parque hay unas fuentes preparadas para limpiarse los zapatos antes de subir al coche.

Nuestro siguiente objetivo iba a ser la ruta Geomun Oreum, pero nada más subirnos al coche empezó a diluviar y en vista de que no iba a parar pronto, decidimos poner rumbo de nuevo a la ciudad de Jeju y buscar algún sitio para comer con la esperanza de que cambiara el tiempo mientras tanto. Pero no fue así… La tormenta no parecía querer irse, por lo que dejamos el coche en el parquing del hotel y, paraguas en mano, tomamos el autobús (sirve la tarjeta T-Money; más info en Transportes) hasta el mercado Dongmun. Tras unas cuantas vueltas por el mercado (y alguna que otra compra), seguimos por el lateral del río hasta llegar al Museo Folclórico y de Historia Natural de Jeju.

El museo se inauguró en 1984 y es de libre acceso (al menos nosotros no pagamos entrada). Aunque no es muy grande, ofrece la oportunidad de aprender sobre el proceso de formación de la isla, sobre la fauna y flora que la habita, pero también sobre cómo era la vida y el folclore de los habitantes de Jeju a través de objetos cotidianos, trajes, y hasta representaciones de casas tradicionales o barcos de pesca.

Nuestra siguiente parada del día fue Samseonghyeol. Está situado al lado del museo, al otro lado del río, y no teníamos ni idea de lo que se trataba, pero como tampoco teníamos nada mejor que hacer por culpa de la lluvia, decidimos entrar e investigar. El recinto parece un parque con árboles inmensos y algunas construcciones. Lo mejor es empezar el trayecto por el pequeño museo que se encuentra en el lado derecho, porque así os podéis hacer una idea de qué es lo que veréis a continuación. Y es de hecho lo que nosotros hicimos, aunque fue por casualidad.

El museo consiste en dos pequeñas estancias a las que hay que acceder descalzos, dejando los zapatos y los paraguas en la entrada. Allí en forma de maquetas y diversos documentos se cuenta la historia de los tres principales apellidos de la isla de Jeju. Resumidamente, la leyenda cuenta que tres demonios emergieron de la tierra a través de tres agujeros y estos demonios se casaron con tres princesas del reino de Byeongnang y fundaron el reino de Tamna, dando lugar así a los tres principales apellidos: Seonju, Wangja y Donae. Y justamente el principal atractivo del lugar son los tres agujeros a través de los cuales salieron los demonios.

A pesar de ser una leyenda, el lugar es considerado sagrado y cercano a los tres agujeros se encuentra un pequeño templo que fue construido en el año 1698 y donde en primavera y otoño se celebran ceremonias conmemorativas y en invierno, una gran ceremonia religiosa budista en honor a la fundación de la isla.

Nuestro tercer y último día en la isla volvió a amanecer lluvioso… Sin embargo, este día decidimos desplazarnos hasta la ciudad de Saeogwipo para visitar la roca Oedolgae, la cascada Jeongbang y la cascada Cheonjiyeon. Los tres destinos de encuentran a poca distancia entre sí. Nuestra primera parada fue la cascada Cheonjiyeon. Esta cascada tiene una altura de unos 22 m y un ancho de 12 m y fue designada como Tesoro Natural, tanto por ser el hábitat de las anguilas mutaejangeo como por el bosque que la rodea.

Desde aquí nos desplazamos a la cascada Jeongbang, que con una altura de 23 m, es famosa por ser la única de Asia y unas de las pocas cascadas del mundo que arroja el agua directamente en el mar. Aquí en días soleados, que no fue el caso, se pueden ver mujeres buceadoras (haenyeo) que recogen marisco a mano, sumergiéndose en el mar a apnea.

De allí, seguimos nuestro rumbo a la roca Oedolgae, una roca de origen volcánico que se eleva unos 20 m desde el nivel del mar.

Hay varios senderos que se pueden seguir por los alrededores, sin embargo, nosotros no los pudimos disfrutar mucho ya que la lluvia decidió volver con nosotros. Como la lluvia iba en aumento, decidimos buscar un sitio para comer y poder recalcular ruta.

