Urumqi es la capital de la provincia de Xinjiang (Sinkiang en castellano) y la ciudad más grande de la mitad occidental de China. También ostenta el récord de ser la ciudad más alejada del mar del mundo, con una distancia de 2.500 km. Aunque antiguamente la etnia mayoritaria de Urumqi eran los uigures, actualmente, debido a la gran migración de chinos han, los uigures son una minoría. Junto a Turpán, Urumqi fue un punto destacado de la Ruta de la Seda y por esta razón, fue el primer destino de nuestro corto periplo por esta antigua ruta.
Nuestra intención inicial era, nada más llegar a Urumqi, visitar el Museo de Xinjiang. Para ello habíamos elegido un hotel que estuviera cerca de alguna parada metro, para poder llegar fácilmente desde el aeropuerto, y cerca del museo, para que, una vez dejadas las maletas, nos pudiéramos dirigir rápidamente a éste. Sin embargo, nuestro vuelo de Shanghai con destino a Urumqi salió con un retraso de 5 h, a lo que le tuvimos que sumar las 5 h y poco del vuelo… por lo que nuestro plan perfectamente pensado se había ido al traste… Desde el aeropuerto se accede fácilmente al metro, lo único que en China acceder al metro nunca es sencillo y en Urumqi menos, ya que a la entrada al metro nos encontramos con unos controles de seguridad exhaustivos. Tras pasar las maletas por el escáner y nosotros por el detector de metales, nos hicieron un chequeo corporal y nos escanearon las caras en las máquinas. Después nos pidieron los pasaportes e hicieron fotos tanto de la página con los datos como de la página con el sello de entrada y por fin pudimos bajar al metro… Llegamos al hotel ya casi de noche, pero decidimos igualmente salir a dar una vuelta y a cenar algo. Para nuestra suerte, la ciudad está bastante animada por la noche y hay multitud de puestecillos de comida y de gente vendiendo fruta. Por la noche en Urumqi refresca bastante.
Al día siguiente seguimos con nuestro plan y nos dirigimos a la antigua ciudad de Gaochang (traducida como Ciudad del Rey). Esta ciudad situada a unos 45 km de Turpán, fue un importante centro político, económico y cultural en la antigua Ruta de la Seda. Fue construida durante la dinastía Han como guarnición fronteriza, convirtiéndose, posteriormente, en la capital del reino de Gaochang durante el siglo II aC. En el año 640 quedó bajo el control de la dinastía Tang convirtiéndose de nuevo en ciudad guarnición de la región de Xizhou. A partir del siglo IX fue la capital del reino uigur de Kharakhoja, bajo el nombre de Dukhu (ciudad real), hasta que, finalmente, la ciudad fue destruida por los mongoles en el siglo XIV y abandonada desde entonces. Actualmente, de la gran ciudad que cubría un área de 200 hectáreas, solamente queda parte de la muralla y las estructuras de algunos edificios, como ruinas de casas, templos budistas y fragmentos del complejo palaciego.

Una vez comprada la entrada, se accede a un pequeño recinto con estatuas de las figuras más importantes de Gaochang y una pequeña sala con paneles con información sobre la historia del sitio, de la Ruta de Seda y de las diferentes religiones del lugar. Desde aquí, se puede pasar a las ruinas de la ciudad. Se puede visitar a pie perfectamente, pero dadas las dimensiones del recinto hay a disposición de los visitantes unos coches parecidos a los carros de golf con varios asientos que hacen paradas en los puntos más importantes. Dado que hacía un sol de justicia y muchísima calor, decidimos subir a uno de estos coches. Tuvimos que esperar un rato, para que un grupo de malayos jubilados también subieran con nosotros y aprovechar el trayecto. No había nadie más, excepto nosotros y los malayos, en todo el recinto.