La decisión final fue visitar el parque Hallim, pensando que sería más fácil de visitar con lluvia, aunque nuestra mayor sorpresa fue que, nada más llegar al parque, la lluvia decidió darle paso a un sol radiante. Volviendo al parque, éste fue creado en 1971 y cuenta con multitud de plantas y de árboles bellamente dispuestos, dos túneles de lava, un jardín botánico de plantas tropicales, un jardín de bonsáis, y una aldea folclórica Jaeam. Las cuevas, Ssangyong y Hyeopjae, se formaron hace 250 mil años por la erosión volcánica. Una particularidad de estas cuevas es el hecho que, por la penetración del agua con cal, fueron adquiriendo un color dorado. Aunque solo se pueden visitar estas dos cuevas, éstas están interconectadas con hasta 20 otras cuevas que constituyen un solo sistema con una longitud de 17.000 m. Actualmente son Patrimonio Nacional Natural y se consideran únicas en el mundo.

En cuanto al jardín botánico, éste está distribuido en varios jardines más pequeños, cada uno con una temática: plantas tropicales, cactus, bonsáis, palmeras, etc.

Por otro lado, la aldea folclórica Jaeam es una reconstrucción de un antiguo poblado que permite imaginarse cómo era la vida cotidiana en Jeju.

Por la dimensión del parque y de la cantidad de rincones por los que pasear y desconectar, estuvimos pasando aquí prácticamente toda la tarde. Aunque consideramos que el parque se merece una visita, hay una gran pega, y son la gran cantidad de aves y reptiles que viven enjaulados… La verdad, no entiendo muy bien qué aporta tener los animales encerrados, porque con solo las cuevas, los jardines y la aldea ya tiene suficiente atractivo, a nuestro parecer.

Y con esto dimos por finalizado el día y nuestra estancia en Jeju ya que al día siguiente tomamos el vuelo hacia nuestro próximo destino: Busán. Dejamos la isla por la mañana con un sol radiante y con un sabor agridulce porque disfrutamos mucho de nuestra corta visita a Jeju, pero nos hubiera gustado poder haberla disfrutado con el sol que dejamos atrás…

Gastronomía coreana – un placer para los sentidos

La gastronomía coreana destaca por su sabor equilibrado y delicado, por su bella presentación, y por la frescura y la calidad de sus ingredientes. Es una cocina muy variada que emplea como base arroz (bap), avena (juk) o fideos (guksu), junto a verduras, carnes (sobre todo, ternera y cerdo), pescados y mariscos. Una particularidad es la cantidad de platos pequeños que normalmente acompañan al plato principal. Estos platos se conocen con el nombre de banchan y pueden variar, aunque hay uno que nunca falta: el kimchi. El término kimchi se refiere a vegetales fermentados, normalmente muy picantes, entre los cuales destaca la col, aunque se pueden encontrar también de rábano u otros vegetales.

Bulgogi con arroz y banchan

Me aventuraría a decir que el plato coreano por excelencia es el bibimbap. Es el plato más conocido y que se puede degustar en prácticamente en cualquier lugar: en el avión volando a Corea del Sur, en los templos budistas e incluso en las saunas coreanas. Este plato se prepara principalmente con arroz y otros ingredientes como carne o pescado, verduras y huevo, al que se le añade aceite de sésamo y se mezcla a gusto con pasta de pimiento rojo picante. Normalmente se sirve acompañado de un pequeño bol de caldo y de algunos banchan. Como es de esperar, nunca falta el kimchi. Mi favorito fue el bibimbap con carne cruda o yukhoe bibimbap.

Otras dos experiencias culinarias coreanas que no os podéis perder son la barbacoa coreana y los platos de carne o pescado crudos. Pero empecemos por la barbacoa coreana. Ésta recibe el nombre de samgyeopsal y consiste en carne de ternera o cerdo asada y acompañada por multitud de banchan, salsa y sal para aderezar la carne. Esta carne se prepara al momento en unas parillas de carbón incorporadas en la mesa o sobre parillas eléctricas portátiles. Y lo que hay que tener en cuenta es que el precio y la cantidad de carne para la barbacoa coreana depende del tipo de corte, siendo la panceta el corte más barato. Aunque habíamos leído que normalmente cada uno se cocina la carne, lo cierto es que las dos veces que probamos la barbacoa, fueron los camareros los que se encargaron de hacerlo. La forma habitual de comer la carne es envolviéndola en una hoja de lechuga o de perilla junto a los otros ingredientes a gusto. Como dije, nosotros probamos la barbacoa coreana dos veces: una vez en Jeju, ya que nos recomendaron probar el cerdo negro de la isla, y otra en Seúl, donde probamos la ternera. En Jeju, en el local que comimos, había como una especie de menú combinado que consistía por un lado de panceta de cerdo a la parrilla y, por otro lado, de un gran bol de kimchi jjigae o estofado de kimchi con tofu y carne de cerdo. La barbacoa nos encantó, pero el estofado de kimchi, a pesar de lo suave que era la carne, fue demasiado picante para nosotros.

La otra gran experiencia que no os podéis perder (si sois atrevidos) son los platos hoe, que se refieren principalmente a preparados crudos, ya sea pescado o carne. Los platos de carne cruda reciben el nombre de yukhoe y pueden ser diferentes cortes, siendo el redondo el corte más común. Se sirve normalmente con una yema de huevo cruda y con tiras de pera nashi y se acompaña de una salsa a base de guindilla para mojar la carne.  

A la derecha yukhoe (ternera cruda); a la izquierda saengseon hoe (pescado crudo).

Por otro lado, los restaurantes que sirven pescado y marisco crudos son bastante fáciles de identificar, ya que normalmente disponen de grandes peceras donde guardan los peces y el marisco vivos hasta la hora de servirlos. La ciudad de Seogwipo en Jeju fue nuestra elegida para degustar este manjar y la verdad que no nos arrepentimos. Nos sirvieron una gran bandeja que contenía desde el famoso pulpo crudo que aún retuerce sus tentáculos a pesar de estar cortado, oreja de mar totalmente viva (aún se movía), diferentes tipos de pescado crudo, hasta mini cangrejos marinados que se comen enteros. El pulpo crudo es el que nos dio un poco más de apuro porque nos preocupaba no masticarlo suficiente, ya que habíamos leído que con las ventosas se puede quedar enganchado a la garganta. La verdad es que, tras probarlo, tampoco diríamos que fuera nuestro favorito (¡donde está el pulpo a la gallega que se quite lo demás!), pero como experiencia no ha estado nada mal. Para limpiar el paladar entre plato y plato, los coreanos mastican raíz de jengibre mojada en miel, y así lo hicimos nosotros también.

Pasemos ahora a hablar del gran favorito de Xavi: el bulgogi jeongol o estafado de bulgogi. Reciben el nombre de bulgogi unas tiras finas de carne de ternera marinada en salsa de soja, aceite de sésamo, jengibre, ajo y cebolla. El bulgogi se puede servir asado junto con arroz y banchan y hasta usar en infinidad de recetas (barbacoa, bibimbap, gimbap), sin embargo, el bulgogi que probamos en un restaurante de Gyeongju le robó el corazón (y el estómago) a Xavi. En este caso, nos cocinaron el bulgogi en la mesa junto a fideos de patata (dangmyeon) y verduras y nos lo sirvieron con un bol de arroz y banchan. ¡Para chuparse los dedos!

El siguiente plato fue toda una sorpresa para nosotros. Era un día de tormenta en Busán y vimos un pequeño restaurante en el que un par de señoras sorbían una especie de sopa de fideos. Como llovía me apetecía algo caliente (aunque no hiciera frío), así que entramos. La carta solamente estaba en coreano y la traducción de Google Lens era un poco extraña, así que pedimos a boleo dos boles de lo mismo. Nuestra gran sorpresa fue que la sopa de fideos que a mi me inspiraba a caliente resultó ser fría. Por lo visto, este pequeño local solamente servía platos fríos. Tras una rápida búsqueda en internet descubrimos que lo que habíamos pedido era kongguksu, un plato elaborado con fideos crudos de trigo y un caldo a base de leche de soja, que puede llevar huevo hervido. En nuestro caso, el huevo no venía en el plato sino que había un bol con huevos hervidos en la mesa, por lo que, se podían coger de allí. Aunque no fue exactamente lo que esperábamos, fue una gran experiencia que sin duda repetiríamos.

Otros platos coreanos que probamos nos resultaron un tanto familiares por su parecido a otros platos típicos de sus países vecinos: el gimbap, que recuerda a los norimaki japoneses, y los mandu, la versión coreana de los dumplings. El gimbap tiene su origen en la ocupación japonesa del país que duró desde 1910 hasta finales de la segunda guerra mundial en 1945 y son rollitos de alga nori y arroz que pueden contener infinidad de ingredientes, desde pescado, encurtidos, panceta hasta bulgogi. Algunas de las diferencias del gimbap y el norimaki son que el gimbap no lleva pescado crudo y tampoco se sirve con soja y wasabi. Otra particularidad es que el gimbap no siempre lleva arroz, y un ejemplo es el gyori gimbap de Gyeongju que lleva tiras de huevo. Además, el gimbap es considerado muchas veces como “comida para llevar”, habiendo la posibilidad de comprarlo en las estaciones de tren y también en los mercados.