Lo que se puede visitar son la Ciudad Exterior (fuera de las murallas), la Ciudad Interior (dentro de las murallas) y la Ciudad del Palacio. Si cogéis el coche, éste os llevará a los puntos de interés y esperará para ir al siguiente. El conductor no da ningún tipo de información, o sea, no hace de guía. Si queréis verlo todo con tranquilidad, lo podéis hacer caminando, pero tenéis que estar preparados porque es un área muy grande y hace mucha calor. No se puede salir de los caminos de adoquines o de madera por razones de conservación. No hay que olvidarse que la ciudad entera está construida de adobe, un material muy débil en comparación con la piedra u otros materiales, y también muy susceptible de erosionarse con las lluvias, el sol o las pisadas continuadas.
La ciudad estaba protegida por una muralla de unos 11 metros de altura y tenía 9 puertas de entrada. La principal religión de la ciudad fue el budismo y, por esta razón, entre los restos que se pueden visitar hay dos templos, uno más pequeño y uno más grande que consiste en una sala principal, dormitorios de los monjes, una sala de lectura y una biblioteca. Antiguamente la ciudad contaba con muchos más templos budistas capaces de albergar hasta 3000 monjes. Durante el reino de Kharakhoja el budismo entró en declive, dando lugar al maniqueísmo y al cristianismo siríaco. El islam se impuso poco antes de que Gaochang quedara finalmente abandonada. Actualmente, Gaochang está inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO como una de las pocas ciudades antiguas de adobe que quedan.

Nuestra siguiente parada fueron las tumbas de Astana. La historia de estas tumbas está ligada a la ciudad de Gaochang, ya que aquí fueron enterrados los habitantes de Gaochang, tanto gobernantes como nobles o campesinos, desde la dinastía Jin occidental hasta la dinastía Tang. Aunque en el cementerio hay alrededor de 1000 tumbas de las cuales unas 500 han sido excavadas, solamente 3 están abiertas y se pueden visitar. Nada más accediendo al recinto, hay un parque con esculturas del zodíaco chino que conducen hasta una escultura de Nuwa y Fuxi, dioses considerados como los antepasados de la nación china. Al final de camino se puede subir a la torre del tambor desde donde se puede observar la magnitud del cementerio, así como el cementerio uigur que queda separado por un muro.

Para visitar las 3 tumbas, hay que cruzar la puerta que está a mano derecha tal como se entra. La verdad es que no parece un sitio demasiado turístico, por lo menos, cuando nosotros fuimos, no había nadie más… Aunque lo cierto es que más allá del valor histórico que las tumbas puedan tener, no se puede ver mucho… Muchos de los objetos encontrados en las tumbas como momias, esculturas, pinturas, figurillas o cerámica fueron llevadas al Museo de Turpán o al Museo de Xinjiang. Algunos de estos objetos, sin embargo, se exponen también en el pequeño museo del recinto.

Volviendo a las tumbas, su forma es parecida al carácter chino «甲» con un acceso en pendiente de unos 10 metros de largo. Tiene forma de cueva con una altura interior de unos 2 metros y una anchura y longitud de unos 4 metros. Los difuntos solían estar colocados sobre una cama de ladrillo o de madera en la parte posterior de la tumba. En las pequeñas salas laterales se guardaban documentos, pinturas, estatuillas de arcilla, cerámica, telas de seda e incluso oro o monedas antiguas. También se enterraban alimentos como frutas o fideos, para que el difunto tuviera comida en el inframundo. Sin embargo, en las tumbas abiertas al publico solamente se pueden ver las pinturas que cubrían las paredes, de motivos florales y animales, mientras que las salas laterales están vacías.

Debido al clima seco y cálido, con muy pocas precipitaciones anuales, los cadáveres y los objetos enterrado en las tumbas se han conservado en perfecto estado. Los cuerpos se han ido momificando de manera natural, por lo que algunos incluso mantienen las pestañas y los globos oculares. Se calcula que el 80% de los cuerpos enterrados en las tumbas de Astana están momificados. En una de las tres tumbas que se pueden visitar, se conservan dos momias, una de una mujer y una de un hombre, protegidos por vitrinas de cristal. Si os da reparo ver las momias, os recomiendo que no entréis en la última tumba.

Nuestro último destino fueron las cuevas de Bezeklik (el nombre proviene del uigur y significa ladera) situadas en una garganta de las montañas Flameantes. Las Cuevas de los mil Budas de Bezeklik, como se las conoce, son un conjunto de cuevas talladas en roca que forman parte de un antiguo monasterio budista. Este conjunto está formado por 77 cuevas, sin embargo, solamente 40 presentan frescos, y de estas 40, solamente 6 están abiertas al público. Su construcción se inició durante las dinastías Meridionales y Septentrionales en el siglo V y continuó durante las dinastías Tang, las Cinco Dinastías, la dinastía Song y la dinastía Yuan, hasta el siglo XIII cuando el budismo perdió fuerza y las cuevas quedaron abandonadas. Este complejo de cuevas fue el monasterio real del Reino de Gaochang.

Aquí de nuevo fuimos los únicos visitantes. No se pueden hacer fotos en el interior de las cuevas por motivos de conservación. Por esta razón, cada cueva cuenta con un vigilante. Las 6 cuevas que se pueden visitar corresponden a distintas épocas, lo que permite observar la evolución de las figuras. Aunque en su interior hay estatuas de Buda, las paredes están cubiertas principalmente por frescos coloridos que representan fragmentos budistas. Sin embargo, estos frescos se encuentran en bastante mal estado debido tanto a razones climáticas como a los saqueos y destrucciones que sufrieron a lo largo de la historia. Estás cuevas fueron descubiertas por Von Le Coq en 1905 y éste fue el primero en llevarse frescos y esculturas.
En los alrededores del recinto de las cuevas se pueden realizar actividades o, simplemente disfrutar de unas bonitas vistas de las montañas Flameantes. Estas montañas de arenisca roja se encuentran cerca del borde norte del desierto de Taklamankan y al este de la ciudad de Turpán y tienen una longitud de unos 100 km y una altura media de unos 500 m, con picos de hasta 800 m. Es uno de los lugares más calurosos de China, por lo que su nombre se debe tanto al color (parecido al fuego) como a las altas temperaturas.

Estas montañas fueron el centro de una novela titulada Viaje al Oeste escrita por Wu Cheng’en, escritor de la dinastía Ming, que relata el trayecto de un monje budista llamado Tang Seng, inspirado por el monje Xuan Zang que viajó a la India para obtener escrituras budistas el año 627.

Según se relata en la novela, Tang Seng y sus 3 discípulos, tras salir de Gaochang, se encontraron con las montañas en llamas por lo que si querían cruzarlas debían pedir prestado un abanico de hojas de plátano a la Princesa del Abanico de Hierro. Uno de los discípulos, Sun Wukong (o el rey Mono), fue el encargado de pedir prestado el abanico, sin embargo, la princesa, quien era la esposa del Rey Toro Demonio, se negó a prestarle su abanico. Por esta razón, Sun Wukong tomó una píldora que lo transformó en insecto y se introdujo en la barriga de la princesa cuando ésta estaba bebiendo té. Debido al fuerte dolor de estómago provocado, la princesa accedió a prestarle el abanico, sin embargo, el abanico resultó ser falso. Entonces Sun Wukong se convirtió en el Rey Toro Demonio para engañarla y esta vez sí lo consiguió. Pero el rey volvió a casa y descubrieron el engaño. Tras pelear los tres discípulos contra el rey, consiguieron derrotarlo y pudieron al fin usar el abanico de hojas plátano para apagar el fuego, y seguir con su trayecto al oeste para conseguir el libro sagrado del budismo.
Por otro lado, según el folclore uigur, en las profundidades de la montaña vivía un dragón malvado que fue derrotado por un héroe que enfrentó al dragón y lo cortó en 8 trozos. La sangre del dragón tiñó la montaña de rojo y los 8 trozos se convirtieron en los 8 valles de las montañas Flameantes.

Y tras está incursión en la historia de la Ruta de la Seda, volvimos a nuestro hotel en Urumqi y nos preparamos para volar a Xi’an a la mañana siguiente.

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