A la derecha, gimbap de pescado; a la izquierda, gimbap de bulgogi; en medio gyori gimbap.

Por otro lado, los mandu pueden ser fritos, hervidos o al vapor con diferentes rellenos, aunque los más populares con los de carne o de kimchi. Nosotros probamos los mandu en un restaurante de Seúl que aparece en la guía Michelin. Lo encontramos de casualidad, vimos que había cola para entrar y decidimos probarlo. La verdad es que no nos atrevimos con los mandu de kimchi, suponiendo que serían muy picantes, por lo que escogimos los mandu de carne. Xavi los pidió en caldo, mientras que yo los pedí en plato y me los sirvieron junto a un bol del mismo caldo y a otro plato típico coreano, el haemul pajeon, una especie de tortilla de huevo con marisco y cebolleta. Esta tortilla la habíamos probado también en Gyeongju como parte del desayuno en nuestra estancia en un hanok, pero ésta es otra historia. Volviendo a los mandu, aunque las presentaciones fueron distintas, en ambos platos los mandu estaban hervidos, de un tamaño un poco más grande de lo habitual, y con la carne muy esponjosa, nada apelmazada. Para comerlos, hay que sacarlos del caldo y mojarlos en la salsa que se sirve a parte. En cuanto al caldo, éste contenía tiras de carne y anchoas y debo reconocer que la mezcla de sabores a mi no me acabó de convencer.

A la izquierda, mandu y haemul pajeon; a la derecha, mandu en caldo.

Y, finalmente, entre los platos que traen recuerdos, se suma también un postre típico de verano, el bingsu. El ingrediente principal de este plato es el hielo al que se le añade principalmente leche condensada, alubias dulces y fruta, aunque puede haber variaciones. Este plato nos recordó el cendol que probamos en Malasia, y ¿qué os puedo decir? No me convenció entonces y tampoco me convenció ahora…

Otra experiencia culinaria coreana totalmente recomendable es la comida callejera. Los mercados, tanto diurnos como nocturnos, ofrecen la posibilidad de probar platos típicos coreano por precios mucho más asequible. Hay infinidad recetas para todos los gustos. Desde pinchos (dakkochi), patatas, pasteles de arroz en salsa (tteokbokki), gambas fritas, panecillos con huevo hechos al vapor (gyeran bbang), entre muchos, muchos otros. Sin embargo, el plato con el que nos quedamos Xavi y yo es sin duda el pollo frito. Se trata de trozos de pollo rebozado y frito que viene acompañado de diferentes salsas (a elegir). Nosotros lo probamos con salsa picante y con salsa de soja y miel y no nos pudo gustar más. En cuanto a los dulces nos enamoraron el hotteok, relleno de frutos secos y miel, y los hodugwaja, unos pastelitos con forma de nuez con diferentes rellenos (queso, crema de queso, pasta de alubias o crema pastelera). Los de crema de queso o los de crema pastelera son los mejores, a nuestro parecer.

Y, por lo último, el mejor helado que hemos probado fue este. Está hecho de leche (lo hay también de café) y para tomarlo primero hay que “amasar” el envoltorio para que el helado tenga una textura más suave y luego se abre y se va apretando para que el helado vaya saliendo poco a poco. Ante el calor de Corea, este helado fue nuestro gran capricho.

Curiosidades de los restaurantes surcoreanos:

  • Los cubiertos (cuchara y palillos), los platitos y las servitas se encuentran en un lateral de la mesa y cada uno debe coger los suyos.
  • Normalmente sirven agua fría gratis.
  • Muchos restaurantes sirven comida durante todo el día.
  • En muchos restaurantes, la carta está en inglés o bien tienen fotos de los platos, sin embargo, en muchos otros la carta está solamente en coreano.
  • La mayoría de los restaurantes tienen su propia especialidad: barbacoa coreana, pescado, mandu, etc.
  • A veces la comida puede ser muy picante.